Diego Olavarría

RESEÑA | Honduras o el canto del gallo, de Diego Olavarría

Una casa contiene nuestros recuerdos más preciados y dolorosos. Un país es el continente de los sueños, ambiciones de un conglomerado de personas. Y los recuerdos, los personales y los colectivos, se van perdiendo en el mar furioso que levanta un huracán o en las urbes laceradas por el narcotráfico. La crónica comienza a hacer su trabajo y va uniendo los puntos entre lo colectivo y lo personal.

Ciudad de México, 31 de mayo (MaremotoM).- Una casa contiene nuestros recuerdos más preciados, dolorosos, profundos, felices. Un país es el continente de los sueños, ambiciones, codicias, desastres, aspiraciones de un conglomerado de personas. Y los recuerdos, los personales y los colectivos, se van perdiendo en el mar furioso que levanta un huracán o en las urbes laceradas por el narcotráfico. Unos se convertirán en huellas mnémicas; los otros, serán parte de los documentos históricos. La crónica comienza a hacer su trabajo y va uniendo los puntos entre lo colectivo y lo personal.

“La técnica Loci se conoce también como Palacio de la Memoria y por siglos fue el recurso predilecto de los oradores que buscaban memorizar largos discursos o poemas. El recurso vislumbra algo que intuimos: que la arquitectura hace más potente el recuerdo porque los espacios, y esto es patente en la infancia, se graban en la memoria profunda.” (Olavarría, 2022: 101), por ello es normal que pretendamos volver a la casa de nuestra infancia, a probar los mismos sabores y, al mismo tiempo, es normal que los olores que nos llegan de tiempos lejanos hagan que un alud de recuerdos nos caiga encima.

Aunque somos seres construidos por nuestra nostalgia, la búsqueda de la casa de nuestra infancia no es el único motivo que nos lleva a movernos. Para el caso de Diego Olavarría la nostalgia y la búsqueda por aquello que quizá se mantiene intacto –al menos en su memoria– lo lleva a encontrarse consigo y entender por qué es quien es. Como si de una cápsula del tiempo se tratase.

Diego Olavarría
Honduras o el canto del gallo, editado por Turner. Foto: Cortesía

Sin embargo, Diego Olavarría, ya instalado en el rol de cronista nos regala un giro en esta historia: ¿qué ocurriría si se realizase el viaje contrario? Es decir, la mnemotecnia a la inversa: recorrer los espacios de una casa de piedra, cemento y varilla para encontrarse con los recuerdos que pensamos se habían ido para nunca volver. De eso trata Honduras o el canto del gallo (Premio Carlos Montemayor de Crónica, 2020. INBAL/Secretaría de Cultura de Chihuahua), editado por Turner/Noema.

Una pelea en donde nuestro perro resulta el perdedor

Rescatar las memorias de la infancia y ver cómo ha cambiado Honduras en los últimos 25 años es uno de los motivos de Diego Olavarría para escribir este libro. Es una búsqueda en los recuerdos de la niñez, que como la de muchos, resulta emocionante, alegre y punzante al mismo tiempo.

Diego Olavarría es también autor de El paralelo etíope e Historia de nuestro futuro, libros de crónicas que nos muestran que ha encontrado una poética particular al trabajar con paralelismos. El lector se puede colocar en un punto fijo de la historia y observar cómo se desarrollan un par de acontecimientos, materia prima del libro: la historia de Honduras, un país que nació con una herida social y al que se le acentuaron los problemas gracias a un fenómeno meteorológico que reinició al país en 1998: el huracán Mitch. Para quienes hemos sentido los efectos de los huracanes sabemos que la naturaleza se comporta como nuestra madrastra, en segundos puede desaparecer un país entero. Esta es una de las líneas –paralelas– por las que la crónica de Olavarría corre.

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Otra línea es la vida de un niño de 7 años que le tiene miedo a la oscuridad y que no puede adaptarse a escuelas nuevas, pues el cambio constante a esa edad no hace una vida fácil. Tener miedo a la oscuridad a los 7 años es una tragedia. Lo mismo que ser angloparlante –aunque Diego nació en México– en un país que le exige hablar español. A esa edad la vida es complicada: “Qué clase de niño mexicano era ese que a los siete años no sabía enrollar una tortilla y hacerse un taco.” (p. 77). La vida es complicada más cuando se vive en un mundo de adultos en donde la diplomacia llena todos los espacios. Un mundo serio, que exige comportarse como un adulto, a pesar de las desgracias que pueden ocurrir de manera cotidiana, como atropellar a una mascota y obtener como respuesta: “es solo un perro”.

“Honduras es un país del que escapas, no uno al que regresas por voluntad propia.”

Conceptos como “geopolítica” o “sur global” han llenado los estudios más recientes sobre la nueva distribución del mundo. A pesar de ello, a los habitantes de los países centroamericanos –incluyendo México– no es algo que les preocupe y mucho menos de lo que se tengan que ocupar. La terminología “tercermundista”, “países en vías de desarrollo” es una jerga que puede seguir usándose, modificarse o desaparecer: la pobreza y la marginación continuarán ahí.

También la violencia está ahí. Es una tercera línea que recorre el libro. Y también se convierte en un impedimento para viajar a Honduras a reconstruir la memoria. En Diego nace un llamado al querer reencontrarse y al mismo tiempo construye una suerte de castillos en el aire pues aquellos a los que llama amigos en realidad ya no lo son tanto. Lo han borrado de su memoria: “Todo acto de memoria implica un cierto peligro: encontrarte con dolor suprimido, con imágenes capaces de herirte.” (p. 65).

Una constante en la obra –y en la vida de Olavarría– es el viaje: ya sea a bordo de un vuelo chárter o de un taxi, el cual es detenido por un sindicato de taxistas hondureños que le impiden avanzar, Diego se mueve.

El retorno a un país que se ha comenzado a borrar de nuestra memoria implicaría una especie de viaje hacia otro planeta, con la cruda realidad de descubrir que uno jamás abandonó el país, que ese retorno es una cara más y más oscura de nuestra propia vida. Pareciera ser que Charlton Heston aparece en esta historia: una caminata por la playa para descubrir que ese otro planeta, ese otro país, en realidad es el único planeta, el único país que habitamos y que al mismo tiempo nos habita.

Olavarría camina por la playa buscando un hotel donde resguardarse y no se encuentra con la Estatua de la Libertad desvencijada, sino que se encuentra con un aire acondicionado que apenas funciona.

El despertar está cerca, el gallo hondureño canta cuando más oscura es la noche.

“Solo soy una persona que quiere saber quiénes eran ellos, qué era este lugar, quién era yo […] Es la realidad de este lugar, tan inescapable como el calor o los mosquitos. Honduras es violencia. Y punto.” (p. 94).

Fuente: Neotraba / Original aquí.

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