RESEÑA | La existencia es todo aquello que ocurre a la espera de El Gran terremoto

Guanajuato, 10 de abril (MaremotoM).- Leonardo Teja escribe Esta noche, el gran terremoto. Lo ha publicado Ediciones Antílope. Es una reflexión sobre la espera. Uno piensa en Penélope, en Godot o en el evangelio de San Juan. Cuando digo que uno piensa, no habla “la crítica”, ni es que aluda a “las influencias”, como ha dicho alguna voz al respecto. Sólo habla quien va a las cosas por la analogía, método casi inevitable. Así, Penélope teje y desteje; quienes esperan, desde el erial desde donde Vladimir y Estragón aguardan, encuentran el “pero mañana seguro sí”; con las visiones del evangelista la espera es de aquellos que no tienen nada y han de ser salvados por el final, donde todo acaba.

En unos, la tortura es esperar. En otros, una virtud teológica se labra en ese acto moroso y de indefensión. En todas las esperas, también la de Pirita, un nombre que aparece en Esta noche, el gran terremoto, con protagonismo, hay que estar preparados. Pienso en El Portero, de Reinaldo Arenas, en el café de chinos donde transcurre tiempo de Los detectives salvajes, o en la ansiedad de Filiberto García de El Complot Mongol. “Estad alerta”, dice San Pablo: firmes aunque no marchen, diría mi abuelo.

La espera tiene un adjetivo en esta novela. La característica es la inminencia, esa seguridad de que ha de llegar lo que se espera, aunque nunca suceda, aunque sea sólo un anuncio. El asunto es hacer de la expectativa un territorio olvidadizo en el que el mañana nunca llegue y, sin embargo, se continúe aguardando. Es hora de pensar en Elizondo, en la discusión que propone en Cuaderno de escritura, donde afirma que el deseo y la espera, en esta novela (también en el Apocalipsis o en Esperando a Godot), podrían partir de la misma premisa: la no consumación del final. Si se consuma, se disipa; si llegara el final, el telón tendría que cubrirlo todo y, entonces, el silencio. No habría obra, ni motivos para hacerla.

La novela de Teja es una idea: no llegar. O que no llegue. Y hay que llenar ese vacío con olvido.

Muchas veces hablamos de cómo el olvido era lo contrario al silencio o el olvido era acechar al silencio sabiendo que no se hallaría, anhelando no dar con éste. Parece una apuesta truqueada, pero, el escritor, y el lector, no lo sabemos nunca: gracias al olvido volvemos a empezar siempre, diría la Intempestiva de Nietzsche, como el perro que, en cuanto le muestran la pelota, está dispuesto a jugar; como cuando a Sísifo le toca volver al inicio, es un tiro de dados, citando al de siempre.

Acechamos el final o al silencio, dirá Benet, Juan Benet. Pero entonces, a ese Maurice Blanchot al que nunca le entendimos, podremos entenderle ahora. Valga, pues, Esta noche, el gran terremoto como la idea hecha novela que nos ilustra lo siguiente: ¿Qué se dice cuando se afirma que el olvido rompe el silencio? Se dice que eso el final no ha llegado, que la existencia se llena con lenguaje ¿Qué se afirma cuando se habla de deseo y cómo se sostiene el ardor pujante de la inminencia sin que suceda nada, sin la desesperación o la ansiedad? El lenguaje es resistencia, da ruido o conocimiento o mantiene las sillas en el mismo número mientras se acaba la canción, como en el juego de las sillas, ¿lo recuerdan? ¿Es el absurdo de verdad algo que no lleva a nada? No lo queremos saber porque el lenguaje nos lleva a todos lados. Es polisemia y Babel. Y, aunque el lenguaje no se entiende siempre, el silencio es el horror, pero no lo conocemos. El lenguaje hace la trama en esta novela y nos mantiene en vilo. El silencio es la ausencia de lenguaje, lo consumado, y el triunfo de la memoria sobre el olvido: ya no queda nada por contar.

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Una edición de una de nuestras editoriales favoritas, Antílope. Foto: Ediciones Antílope

Cuando se habla de olvido se habla de lo que estamos conociendo. Sí, en gerundio: Esta noche, el gran terremoto es el elogio al gerundio imparable que colma la seguridad de que un final ha de llegar, aunque no llegue.

Sobre el deseo, la lección de Teja gravita en torno a la no consumación y, por eso, las palabras, o los diálogos, o los acertijos y los disparates. No se llega a nada, pero se dice. Y el decir es la vida. La palabra encarna. No, en realidad, con Teja, nada encarna. No es que se aluda a la condición humana, ni al dilema emocional de la envidia o la lujuria, la codicia, la pereza o esos otros asuntos capitales que han interesado en las tramas que van hacia afuera. Teja está antes de eso, si es que se puede expresar así la inminencia, en el fondo, es el miedo de perder a Eurídice.

Los protagonismos en Esta noche, el gran terremoto los ocupan las ideas. Pienso, perdonen lo personal de la lectura y la lluvia de ejemplos y analogías (aclaro: no influencias, esa palabra que desterró de nuestro léxico de críticos José Emilio Pacheco, por cierto), en un foro negro; o una habitación blanca en donde un trazo que representa a una idea discurre para nosotros: es luz, signo representativo de algo que llamaremos personae. Otra vez Godot. A ese trazo que fluye, ahora, lo colocamos en el mostrador de un hotel, o lo que dice Teja que es un hotel. Pienso, lector de otros autores, en Auster: en esos personajes hacia adentro, como en sordina, como en monólogo mental, y en quienes la prosa es desorden verosímil, donde no falta nada ni sobra tampoco una palabra. Los personajes en Esta noche, el Gran Terremoto son ideas, no psiqué ni encarnaciones descriptibles. Es como si el hilo tuviera que ser el malentendido, cínico más que gracioso, para sostener la trama. Lo imprescindible para el trance es la obsesión por el olvido que decanta en pequeñeces, en la tomografía, ya lo dijo alguien, en los detalles. Pero los detalles, en este caso, no como algo que represente una posibilidad de hallazgo. No hay nada que ver de nuevo si no es el tono quisquilloso, inconforme, obsesivo, irascible y cascarrabias del escritor, ese narrador que no deja que llegue el silencio valiéndose del ridículo triste de la inercia porque es la única manera de que no suceda el silencio, el terror.

La lección moral está en la alegoría de la espera. Se acumula la existencia mientras ocurre. Porque cuando sucede lo que se espera no queda sino el final. Somos incapaces del presente, por eso proyectamos, porque tenemos miedo ¿Y cómo no experimentar pavor si la conjugación del verbo, alejarse del gerundio, significa el silencio?

La lección estética es que Teja hizo un texto de la imaginación. En ese pasillo de un panóptico, los personajes nocturnos, Bill Murray junto a Scarlett Johansson, por decir algo, interactúan en ese lugar mental que es la novela de Teja, un hotel como mi último hotel en Houston, a la orilla del aeropuerto. Un escenario sordo y asceta, como el vacío necesario para pensar. Ahí, la sintaxis, o la escritura de Teja, es protagonista. La precisión sería el adjetivo porque es nítida, exacta: una lección gramatical para los que nunca entendimos cómo precisar la justeza del orden de las palabras con “la delicadeza con la que se pondría un racimo de uvas sobre una balanza”.

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