Juan Pablo Villalobos

RESEÑA | La invasión del pueblo del espíritu, de Juan Pablo Villalobos

LECTURAS | La invasión del pueblo del espíritu, de Juan Pablo Villalobos

La invasión del pueblo del espíritu tiene ese diamante en bruto que brillaba en el medio de una noche oscura de Fiesta en la madriguera.

Ciudad de México, 13 de marzo (MaremotoM).- Hacer patria en algún lugar del mundo. Donde crezca una aceituna. Donde el sol te ilumine la cara por el costado. Donde muera tu perro más allá de la sobrevida que tuvo para que no te sientas solo.

Hacer patria donde tengas a tu amigo Max, desde hace 30 años y el día que se va sientas que se va al exilio, como si se fuera a Siberia, a un sitio hostil, donde no lo conocerán ni los primos ni los vecinos, donde ya no tendrá tiempo para empezar de cero.

Decía el poeta y novelista León Plascencia Ñol en su terrible La música del fin del mundo, que “Buenos Aires me estaba carcomiendo” y algo de eso tiene la novela La invasión del pueblo del espíritu (Anagrama), de Juan Pablo Villalobos, que ha salido en el tiempo del coronavirus mientras todos nos preguntamos: ¿No eran los inmigrantes africanos los que nos iban a contagiar de algún mal inclasificable? Hoy todos estamos viendo cuánto sale un pasaje a Senegal.

Hay seres humanos que nacimos para ser exportados. Tenemos nuestro sello de nacimiento. Vamos a responder a toda nuestra cultura nativa, pero creceremos lejos de esa cosa informe llamada “la patria”.

Juan Pablo Villalobos
La invasión del pueblo del espíritu, de Juan Pablo Villalobos. Foto: Cortesía

La ciudad que te carcome es tu lugar de origen. Creciste donde pudiste, lejos de los monstruos familiares que te quieren robar tu herencia mediante jueces corruptos, probablemente también lejos de tu padre y tu madre, que ya han muerto, tal vez muy cerca de “la adormecedora” y de ese hombre ¿tal vez loco?, llamado Pol, que podría ser su hijo.

Juan Pablo Villalobos (Ciudad de Guadalajara, hincha del Atlas, 1973) es un gran escritor. Lo ha demostrado, por supuesto, con su primera novela Fiesta en la madriguera (Anagrama), que sigue siendo el gran termómetro para medir la temperatura de cómo nos sentimos viviendo en la realidad de los narcotraficantes (cuando digo viviendo es en todo el mundo, no sólo en México).

Luego de esa novela, Juan se ha dedicado a ser un escritor a tiempo completo, algo que no es fácil en estos tiempos, llevando el pan a casa junto con su esposa brasileña, la editora y traductora Andreia Moroni, quienes ahora viven en Barcelona, luego de un paso por Brasil (gracias a Dios, antes de Jair Bolsonaro).

Luego de sus novelas Si viviéramos en un lugar normal, Te vendo un perro y No voy a pedirle a nadie que me crea, todas editadas por Anagrama, Juan Pablo parece volver a esa primera vocación literaria y no porque estas historias estén mal o carezcan de valor, sino porque ese pequeño fulgor de mandar al Premio Herralde su primera novela, influido siempre por Roberto Bolaño, nos trae a un creador tirado al vacío, como si no hubiera nada en el piso y como si ese gesto adquiriera el sentido de un final o de un principio.

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La invasión del pueblo del espíritu tiene ese diamante en bruto que brillaba en el medio de una noche oscura de Fiesta en la madriguera. Dentro de ese escritor a tiempo completo, de ese hombre que manda tuiters todos los días (por supuesto, amenazando con la prisión a quien llame palta a su amado aguacate), del autor lúcido, hay un novelista a pie, que recorre los caminos de la palabra a veces sin brújula y sin tener todos los parámetros de la literatura bajo su mando.

Es un hombre que muchas veces está fuera de todo lo que miremos como “eminentemente literario” y sin embargo construye el lenguaje desde su mirar al mejor futbolista de la Tierra, a quien alimenta (o desalimenta hasta el vómito) con un protagonista que planta las papas que a él le gustan.

Esta es una novela también de ciencia ficción. Gastón es el gran testigo (junto con alguien que nos cuenta la historia rompiendo la cuarta pared y haciéndonos parte de lo que nos narra), de lo que pasa en la Tundra con Pol, de lo que pasa con los nororientales, de lo que pasa en su lugar de origen donde unos primos o sobrinos quieren quitarle la herencia y, por supuesto, de eso que dicen que fuera del mundo hay seres que viven y que aparentemente “son más inteligentes”.

Gastón no puede vivir sin Gato, su perro. Está atado a él no sólo por la correa que siempre lleva, sino por lo que le va diciendo su corazón y pareciera que la mascota respondiera. Es cierto que también es una novela de humor, como ese mismo humor que tenía Roberto Bolaño y que obviamente hereda de Kurt Vonnegut, pero decir que La invasión del pueblo del espíritu es “divertida” es confundir los idiomas como hacen los protagonistas de la novela.

Es una novela de dolor y de sinfín. Es una novela de misantropía. Y obviamente es una novela sin patria o de la reformulación de ese concepto: patria es llamar aguacate a la palta y perder a un amigo porque se va a Siberia.

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