Licorice Pizza

RESEÑA | Licorice Pizza, de Paul Thomas Anderson

Disfrutando de la inmersiva Licorice Pizza, a uno le asaltó el pensamiento pueril, quizás absurdo, de que el cine se había inventado para ofrecer películas como ésta, en la que parece que todo cabe en ella. Es una película que, de algún modo, abraza al cine. Al de antes, al de ahora y al que vendrá.

Por Jordi Campeny 

Ciudad de México, 11 de enero (MaremotoM).- Echar la vista atrás hasta los parajes de la infancia y adolescencia es un viaje que un buen puñado de directores lleva emprendiendo de un tiempo a esta parte. A tenor de los resultados, parece cierto que, en muchas ocasiones, mirar hacia dentro, atreverse a indagar por los vericuetos de uno mismo, conduce a zonas de verdades íntimas y universales que conectan con la audiencia. De Boyhood, de Richard Linklater, a Roma de Alfonso Cuarón, pasando por las actuales Fue la mano de Dios (Paolo Sorrentino) o la más impostada pero bella Belfast (Kenneth Branagh), sus artífices logran sacar oro y una emoción genuina al recordar, fabular y embellecer sus propios paraísos perdidos.

Paul Thomas Anderson, probablemente el mejor director de su generación, ese titán que ha marcado a fuego la historia del cine estadounidense reciente con títulos como Boogie Nights (1997), Magnolia (1999), The Master (2012) o El hilo invisible (2017), suma su mirada a la de este grupo de directores, ofreciendo una nueva obra maestra, Licorice Pizza, su película más amable y luminosa, aunque lo último que pretenda sea gustar a todo el mundo. Una comedia aparentemente ligera pero sofisticada, vibrante, a ratos esquinada, siempre mayúscula y evocadora.

Resulta una tarea ingenua, casi vulgar, pretender desglosar el argumento de una película como Licorice Pizza. Es una historia de amor entre dos niños grandes que la viven a ritmos y compases distintos. Nada más que esto. Ni nada menos. Anderson esboza el fin de la inocencia entre los colores y sonidos del paisaje de su adolescencia en el valle de San Fernando de Los Ángeles. El modo de aproximarnos a este edén es a través de la concatenación de secuencias rodadas con la caligrafía maestra habitual de su creador, sin aparente cohesión interna, pero logrando, finalmente, una ecuación perfecta.

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Licorice Pizza, título que remite a una tienda de vinilos de California que nació a finales de los 60 que, a su vez, tomó su nombre del apodo que recibían los discos –pizzas de regaliz–, se desliza ante nuestros ojos con una fluidez pasmosa, incomparable. El demiurgo Anderson –director, guionista, productor y director de fotografía– hace alarde, una vez más, de una puesta en escena suntuosa y soberbia en la que todos y cada uno de los elementos que la componen tiene su significado y encajan a la perfección. En ella parece haber una búsqueda de lo que en ocasiones se llamó “el mito del cine total”.

Licorice Pizza
Trabaja el hijo de Philip Seymour Hoffman. Foto: Cortesía

Y justo en el centro mismo de las desazones juveniles, las huidas de la mano hacia adelante de dos adolescentes que no consiguen acompasar sus pasos, los arrebatos de pura excentricidad, los niños en bicicleta cruzando puentes a ritmo de Bowie y los deseos de comerse el futuro a dentelladas es donde hallamos el corazón de la película; en él habita su inolvidable pareja protagonista. Los noveles Cooper Hoffman (hijo del gran Philip Seymour Hoffman, con quien Anderson trabajó en cuatro ocasiones) y Alana Haim (parece haber nacido para interpretar este papel; sin duda uno de los más memorables del año) realizan unas composiciones naturalistas, frágiles, estelares, sin un atisbo de impostura.

Disfrutando de la inmersiva Licorice Pizza, a uno le asaltó el pensamiento pueril, quizás absurdo, de que el cine se había inventado para ofrecer películas como ésta, en la que parece que todo cabe en ella. Es una película que, de algún modo, abraza al cine. Al de antes, al de ahora y al que vendrá.

Fuente: Culturamas / Original aquí.

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