RESEÑA | “Nada de nada”, de Hanif Kureishi

Hoy, este hombre, gran amigo del fallecido David Bowie, cultiva una literatura propia de su edad, donde miraremos sus libros como un espejo de nuestro espíritu, mirando transcurrir nuestras canas y nuestras arrugas con un desacostumbrado asombro.

Ciudad de México, 26 de marzo (MaremotoM).-¿Cómo es que Hanif Kureishi se vuelve viejo? Lo ha dicho en varias entrevistas, entre ellas una para la agencia EFE en donde dice: “Con la edad lo terminas perdiendo todo”.

El autor Buda en los suburbios y de Intimidad, sus libros más famosos entre muchos otros donde ha analizado la evolución del cuerpo y he hecho guiones de hermosas películas, como Mi bella lavandería, ya tiene 65 años y si bien hoy esa edad es vista con 20 años menos de lo que era percibida allá, por el siglo XX, la vejez es algo impropio e innecesario para él.

También para nosotros, en un sistema donde se valora la juventud y la nostalgia como algo que recuerda la gente mayor. El presente y el pasado. No somos sin los recuerdos y sin todo lo vivido, pero a veces evocar, hacer hincapié en algo que pasó, es cosa de viejos. No hay que hacerlo, dice la sociedad.

Pero, ¿qué sentido tiene vivir casi hasta los 100 años (¿se acuerdan cuando nos decían que alguien era el más viejo de la humanidad y tenía 100 años, hoy pasan holgadamente esa cifra y son muchos más), si no hay un sitio, un lugar, un espacio para los viejos.

De eso, del espacio, habla el último libro de Kureishi: Nada es nada (Anagrama), donde se cuenta la historia de Waldo, notorio cineasta que conoció la gloria, los premios y el aplauso de crítica y público, permanece ahora postrado en una silla de ruedas por los achaques de su avanzada edad. Sin embargo, su libido sigue incólume y su razonamiento inmaculado. Su mujer, Zee, es amante de Eddie, crítico de cine, quien va a salir vengado por el anciano.

“Vivo en un pequeño mundo. Me paso días sin salir del apartamento. Tenemos una casa en el campo, pero apenas vamos. Una noche, cuando todavía podía caminar con muletas y me dirigía hacia el jardín para meditar, me caí. Peso mucho. Y con los kilos acumulados tras la ingesta de ostras, pasteles de carne, budines y queso de cabra con pistachos –y rodeado por un lago de Bloody Marys, vino, cerveza negra y brandy volcados a mi alrededor- Zee no logró levantarme. Tuvimos que esperar cuatro horas a que llegase la ambulancia. Pienso a menudo en mi propia muerte y en cómo se producirá. No me entusiasmaba la idea de morir tirado en el suelo, donde se hace difícil hablar. Espero que mis últimas palabras aparezcan en las antologías”, dice Waldo.

Todo el libro es el transcurrir de él como testigo de un romance absurdo y venenoso, que se desarrolla frente a sus ojos, que todo lo ven y todo lo entienden. Va a recuperar a Zee, aunque sea lo último que haga en su vida y para ello la mente –esa eterna joven- va a ponerse a sus servicios.

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El nuevo libro de Hanif Kureishi. Foto: Anagrama

He leído otro texto cercano a la vejez, Los siete cuentos morales, de Coetzee, mientras leía Nada de nada y es tremendo cómo se parecen los dos libros. Como si los autores (aunque Coetzee tiene casi 20 años más que Kureishi) hubieran hablado antes o, vamos a decirlo, la vejez es algo que por ahora se ve como ellos la ven.

“Envejecemos sin remedio. La cara nos devuelve un rostro que no es uno. Recordamos que ayer nomás no teníamos esas arrugas y mucho menos ese gesto dormido, como una piel abrasada por tormentas desconocidas. Somos hijos de un huracán sin nombre. Estamos devastados por el tiempo.

Una anciana quiere pintarse para que la miren como la miraba antes. “Está loca de atar”, dice su nuera. No quiere que ella sufra. Nunca antes la mirarán como la miraban antes”, dice Coetzee. Y Kureishi, pareciera responder: “No hay vitalidad alguna en su vida y lleva al menos siete años sin sexo. No soy capaz de satisfacerla en ningún sentido. Sospecho que se masturbaba viendo escenas románticas en la tele. Espero que fuesen de Jane Austen. Quizá a Zee le gustase sentir mi lengua en su interior. Todavía puedo moverla un poco. Los días malos, levantar un brazo se parece a la paradoja de Zeno. Imposible desplazarlo: un número infinito de movimientos que jamás logro completar. Puedo sostener un vaso, utilizar el teléfono y hacer girar las ruedas de mi silla, pero a duras penas logro abrocharme los botones del pijama. ¿Qué derecho tengo a mostrarme celoso y restrictivo?”.

Decía el marido de Idea Vilariño, Jorge Liberatti, que las parejas con mucha diferencia de edad (Idea le llevaba 22 años a él) “la van a pasar mal” y esto pareciera agregar mucho sufrimiento a la vejez, aunque Hanif dice al final: “Zee…Zee…Te olvidaste de mí durante un tiempo. Pero ahora has vuelto a recordarme. Eso es todo lo que quiero. Lo único que siempre me ha importado has sido tú. Siento el aliento de su amor sobre la cara. Morirse no está tan mal. Deberías intentarlo alguna vez”.

El inglés, nacido en Londres en 1954, escribió en sus primeras obras sobre el racismo. Es descendiente de paquistaníes y en su literatura se preguntó entre otras cosas si había dolor en el odio.

Más tarde escribió mucho sobre las relaciones humanas, sobre el amor, sobre la pareja. Está la demoledora Intimidad, que se volvió película en las manos del francés Patrice Chereaux y obra de teatro representada en muchos escenarios del mundo, que marcó a Kureishi como el gran autor del desasosiego y la ironía, capaz de ejercer un costumbrismo a lo Chejov (el gran objeto de su devoción) que pone bajo su lupa implacable la curiosa manera de relación que ejercitan los humanos contemporáneos.

Hoy, este hombre, gran amigo del fallecido David Bowie, cultiva una literatura propia de su edad, donde miraremos sus libros como un espejo de nuestro espíritu, mirando transcurrir nuestras canas y nuestras arrugas con un desacostumbrado asombro.

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