Suzette Celaya Aguilar

RESEÑA | Nosotras, de Suzette Celaya Aguilar

La poética de lo rural, de lo alejado de las grandes ciudades. El constante estira y afloja entre la dicotomía Barbarie y Civilización. Una poética sobre el desarraigo y la muerte. Sobre la superstición que llena los huecos y silencios que deja la ignorancia de un mundo que está más allá del terruño.

Ciudad de México, 27 de noviembre (MaremotoM).- La narrativa de nuestro país que es considerada como columna vertebral de la tradición nacional, surgió posteriormente a la revolución mexicana. Tomando como punto de referencia a uno de los faros más brillantes de toda aquella camada de autores: Juan Rulfo y sus dos joyas: El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), precedido por Agustín Yáñez (1904) con su Al filo del agua (1947), se instaura una poética que se convertiría, hacia el extranjero, en el sello distintivo de nuestra literatura.

La poética de lo rural, de lo alejado de las grandes ciudades. El constante estira y afloja entre la dicotomía Barbarie y Civilización. Una poética sobre el desarraigo y la muerte. Sobre la superstición que llena los huecos y silencios que deja la ignorancia de un mundo que está más allá del terruño.

Antecedidos todos, aunque desde un ángulo más ideológico que estético, por José Revueltas y su Luto Humano (1941), obra con la que el texto del que hablaremos tiene una relación temática, quizá los últimos disparos de esta narrativa sean Los días enmascarados (1954) de Carlos Fuentes, Balún Canán (1957) de Rosario Castellanos y Los recuerdos del porvenir (1963) de Elena Garro.

Suzette Celaya Aguilar
Editó Paraíso Perdido. Foto: Cortesía

Fueron estos y otra media docena de textos que se escapan, los que viraron la narrativa mexicana hacia una universalidad que se debía, en gran medida, a la complejidad en el punto de vista y en la construcción de planos narrativos, heredados de la tradición gringa. Pero, sobre todo, a una prosa que al tiempo que contaba la historia de personajes de pueblos jodidos resultaba, a todas luces, poética. Trastocada por una especie de hechizo con el que los personajes no sólo poblaban las páginas del libro, sino que saltaban, como se decía varios siglos antes sobre los personajes de Shakespeare, a la vida misma. Héroes cuyo lenguaje no estaba destinado a filosofar sobre la existencia, sino a calibrarse, en sus diálogos y monólogos, a esa misteriosa sensación de habitar el mundo. En el caso de la narrativa mexicana de la posrevolución, ese salto de los libros a la experiencia de lo que se llamó el México profundo, también se observaba una constante: el asomo de los personajes al otro lado. El diálogo que mantenían con la textura de la muerte.

Es esta prosa la que deja perplejo al lector. Plástica, estimulante, cálida. Pero también despiadada, electrizante. Una prosa que nos recuerda que una novela no sólo cumple con la función primaria de contar, con amplitud, una historia. Una prosa que ya vale por sí misma. Que hace del lenguaje ese artilugio embrujado, potente, en el que suele convertirse cuando se proyecta con la intensión estética de estimular en el lector iluminaciones, que advierta los alcances de significación a los que pueden llegar las palabras cuando se ponen al servicio de la literatura. Pareciera que la novela Nosotras de Suzette Celaya (Hermosillo, 1982) se hizo sola, como se hacen los murmullos cuando el viento de la madrugada se cuela entre los árboles. Como se trazan las formas cuando las cosas se filtran por la luz de una lumbre encendida en el monte.

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Nosotras; además de inscribirse a la tradición antes mencionada, es ante todo un libro sobre la pérdida. Pero una pérdida que, irónicamente, no se da por disipada. Una pérdida que se defiende, machete en mano y otorga identidad a Violeta, el personaje principal y voz narrativa que se irá transformando en Victoria. Una mujer curtida que nos lleva y nos trae de un patio bajo un mezquite a la orilla de un río, escenario para el origen y el final de varios personajes. Que nos lleva y que nos trae del atrio de una iglesia al panteón del pueblo, lugar donde yacen las únicas posesiones que le interesan: sus muertas.

La pérdida de la madre, tildada de loca o puta (esos roles en los que se encasilla a la mujer cuando no es el de monja o madre devota), la muerte de una hija nonata y la de una abuela déspota, terrible. A todas estas muertes se adhiere otra que las cubre a todas: la de un territorio y su historia. Utilizando un juego de espejos y perspectivas, que parecieran guiñar con el realismo mágico, solo para parodiarlo, Nosotras toma como referencia lo sucedido en 1964 en los tres pueblos sonorenses: Batuc, Suaqui y Tepupa. Celaya construye un espacio que vive sus últimos días, antes de ser inundado por el gobierno para montar una presa. Un desplazamiento que supone para sus pobladores no solo la pérdida de un territorio, ni de su origen, sino de su identidad. Es un gran acierto que no se den referentes espaciales en la novela. Sólo es un pueblo que podría ser cualquiera sobre el mundo. Además de alejar a la obra de la tan mañoseada etiqueta de literatura norteña.

La solidaridad femenina entre Violenta y Lina, el elegante erotismo que tiene lugar en el monte, los caballos. La visión de lo femenino en un contexto de hombres que parecieran bestias, dejan la sensación que estamos ante una historia sobre el fin de los tiempos. Dicen los quirománticos que cuando se sueña con inundaciones, con agua espesa y oscura, es que se acerca el fin de algo. En el universo de la novela se trata del final de una estirpe de mujeres solitarias. De una reunión que se hará parte del escenario que quedará cuando ya nadie esté ahí para observarlo.

Nosotras me recordó a la breve y bellísima animación de Kunio Katō, La mansión de los pequeños cubos, esa donde un viejo habita en un mundo inundado. Un mundo en donde el agua representa el tiempo que cada día abarca más espacio. El personaje pierde su pipa y tiene que regresar al inicio de su casa, que ha ido construyendo hacía arriba para no ahogarse, pero también para no tener que irse de ahí. El viaje por la pipa es el viaje hacía su pasado. Una reconstrucción dolorosa de su vida que al final lo afianzan en la cima de un universo inhabitable. Un universo que solo se puede soportar porque es ahí donde habitan sus muertos. Nosotras sugiere que nuestros huesos y cenizas forman parte de la patria a la que realmente nos debemos: la de nuestros afectos más entrañables.

 

 

 

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