Olinka, de Antonio Ortuño.

RESEÑA | Olinka, de Antonio Ortuño

Zacatecas, 24 de septiembre (MaremotoM).-He vivido un par de años en Guadalajara. Allí, en su universidad, estudié mi maestría. Hasta el día en que me presenté para realizar las pruebas de ingreso, nunca antes había ido a esta ciudad que, comparada con Zacatecas o incluso con Aguascalientes (por entonces, las dos ciudades más familiares para mí), es de un tamaño abrumador, sofocante. Además de sus dimensiones, siempre odié ese aire suyo que con paciencia y terquedad pone en todas las cosas una capita de hollín. Supongo que mi estancia en Guadalajara equivale a una temporada de tabaquismo. Así mismo aborrecí su clima. Dormí mal muchas noches y bien –aunque con remordimiento– varias tardes, porque el calor vespertino me arrullaba tanto como el nocturno me dificultaba abandonarme al sueño.

Pero no todo fue malo: regresé a casa para enterarme, apenas unos meses después, de que en Guadalajara no son extraños los terremotos. De haberlo sabido antes, no me hubiera atrevido a enviar la solicitud de ingreso a la maestría; de haberlo sabido en medio de mi estancia, no hubiera podido dormir tranquilo, ni siquiera durante las tardes más bochornosas. También me siento afortunado de no haber presenciado uno solo de los signos que por entonces anunciaban la increíble violencia que hoy padece Guadalajara. A fin de cuentas, pues, sí desarrollé una suerte de cariño por esa ciudad que me acogió por dos años, así sea por lo que no me hizo padecer: un terremoto, un asalto, el hechizo de su supuesta belleza… Guadalajara, para mí, acaso por las desmedidas expectativas que llevaba conmigo antes de conocerla, es como un cofre que sí está donde el mapa lo promete y sí está lleno de monedas, pero todas son de oropel. Insisto: para mí.

Tal vez por eso he sentido tanta empatía por Aurelio Blanco, alias Yeyo y también Perro, el contador de los Flores, el cliente del abogado Piña, el ex presidiario, el protagonista de Olinka, la reciente novela de Antonio Ortuño. Y es que a Blanco también lo ha defraudado Guadalajara, representada allí por su ex suegro y por el gobierno mismo, quienes lo han elegido para expiar las culpas, los delitos, los negocios retorcidos y sanguinolentos de toda la ciudad, cuyos tentáculos están, desde hace mucho tiempo ya, sujetos a los de otros antaño pueblos, en especial a los tentáculos de Zapopan, de donde son originarios Blanco y el propio Ortuño. Así como Ifigenia y como Isaac, Blanco entendió enseguida la necesidad del sacrificio y puso, hasta con algo de entusiasmo, el cuello para que su suegro (ciertamente no su padre pero sí su única figura paterna) le hundiera el cuchillo que habría de redimir a toda Guadalajara. La diferencia, el fraude, es que en su caso ningún dios intervino en el momento perentorio, como le había sido prometido.

Recostado ya en la piedra de los sacrificios, a Blanco no lo trocó Ártemis por un ciervo, no lo llevó la diosa al Quersoneso Táurico, que bien pudiera haber sido una playa del Caribe, no necesariamente ese badajo que pende encima del Mar Negro. Tampoco envió Yahveh a uno de sus arcángeles para detener el puño de Carlos Flores y, convencido de la fidelidad del padre y del hijo, del suegro y del yerno, mejor dicho, entregarles una criatura aún más inocente, aún más dócil que Yeyo. Acaso el dios no lo hizo porque después del blanco lo que sigue es la transparencia, lo que no se ve porque no existe. Acaso no lo hizo porque Blanco mismo ya era un animal apto para el sacrificio, dócil y en extremo fiel, como bien lo intuyó su esposa, Alicia, cuando entre sus juegos sexuales decidió llamarlo Perro, pues había encontrado en él a la mascota que sus padres no le permitieron tener cuando niña.

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Olinka es eso: el relato de una promesa no cumplida, de un sacrificio a cambio de nada o, más bien, a cambio de algo peor que el sacrificio: el olvido, el abandono, como si el cuchillo nunca se hubiera hundido y como si no se hubiera prometido reparar la herida al poco tiempo. Pero es mucho más, por supuesto. En torno al drama de Blanco, Ortuño teje todo un mantel donde se pueden apreciar la doble moral de una familia que quizás representa a muchas familias de Guadalajara, una familia, por ejemplo, dispuesta a armar un matrimonio a la carrera con tal de ocultar un embarazo imprevisto; de igual modo la doble moral de un gobierno que, como siempre, a puertas cerradas opera como cualquier mafia mientras delante de la gente se pone una máscara chafa de rectitud, aun a sabiendas de que la gente no se traga la mascarada; también se puede apreciar en ese mantel el reguero de sangre que bien puede haber detrás del acelerado crecimiento de la ciudad, debajo de las torres de departamentos y de los jardincitos donde es raro ver aves pero sí muy frecuente a riquillos trotando, como si allí el aire de veras estuviera limpio.

Creo que cuando en serio me identifiqué con Blanco fue en las primeras páginas de “Olinka”, cuando después de mucho tiempo el protagonista vuelve a Guadalajara y la encuentra muy diferente a la ciudad de sus recuerdos, tan diferente a la Guadalajara de mis expectativas. Para Blanco, no sólo se han multiplicado las casas, los barrios, los edificios, la gente, además esta última tiene las costumbres y la apariencia más raras. Por un momento me imaginé que Blanco había viajado en el tiempo, al futuro, o a un universo paralelo; pronto deseché esa sospecha, sin embargo, porque ya he leído otros libros de Ortuño y estoy bastante seguro de que al prolífico autor no le hace falta recurrir a maniobras de ciencia ficción, pues su ojo penetrante le ha permitido encontrar en este pobre mundo nuestro todo el material necesario para construir relatos ficticios pero en modo alguno alejados de la realidad. Y eso es tan fascinante como aterrador.

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