José Juan Aboytia

RESEÑA | Paraíso difícil de roer, de José Juan Aboytia

Ciudad Juárez no es un infierno, sino un paraíso difícil de roer y en este paraíso sólo nos cabe la esperanza de querer aletear como ángeles. Si decadencia no faltará, la buena noticia es que la imaginación puede y debe entrenarse.

Ciudad de México, 8 de abril (MaremotoM).- Una frase funciona en muchas novelas como llave que abre los candados mágicos de la obra entera y la explican hasta dimensiones desconocidas. En cierto momento, José Juan Aboytia deja caer que “En tiempos de decadencia, la imaginación es la que intenta sobrevivir”. No cabe duda de que en Ciudad Juárez la decadencia se ha convertido en endémica, un cáncer que no concluye ni en recuperación ni en fallecimiento, sino que se alarga sin fin. En una ciudad en la que, como afirma Aboytia, “se celebra el hecho de cumplir un día más de vida “(p. 9), la imaginación sigue produciendo infatigables guardianes que, si no velan, sí al menos dan testimonio de la vida cotidiana en la mejor frontera del mundo, que cantara Juan Gabriel”.

J.J. Aboytia, narrador de Ensenada avecindado en Ciudad Juárez desde hace quince años, se ha convertido de forma constante en uno de los mejores cronistas de este “paraíso difícil de roer” que es la dualidad Ciudad Juárez/El Paso, hermanas siamesas disfuncionales cuyas dinámicas de vida, a medio camino entre lo global y lo local, hacen justicia al término “glocal”, donde la universalidad se pone al servicio de lo provinciano.

Paraíso difícil de roer cuenta la historia de cinco amigas: Ana María, Mariana, Kerra, Fernanda y Carol. Son jóvenes, bonitas, conflictuadas. Mariana, hermana de la fallecida Ana María, está casada con un perfecto ogro de las fábulas infantiles, Rosalío el Contador, mafioso y perfecto malo chamagoso y risible de la función; Fernanda sufre anorexia y su madre quiere convertirla en vientre de alquiler para un matrimonio amigo; Carol vive la desazón de haber roto relación con su novio, pero asumir que no era más que un pendejo no la vuelve más feliz; por último está Kerra, cuyo nombre rima con perra y se llama Kenia Rascón. Es la más pacheca de todas, practica artes marciales y vive su vida con una sexualidad abierta como una flor, plena y sin complejos. Kerra es la mujer que todos quisiéramos tener como amiga, que quizá tuvimos alguna vez, cuando éramos jóvenes y nos mirábamos en las películas de Tarantino para encontrar en ciertos códigos la marca de nuestros tiempos.

Pero Paraíso difícil de roer no es solamente esto, porque si lo fuera, no sería una novela negra, y esta es una novela negra editada por Nitro/Press en su imprescindible espejo para conocer la realidad de México que es la colección Nitro Noir, que con la obra de Aboytia alcanza su título 24. Ganadora del Premio Chihuahua de Literatura en 2020, Paraíso difícil de roer nos sumerge en las vidas cotidianas de estas jóvenes en el año 2012, apenas extinguidas las hogueras de los años de la furia que tuvieron a Juárez ardiendo de manera incombustible entre 2008 y 2011. Es, por ello mismo, una novela de interregno que evoca la realidad violenta de una ciudad violenta en un país violento en tiempos violentos, antes de la pandemia de Covid que revitalizó la violencia actual, cuando, una vez más, Juárez se convirtió en puerta de entrada de las drogas a un Estados Unidos ávido de substancias tóxicas para combatir el confinamiento y el terror al virus.

Las ilusiones de Mariana, de Kerra, de Carol y de Fernanda se cruzan con la vida cotidiana del crimen en Ciudad Juárez: prostitución, narcotráfico, corrupción policial, son el marco indisoluble en el que se mueven no sólo estas chicas como otras cualesquiera, sino personajes tan siniestros como el Contador, el Niño, el Gordo, el JM, el Mensajero y el Nuevo, quienes conforman cada uno de ellos una imagen del monstruo de nuestro tiempos el que ha convertido a Juárez en carnaza del capitalismo salvaje: “Malditos cocodrilos. Maldita droga. Estúpida guerra contra el narco. Llenaron nuestra ciudad de mierda. De política y porquería” (p. 208).

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No existe esa tan temida mitificación del delincuente que ciertos lectores esgrimen contra el género negro, pues en Paraíso difícil de roer queda bien clara la fabulación moral que Aboytia nos presenta. En realidad, casi siempre es así. La novela negra es un género moralizante desde su origen, pues busca ordenar el mundo tras presentarnos sus desvaríos más abominables. Al final, personajes como el Contador pagan su maldad con la calderilla mental de su estupidez, es el ogro que se come a las niñas en esta versión de los cuentos infantiles donde el matrimonio Zazueta es como esos campesinos pobres que abandonan en el bosque a sus hijas, que venden primero a Ana María (quien aparece violada y asesinada en un motel de la ciudad) y luego a su hermana Mariana. Ana María y Mariana, nombres casi especulares, son como el espejo de lo mal que Ciudad Juárez trata y ha tratado a muchas de sus mujeres al cosificarlas, humillarlas, violarlas y matarlas. En un momento de la novela, un personaje afirma mientras mira engolosinado a Mariana: “No cabe duda de que Chihuahua es un estado ganadero. (…). Buena carne de primera” (p. 57). Porque además del narco, en Paraíso difícil de roer hallamos el tema de la violencia contra las mujeres y los feminicidios como una constante de la que parece salvarse la intrépida Kerra con su deseo de entregarse a quien sólo ella quiera, aunque actúe como mula involuntaria y cruce droga a El Paso. Los personajes masculinos parecen caricaturizados en esta novela de Aboytia: además del ogro Rosalío que se hace llamar El Contador, tenemos a otro al que llaman el Niño, uno más al que apodan el Gordo… En cambio, las mujeres esgrimen una superioridad moral que las vuelve jueces de la ciudad, de su entorno y de un mundo entero donde con dinero baila el perro. Incluso el Niño se convierte en parodia de los caballeritos andantes de los cuentos infantiles, y Mariana en una Cenicienta que esgrime de manera simbólica el hacha del leñador para salvarse solita de las fieras del bosque.

José Juan Aboytia
Editó Nitro/Press. Foto: Cortesía

El estilo de Aboytia es ligero y dinámico, con frases breves, ritmo ágil y movedizo. Capítulos cortos y subcapítulos con título, para que cada entrada parezca una promesa de nuevos acontecimientos. Esta es una novela muy musical donde los tradicionales epígrafes de poetas y autores consagrados mutan en versos de canciones. Aboytia cambia a Platón por Joaquín Sabina, a Sor Juana por Cristina Rosenvinge, a Octavio Paz por Juan Gabriel. Es también por eso la novela más rabiosamente pop sobre Ciudad Juárez y El Paso escrita hasta la fecha, la que refleja que la literatura ya no sólo está encerrada en los códices que llamamos libros, sino que fluye libre en diálogos de películas, letras de canciones, en plataformas que arrancan la literatura del sarcófago de papel para devolverla al mundo y hacerla citable, vieja y nueva al mismo tiempo.

Paraíso difícil de roer cambia el tópico del desierto por un vergel de moteles de amor y antros de aventura, calles de pasión y lucha por la vida en una ciudad que parece repartir sólo muerte, pero hace que todo el mundo se sienta vivo, como constató en cierta ocasión uno de sus más lúcidos (y mal entendidos) exégetas: Charles Bowden.

Ciudad Juárez no es un infierno, sino un paraíso difícil de roer y en este paraíso sólo nos cabe la esperanza de querer aletear como ángeles. Si decadencia no faltará, la buena noticia es que la imaginación puede y debe entrenarse.

 

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