RESEÑA | “Retrovisor”, de Luis Panini

Ciudad de México, 21 de abril (MaremotoM).-Uno: Happiness es un cortometraje de animación realizado por Steve Cutts. En la obra de menos de 5 minutos exploramos, con una mirada descarnada, el comportamiento del hombre en la sociedad actual. Usando a ratas como metáfora de una plaga que devora todo lo que encuentra a su paso, Steve Cutts retrata el consumo desmedido, la búsqueda artificiosa y la felicidad conseguida a través de los estímulos efímeros y siempre insuficientes. Recordé este corto al terminar de leer Retrovisor, selección de cuentos de Luis Panini (Monterrey, 1978) publicada por la editorial Atrasalante. Cada una de las historias del libro funciona como una especie de ventana a la vida de hombres y mujeres que llenan un centro comercial, que cenan todos los días con su familia, que transitan en calles atestadas rumbo al trabajo. Cada uno de ellos, a pesar de su individualidad, se mimetiza con el vecino al grado de no poner distinguirlos cuando los miramos desde una perspectiva más amplia. Ese punto de vista, por supuesto, está determinado por el narrador de cada uno de los cuentos: escena tras escena, línea tras línea, el que cuenta la historia desmenuza los temores de esos pequeños seres que habitan cualquier megaurbe, revela sus pequeños placeres culpables, deja en libertad la imaginación para crear situaciones incómodas y, al mismo tiempo, completamente reales.

Escena tras escena, línea tras línea, el que cuenta la historia desmenuza los temores de esos pequeños seres que habitan cualquier megaurbe. Foto: Especial

Dos

Hay varias influencias que se pueden rastrear en los cuentos de Luis Panini: destaca, en primer lugar, el minimalismo en la escritura. El autor se enfoca en la acción y despoja sus frases de casi cualquier adjetivo o descripción adicional. Por otro lado está la idea que, al menos en esta selección hecha por el escritor Jaime Mesa, hay del cuento: un territorio muy breve –muchos calificarían Retrovisor como un libro de minificciones– que ofrece más preguntas que soluciones. Si exceptuamos “Para desfigurarle un rostro a la doncella”, el resto de los textos se desarrollan en pocos párrafos. Hay que acotar que Panini a veces sigue la línea de la ficción breve tradicional que, según palabras de Lauro Zavala, uno de los especialistas en el género, es muy cercana a un “microcuento”: hay personajes, introducción, desarrollo y conclusión. Sin embargo hay otros textos –a mi gusto aún más interesantes– que entran en el territorio de la minificción como la define Zavala: narraciones cuyo empaque busca negar el formato literario acostumbrado y presentarse con un disfraz que pertenece a otro tipo de géneros textuales: la receta, el reporte policial, el informe médico, entre muchos otros. Esta negación, por supuesto, genera varias sensaciones: la provocación, pero también el guiño, la sátira o la burla. De esta forma, en Retrovisor conviven textos que, en apariencia, son uniformes, y sólo con una lectura atenta se pueden entender los detalles que los distinguen.

Tres

Otra de las constantes, en esta selección de narraciones breves, es la violencia. Panini usa este elemento de múltiples formas. Por supuesto, tenemos la violencia que se ejerce fragmentando o vulnerando el cuerpo de otra persona. Cuando se usa este artificio Panini busca evitar lo explícito: es cierto, se advierte el interés del autor por incomodar pero, atrás de cada una de esas provocaciones, hay algo que trasciende lo gratuito. En “El legado de Swift” se lleva a través del recurso intertextual y hasta sus últimas consecuencias el famoso ensayo de Jonathan Swift en el que propone que los hijos de los irlandeses pobres sean vendidos como ganado comestible a los ingleses ricos. En “Conciertos privados” se crea una imagen surrealista cuando comienzan a llegar, a través del correo postal, cabezas de niños que, de la nada, llenan con sus voces cantantes la casa de sus anfitriones. En “Gallinita ciega” la violencia asume la forma de una estampa cuando el conductor de un programa de televisión es casi devorado por una osa y aparece, en pantalla, con el rostro descarnado, la musculatura y el esqueleto expuestos. No hay explicación, sólo el efecto inmediato y el impacto de la escena. Es como interpretar un cuadro en una exposición. Pronto comprendemos, mientras avanzamos en la lectura del libro, que la violencia que se nos presenta tiene más de una conexión. Tenemos, en la superficie, el absurdo, pero atrás de este nivel aparece la indiferencia de una sociedad cada vez más individualista y ajena al sufrimiento del otro. Panini narra sus escenas utilizando un discurso en el que el pensamiento o la emoción son sustituidos por escenas donde predomina la acción y deja, para quien lee, todo lo demás. La fragmentación del cuerpo mutilado encuentra un símil en la información dispersa, la velocidad que apabulla y confunde en el mundo hiperglobalizado en el que vivimos.

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Cuatro          

Retrovisor es más que una exhibición o catálogo de horrores. Como en Happiness, el cortometraje en el que millones de ratas luchan y sufren en medio de promesas de felicidad instantánea, las narraciones de este libro ejercen una crítica despiadada al modo en que nos comportamos en las sociedades modernas. No es una crítica moral porque no hay soluciones a la vista y eso convierte a los textos de Panini en literatura en lugar de panfletos. El autor pone a sus personajes en una mesa de disección y, ahí, iluminados por una luz muy blanca, sin que puedan esconder nada, emergen sus pequeñas y grandes miserias. Lo perturbador, para quien lee, es sentirse identificado e, incluso, disfrutar del carnaval que presenta el autor página tras página. De esa forma nos unimos a los millones de criaturas que deambulan en nuestro entorno y, peor aún, comenzamos a formar parte de esa masa homogénea y apabullante. En “Suburbia” uno de los mejores textos del libro, un padre de familia –después de la jornada laboral– llega al fraccionamiento donde vive con su familia pero se equivoca de casa. Aún así es capaz de entrar, saludar al hijo de su vecino (idéntico al suyo) y hacerle el amor a la vecina a quien toma por su esposa. Al día siguiente todo vuelve a la normalidad. No hay ninguna diferencia en ese mundo en el que se siguen las mismas reglas, se comen las mismas cosas, se miran los mismos programas en las pantallas y se siguen las mismas rutinas. Esa pérdida de la identidad –mostrada a través de distintos disfraces– es una de las propuestas más interesantes de Retrovisor.

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