Rompiendo el silencio

RESEÑA | Rompiendo el silencio. Yo te acuso, Pinochet, de Martha Helena Montoya Vélez

Ante los albores de una nueva constitución chilena, comparto aquí el texto de la presentación del libro Rompiendo el silencio. Yo te acuso, Pinochet, de Martha Helena Montoya Vélez, en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Ciudad de México, 17 de noviembre (MaremotoM).- Martha Helena Montoya Vélez, murmuro. Aún tengo los ojos cerrados, son las cinco de la mañana con doce minutos. Aún está oscuro y suenan los primeros ruidos de movimiento en esta parte de la ciudad de México. Tan sólo hace unas horas, antes de irme a dormir, por algún motivo había olvidado tu nombre. Soy un tipo al que le es difícil recordar los onomásticos o ciertos datos particulares. Y así me fui a la cama, con la cabeza llena de la vida cotidiana que nos ocupa todo el tiempo, sin resquicios, sin intersticios, ni tregua.

Me despierta completamente tu nombre. Martha Helena Montoya Vélez. Como decía, tengo los ojos cerrados y pese al sueño que todavía me llena los párpados, tu nombre me empuja y saca del sueño, del letargo matutino para sentarme frente al teclado.

Pero, ¿por qué olvidé tu nombre, por unas horas? Las razones son desordenadas pero consistentes. Estaba pensando en Jorge Semprún, aquel niño español de 13 años que debió exiliarse con su padre en 1936, perseguido por el régimen de Francisco Franco contra la República española. Aquel rebelde comunista en el que se había convertido años después y que con sólo 19 años de edad estaba con la resistencia en París durante la ocupación nazi.

Rompiendo el silencio
Presentación del libro. Foto: Cortesía

Martha Helena Montoya Vélez, tú también eras una joven universitaria cuando fuiste detenida en Chile. Jorge Semprún fue detenido por el servicio secreto alemán y recluido en el campo de concentración de Buchenwald. Leí su texto llamado La escritura o la vida en la universidad y su ejercicio lúcido sobre recuperar la memoria fue el tema de conversación de muchísimos meses en los jardines de la UAM Iztapalapa con mis condiscípulos. La memoria sobre su detención que afloró sólo muchísimos años después, en la conciencia de que la forma de sobrevivir a la reclusión fue precisamente dejar aflorar la palabra escrita y que, paradójicamente, no la ejerció sino hasta muchos, muchísimos años después. Dejar que la memoria hiciese en él un proceso donde escribir, hablar, sirviera para atestiguar el horror que vivió, pero también para dejar claro que la escritura era la vía para la memoria, para no dejar que el olvido se apoderase de su humanidad, y la aniquilara. La escritura o la Vida de Jorge Semprún ha sido, para mí, un libro fundamental sobre la dignidad, sobre la necesidad del humanismo más vital para sobrevivir a los regímenes totalitarios. Pero con tu libro, Martha Helena, he recordado esa vitalidad que necesita del trago amargo para valorar la dignidad y la lucha, la necesidad de la decencia y la empatía hacia el otro, para despertar fantasmas que me han perseguido desde la adolescencia. Esto lo comento porque mi madre fue detenida en las marchas en 1968. En septiembre ya estaban asesinando estudiantes y mi madre en ese proceso de trauma, a sus hijos: a mis hermanos y a mí, nos prohibía meternos en problemas políticos, en luchar por las instituciones, por la dignidad y por los derechos. Evidentemente la desobedecí.

¿Por qué olvidé tu nombre momentáneamente? En el mes de abril inicié con unos colegas de la UACM y otros externos (la IBERO, la UNAM y de La Salle Pachuca) un curso llamado Dictaduras y Humanidades. En unas reuniones previas platicábamos lo necesario que es difundir la palabra latinoamericana que nos fue legada en nuestra etapa estudiantil y que casi no se conoce (aún con la comunicación masiva que ofrece internet); estas historias de reclusión y de dictadura la verdad es que no se conocen a fondo. Me explico, al respecto.

Varios colegas hemos coincidido que tuvimos, en nuestras respectivas formaciones profesionales, clases o conferencias con profesores argentinos, chilenos, uruguayos, guatemaltecos, españoles, paraguayos, colombianos, nicaragüenses. Me tocó escuchar a Mariana Masera, Sandra Lorenzano, Hernán Silva a Teresa Lobo entre muchos otros que, cuando nos enseñaron literatura, incluyeron textos como El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, Pedro y el Capitán, Los Pichiciegos, La escritura o la vida, Conversación al sur, Guirnalda de primavera, entre muchísimas otras obras que pueblan la literatura latinoamericana y de protesta contra la dictadura. (Por ahí dije a unos españoles porque por ahí hubo profesores ibéricos que nos contaron los horrores que vivieron y cómo ellos lucharon contra el silencio).

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Lo que quiero decir, es que mis profesores me legaron una cultura de la resistencia, de la dignidad, de la necesidad de la vida, de la urgencia de hablar cuando sus derechos humanos fueron pisoteados. En aquel curso fuimos muy claros en nuestro propósito cuando lo impartimos, el de Dictaduras y Humanidades: nos había legado la universidad la voz de nuestros profesores y queríamos difundir sus enseñanzas y la memoria de aquellos que habían logrado sobrevivir al horror de una dictadura. Nos moríamos de miedo con pensar que una persona que haya sobrevivido, como lo eres tú Martha Helena o un experto analista político llegara a nuestro curso (gratuito, de libre acceso) y nos cuestionara desde una perspectiva más compleja. Sólo éramos 8 profesores formados a su vez por otros profesores y que nos enamoramos de la sed de justicia, de la persistencia y la perseverancia, de la dignidad, de las obras literarias, filosóficas, históricas, antropológicas, que atestiguaban que un Estado era capaz de reprimir a sus ciudadanos, que era capaz de allanar casas, de hacer detenciones masivas, arrestos clandestinos, y que podía reprimir a los jóvenes, hombres y mujeres, por el sólo hecho de serlo (jóvenes y existir). Que traer un libro bajo el brazo podía ser un crimen y que ser libre pensador estaba completamente prohibido.

¡Cómo no tuvimos tu texto, Martha Helena, para el curso Dictaduras y Humanidades! ¡Cómo no tuvimos nuestro texto! Porque ese curso inició un grupo de investigación que está trabajando actualmente. De haber sabido, de haber podido contactarte antes, de haberte conocido hace algunos meses habríamos tenido la oportunidad de no sólo llevar el amor a nuestros profesores y sus testimonios, sino a una persona que nos habría ayudado a plantar esa semilla en otras generaciones que tiene firmada la leyenda dignidad, memoria, lucha y justicia. Por personas como tú, existen intenciones como las que tuvimos en ese curso. Intenciones que dicen: para no olvidar. Para no repetir, y Nunca Más.

Martha Helena Montoya Vélez. Tus memorias me despertaron. Olvidé tu nombre porque en mi corazón ya se estaba gestando este pequeño texto que no puede hacer otra cosa más que intentar homenajearte. Intento decirte que las palabras de tu libro me han conmovido como lo hicieron Marta Traba, Semprún, Kundera, Miguel Hernández, Puig, Gelman, Bendetti, Fogwill, Gaspari o Zurita. Inscribo en mi corazón a Montoya Vélez. Te inscribo y te agradezco por esta lectura, por este libro que es un clásico automático. Eres esa estudiante detenida por el régimen de Pinochet. Que viajó doce días atravesando el Cono Sur hacia una patria que estaba haciendo una transición pacífica hacia el socialismo. Que vivió en el país del mítico Salvador Allende y que estuvo ahí, en el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 y que sobrevivió a la detención arbitraria de extranjeros en los meses más oscuros de Chile. Ese “estar ahí” que fue tu “delito” y que me recuerda las poderosas reflexiones de Hannah Arendt de su Eichmann en Jerusalén: la banalidad del mal consiste en la afirmación “sólo seguíamos ordenes”; no limpia ni exime la ejecución de la tortura, del asedio y el acoso. No hay nada en el mundo que justifique ese horror, y sin embargo las afirmaciones más simples consisten en horrores profundos e insondables.

El 11 de septiembre yo ya estaba leyendo a Martha Helena Montoya Vélez y me detuve un momento para escribir esto en Facebook. Esto se produjo gracias a la lectura del libro de Martha Helena:

La luz al final del túnel

está Allende a ti.

está Allende a mi.

Lo cercano de nuestra voz

lo íntimo de nuestra protesta

es la contigüidad de nuestros sueños.

Yo sueño por ti

querido

porque cuando te arrancaron

nunca fue de raíz.

Floreces con nosotros,

floreces todo el tiempo:

cada 11 de septiembre,

cada vez que la memoria

nos levanta el puño izquierdo.

Fuente: La palabra andante / Original aquí.

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