Serendipia

RESEÑA | Serendipia, el suicidio o la salida para el autodescubrimiento

Ciudad de México, 14 de junio (MaremotoM).- La vida se ha convertido en un murmullo permanente donde a toda costa queremos socializar con los demás, lo cual nos impide encontramos a nosotros mismos. Instagram. Facebook. Grupos de WhatsApp. Tinder. Críticas. Apariencias. Todo se va aglutinando de tal manera que nos extraviamos en un abismo donde pretendemos encontrar en el otro (o la otra) un botón de escape, un paracaídas de salvación o un motor de arranque. Las voces de afuera se han convertido en gritos estridentes que nos enloquecen. ¿Cuánto tiempo podemos estar desconectados de la virtualidad? ¿Cuánto tiempo podemos permanecer en silencio con nosotros mismos? ¿Cuántas veces hemos intentado una salida y claudicamos porque nos da miedo?

La compañía Un Paso a la Deriva Teatro presenta —en el Foro Salvador Novo del Teatro la Capilla— Serendipia, de Carmen García Casales, con la dirección de Julio César Mejía e Israel Rodríguez y la producción de Fátima Vela, en la que 10 personajes expresarán el vacío que sienten ante la vida. Podemos ser partícipes de esta aventura todos los domingos hasta el 30 de junio a las 18:00 horas.

Todo comienza con el caos, como lo vaticinaban los griegos. Únicamente vemos sombras desplazarse en el pequeño espacio y escuchamos voces a diestra y siniestra entre la oscuridad. La escenografía es escueta, pero funcional y bien lograda, la cual consiste en varias cajas de madera (y un tambo grafiteado), mismas que fungirán como bancas, sillas, un tren o un escenario en cada una de las historias de los personajes.

Serendipia
10 personajes expresarán el vacío que sienten ante la vida. Cortesía

En medio de ese caos hay un alto. Suena una alarma que parece controlar a los actores en escena. Los espectadores estamos confundidos porque no sabemos en cuál de ellos debemos posar la mirada. Existe una duda del desarrollo escénico, son demasiadas personas en ese espacio diminuto que nos recuerda “La resurrección de Lázaro” del Misterio Bufo de Darío Fo, saturado de actores para presenciar el milagro. Genera angustia. Desesperación.

De pronto aparece el orden. Todo empieza a tener sentido y el andamiaje de Serendipia se nota. El primer personaje, Nadie (Mario González), nos cuenta sus peripecias. Digámoslo de una buena vez: está arriba del edificio más alto de la cuidad porque quiere suicidarse. Lo registraron como Nadie, cuando su nombre debía ser Nadir, pero el juez se equivocó por una letra y le arruinó la vida. (Inevitable dejar de pensar en Altazor, de Vicente Huidobro cuando advierte aquello de que “vamos cayendo de nuestro zenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo”. ¿Será que la dramaturgia toma esto como un elemento simbólico desde las alturas con un nombre que debía ser Nadir y manchar el aire, pero se salva llamándose Nadie en espera de Alguien?)

Este personaje sufre bullying, no es popular, no ese Alguien de nadie, por lo tanto no le encuentra sentido a la vida. Las cartas están echadas. La dramaturgia de García Casales comienza a surtir efecto y respiramos aliviados. Nos mantiene atentos, expectantes. Así como ocurre con Nadie, cada uno de los personajes comenzará a manifestar las razones de su imperioso deseo por suicidarse en lo alto del edificio aquel. Nuevamente volvemos a tenerlos juntos, escuchamos sus problemas. Consideran que lo mejor es el suicido múltiple para acabar pronto. Pero reculan, quieren —hasta en ese momento mortuorio— exclusividad y no están dispuestos a compartir con nadie la muerte. Deciden contar sus tragedias una a una de tal suerte que algunas de ellas, si no es que todas, nos harán valorar lo importante que es compartir, hablar y aceptar: Carpe diem.

Después de Nadie, Esmeralda (Karen Basurto/ Danna Muñiz), quien no sabe cómo lidiar con la bancarrota de su papá, y tampoco lo que es vivir con lo indispensable, pues lo tuvo todo y nunca le falto nada, se enfrentará entonces al mundo real después de haber estado tanto tiempo sumida en la burbuja de la plasticidad social y económica que a muchos nos aqueja hoy en día. La carga social de no tener nada cuando lo tuvo todo, la carcome. Su salida: la muerte.

Después, Illi (Ana Prav), una niña de 13 años, con un unicornio que carga a todos lados, padece la falta de aceptación en la escuela cuando les habla a sus compañeros de sus abecedarios de colores y la ignoran porque, dicen, “es una niña especial”. Rechazo hostil. Pero su verdadero conflicto es el divorcio de sus papás, piensa que ella es la responsable. El unicornio representa la culpa metafórica que carga y deberá soltar para liberarse de esa lápida tan pesada que lleva a cuestas.

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En Serendipia cada uno es el problema para sí, pero encontrará la claridad al relacionarse con el otro de manera milagrosa. Foto: Cortesía

Por su parte, Ian (Arturo Valencia), es un personaje que ha decidido refugiarse en las drogas y el alcohol tras perder a su madre. Consume drogas para evadir, para no preguntarse cosas. Extraña a su mamá, no sólo porque le preparaba el lonche, sino porque genuinamente se preocupaba por él; el detonante para su adicción es que la extraña y no ha aceptado del todo su ausencia.

Perry (Ale Mora), la prostituta, la más famosa del lugar y se ha acostado con tantos clientes que ha perdido la cuenta, se enamora de uno. Un hombre misterioso comienza a frecuentarla y a pagar por estar solo con ella. Esto provoca que la dama se fije en él y deje de pensar en el sexo por el sexo para comenzar a sentir. Permitirse hacerlo es casi un acto de rebeldía en estos tiempos. Un incidente atroz la separa de este hombre que la lleva a descubrir lo que significa el amor propio.

Un personaje más, Armando (Israel Rodríguez), un doctor pedante, insensible, harto de ser un segundón a pesar de haber estudiado tanto, está cansado de dar noticias de enfermedades, padecimientos y muertes a la gente del hospital donde labura, esto hasta que es despedido. Él ve la muerte como eso, un proceso natural: lo que debe hacer es encontrar un motivo para sentir que tiene sentido estar vivo.

Eloísa (Carmen García), una mujer de clase media se siente impotente porque la despiden de su empleo. Todo le sale mal en el trayecto a su trabajo con marchas, manifestaciones, la ineficiencia del metro y el tráfico. Le preocupa el dinero, pues debe pagar los gastos de todos los días. Es hija de un alcohólico, no estudió la preparatoria y su vida parece desmoronarse a pedazos. Enloquece porque no sabe de dónde pagará la renta, el gas, la luz. Está sola.

Soledad (Andrea Lara), una cantante de medio pelo que lo hace horrible, está vacía, busca solamente una pareja con la cual compartir su vida. Le pesa que todos en su familia se burlen de ella por ser la solterona con frases como “y tú para cuando primita” o “la quedada”. Esto, que pareciera no causar ningún mal, resulta ser un problema muy recurrente en una sociedad construida por las apariencias que nos arrastra con ellas. Lo que no vislumbra es que en el deseo de muerte encontrará la oportunidad de vivir, lo mismo que los otros nueve personajes.

En el caso de Rosa (Helena Aparicio), ella representa a una mujer segura y fuerte —en apariencia—, está cansada de fingir ante los demás, necesita hacerles saber que es frágil y que de vez en cuando requiere un poco de atención como todo el mundo. Ella ha llegado a ser la que los demás creen que es, mientas que con ello se ha olvidado de ser quien ella quiere ser.

Finalmente, Desiré (Frida Aranza), es una de las historias más impactantes (por una razón que no aventuraremos aquí), porque debe tomar una decisión sumamente difícil entre salvar o no a un ser querido, pero se bloquea, no sabe qué hacer, qué camino tomar, no sabe nada y su único pensamiento es quitarse la vida delante de unos desconocidos.

Las 10 historias desgarran, hay que decirlo, pero abren los ojos, porque aquello que los llevó a ese sitio en la hora y lugar indicados para darse cuenta, como lo dijo Julio Cortázar, “que no es quien te mueva el piso, sino quien te centra” o no es “quien te roba el corazón, sino quien te hace sentir que lo tienes de vuelta”; de que la desdicha de cada uno los hermana de una manera afortunada. Serendipia “es un descubrimiento o un hallazgo afortunado, valioso e inesperado, que se produce de manera accidental, causal o por destino, o cuando se está buscando una cosa distinta”. Lo que vemos en escena son arquetipos bien logrados (por el texto) y representados impecablemente por los actores. No cabe la menor duda de que la dirección cuidó bien los detalles espaciales, la simbología de los nombres y las historias de cada uno que no se traducen en cursilería, sino que, por el contrario, encuentran un eco en los espectadores que se miran en esos encuentros.

Antes hicimos el parangón con “La resurrección de Lázaro” porque hay un montón de gente aguardando ver el milagro, en Serendipia cada uno es el problema para sí, pero encontrará la claridad al relacionarse con el otro de manera milagrosa.

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