RESEÑA | “Sin rastro de nosotros”, de Luis Tovar

Por mis venas va, ligero de equipaje

Sobre un cascarón de nuez

Mi corazón de viaje

Luciendo los tatuajes 

De un pasado bucanero

De un velero al abordaje

De un liguero de mujer

                                  Joaquín Sabina

Ciudad de México, 16 de marzo (MaremotoM).- El Arte es esa maravillosa exploración interna del ser humano, una especie de entendimiento sobre aquello que lo rodea y compartirá con el mundo para ser asimilado y, en muchos casos, adoptado, porque es una posibilidad de explicar lo que somos ante las manifestaciones artísticas que dan luz a lo que no podemos verbalizar. En su Poética, Aristóteles concibe al teatro como una imitación de la vida con la finalidad de alcanzar una catarsis en el contemplador. Años después, Oscar Wilde disertó sobre el mismo tema en La decadencia de la mentira en boca de un par de personajes: Cyril y Vivian que, entre otras cosas, presentan al hacedor de arte como aquel que toma la realidad y la enmarca para ser admirada. Los medios de los que se vale el artista en el siglo XXI son muchos y variados: el cine, el teatro, la novela, el cuento, el ensayo, el dibujo, la pintura, la poesía, el video, el corto, el grafiti, etcétera. Todos ellos representan una realidad que nos circunda y con los que intentamos evidenciar lo que ocurre a nuestro alrededor: violencia, muerte, desamor, soledad, pobreza, injusticia. Acabo de leer un libro que versa sobre la memoria y lleva por título Sin rastro de nosotros (2013) —que surge de un verso de “Amor se llama el juego”, canción de Joaquín Sabina, que ha explicado muy bien Ricardo Venegas en un texto para la revista Siempre!— de Luis Tovar (México, 1967), crítico de cine, director de “La Jornada Semanal”, novelista, poeta y con inclinaciones musicales que van desde The Beatles o The Who hasta Juan Gabriel o Chico Buarque.

Este libro/novela se compone de tres relatos: “El sexo y la palabra”, “La costumbre” y “Después nada”, que, en primera instancia, parecieran no tener nada que ver entre sí, porque no se suceden convencionalmente en los hechos y el desarrollo de los personajes, no obstante a lo largo de la novela encontramos vínculos, casi imperceptibles, que anudan estos capítulos/relatos, como la constante duda de la fidelidad de la memoria. Aunque también pudiéramos alejarnos de la unidad per se y leerlos de manera independiente, a modo de cuentos. Al decir esto pienso en Rayuela y sus múltiples posibilidades de lectura: saltando capítulos, de manera lineal o por separado, porque Julio Cortázar sabía, premeditadamente, que el libro que el lector tenía entre sus manos era un universo con el que se podía jugar en libertad.

En el primer capítulo/relató (“Sexo es la palabra”), Mario le escribe una larga carta a Marta. Es un extenso monólogo en el que llega a un autodescubrimiento y, al mismo tiempo, nosotros, lectores voyeristas, nos apropiamos de esta internalización por el “truene” con ella y las razones que los llevaron a terminar. Es un discurso donde Mario va concatenando sucesos como cuando se fue a vivir con ella a su departamento de la colonia Roma, explicar por qué no es capaz de sentir celos, clarificar la molestia que le provoca que le cuestionen quién le ha llamado cuando recibe una llamada, el ir y venir de ambos cuando se dejan, pero continúan en ese mismo circulo vicioso de verse sin responsabilidades, la infidelidad de ambos, en fin, el discurso enumera situaciones clave para que los dos, en un acto de valentía, finalicen su relación definitivamente.

¿Quiénes somos nosotros para decir que lo que pasó hace un mes es literalmente como lo recordamos? Foto: Especial

Mario, que se casó a los “diecinueve años, sin darme cuenta de las cosas, pero con un principio de deseo muy simple y muy honesto: ser feliz yo y hacer feliz a Laura” (vuelve a fracasar en otra relación). La carta es una despedida sin pedir nada diciéndolo todo, explicando que Marta fue tan importante como Beatriz —otra mujer con quien también salía— y de la que se enamoró. El desenlace no es con ninguna, lo cual carece de importancia, lo que hace que la escritura cobre sentido es que todo lo que provenía de su sexualidad se transforma en palabra desde la soledad: el sexo silencia, mientras que la soledad otorga la palabra.

El segundo relato/capítulo se intitula, “La costumbre” y es un cambio radical a lo que veníamos leyendo: cambia de tiempo, de ritmo y de estilo narrativo, aunque aparece el mismo Mario (más joven) como personaje principal y con sus vicisitudes amorosas con Angélica, su esposa, a la que conoció en la “secun”. Este segundo episodio se estructura mediante las voces/recuerdos de amigos, familia y los mismos implicados en la relación: Mario y Angélica. Quizá este momento sea uno de los más fuertes de los tres movimientos —para decirlo en términos operísticos— porque plantea los avatares de los problemas en pareja que comienzan una vez que el padre de Mario muere de peritonitis. La muerte de él será, pues, el detonante para que Mario salga de su casa pasados tres meses e inicie una vida en pareja al lado de Angélica. Cabe señalar que la descripción de la estancia en el Seguro Social de su padre, la rotación de la familia para hacer guardia cada ocho horas y la decrepitud en la que cae Mario, es tan agobiante que logramos empatizar con él en ciertos momentos donde parece que va a estallar y dejarlo todo. La contradicción, la duda o la inexactitud, serán elementos imprescindibles en Sin rastro de nosotros, no porque haya una equivocación en el que narra, sino porque parte de la premisa de que nadie puede ser fiel a la memoria, “al final no guardamos en la memoria nada más que unos pocos recuerdos desleídos que vamos modificando con cada remiendo”, nos dice el narrador. Es muy probable que por esta razón diga que se casó con Laura primero, y después sepamos que su esposa se llamaba en realidad Angélica. A partir de entonces todo es inexactitud, hasta de los mismos testigos que también titubean al momento de declarar un dato o recuerdo sobre aquella relación tóxica entre Mario y Angélica que se gritan, se lanzan objetos, se ofenden y han perdido la confianza. La problemática conyugal lleva a Mario en busca de mujeres con las que pueda pasar el rato y así es como conoce a Marta e inician un amorío. Este segundo movimiento es la primera pieza, temporalmente hablando, que debemos tener como antecedente.

Te puede interesar:  “La naturaleza de la FIL es presencial y lo digital es su ventana al mundo”: Raúl Padilla López.

En el tercer movimiento denominado “Después nada”, ya no es Mario el que figura en escena, sino Arturo y Mariela, un crítico de cine y una actriz de poca monta con aspiraciones de conseguir un Ariel, que se conocen por una amiga en común: Beatriz, de la que no sabemos nada más que Mario está enamorado de ella como lo está de Marta, según lo escribe en alguna parte de la epístola: “hubo un tiempo en el que mi felicidad hubiera consistido en estar contigo y también con Beatriz, poder darle a las dos todo lo que fuera capaz”. Arturo Velásquez está enamorado de ella, asiste a su fiesta, pero Beatriz está “con un sujeto de espaldas amplias”, quien podemos deducir que es Mario en segundo plano, pero no hay nada que así lo delinee. Arturo comienza un flirteo con Mariela, el cual desembocará en una relación violenta porque ella se siente usada por él y piensa que todos están en su contra pues ha decidido dedicarse a la actuación y cree que no la entienden. En este tercer relato/capítulo el narrador se vale de notas a pie de página —como si fuera un texto académico— para irnos guiando en la explicación de situaciones que pudieran no ser del todo claras. Naturalmente la relación con Mariela no llega a buen puerto, porque ambos se desgastan y no tienen otro remedio que aceptarlo, sellar el adiós con un beso “hueco” en la mejilla después de tomarse un café en alguna cafetería como es costumbre y continuar con sus vidas.

En resumen, podría decir que el experimento literario que plantea Tovar es arriesgado, incluso hasta osado, pero nos obliga a releer, a dialogar con lo que le sucede a sus personajes y los tormentos que les acompañan. Este ejercicio permite que reflexionemos en nuestra finitud y hagamos un repaso en nuestra memoria que pensamos exacta aunque no sea así. Afloran, por otro lado, sus gustos literarios como Ramón López Velarde, Lope de Vega o Julio Cortázar, del mismo modo que los musicales (Joaquín Sabina, Luis Eduardo Aute o John Lennon) o los cinematográficos (Woody Allen, los hermanos Marx, Buster Keaton, Perros de reserva y Bendito infierno).

Paul Auster creó un libro grandioso que tituló La trilogía de Nueva York, donde utiliza esa enorme ciudad como escenario para crear Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada; en Luis Tovar existe algo muy parecido, no con la ciudad, sino con el interior del ser humano que está hecho de fragmentos, recuerdos, relaciones olvidadas y disyuntivas por afrontar. Al final no importa si Mario se casó con Laura o con Angélica y si Beatriz fue su amante, lo que importa es que no hay villanos ni héroes en la búsqueda de Tovar, puesto que todos —en algún momento— somos humanos que acertamos muchas veces, pero en otras nos equivocamos rotundamente y debemos seguir adelante.

Hugo Hiriart, en el primer capítulo de El arte de perdurar, dice que hay “una red de problemas filosóficos que la llaman problema del uno o de los muchos. Por ejemplo, tú has sido niño, joven, adulto, soltero, casado, es decir, has sido muchos, y sin embargo, en todas esas transformaciones has sido tú mismo, es decir, has sido uno, entonces ¿cuál es ese uno disgregado entre muchos?” ¿Quiénes somos nosotros para decir que lo que pasó hace un mes es literalmente como lo recordamos? Por fortuna siempre habrá otra mirada que nos alimente los olvidos en un mundo que a veces internalizamos en silencio y otras lo verbalizamos cueste lo que cueste. Somos sístole y diástole en cada transformación de nosotros mismos, unas veces somos sexo y otras, palabra.

Comments are closed.