Pedro Lemebel

RESEÑA | Sobre Lemebel

Santiago de Chile, 9 de octubre (MaremotoM).- El documental Lemebel, realizado por la directora Joanna Reposi Garibaldi, involucra un gesto reivindicativo y un merecido homenaje. Aunque tal vez resulte optimista pretender que esta reivindicación supone un reconocimiento amplio, ¿nacional?, ¿latinoamericano?, en una película que acentúa su factura “casera” y que utiliza grabaciones en super 8, diapositivas y testimonios sonoros al servicio de una filmación de apariencia desprolija. Sin embargo, me adelanto a subrayarlo, la película prolonga un desafío material y ético consonante con el activista y creador experimental que fue Pedro Lemebel. Este segundo largometraje de Reposi después de Locos del alma (2003) fue ganador nacional del Sanfic 2019 en Chile y obtuvo el Teddy Award to Best Documentary / Essay Film Berlinale, en el festival de Berlin, además de una mención Especial del Jurado a Mejor Documental en el Festival de Cine de Lima.

Asumiendo la complejidad de adoptar un punto de vista para desplegar la trayectoria de Pedro Lemebel (1952-2015), artista, performer y pionero en la lucha por los derechos y el orgullo de las disidencias sexuales, la película confiere un lugar preeminente a las acciones de performance y al cuerpo mismo de Lemebel. La tonalidad necrológica tiñe todo el documental, motivada por el leimotiv que se reitera en el epílogo y que la directora dirige a Lemebel: “me pediste que no dejara de grabarte”. Esta afirmación adquiere varios sentidos: se apela a eludir la muerte bajo un compromiso de continuidad que la película asume, pero también la decisión de doblar la apuesta en relación con el cuerpo al borde del fin. El cuerpo está allí cuando Lemebel, semejante a la figura de un monje budista y con el pelo raleado por la quimio, se inflama a lo bonzo dejándose rodar en el interior de una bolsa de arpillera sobre unas escaleras encendidas. La exhibición del cuerpo aparece, sí, pero también la resistencia a exhibir su posible degradación, cuidada hasta el final en una operación de teatralidad que aúna orgullo e insolencia.

En consonancia con el estilo técnico y estético que prima en los documentales contemporáneos que buscan hacer archivo y reparar memoria, la película de Reposi exhibe la retaguardia de la producción, las entrevistas con Lemebel, sus traslados por la ciudad, también la selección de materiales e incluso las recursos técnicos que se eligen para exponerlos (el tratamiento visual de Niles Atallah en la dirección de fotografía es fundamental). La evanescencia del pasado se expresa en los retratos icónicos de Lemebel que aparecen y desaparecen en la pantalla, duplicados y fantasmales sobre distintos formatos. Esa cualidad volátil y pregnante del rostro de Lemebel roza el simbolismo, en particular cuando se lo proyecta sobre muros descascarados y edificios semiderruidos de la ciudad, subrayando así una condición fundamental: su vínculo con el Santiago periférico y pobre, él agregaría colisa e indio. Esta otra ciudad fantasmal y anacrónica conserva absoluta vigencia aunque el corazón del país se obstine en darle la espalda.

En relación al registro emocional y sensible de la evocación, que se incrementa hacia la mitad de la película, rescato una escena: aquella en que proyectan la foto de Lemebel con su madre sobre el muro de la habitación de infancia donde se tomó esa misma imagen. Las palabras que Lemebel dedica a la infancia son intensas, nostálgicas. Transmiten una porción de lo que Lemebel fue, pero a mi parecer también ahondan en una dimensión que escasamente pudo transitar porque, como él mismo explica, le tocó la lucha, la reivindicación de su condición de yegua del Apocalipsis, lo que la contingencia le exigió, aun a costa de asfixiar otros potenciales de su persona. El documental hace un uso sabio de los materiales de archivo, destaca una entrevista que da junto a Pancho Casas en el periodo inicial de Las Yeguas, la famosa entrevista del año 2000 con Pedro Carcuro en la televisión pública (cuando Lemebel homenajea y nombra a las secuestradas y torturadas durante la dictadura de Pinochet, en particular a Carmen, la hermana del conductor) y su lectura maquínica del texto para Joan Manuel Serrat, hecha gracias al dispositivo que después de la operación le devuelve el uso de las cuerdas vocales, con “Lucia” como telón musical.

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En el magnífico libro Lemebel, publicado en 2018, la escritora y crítica chilena Soledad Bianchi acopla sus propios recuerdos de Lemebel con una lectura aguda de su obra y recuerda que el programa Cancionero que Lemebel dirigió en Radio Tierra entre 1994 y 2002 consistía en la lectura de sus crónicas acompañadas de una canción de música popular que él mismo elegía. El sonido de la película también merece una nota aparte, desde la discusión de Lemebel con la directora exigiendo música de fondo para conversar o filmar, hasta la cuestionable elección de la canción “Corazón de poeta” en la interpretación de Jeanette, sobre todo por la importancia que adquiere y porque acentúa una faceta excesivamente candorosa a la hora de resumir al versátil Lemebel. De modo análogo a la evanescencia de los retratos de Lemebel, hay una fugacidad en el trabajo con el sonido, las voces entrevistadas que acompañan las imágenes de la ciudad se someten a una difracción y permeabilidad que es propia del cuerpo perdido y que, en la película, impregna los espacios que Lemebel habitó.

Amigos del artista han manifestado que el documental instrumenta una despolitización de su figura. No es asombroso que Lemebel se convierta en terreno de disputa, una disputa que es afectiva, pero también estética y política. Además es cierto que el registro melancólico y el tono de obituario que domina el documental empujaron a un segundo plano la faceta más erótica, irritante, frontal y desgarrada de Pedro Lemebel. En suma, esta elección neutraliza en algún grado su carácter subversivo, y a pesar de esto su vitalidad y vigencia, no cabe duda, se mantienen incólumes, contra viento y marea. Eso sí, se echa de menos la pasión, porque nadie dijo que la muerte sea sinónimo de apocamiento.

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