RESEÑA | “Te recuerdo, Amanda”, de Teresa Fernández de Juan

Amanda es el instante de la memoria cubana atraída por la gracia narrativa, dice la reseñista. Una voz cubana en Tijuana.

Tijuana, 23 de marzo (MaremotoM).- En su libro Te recuerdo Amanda (Lapicero rojo, 2018), Teresa Fernández de Juan evoca la canción homónima del chileno Víctor Jara con un título que revela el indisoluble vínculo entre la experiencia musical y los episodios biográficos acaecidos en el edificio de una Habana conservada en las memorias juveniles de la autora. Tal vínculo resultaría un capricho si no fuera porque los catorce relatos, enlazados en forma de novela, detallan armoniosamente el anhelo de ser comunidad expresado en sus múltiples historias: un canto a la libertad de amar acompañado de la cadencia de la crónica.

Amanda no está sola. En las habitaciones del edificio memorable llamado Amanda gritan, ríen, mueren y lloran los personajes iluminados por el pincel de la jerga habanera apenas traducida al “mexicano” por mera condescendencia de la autora hacia sus coterráneos de Tijuana, donde reside desde hace casi veinticinco años. En cada relato, de la vecindad cubana emergen los retratos de una veintena de residentes del edificio de La Habana construido en 1925. En su dinamismo retórico, por sus puertas y ventanas saludan los espectros animados por la académica y también fundadora de la Asociación Latinoamericana de Musicoterapia. Seleccionada por la editorial Lapicero Rojo como primera novela, la obra da cuenta de la mente ilustrada de la voraz lectora cuya imaginación adolescente sigue atizada por el amor a Cuba.

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Presentación del libro en Tijuana. Foto: Facebook

Si bien la prosa de Fernández proyecta una fluidez que pareciera natural al habla cubana, su asertividad característica transparenta cada personaje de modo necesario a la ficción histórica. Quienes conocemos a Teresa sabemos de su estilo directo que en el campo literario resulta un favor que agradecerse. En su narrativa proyecta la consistencia de los personajes que, como en radiografía, delatan el dolor, el deseo y la furia por la vida. Si los personajes finalmente muertos algo enseñan, es la intensidad de los minutos en que la historia se detiene para colmar de pasión o de esperanza la experiencia. Una experiencia compartida y contagiada por la disposición arquitectónica del edificio de viviendas. Las paredes de Amanda, como en tantos otras vecindades, quedan rebasadas por la permeabilidad de sus pasillos, puertas y balcones.  Impregnada de amor y desamor, Amanda en sus personajes se hace eterna. Amanda es el instante de la memoria cubana atraída por la gracia narrativa.

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