Michel Houllebecq

Retórica de la ceguera: Houellebecq, lector de Lovecraft

Houellebecq lee a Lovecraft con esas gafas, graduadas a antojo. Y esas son las gafas que permiten encontrar, debajo de la parafernalia del terror cósmico, su verdadera esencia como escritor.

Ciudad de México, 7 de abril (MaremotoM).- El título de esta columna es un chiste y un intertexto: alude al ensayo “Retórica de la ceguera: Derrida, lector de Rousseau”, donde Paul de Man, en un gesto de guerrillero vietcong, le arrebata las armas de la deconstrucción a Jacques y se las apunta, para decirle: ey, oye, tú también lees acomodaticia y logocéntricamente; tú también manipulas los textos para obligarlos a decir lo que quieres; tú también fuerzas interpretaciones en las Confesiones, de Jean-Jacques Rousseau, que no están en el original.

Ya se entiende por dónde se cargarán las tintas.

Hubo que esperar treinta años para que el ensayo H.P. Lovecraft. Contre le monde, contre la vie (Seuil, 1991), de Michel Houellebecq, fuera traducido al español por Anagrama (2021), abriéndonos así la posibilidad de descubrir una suerte de grimorio que, al menos para mi generación, se había vuelto mítico.

Es decir, después de habernos abierto la posibilidad de escribir sin temor a la impudicia, con un casi nulo sentido de lo políticamente correcto, en Las partículas elementales y Plataforma, ¿qué tenía que decir Houellebecq acerca de Lovecraft, un autor que parecía más atascado en los alambres de púas de la infancia que en las ironías amargas de la crisis de los cuarenta?

Y bien, lo que dice quizá no sea lo que cierta porción de la crítica esperaba (cuánto de los temas de Lovecraft hay en los libros de Houellebecq), sino algo mucho más valioso: cuánto de la visión de lo que debe ser la literatura absorbió el francés del norteamericano, en sus años iniciáticos y que se extendieron a sus agrios años de madurez.

Lo pongo en clave pauldemaniana: cuánto le hace decir Houellebecq a Lovecraft, que quizás Lovecraft no pudo decir. O, al menos, no con esa retórica. Ahí, por supuesto, hay una ceguera, movida por la propia retórica del idioma y de la traducción (porque Michel lo leyó filtrado por el francés, así como lo leemos nosotros, ahora, en español castizo); pero también movida por las ambiciones de cuando recién estaba dándole forma a Ampliación del campo de batalla (1994) y eso no es menor.

Debo reconocer (e igual me pasó con Tolkien y con Stanislaw Lem), ni en mi niñez ni en mi primera adultez pude enganchar con las descripciones tremendistas de Howard Phillip Lovecraft (“y era el monstruo más aborrecible y feroz que había visto, algo innombrable desde el fondo del averno”, bla; estoy parodiándolo, claro). El terror cósmico, en comparación con Edgar Allan Poe, Walpole, Clive Barker, Ira Levin o Stephen King, me aburría un poco. Sin embargo, hay dos cuestiones que quisiera plasmar aquí de la “ceguera” (es decir, la distorsión ideológica) con la que Houellebecq lee a Lovecraft. Una tiene que ver con una tesis del francés que me parece brillante acerca de la sublimación del miedo a ser destruido de la fatua Nueva York; y la otra, una opinión sobre qué debe ser un buen escritor, (na’ más para hacer otro corte en la piel de un debate que parece inagotable).

Primero: el supuesto racismo de Howard Phillip es, en realidad, una fantasía masoquista. Vaya manera de plantearlo del loco de Michel… El origen de ese rechazo data de su estadía en Nueva York, cuando está recién casado y su esposa pierde el empleo que los mantenía. Es conmovedor cómo Houellebecq describe la manera en que Lovecraft prueba emplearse en lo que sea, y en todos los trabajos lo rechazan por su sobrecalificación, dándole la oportunidad a afrodescendientes y mulatos que lo desprecian por su clase social y su garbo. Eso le provoca un síntoma: él, un varón blanco de New England, intelectual, erudito, se ve amenazado por criaturas “oscuras” en una metrópolis extraña, que finalmente acabarán por destruirlo, haga lo que haga. Ante eso, la de Lovecraft es una segregación tan tibia, privada y reactiva que hasta Houellebecq hace que uno lo lee con cierta ternura pasmosa, porque es eso lo que, en parte, se convierte en un proyecto creativo contra el mundo y contra la vida (que es como se subtitula el libro). Resulta decidor aquí la forma en que se estructura el ensayo.

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Basta con evidenciar cómo se enuncia el párrafo inicial: “La vida es dolorosa y decepcionante. Por lo tanto, es inútil escribir más novelas realistas. Ya sabemos a qué atenernos sobre la realidad en general; y pocas ganas nos quedan de saber algo más. La humanidad, tal cual es, ya solo nos inspira una apagada curiosidad […]. Cuando uno ama la vida, no lee. Ni tampoco va mucho al cine. Digan lo que digan, el acceso al universo artístico queda más o menos reservado a los que están un poco hasta el gorro. Lovecraft llegó a estar un poco más que hasta el gorro”; y cómo se conecta con el párrafo final: “Ofrecer una alternativa a la vida en todas sus facetas, constituir una oposición permanente, un recurso permanente a la vida: tal es la misión más elevada del poeta en esta tierra. Howard Phillips Lovecraft cumplió esa misión”.

Eso, en primer lugar. Se escribe, y yo también estoy convencido de ello, cuando se tiene un proyecto lo suficientemente satisfactorio que puede oponérsele a la vida misma, casi siempre anodina o de destellos simplemente momentáneos de maravilla o desdicha (aunque Stephen King, que escribe el prólogo, “La almohada de Lovecraft” esté en desacuerdo).

Y en segundo lugar (y aquí el debate, el silogismo cojo de qué vendría siendo un buen/mal escritor): “Lovecraft era un poeta”, dice Houellebecq; “forma parte de esos escritores que empezaron por la poesía. La primera virtud que demuestra es la oscilación armónica de las frases; el resto solo llega después, y a costa de muchísimo esfuerzo”.

Michel Houellebecq
Un libro editado por Anagrama. Foto: Cortesía

Ahí está todo, impecable y diamantino.

Ser un buen escritor es haber leído y después aprendido en verdad poesía. Esto quiere decir que resulta imprescindible tener no solo conocimiento de lo propio de la poesía (métrica, ritmo, desvíos calculados de la sintaxis y de la semántica, etc.); si no que eso se filtre de la manera más natural posible para alimentar la propia prosa.

Cuando uno domina eso, para su propia escritura, entonces el resto cae como las gotas nutritivas de la luna que los perros comen, en el arcano XVIII: los temas, las obsesiones, la estructura de principio-medio-final, las tramas y subtramas para una novela, bla, bla-blá. Pero primero, si no se tiene “la oscilación armónica de las frases”, entonces uno puede quedarse como buen amanuense, redactor, escribidor, sin llegar a ser nunca un escritor.

Conviene reiterar esto, en tanto corolario: Houellebecq lee a Lovecraft con esas gafas, graduadas a antojo. Y esas son las gafas que permiten encontrar, debajo de la parafernalia del terror cósmico, su verdadera esencia como escritor.

En mi caso, que antaño era alérgico a Abdul Alhazred, resulta ya muy difícil, hacia la página 130 de la edición de Anagrama, no querer ponerme las mismas gafas, hacerme de una edición más decente que las de saldo de sus obras completas, e ir, sin detenerme ni para tomar aire frío, de “Dagon” hasta “Herbet West, reanimador”, “La sombra sobre Innsmouth” y “El modelo de Pickman”, con ganas, muchas ganas, de entrar ya con estos conocimientos, contrarios a la vida y al mundo, en el ciclo de los mitos de Chtuhlu y Yog-Sothoth.

Fuente: Rialta / Original aquí.

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