Rifkin’s Festival

Rifkin’s Festival: Woody hace testamento

¿Eso es malo? Para nosotros, la audiencia, es un regalo. Ver a ese rabí controvertido en las situaciones en las que su fantasía (o en su experiencia, iré a eso pronto) lo colocan es extraordinario. Porque ese es su talento, convertirse a sí mismo en personaje, como si Walt Disney se convirtiera en Mickey Mouse, pero con frases muy chistosas. Muy a la Philip Roth, otro rabino pagano.

Ciudad de México, 27 de enero (MaremotoM).- Woody sale en todas sus películas, hasta en las que no sale. Por ejemplo, en Interiores Woody es la madre interpretada por Geraldine Page. En Medianoche en París es el personaje de Owen Wilson. En Blue Jasmine es Cate Blanchett. Y así: Woody está obsesionado consigo mismo y no puede evitar mirarse en el espejo cada año… A veces dos veces al año.

¿Eso es malo? Para nosotros, la audiencia, es un regalo. Ver a ese rabí controvertido en las situaciones en las que su fantasía (o en su experiencia, iré a eso pronto) lo colocan es extraordinario. Porque ese es su talento, convertirse a sí mismo en personaje, como si Walt Disney se convirtiera en Mickey Mouse, pero con frases muy chistosas. Muy a la Philip Roth, otro rabino pagano.

En Rifkin’s Festival, la nueva película de Allen, el director trata los temas que le han obsesionado a últimas fechas: el cine y sus manías. Y salir de Nueva York. Woody siempre será un extranjero hasta de sí mismo, pero desde que decidió explorar más allá de su entorno neoyorquino tal parece que quiere enseñarnos lo extraño, y lo bello, que resulta estar lejos de casa. Se trata de poner en escena, como para pensarlo mejor, lo vivido en estos últimos 20 años y someterse al psicoanálisis no ya del diván freudiano sino de la propia audiencia. Nos deja a nosotros llegar a conclusiones sobre su persona y su vida.

Todas estas últimas películas europeas de Woody son una revisión de su legado visto no sin ironía y sí con cierta amargura. No es extraño que en casi todas sus cintas recientes Allen se combe hacia la comedia: Woody Allen escribe su testamento.

Rifkin’s Festival
Un romance equivocado en un lugar adecuado. Foto: Cortesía

En este caso, Rifkin’s Festival se trata de la experiencia de Woody en los festivales de cine europeos—en uno emblemático, por cierto: del Festival de San Sebastián. Una reflexión no exenta de melancolía sobre los grandes maestros del cine: Goddard, Buñuel, Bergman, Fellini. Woody es, no lo dudemos, el protagonista y es esta su mirada desencantada sobre el cine contemporáneo.

Mort Rifkin (un Wallace Shawn insuperable; el actor de reparto de decenas de películas se convierte en protagonista) es un viejo profesor de cine obsesionado con la Grandes Preguntas de la vida. Mort que está tratando de escribir una novela y se dice que si su obra no es tan grande como una novela de Dostoievski entonces no vale la pena seguir creando.

Mort va a San Sebastián a acompañar a su mujer (Gina Gershon), una publicista de estrellas cinematográficas, aquí acompañando a un enfant terrible, un presuntuoso cineasta francés (Louise Garrel) cuya película bélica es, si creemos a Mort, un cliché cuyo mensaje más profundo es que “la guerra es el infierno”.

Te puede interesar:  Una carcajada bestial, inolvidable: ha muerto Ray Liotta

Vagando solo y aburrido por la ciudad, hipocondriaco, Mort consigue el número de un médico español. Sorpresa: el médico es médica (Elena Anaya) y es una especialmente seductora para el profesor. Ama, la doctora Rojas, Nueva York, París, el gran cine y detesta las cintas que hablan de que “la guerra es el infierno”. Mort cae a sus pies, sobre todo cuando se da cuenta de que su esposa está teniendo una aventura con el director.

Rifkin’s Festival
Melancolía y comedia en la nueva película de Allen. Foto: Cortesía

Lo más divertido de las escenas en el festival es la burla que Allen hace de las conversaciones oídas al pasar. Un aspirante a director trata de conchabarse a una guapa tetona hablándole de su futura adaptación de Eichmann en Jerusalén: “Estarías perfecta como Hannah Arendt”.

Mort empieza a tener sueños extraños que le permiten a Woody homenajear a sus maestros. En un momento Rifkin y su mujer son los protagonista de Sin aliento de Goddard. En otro, Woody permite a sus personajes visitar la mansión de El discreto encanto de la burguesía. Al final, en un homenaje a El séptimo sello, Mort enfrenta a la muerte (ni más ni menos que Christoph Waltz) en una partida de ajedrez inacabada. La muerte le informa que todavía no ha llegado su fin, pero que, aunque la vida no tiene sentido y todas esas grandes preguntas (¿por qué el Ser y no la Nada? Bueno, lo probable es que sea la Nada a la que le hemos puesto nombre porque nos gusta que la vida sea una tetona guapa) no tienen sentido.

No obstante, no deberíamos dejar que la vida se escapara como el aire de un globo ponchado. Y ese es el consuelo último, cursi y cliché, de vivir.

Rifkin’s Festival
Un homenaje a la historia del cine. Foto: Cortesía

La cinta es un típico ejemplo de la obsesión de Woody con la muerte. “¿No vale la pena morir de amor?”, pregunta la doctora. Mort: “Yo preferiría no morir, ni siquiera de vejez o de ahogarme con un bagel”. Rifkin’s es un vehículo más o menos bonito, más o menos divertido, sobre lo que, según el director, le está pasando al cine: ya no hay preguntas importantes, ya todo es el brillo de esperanza hollywoodense, dos que se aman, música para violín.

Es muy posible que Woody Allen, ya un octogenario que ha publicado con notable éxito de ventas sus memorias, esté preparando su testamento en celuloide. Después de tantos escándalos a últimas fechas, de ser “cancelado” y que haya cierto repelús biempensante por su cine, Allen quiera decirnos que lo dejemos en paz, que ya está harto de festivales, críticos torpes, reporteros ignorantes, en fin. Pero de que se aferra a la vida, ni duda cabe.

Comments are closed.