Roald Dahl

Roald Dahl, vendedor de mala leche

Zacatecas, 15 de diciembre (MaremotoM).- Con toda seguridad Roald Dahl es uno de los escritores más universales. Corrijo: no él sino sus historias. Y es que desde hace décadas éstas han gozado de una enorme atención por parte del cine y la televisión, de tal suerte que muchísimos las conocen sin saber quién las creó. A la increíblemente prolífica cabeza de Dahl le debemos los argumentos de Charlie y la fábrica de chocolate, Los Gremlins, Las brujas, El fantástico señor Zorro, Matilda… por mencionar algunos ejemplos. Esta lista de películas, que desde luego tiene su equivalente previo en libros, nos ha hecho asumir que Dahl es un escritor para niños. Y es cierto, pero también es cierto que en su extensa obra hay muchos relatos dirigidos a lectores de mayor edad.

Ya incluso en esas historias infantiles Dahl nos recuerda que escribir para niños, hacerlo en serio bien, no significa escribir papillas endulzadas y fáciles de digerir. De hecho, un motivo bastante frecuentado por Dahl, tal como lo podemos encontrar en las adaptaciones que se han hecho de sus libros más célebres, es la crueldad de los adultos, por lo general dirigida hacia los niños y los animales, es decir, hacia quienes se encuentran –al menos por un tiempo– indefensos, lo cual hace aún más espantosa esa crueldad. En este sentido, la literatura infantil de Dahl puede ser considerada como literatura de formación, puesto que prepara a sus lectores para cuando entren al mundo de los grandes.

No obstante, para Dahl los lectores adultos se cuecen aparte. Es como si de antemano supiera que a cierta edad ya no tiene caso intentar persuadir a los humanos, porque ya entrados en años no nos ablandaremos así nos pongan a hervir tiempo extra. Por lo cual, antes de echarnos a la sartén, sólo le queda darnos unos mazazos o picarnos en trozos chiquitos. Así lo demuestran sus decenas de cuentos, cuya versión en español circula en un libro gordísimo editado por Alfaguara bajo el título de Cuentos completos. En general, estos cuentos, a diferencia de los redactados para niños, no tienen elementos fantásticos. Todo ocurre en un mundo bastante parecido al nuestro, donde la gente a cada rato tiene ganas de joder al prójimo. En otras palabras, la mayoría de sus personajes son adultos.

Ah, pero es justo añadir que Roald Dahl no lamenta las actitudes destructivas de sus personajes. Salvo algunas excepciones, como es el caso de “Katina” (un cuento protagonizado por una niña que no la pasa nada bien), estos relatos para adultos transmiten la sensación de que Dahl se divirtió mucho creándolos, la sospecha de que en mayor o menor medida se sintió satisfecho cada vez que alguno de sus personajes, incluso sin merecerlo, se tropezó con la tragedia, o bien, cada vez que otro la provocó y se salió con la suya. Lo llaman humor negro y sin duda Dahl es en la literatura uno de sus mejores representantes. No es casualidad que en alguna época haya colaborado con Hitchcock como guionista del programa de televisión donde el maestro de los finales irónicos presentaba pequeñas historias de suspense, ni que él mismo haya tenido su propio programa con estas características.

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Dahl tenía una habilidad tremenda para mantener al lector en ascuas, ansioso de llegar al final para descubrir cómo terminarán las cosas. Y algo que vale la pena destacar es que él conseguía estos efectos a veces con fórmulas muy sencillas. Por ejemplo, tanto en “Hombre del sur” como en “Gastrónomos” el mecanismo que echa a andar el relato es una apuesta. Lo interesante, el toque característico de Dahl, es el aspecto perturbador de la apuesta: en el primero un muchacho se arriesga a perder un meñique a cambio de un automóvil; en el otro un hombre juega la mano de su hija a cambio de dos lujosas casas. Ambos casos suenan absurdos, pero Dahl se las arregla para que hagan sentido. Cada desenlace le da al lector la ocasión de soltar con estruendo la bocanada de aire que estaba reteniendo desde que, junto con los personajes, aceptó la apuesta.

Roald Dahl
Los cuentos completos. Foto: Cortesía

Relatos como los recién mencionados lo sumergen a uno en juegos que, como todo juego, tienen sus propias reglas, siempre muy particulares, por no decir absurdas. El hecho de que uno tenga acceso a las reglas, los hace tan excitantes como lo es el presenciar una buena partida de ajedrez o una de naipes de la cual alguien terminará perdiendo un ojo o ganando un reino. Pero no todos los relatos de Dahl funcionan así. Otros son unas piezas de suspense puro, hechas con la delicadeza de un joyero. De este orden recuerdo con especial emoción “La subida al cielo” y “La señora Bixby y el abrigo del coronel”; el primero porque teje dos tipos de angustias y el lector sólo descubre la segunda en el último momento y el segundo porque, justo cuando uno se ha vuelto cómplice de un personaje traidor… En fin, ustedes deben de saberlo.

Viendo el libro ya cerrado, me sorprende lo inofensivo que luce, lo inofensivo incluso que creí que sería cuando lo compré. Hasta entonces sólo había leído un relato de Dahl: “El chico que hablaba con los animales”, y cuando adquirí sus Cuentos completos, en cierto modo esperaba que todos los demás se le parecieran. Vaya sorpresa. Pensando en éste y aun en sus libros para niños, creo que el caso de Dahl guarda una semejanza simbólica con otro cuento incluido también en esta ambiciosa compilación: “La Venganza Es Mía, S. A.”. Y es que Dahl, tal como los protagonistas de este relato suyo, tuvo muchísimas ideas que, dichas llanamente, suenan a auténticas locuras; pero, pese a ello, terminamos comprándoselas e incluso agradeciéndoselas.

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