Rodrigo Fresán

Rodrigo Fresán: La figura del escritor que sufre su oficio siempre me pareció profundamente antipática

El escritor argentino radicado en Barcelona habla sobre Melvill, su nueva novela, en la que vuelve a sus clásicas reflexiones y digresiones literarias, esta vez a partir de un retrato del padre del autor de Moby Dick.

Ciudad de México, 14 de abril (MaremotoM).- En una biografía de Melville, Fresán leyó unas pocas líneas que contaban que el padre del escritor, una vez para regresar a su casa cruzó el río Hudson congelado. Esa imagen es uno de los disparadores de su novela

En treinta años escribió cuatro libros de cuentos, ocho novelas, infinidad de traducciones y prólogos. Sus libros son verdaderos desafíos intelectuales en los que el sistema de citas, notas al pie y referencias culturales de todo tipo conforman un caleidoscopio literario potente y original que crece en paralelo a la historia principal.

Rodrigo Fresán nació en Buenos Aires en el año 1963. Vive en Barcelona desde 1999, es escritor, periodista, ensayista, crítico, traductor; es, sobre todo, alguien que escribe mucho y todo el tiempo; alguien que escribe sobre otros escritores y también, mucho, sobre todos los ángulos posibles de la lectura y la escritura.

A Fresán, autor de libros como Historia argentina, Esperanto, Vidas de Santos, La velocidad de las cosas y Jardines de Kensington, entre otros, le interesan los autores y las obras que crean a sus propios lectores. Durante diez años trabajó en la monumental trilogía integrada por La parte inventada, La parte soñada y La parte recordada, cuyo protagonista, a diferencia de Fresán, padece la imposibilidad de escribir.

La nueva novela de Fresán se llama Melvill y tiene por protagonista al padre del autor de Moby Dick, importador de mercancías, viajero y, sobre todo, un hombre desdichado. El centro de la historia es Alan Melvill y, sobre todo, un momento en su vida. Un momento histórico que es mencionado casi al pasar en las biografías de Herman Melville y que fue tomado por Fresán para novelar.

10 de diciembre de 1831, noche de sábado. Alan Melvill regresa desde Nueva York a su casa de Albany y a su familia y para eso deberá cruzar a pie el río Hudson, que está congelado. Luego vendrán unos días de fiebre y delirio, un hijo pequeño que escuchará a su padre alucinar y que luego narrará su historia y dialogará con ella, a partir de la creación y la escritura de Fresán.

— Tu nueva novela llega después de un tríptico, de una trilogía monumental que, según uno pueda pensarlo, tiene que ver con la posibilidad o la imposibilidad de escribir. ¿Ahí uno podría decir que el recuerdo, el invento y el sueño conforman el trípode de la creación literaria?

— Sí, es un poco eso. O por lo menos es lo que determiné yo que el personaje del libro, que no soy yo pero tiene muchos puntos en común conmigo, pensase. Es un libro -bueno, tres libros que son uno- que a mí me llevaron unos 10 años de trabajo, más de 2.000 páginas. Paradójicamente creo que nunca se escribió tanto sobre la imposibilidad de escribir, ¿no?

— Claro (risas). Y que además es algo que a vos no te pasa, porque sos un poco un Funes de la escritura, sólo que en lugar de que te es imposible dejar de recordar, te es imposible no escribir.

— Sí, pero tengo que decir que uno de los problemas -entre comillas- y privilegios de haberme metido en un proyecto de semejante calibre fue llegar al final y pensar que tal vez ya tenía todo, ya había dicho ahí todo lo que tenía para decir y escribir. Yo todas las semanas juego a la lotería, que es mi plan B, una lotería europea que se llama Euro Millón, y quiero decirte, no es que hubiera dejado de escribir, pero si me lo hubiese ganado probablemente no estaríamos hablando sobre mi nuevo libro ahora; me habría tomado un descanso o habría intentado por lo menos cambiar un poco el ritmo de mi baile frenético desde hace tanto.

— Pero es frenético no solo en la creación de tu obra sino que sos un gran lector, sos traductor, crítico, periodista, estás trabajando con la escritura permanentemente. ¿Pensás que si hubieras ganado ese Euro Millón podrías haber dejado de participar de algún modo de la literatura?

— No, pero sería más feliz (risas).

— Eso seguro. Claro, eso seguro.

— Y tendría una relación más relajada, tal vez. Yo siempre digo: a mí me encantaría por ejemplo intentar parar de producir un año para ver qué me pasa, simplemente. Un año de cero escritura y que, incluso, intentaría que fuese de cero lectura. Es imposible, pero siempre me intriga la posibilidad de desintoxicarme y ver si de vuelta de eso soy un escritor diferente o un lector diferente.

— Cuando eras el chico que se paraba frente a las bibliotecas y armaba cuentos con los títulos de los lomos de los libros, ¿te imaginabas que ibas a convertirte en el escritor en el que finalmente te convertiste?

— No. Estaba seguro que iba a ser escritor; ahora, qué tipo de escritor y cuáles iban a ser mis libros, no. Pero se parecen bastante me parece a lo que eran mis fantasías. Yo siempre digo eso, que no tengo una fe religiosa, descreo de todas las doctrinas posibles, si bien he leído sobre todas, ninguna me convence, pero sí siento un cierto agradecimiento a algo o a un misterio. Y de eso tratan bastante mis libros, casi todos, que es lo que me ha permitido cumplir mi vocación primera y original. Yo nunca quise ser ni Batman ni jugar en la Selección de Fútbol ni ser corredor de Fórmula 1; mucho menos ser presidente de la República. Entonces sí tengo una especie de agradecimiento y de, entre comillas, satisfacción por haber podido ser lo que quise ser, incluso antes de saber leer y escribir.

—¿La literatura era y sigue siendo tu ballena blanca?

— Es una ballena blanca pero no tiene la ferocidad de Moby Dick, digamos. Es un delfín gigante. Los delfines suelen ser más bondadosos que las ballenas. Por lo menos en el imaginario. Sí, es un delfín blanco y gigante la literatura.

— ¿Cómo fue que leíste a Melville por primera vez? ¿Leíste fue Moby Dick antes que los cuentos? Imagino que sí, y cuando eras chico, ¿no?

— Sí, lo primero que leí fue una edición de Moby Dick en esta colección que se llamaba Clásicos Bruguera que, no sé si te acordas, en el lomo tenía como las figuritas de los personajes, y que por dentro tenían una disposición bastante curiosa porque en la página de la izquierda era texto y en la de la derecha era como un cómic que se suponía que representaba lo que habías leído. Pero lo que a mí me intrigaba mucho y fue, tal vez, mi primera radiación a una forma involuntaria de metaficción, porque muchas veces lo que estaba en el texto no se correspondía con el cómic y viceversa. Y después, bueno, ya con el tiempo habré leído supongo alguna versión, creo que estaba en la Colección Robin Hood Moby Dick, no estoy seguro, seguramente fue eso lo siguiente. Y luego ya, sí, la traducción de (Enrique) Pezzoni, en dos volúmenes, que es la que creo que manejamos todos.

— Sí, la del Fondo Nacional de las Artes.

— En algún momento, de todas maneras, también llegué a Moby Dick porque me gustaba mucho la literatura fantástica y las películas de monstruos gigantes, etcétera, etcétera. Quiero decir, no llegué diciendo: “voy a leer a Melville”, obviamente. Del mismo modo que llegué a Drácula por las películas de Drácula y me encontré con algo muy diferente.

— ¿Y cuándo aparece la pasión por Melville como figura de escritor y empezás a leer todo lo que figura en esa enorme bibliografía que puede rastrearse en las páginas finales de tu nueva novela?

— Hay una primera influencia que es la más pedestre e infantil, si querés, que es la fascinación por los epígrafes, que tengo yo y que está en Melville y en Moby Dick, que tiene dieciséis páginas de epígrafes. Melville no los llamaba epígrafes sino extractos. Y, después, creo que también había una historieta de Breccia (N. de la R.: y Saccomanno), que había una adaptación y había otra de Durañona. Pero Melville es un escritor ineludible, siempre me interesó. Yo muy rápidamente me especialicé en la literatura norteamericana y Moby Dick es sin lugar a dudas para mí una de las cuatro novelas fundantes de la idea de la gran novela norteamericana. Los norteamericanos siempre están buscando una gran novela americana, todos los años aparece un libro de ese calado, con esas intenciones y ese calibre. Y a mí me divierte mucho, siempre digo lo mismo, que, paradójicamente, tal vez la gran novela norteamericana indiscutible que llena todos los casilleros la escribió un ruso en plena guerra fría en inglés, que es Lolita de Nabokov. Que es una variación de Moby Dick también, ¿no? Es un personaje completamente obsesionado por la persecución de algo; de ir al alcance de algo.

— A propósito de esas cuatro novelas, leí que mencionabas Moby Dick, La letra escarlata de Hawthorne, un escritor que aparece mucho en esta novela, Retrato de una dama, de Henry James y Huckleberry Finn, de Mark Twain. Había leído esto que decís, que es muy interesante, de Lolita como una versión de Moby Dick. Y al comienzo de tu nueva novela aparece una cita de Pálido fuego, de Nabokov, que dice: “¿Quién deambula tan tarde en la noche y en el viento? Es la pena del escritor, es el salvaje viento de marzo, es el padre y su hijo”. ¿Cuál es la pena del escritor?

— Bueno, hay muchos tipos de penas aplicables a un escritor. Una, primero y principal y que vos también la conocés, es llevarte el 10% del precio de portada nada más, esa puede ser una de las penas del escritor. Pero, después, más profundas, más líricas, una de las ideas que a mí me atormenta siempre es pensar que, tal vez, el libro que hubiera sido más importante para mí en tanto lector y en tanto escritor, en cuanto a utilidad y en cuanto a aprendizaje, tal vez no me voy a cruzar con ese libro. Y está dando vueltas por ahí. Y, después, hay una pena también desde un punto de vista práctico, que es que rara vez los libros que uno acaba escribiendo reflejan claramente lo que uno quería que fuese ese libro antes de escribirlo. De todas maneras, tengo que decir que, de algún modo, Melvill es mi libro más inmejorable. No en el sentido de que es perfecto y es el mejor sino que creo que es el que más se parece a la idea que yo tenía en principio de cómo debía ser el libro.

— ¿Qué había detrás de eso? ¿La idea de escribir sobre la relación de un padre con el hijo, la imagen de ese hombre cruzando el río Hudson, la idea de volver a pensar en uno de tus narradores favoritos ¿Cómo surge la idea de Melvill?

— El disparador primero y original es haber leído una biografía de Melville, a ver, visto, digo leído pero en realidad vi esta imagen del padre volviendo a la casa cruzando el río Hudson congelado, y eso ocupa cuatro o cinco líneas… Es una biografía de Melville de un tamaño normal, de 300 páginas, es la de Andrew Delbanco, la primera que leí. Incluso toda la figura del padre de Melville ocupa muy poco espacio porque murió cuando tenía Melville tenía 10 años. Hay varios libros míos que bordean a veces cierta forma de género como la ciencia ficción en El fondo del cielo o un acercamiento a la historia argentina en Esperanto o con Historia argentina, o una reflexión sobre la idea de la infancia y la literatura infantil en Jardines de Kensington, pero yo siempre trato de que todo eso venga hacia mí, no voy yo hacia eso. Y aquí fue básicamente lo mismo de siempre, yo siempre digo que todos mis libros tratan sobre leer y escribir, ése es el tema de mis libros, y de un tiempo a esta parte se ha visto potenciado, coincidiendo con mi propia paternidad hace 15 años, además del misterio de de dónde viene la vocación literaria también el misterio de esa otra vocación que es la paternidad, que es una vocación y que está llena de equívocos y de idas y vueltas y de cambios de puntos de vista también.

— Como renacimientos, ¿no?

— Sí.

— Tu Melvill es un Melville sin la “e”. Posiblemente fue la madre de Melville quien añadió esa “e” del apellido para escapar a los acreedores, ¿verdad?

— Sí, también una forma de reescritura y edición y de tachar y de volver a empezar para sus hijos, como tratar de separarlos un poco del estigma del fracaso paterno. O sea, ese es uno de los tres puntos realmente ciertos y comprobados del libro, el de la letra “e” añadida. Otro es el cruce del río Hudson esa noche, que fue tal como aparece ahí. Y el tercero es la agonía alucinada de Allan Melvill, con el pequeño Herman a los pies de la cama. Yo después todo eso lo mezclo y pongo mis propias filias y fobias y tics y tonterías y gracias. O sea, no me privo de que en el siglo XIX aparezcan los Beatles o Qué bello es vivir, de Frank Capra o incluso una canción de Pink Floyd o el cine de Stanley Kubrick.

— Bien en tu estilo, en ese sentido. Además, vos señalas a Melville dentro de una tradición de autores que crean a sus propios lectores. En general uno escucha muchas veces a escritores que hablan de cómo un escritor tiene que buscar su propia lengua, y en este caso me interesa mucho esa idea de los autores que crean a sus lectores, como a la medida de su propia enciclopedia, usando el concepto de Umberto Eco. ¿Cómo sería eso?

— Bueno, yo no soy un escritor que va envuelto -bueno, sí en Argentina- pero no soy un escritor que va envuelto en la bandera argentina. Pero me parece que es algo muy argentino esto que apuntás. Que es parte del ADN de la literatura argentina y que tiene que ver también con que todos los escritores argentinos interesantes e importantes son básicamente súper lectores, ¿no? Hacen como una especie de profesión de fe de lo que han leído. Sus libros están llenos de escritores. Están llenos de libros. Están llenos de lectores. Hay una cosa muy curiosa y muy particular que no tiene me parece parangón en ninguna otra literatura del idioma o de cualquier idioma que es que todos han abordado el género fantástico, o la ciencia ficción o lo extraño, generalmente, también.

— Sí.

— Y después está también la idea de que la gran novela argentina no tiene mucho que ver con la gran novela latinoamericana. No todas las grandes novelas argentinas son muy extrañas; son bastante parecidas a Moby Dick, en el sentido de que son muy atómicas, muy atomizadas.

— ¿Cuando estamos hablando de literatura argentina estamos hablando de algunos nombres en particular? Estaba tratando de pensar, pensaba en Borges, pensaba en Aira. Pero, por ejemplo, pensaba que Saer también es un escritor que trabaja mucho con la metaliteratura pero ahí el género no aparece…

— Bueno, pero sí aparece un mundo muy propio, con una forma de transcurrir del tiempo que es una dimensión alternativa, ¿no? Me parece.

— Cercana a Onetti tal vez. Sí, puede ser.

— Sí, también. Es una percepción del tiempo que no es realista me parece.

— Sí, sí, entiendo lo que decís.

— Y, además, yo siempre me acuerdo como mandato y como buena instrucción de Borges lo que dice en “El escritor argentino y la tradición”, cuando más o menos dice “puesto que tenemos que resignarnos a la fatalidad de ser argentinos, nos queda el consuelo de que nuestro tema es el universo entero”. No hay limitaciones.

— Bueno, la ventaja de la periferia también ¿no?

— Sí, la ventaja de la periferia y del freak ¿no? (Risas).

— Claro, también.

— La literatura argentina es una literatura extraña en el mejor sentido del término, creo yo. O sea extranjera, alien.

—Hablábamos antes del hielo y de la literatura y me gusta mucho este fragmento que dice:

Escucha, Herman: primero un pie y, asegurándote de que el hielo no se rompe, recién luego el otro.

Y entonces, ya sobre el hielo, mantener el equilibrio y dar unos pasos con cautela; como quien entra en una casa que no conoce o sale de una casa que conoce para aventurarse a un mundo desconocido. Porque, claro, la sensación es muy extraña a la vez que familiar: de pronto estamos en un sitio en el que jamás estuvimos aunque hayamos estado allí tantas veces o al que tantas veces soñamos (y por lo tanto allí estuvimos) con llegar/ Pero nunca así.

La sensación de escribir o de decir algo que jamás se dijo o se escribió, a pesar de que no se haya dejado nunca de pensar en eso y de que se lo haga en el mismo idioma y con las mismas palabras de siempre.

Caminar es lo que se sabe.

El hielo es lo que no se conoce.”

Me gusta eso y me gusta por lo que estábamos hablando, también en relación a lo que significa aventurarse a escribir ¿no?

— Sí. Y además, quiero decir, cuando me preguntabas cuál fue el disparador de la novela, está esto que te dije del cruce del río Hudson. Y, en tanto lector, cuando leí eso dije ay, qué lástima que no lo hubiera cruzado con el hijo, con el pequeño Herman, porque hubiera explicado una cantidad de cosas. Pero enseguida mi yo lector dio paso a mi yo escritor, que es una consecuencia directa del acto de leer, y dije: yo puedo hacer que crucen juntos, no hay ningún problema. No hay nada ni nadie que me lo impida. Y, de hecho, la novela es un poco todo el camino hacia la consecución de ese momento reescrito. Con Venecia, vampiros en el medio, hay una cantidad de cosas. Yo me tuve que atar mucho las manos en este libro, más que nunca, porque tenía mucha información de Melville. Hay una biografía fantástica de 2.000 páginas, pero la parte central del libro que es este delirio fantasmagórico, podría haber tenido 200 páginas más, o sea, podría haberse acercado un poco a Mason y Dixon de Thomas Pynchon, pero tenía una imposición muy grande para conmigo que era que me interesaba que el padre fuese el protagonista. Esa especie de pequeña épica del padre cruzando el río congelado no me interesaba que fuera anulada o cubierta por la gran épica de Herman Melville.

Rodrigo Fresán
Vuelve con un nuevo libro. Foto: Cortesía YouTube

— Lo que aparece es el hijo contando al padre, en este caso.

— Claro, esa era la idea. Que, además, cuando uno es padre o madre uno empieza con la loca sensación, completamente irreal, de que de algún modo está escribiendo a sus hijos y casi enseguida te das cuenta de que tu hijo comienza a reescribirte. Y que está muy bien que así sea, ¿no?

— Comienza a reescribirte o a hacerte las tapas de los libros, como en tu caso.

— También. También. Bueno, es un caso extremo. El mío es un caso extremo (risas). Pero además la tapa es muy buena, así que está todo en orden.

— Este cuadro de Melvill padre cuya imagen se asoma en la portada y que adentro se ve completo es una pintura de John Rubens Smith que está en el Metropolitan Museum de Nueva York. ¿Cuándo lo viste por primera vez?

— Ni siquiera es un cuadro, es como una postal muy pequeña, casi de la medida de la reproducción que se ve al final del libro. Creo que está en uno de los inserts fotográficos de alguna biografía de Herman Melville. No la conocía antes, la fui a buscar mientras estaba escribiendo. Y me sorprendió mucho, además, me causó mucha gracia la idea esa de un retrato despeinado. Quiero decir, es bastante innovador y transgresor porque se supone que en esa época, cuando posabas para un cuadro, dabas tu mejor y más ordenada y prolija imagen…

— Leyendo un poco sobre tu biografía, me encontré con algo muy sorprendente y es que fuiste declarado muerto al nacer.

— Sí, es verdad.

— ¿Y cómo afectó eso tu vida, en general?

— Bueno, mi madre tuvo la sabiduría de decírmelo recién a los veintipico. Porque es una cosa que si te la dicen de chico podés andar por el mundo diciendo “he vuelto de la muerte” o algo por el estilo, ¿no?

— Caminando sobre hielo, digamos.

— Sí, claro, me podría haber llevado a hacer cosas un poco extremas. Pero también -como yo te decía- no hay ningún libro, ningún momento ni ningún disparador ni ningún big bang clarísimo para mi vocación literaria pero entonces, a partir de tomar conocimiento de eso, yo entendí que tal vez había sido ya ahí. Porque viví para contarla. Tal vez todo viene de ahí.

— Claro. Hablábamos antes de las figuras de los escritores que no pueden escribir o que dejan de escribir, la figura del excritor, como aparece en tu tríptico. Y leía algo que mencionabas acerca de Philip Roth, que sé que es un autor que te gusta, que compartimos el afecto y la admiración por su literatura. Fue muy duro el momento que Philip Roth dijo “no voy a escribir más”. ¿Cómo lo tomaste?

— Bueno, además no solo anunció que dejaba de escribir sino que se iba a leer todo entero a él mismo para ver si había estado a la altura. Y lo hizo, leyó su obra completa y llegó a la conclusión de que no estaba mal y entonces que ya estaba. Y que quería tener unos años de tranquilidad. Pero lo cierto es que murió al poco tiempo.

— Sí. Me acuerdo de una entrevista, seguramente la leíste, que salió en The New York Times poco tiempo antes que él muriera, en la que contaba que estaba leyendo cosas que no había leído antes, que se había puesto a leer libros de historia. Y, además, en un gesto algo sorprendente para su perfil, contó que agradecía cada mañana cuando se despertaba. No parecía el amargo Roth que uno había conocido, ¿no?

— No. Bueno, ahora está por salir en español, creo que en este mes acá en España, la biografía de 1.000 páginas que escribió Blake Bailey, que fue cancelado. Y la verdad que es bastante desgarrador todo el último tramo de la vida de Philip Roth. Yo no lo imaginaba así, pensaba que era una persona que, bueno, que tenía la vida más o menos solucionada. Pero sufría muchísimo porque no le habían dado el Nobel, por un lado y, después, tenía un grado de dependencia de chicas jóvenes que lo atendieran y lo cuidaran. Una cosa bastante desgarradora.

— Sí, y desagradable. Pero estás hablando de tus lecturas y yo mencionaba recién tu trabajo como traductor, como periodista, como crítico, tus prólogos… El prólogo que escribiste para las obras completas de Carson McCullers es buenísimo. Vos siempre estás escribiendo muchas cosas al mismo tiempo. Siempre me resulta raro imaginar cómo dividís tus días para producir tanto?

— No hay sistema. No tengo ni horarios ni tanto tiempo para esto o tanto tiempo para lo otro. Voy haciendo. Me parece que también trato de no pensar demasiado (risas) el asunto porque si lo racionalizo tal vez me quedaría completamente paralizado y llorando en un rincón cubierto por una frazada… Quiero decir, no dejo de ser un privilegiado, eh, no lo siento como algo sufrido ni trágico. A mí la figura del escritor que sufre su oficio siempre me pareció profundamente antipática y si algo también respeto y abrazo y celebro de la literatura argentina, en general y salvo raras excepciones, es que tiene -me parece- un sabor de salir a jugar. De diversión pura.

— Por eso te gusta Bioy.

— Bioy para mí es uno de los más grandes, sin lugar a dudas. Pero también está Borges, está Cortázar. Todos, eh, Aira, Fogwill. Incluso toda mi generación. Me parece que escribimos para pasarla bien, no para pasarla mal.

— Te hago la última. En algún momento leí que decías que tenés un libro pendiente con anécdotas, por ejemplo con Susan Sontag y con Hugh Grant, pero decías que tus novelas son más bien Bill Murray. ¿Qué querés decir con eso?

— Me gusta mucho la cara de Bill Murray, siempre. Quiero decir, en mis libros no hay muchas descripciones físicas de personajes pero yo les hago castings. O sea, todos tienen el rostro de algún actor, generalmente, porque me sirve tenerlos así en la cabeza. Por más que no los describa parecidos a esos personajes, a esos actores. Con el tiempo me fue pasando algo tremendo y es que hombres, mujeres, bebés, perros y lo que se te ocurra, todos van teniendo la cara de Bill Murray.

— Es como una nueva versión de Hechizo del tiempo pero en tu literatura (risas).

— Sí y además me gusta mucho ese rictus permanente de Bill Murray, como de una especie de asco divertido, con una ceja enarcada. Me siento muy representado.

Rodrigo Fresán
Melvill ya está en México. Foto. Cortesía

Adelanto de Melvill, de Rodrigo Fresán, con autorización de Literatura Random House

¿Quién deambula tan tarde en la noche y el viento?

Es la pena del escritor. Es el salvaje

viento de marzo. Es el padre y su hijo.

VLADIMIR NABOKOV, Pale Fire

El padre pervivió en la memoria del hijo no como un comerciante norteamericano o un empleado a sueldo. En el recuerdo de Herman, Allan Melvill era un caballero cosmopolita por cuyas venas corría la sangre del conde de la Melville House y la de ancestros más remotos e, incluso, pertenecientes a la monarquía: esa reina de Hungría, esos reyes de Noruega. Para Herman, su padre había sido uno de los grandes viajeros del mundo […]. Con sus asombrosas historias de aventuras por mar y en tierra, se había convertido a sus ojos en un ser heroico.

Y más aún: cuando algún francés entraba en su tienda, Allan Melvill se transformaba a sí mismo en un hombre profundamente misterioso; porque el familiar y amado «Pa» de pronto se expresaba en una lengua tan incomprensible para su hijo como el idioma en el que hablaba Dios. HERSHEL PARKER, Herman Melville: A Biography, Volume 1, 1819-1851

Escribo con precisión como mejor me plazca.

Dios me libre de alguna vez terminar algo.

HERMAN MELVILLE, Pierre; or, The Ambiguities y Moby-Dick; or, The Whale

Esa es mi historia, pero no donde termina. BOB DYLAN, «Key West (Philosopher Pirate)»

Los padres son los maestros de lo verdadero y de lo no-verdadero,

y no hay padre que enseñe con conocimiento de causa

aquello que no es verdadero.

Así, en una nube de desconocimiento,

el padre procede con sus enseñanzas al hijo.

Comenzaron a leer el libro.

DONALD BARTHELME, The Dead Father

I

EL PADRE DEL HIJO

Toda vida es un país extranjero.

JACK KEROUAC, Selected Letters: 1940-1956

(carta del 24 de junio de 1949 a John Clellon Holmes)

Ahora se sabe rodeado por todo y por todos, aunque también se sienta más solo que nunca. Aquí, la soledad perfecta de quien está afuera pero sin salida. Helado pero pronto a arder en fiebres. Hablando en crepitantes lenguas fogosas: chasqueando palabras que llamean y llaman, lejanas y ajenas a todo calor de hogar, a ese hogar al que se muere y en el que se morirá por volver.

Listo para ser un único recuerdo en tantas memorias diferentes. Deseando ser evocado así. Épico en su derrota. Hecho pedazos pero más fuerte que nunca porque ya no queda nada por romperse dentro de él. No hay nada que ocultar, todo ha sido revelado. Todo él para todos los demás. Expuesto ante todos y después de todo.

Su nombre pronunciado (mal pronunciado, acentuando la última sílaba, volviéndolo extranjero, afrancesado, aún más distante y, tal vez así, aún digno de mayor rechazo) con una mezcla de vergüenza y condena.

Su nombre a la vista de un jurado que jamás se arriesgaría a jurar por él y, de antemano, con veredicto alcanzado por unanimidad: «Joven Dilapidador de Familia Patricia», así, con mayúsculas por escrito y remarcando las palabras al decirlas, es como se escribe en cartas y se dice de él en bailes y en banquetes y en misas.

Así, su sentencia a ejecutar sin demora ni posibilidad de apelación o indulto. Pero él todavía rogando por que al menos alguien testifique a su favor y tome nota y lo ponga en palabras y, de algún modo, si no lo justifique al menos lo redima y le dé algún sentido y explicación y razón de ser.

Ser escrito.

Ser un ser escrito (siendo él alguien quien en más de una ocasión deseó y soñó con escribirlo todo y está ya listo para transferir la absolución de semejante condena) en páginas vacías y heladas como estas aguas sobre las que ahora camina, apenas calentándose con el desalentado aliento de oraciones muertas y plegarias que nadie escucha. Mesiánico y milagroso, sí; pero no como el Creador Todopoderoso y triunfal en lo más alto sino como deidad precipitándose desde lo altísimo, en caída libre, preso y caído en su desgracia. Su voz alguna vez divina ya no exigiendo, atronadora, pruebas de amor y respeto sino, temblorosa y débil, afinándose más y más hasta ser mudo y relampagueante sacrificio de él mismo a sí mismo. Y, mientras tanto, mientras se prepara la ceremonia para su ajusticiamiento, él preguntándose, sin respuesta, por qué (¿no era esto un rasgo distintivo de los mortales?, ¿esa casi última y voluntariosa dádiva de toda una vida resumida en segundos y marcha atrás para su mejor comprensión o para ya ni siquiera intentar comprenderla?, ¿no era esta la explicación al misterio de por qué tantos morían con un Mamá, Mami, Ma en sus labios?) todas las personas y cosas del universo que le son queridas o que no lo quieren, toda la historia de su historia, parecía ahora confluir en esta blanca oscuridad. Oscuridad por la que él avanzaba, hasta hoy opaco y turbio y tan impuntual, de pronto sin tiempo y como despegado del tiempo, por siempre y para siempre, implacable y limpio y transparente.

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Regístrese y archívese, aunque se prefiera no hacerlo:

Es la noche del sábado 10 de diciembre de 1831 y Allan Melvill cruza a pie el congelado río Hudson

Y, ah, cuando se camina sobre hielo, sobre aguas en animación suspendida, todo ánimo se altera y todos los pensamientos piensan de otro modo, piensa Allan Melvill. Se piensa en que se los piensa con la más fogosa de las frial­dades. Se piensa en que entonces se piensa en cualquier cosa menos en lo que, al considerarse algo impensable, es, por lo tanto, aquello imposible de no pensar: en que ese hielo podría romperse y en que, entonces, hundiéndose uno para ya no volver a alcanzar la superficie de superficialidades a ignorar o atender, se dejaría de pensar para siempre. Se piensa con el frío que se congela en cristales que se unen y se rompen para separarse y ganar altura para luego caer sobre los vivos y los muertos con formas siempre diferentes.[2] Con ese frío que obliga a cerrar los ojos para descubrir que, como ciertos lagartos, se puede ver a través de los párpados: los suyos ahora casi cortados por la navaja glacial del viento desmelenado que lo despeina.

Ocurrirá lo mismo (piensa ahora Allan Melvill como nunca ha pensado antes, pensando en lo que se pensará o en lo que uno jamás se atreverá a volver a pensar pero que, en el acto de negarlo, se piensa en ello, pensando como alguna vez pensó él, flotando en una condenada y condenatoria ciudad flotante) cuando se consiga estar en el aire y verdadera y gozosamente desterrado. Cuando el hombre pueda volar a bordo de máquinas maravillosas (no simples globos aerostáticos) cuyo sonido será como el de miles de hombres aclarando su garganta luego de la primera pipa de la mañana. Y con ellas y en ellas hasta se librarán batallas entre las estrellas y se alcanzará esa luna breve que ahora las nubes cubren y descubren para volver a cubrir y arrojar casi caritativos blancos copos de nieve sobre Allan Melvill, como si se tratase de soldados lanzados al asedio de este vencido y humillado desertor de la crucificante cruzada de su vida.

Pero falta mucho para eso. Ahora, bajo sus pies, ese hielo es lo único sólido en lo que encontrar apoyo, a su alrededor y encima de él todo es hielo delgado en suspenso, y lo importante no es volar sino no caer ni hundirse ni ahogarse.

Así, en la oscuridad, Allan Melvill recuerda primero; pero enseguida es como si soñase, como si se soñase a sí mismo o se viese desde fuera, desde lo alto. Y en alguna parte él había leído que aquellos que vivían y vagaban por paisajes de hielos eternos a menudo sentían que alguien, un doble de ellos mismos, caminaba a su lado y (como aquel esclavo derrotista y memento mori marchando junto al César triunfal o a generales victoriosos) susurrándoles al oído los más de cincuenta nombres con los que se puede nombrar a la nieve, pero no a todos y cada uno de los infinitos y siempre diferentes copos que la componen y le dan forma de nieve primero según donde se pose y, luego, a todas las formas que se consiguen al darle forma a la nieve.

Entonces, de pronto, para sorpresa y maravilla de Allan Melvill, su vida entera (su vida de padre) se vive y se revive, se derrite para volver a solidificarse, como una invención inventada por aquel que, aunque él jamás lo hubiese imaginado hasta entonces, ha resultado ser el más inventivo e imaginativo de los hijos.

Y ese hijo no lo sabe aún, ese hijo no se sabe así. Aunque su edad (doce años) no sea aún la edad de preocuparse por fechas exactas y sitios precisos. La suya es una edad en la que aún no hace falta inventar nada, porque por entonces toda la realidad es como un invento que no deja de crecer y de hacerse más complejo con cada día que pasa. La suya es una edad en la que todavía uno se deja llevar, y por lo tanto sus idas y vueltas aún se rigen no por el propio tiempo sino por el tempo que marca el tiempo de sus mayores. Poco espacio para imaginar allí, en ese mundo ya creado y funcionando desde tanto antes de su propia llegada que aún no es otra cosa que la continuación de carreras ajenas: instrucciones y órdenes, premios y castigos, dormir y despertar y levantarse y brillar. Entonces y hasta entonces, tan solo se sabe (no hace falta saber más) que es de día o de noche. O que la semana transcurre más en el colegio que en casa. O que es domingo: porque las campanas de la iglesia llaman a misa, a pedir perdón y a dar las gracias y (extraña discordancia) a honrar al Padre que descansa esa jornada y al Hijo que esa jornada resucita y a cantar himnos leídos en pequeños libros.

Libros que caben en la palma de la mano y donde las estrofas (de armonioso sonido pero de significado a menudo enigmático como sólo puede serlo la proclamación de la fe en lo invisible) aparecen comentadas y explicadas en notas al pie, abriendo con un pequeño símbolo, y en letra más pequeña.[4]

Y con eso es suficiente, espero.

Y, ante la duda, rezar como si se rezara de rodillas en el fondo del mar.

Y que desde allí, pronto, se eleve a los cielos un Our Father, Who art in river… Hallowed be Thy Name… Thy Kingdom come…

Pero no aún.

Todavía no.

Así, el hijo no sabe que es sábado 9 de octubre de 1830, pero sí comprende que él está en algún lugar de los bajíos de Manhattan. En una casa vacía que pronto ya no será la suya y en la que ahora ayuda a su padre (son sus palabras) «a levantar campamento» y «a abandonar el navío»[5] y a otras cosas que el hijo no entiende pero que involucran a muchos números, cifras más altas y largas que él, escritas en pecadora tinta roja, en viciosos pagarés con nombres de marcas que también son lugares y apellidos.

Ambos, padre e hijo, caminan por habitaciones donde ya no hay nada salvo el recuerdo de lo que alguna vez hubo: los fantasmas de muebles que se ubicaban aquí y allá y más allá, su ausencia como parpadeando en los sitios que alguna vez habitaron. Habitaciones que ahora (sin cortinas ni tapices ni cuadros) son como el esqueleto de lo que alguna vez fueron. Sus paredes desnudas como huesos blancos, tan blancos. Algunos libros en el suelo, en el centro de recámaras, como a la espera de que alguien encienda un fuego con ellos. Al joven le duele dejarlos (un dolor nuevo), pero su padre le dice que si ya los ha leído no tiene sentido cargar con ellos. «Los libros se llevan en la memoria», le explica con una sonrisa difícil de ser tomada en serio.[6]

«Rápido, hijo, mete esos papeles dentro de esa bolsa… Son papeles importantes», le insiste ahora su padre.

Su padre balanceándose sobre los talones con algo de ingenio mecánico, las manos en los bolsillos, como si allí enterrase o buscase un tesoro al mismo tiempo. Y hay algo en el rostro de su padre que no se parece en nada al felizmente capturado en su retrato pintado hace ya décadas.[7] En esa pequeña acuarela (del tamaño de una carte d’identité; pero no de quien se es sino de quien se fue, de quien se ha ido y ya no volverá, ya no volverá a ser) rodeada por níveo passe-partout. Una ancha orla de tela de encaje blanco y dentro de un marco demasiado grande. Su rostro lunar como robando un pálido fuego al sol; casi sonriendo, sentado de manera descuidada pero elegante, cuidadosamente despeinado.[8] Sus guantes y sombrero sobre una mesa en la que Allan Melvill parece querer apoyar un codo que no llega a hacerlo y queda, incómodo y frustrado, en el aire, como quedarán tantas otras partes y cosas suyas, como tantas ambiciones y tantos proyectos.

Y Allan Melvill alguna vez le comentó a su hijo que recuerda que el pintor (quien, dijo, tenía un algo como de caricaturesco villano de melodrama o secundario de primera de Shakespeare, un poco Puck y otro poco Calibán) le pedía una y otra vez, casi desesperado, que, por favor, mantuviese su pose. Pero ¿cómo podía obedecerse semejante orden, pensó entonces Allan Melvill, en tiempos en los que el tiempo corría y nadie podía no sentirse sino obligado a correr tras el tiempo para así no perder el tiempo? El tiempo era oro pero, sí, no era oro todo lo que brillaba; por lo que había que elegir los mejores días y oportunidades como si se tratase de elementos a combinar en milagrosa y enriquecedora fórmula alquímica (y cómo era aquello de los antiguos romanos y las piedras de colores con las que definían sus días…).

Así, entonces, ese retrato es el de un hombre que no puede estarse quieto más de un minuto.[9] Allí, un reloj latiendo entre sus dedos cuya hora no importa, porque aún se es dueño de todo el tiempo del mundo o, al menos, eso se cree.[10]

Ya no, ya nunca, ya jamás.

Ahí, Allan Melvill no hace mucho, no hace tanto; pero al mismo tiempo como si se tratase de una era tan lejana e imposible de recuperar. Aquel que parecía uno de esos recién escritos galantes personajes de Jane Austen. Aunque ahora (evocándolo su hijo tantos años después) más próximo a los por entonces aún no redactados, pero ya en gestación, feroces y endemoniados acosadores de las Brontë que a esos deses­perados miserables de Charles Dickens a los que, en verdad, recuerda más y mejor.

Ahora es como si un viento terrible hubiese corregido esos rasgos, rasgándolos. Y así su padre se le asemeja un poco a un predicador poseído en lo alto de un sacro estrado (encaramado a las condenas de un sermón sulfúreo que lo condena, aferrado a los mástiles de su fe con las velas henchidas por la repulsa de los demás) y otro poco al extático demonio que posee a ese predicador.[11] Ya no se sabe dónde empieza uno y termina otro,[12] piensa el niño acerca de su padre y de los rayos y centellas que cruzan el rostro de su padre. Y no piensa pero sí intuye que esta es la clase de muchas de esas cosas en las que se piensa cuando no se quiere pensar en una sola cosa. Y, asustado por ver así a su padre, el hijo piensa también que nada asusta más que una persona asustada.[13] De ahí y entonces que el hijo se concentre en las cosas firmes y seguras que sabe de su padre para no marearse y mantener a raya a las náuseas que ahora lo sacuden y que no se parecen en absoluto a aquellas otras que, no hace mucho, sintió cuando se comió un pastel entero a escondidas. Estas náuseas tienen un regusto amargo y no dulce, piensa; y se dice que tal vez se pasen si se repite para sí mismo las contadas certezas por las que podría jurar sin temor a ser castigado (como cuando, de nuevo, devoró esa tarta de manzanas y ruibarbo y entonces a las náuseas siguieron las pesadillas); pero esta vez con un castigo cuyos límites son tanto más difusos aunque permanentes para aquel en penitencia.

A ver, se dice, se desafía, se impone una prueba redentora: una y otra vez, para que pase este malestar, repasar aquello que no puede alterarse y que proporciona una cierta seguridad.

Así:

Su padre se llama Allan Melvill. Y en sus tarjetas de presentación se especifica, con dudosa heráldica, que se dedica, acaso con demasiado entusiasmo y con­tada cautela, a la importación de telas y de lencería francesa y de fragancias de variados sabores y de otros muy diver­sos artículos de lujo a ser consumidos por las siempre voraces esposas de esclavistas y de patriotas y de patriotas esclavistas.[14]

Su padre tiene cuarenta y ocho (o cuarenta y nueve, no está del todo seguro) años de edad y…

Y (sí, enseguida la contabilidad de su recuento se desestabiliza como un barco perdiendo lastre y los debes se imponen a los haberes) ha oído detrás de puertas y dentro de murmullos que su padre ya adeuda tres meses de renta por esta casa de la que hay que salir rápido, ahora mismo, al caer la noche. Soltar amarras y así adelantarse a la visita anunciada a la mañana siguiente de una manada de tiburones acreedores oliendo sangre, no desde millas de distancia pero sí desde esa calle muy cercana donde tientan y caminan en círculos los prestamistas concéntricos.

Ayer, viernes, su madre, Maria Gansevoort Melvill, y su hermano mayor, Gansevoort Melvill,[15] partieron en un carro con todos los muebles y la platería y la porcelana que allí cupo.[16] Ese carro como bote salvavidas. Las mujeres y los niños primero (todos los jóvenes Melvill menos él; y el pequeño hijo se pregunta si debe sentirse orgulloso por haber sido dejado atrás junto a su capitán, o sentirse triste por tal vez ser considerado el más prescindible de la camada). Lo primero que subió allí su padre fue el primero de sus retratos envuelto en una manta (no se preocupó tanto por proteger al segundo de ellos). Lo hizo como si así sintiera que él, en el mejor y cada vez más lejano momento de su carrera profesional (el momento en el que todavía no estaba en carrera y tenía todo por delante) iba allí: como efigie aún no muy santa pero sí tan arrepentida, protegiendo a los suyos a la vez que velando los restos del naufragio de su negocio.[17] Luego los cargaron en las bodegas del Ontario Tow Boat;[18] y madre única y hermano mayor embarcaron rumbo a Albany, donde ya los esperaban sus otros hermanos e hijas, sus hijos y hermanas.[19]

No huyen, esta vez, como tantas veces escaparon en busca de refugio, río arriba, por las visitas anuales del cólera y de la fiebre tifoidea y, en 1822, de la aún más temida y «pestilente fiebre amarilla»: bocas y narices y hasta ojos cubiertos por antiparras como las de los herreros y mascarillas de seda y de lino cortadas y cosidas a partir de rollos de tela que Allan Melvill ha importado de los grandes almacenes de París.

Allan Melvill recuerda[20] haber visto entonces a los enfermos: deambulando como recién salidos de una fiesta fatal, los rostros barnizados por un sudor que nunca se secaba del todo, sonriendo como sonámbulos por una Manhattan que por entonces es apenas el sur de Manhattan y, más arriba, una cuadrícula de calles trazadas sobre un espacio vacío y, más arriba aún, el bosque virgen que alguna vez será violado y sometido de plano por el mapa nuevo del Central Park.[21] Y Allan Melvill los contempló, enfermos; y ahora, en su propia salud (acaso lo único que no pueden reclamarle sus prestamistas), los envidia un poco a todos ellos: porque enfermar sería, tal vez, la cura para todos sus males, piensa. La solución no a las manchas rojas sobre la piel sino a las columnas de números rojos en sus registros contables.

Y es así que ahora Allan Melvill no huye de las fuerzas misteriosas de la naturaleza sino que escapa de las debilidades propias que no gozan de enigma alguno: no hay nada que resolver allí y, a la vez, está todo por resolverse sin solución a la vista.

Ahora, su padre y él no caminan. Su padre y él corren (le sorprende primero y le preocupa después el descubrir que él ahora corre más rápido que su padre, que le gana en velocidad y resistencia y agilidad) y allí van, bajo la luz de la luna, tanto más rápido que lo que la luna se desplaza sobre ellos.[22]

Y el hijo lee rápido los nombres de las casas junto a las que van pasando; y todas esas casas tienen nombres, porque todas las casas se parecen entre ellas y no basta con un número para distinguirlas a unas de otras. Y ambos doblan (como se cierra esa navaja española de acero catalán con la que el padre no deja de jugar) la esquina de Pearl St. donde nació el hijo.

Y enfilan[23] hacia el muelle en el 82 de Cortland St.

Y embarcan a último momento en el Swiftsure.

Cielo bajo, marea alta.

De pronto, como si mordiese sus talones, mostrando garras relampagueantes y aullando truenos, la isla de Manhattan es casi otro barco sacudido por una tormenta bíblica.[24]

Y Allan Melvill mira a lo alto y se persigna y promete todo aquello que no podrá cumplir. Allan Melvill promete seguir prometiendo.

Y un oficial de a bordo informa al padre y al hijo que, con ese mal tiempo, la embarcación no podrá zarpar sino hasta el amanecer. El oficial de a bordo dice embarcación primero y luego, para ser más preciso, Swiftsure; pero el hijo lo escucha y siente algo nuevo y algo especial al oírlo; y comprende que ese nombre es como el de una persona, como el de un ser vivo, como el primero de muchos a pronunciar y conocer y acompañar y navegar y vivir.

«Dejé New York con Herman en el Swiftsure», apunta Allan Melvill brevemente y sin entrar en detalles en su journal; aunque semejante oración se le antoja lo suficientemente ominosa y explícita para quien quiera leerla no entre líneas sino entre letras. Y añade: «Detenidos toda la noche en el muelle de Cortland St. por severa tormenta».

Y no hace falta añadir más. Allí está todo: el regreso al punto de partida, la ruta recta que recorren los perdedores cuya suerte se ha torcido hasta quebrarse. Escribe eso y, sin esperar a que la tinta se seque, Allan Melvill cierra su journal alguna vez rebosante de grandes descripciones y de largas distancias y de paisajes tanto más felices sin por eso dejar de ser inquietantes; y ahora, en cambio, informando con letra movida y mareada por truenos y rayos y olas y consciente de que se reporta acerca del clima cuando ya no queda nada más que decir o agregar o se prefiere no comentar nada más y estar en las nubes.

Ahí, Allan Melvill bajo cubierta junto a su hijo. Esta es la última ocasión en que uno y otro viajarán juntos y a solas (si se descuentan las muy próximas en el tiempo pero distantes en el espacio travesías mentales con las que el padre contagiará al hijo invitando a que lo acompañe). Y el padre ahora abraza al hijo pero en verdad se aferra a él. Abraza y se sostiene y se agarra a su hijo (agotado y por fin dormido, duerme con la boca abierta, como duermen esos niños dormidos que entonces parecen muertos y a la vez más vivos que nunca), quien sueña un sueño con un rey en fuga. Y ese sueño salta de su cabeza a la cabeza de su padre, quien también duerme. Un mismo sueño, entonces. Y el temor a que ese sueño de pronto ponga rumbo a la pesadilla. Y de que ese rey (avanzando con dificultad por el peso de su capa de piel de oso de los Urales y de una corona con incrustaciones de dientes perdidos de afilado pez espada del Caribe,[25] llegando a una playa sepultada por la nieve y, allí, a la espera de un navío que lo lleve a tierra segura desde donde planear su triunfal y justiciero retorno) sea antes alcanzado y capturado por los conspiradores que lo persiguen desde su palacio ahora en llamas, el fulgor de ese fuego como el de una aurora boreal en el horizonte. Ese soñado rey sin trono que (no hace falta, de nuevo, esperar a que alguien postule una soñadora ciencia decodificadora de sueños) es el padre en el sueño del hijo y que es el padre en el sueño del padre, en ese sueño de dos cabezas.

Y, sí, en la bodega del barco, rodeados por ratas, el hijo descubre (de pronto despierto, como si alguien tirase con fuerza de los hilos que acalambran sus piernas y brazos) que esto era y es y será el miedo. Aquí, el descubrimiento del miedo: el miedo inicial con el que, inevitable y automáticamente, el hijo comparará todo miedo por venir y por llegar confrontándolo incluso con el miedo que sentirá por sus propios hijos.

Arriba, en cubierta, un grupo de grumetes se besan y se manosean las braguetas. Y cantan lúbricos sea shanties y baladas tan tristes sobre compañeros ahogados o ahorcados. Y se pasan fragmentos de esa jarcia de la que colgaron al marinero más hermoso del mundo con la mis­ma reverencia que otros dedican a los supuestos clavos del inoxidable Nazareno. Y compiten por quién tiene el tatua­je más grande (anclas, sirenas, fechas, Mommy, cruces de diferentes religiones, Lolita, el fragmento de un mapa, un I Would Prefer Not To con caligrafía de legajo ilegal), y hasta hay alguno de ellos con el rostro completamente cubierto por tinta indeleble haciendo casi imposible leer en ellos lágrimas o risas.[26] Y todos aúllan como lobos de mar. Y se burlan de uno (del que se ha disfrazado de mujer y se contonea con risa aguda y arroja besos a babor y a estribor) que ha cometido la estupidez de aprender a nadar. Porque es ciencia que los mejores marineros no saben nadar; porque en un naufragio el saber nadar es aquello que no conseguirá otra cosa que postergar una muerte segura; porque qué sentido puede tener el saber nadar en el centro del océano, entre implacables olas que se repiten como esas plegarias que nadie oirá allí, con la boca llena de agua salada y sin tierra a la vista. Es tanto mejor hundirse rápido y pleno de energía y con una sonrisa capaz de seducir a las ninfas de piel más resbaladiza.

Allan Melvill sabe nadar y siempre lo hizo de manera elegante, apenas inquietando a las aguas, como nadan ciertas aves de regio plumaje; y así lo demostró en balnearios de Italia y Francia. Pero de nada (la sensación es que ahora él nada de espaldas en dirección a una catarata) le sirve todo eso para mantener a flote su negocio que se va a pique.

Aquí y ahora (ya no en terreno firme sino en madera movediza; el barco de pronto se estremece como si fuese un gigantesco animal despertándose al alba y bostezando un Aaaahlbany… al ponerse en marcha) junto a su única pertenencia real e incuestionable. Ahí y entonces, lo único en verdad suyo es ese hijo que lo acompaña. El hijo al que (en otra página de su journal donde ahora suma y no asume más números imposibles de contentar que amables y precisas frases) no hace mucho, diagnosticó con un «retrasado para expresarse & de algún modo lento para la comprensión», dueño de una «pésima ortografía» pero, aun así, con «un don para entender a los hombres & cosas de una forma sólida & profunda al mismo tiempo, & con una disposición dócil & amistosa».

El hijo se llama Herman.

Albany es el nombre que se pronuncia como si se lo cantara: como si fuese el ritornello en el aria. Albany es lo que se grita desde la cocina a alguien en la sala o desde una bañera ya tibia y enjabonada demandando más agua limpia y caliente. Albany es como una familiar obra de teatro (y a Allan Melvill nunca le gustó el teatro; siempre le pareció sospechoso eso de personas repitiendo una y otra vez líneas de memoria; siempre le sonó algo tan hipócrita como lo son todos esos actores que son sus parientes: todos ellos declamando lugares comunes a los que se vuelve una y otra vez, recitándolos en reuniones donde no se hace otra cosa que despreciarse amorosamente y ponerse al día en la cotización de los diferentes apellidos de esa ciudad de provincia con ínfulas de metró­poli). Albany es la primera orilla, la primera orilla de muchas.Albany es los árboles de Albany, junto al río, río arriba, en la margen occidental del Hudson. Albany, colonia original fundada en 1614, incorporada en 1686, y capital de New York en 1797 una vez conformada la unión de los estados en los Estados Unidos.

Y Albany no es Boston y mucho menos Manhattan, del mismo modo en que la Península de Yucatán no es la Península Ibérica. Y, sí, llegarán tiempos (es seguro y seguro será) en que todo el mundo será igual. Un mismo sitio sin fronteras: todos los edificios y tiendas con los mismos nombres. Y, más tarde, incluso una única religión con un Dios omnipresente y, por lo tanto y sólo por eso, creíble y en el que creer. Y un mismo idioma comprensible para cualquiera. Y todos los colores de piel mezclándose en una única tonalidad parecida a la del té oscuro en el que se deja caer un chorro de leche espesa y tibia y recién ordeñada. Pero todavía falta para eso. Viajar es aún salir de viaje, ir a otra parte. Y todo parece cambiar por completo en cuestión de kilómetros y, en ocasiones, hasta de una calle a otra. Y, entre ciudad y ciudad, en ocasiones, es como si se avanzara por un planeta aún en construcción: vastas superficies vacías que no pueden ser muy dife­rentes a los yermos desiertos de la Luna o a los voluptuosos bosques de Venus y allí, de tanto en tanto, teniendo lugar el avistamiento de algún morador local, de sexo indeterminado y envuelto en trajes confeccionados con pieles de diferentes animales al punto que cuesta distinguir dónde termina el humano y comienza la bestia. Seres que más que hablar parecen rugir

Allí, a Albany, desde Boston, llegó Allan Melvill.

Descendiente directo de feroces guerreros escoceses corriendo por los páramos del siglo XIII: sus espadas y escudos y mazas en alto en el nombre de monarcas casi salvajes cuyos castillos eran, apenas, piedras gigantes. Unas sobre otras, dispuestas de manera astrológica y megalítica y a la espera de conjunciones astrales siguiendo instrucciones que ya nadie podía aplicar a nada pero aun así inamovibles y unidas por el musgo de milenios.

Allan Melvill, nacido el domingo 7 de abril de 1782, hijo de Thomas Melvill y de Priscilla Scollay. Bautizado en honor de su abuelo, marino mercante. Uno entre once hermanos en una de las familias más tradicionales de Boston. Pero hace tiempo que Boston no es su hogar. Allan Melvill, con diecinueve años, deja Boston en 1801 para realizar el tradicional Grand Tour de Europa. Así, educarse y formarse para el futuro en la escena del pasado. Algo mucho más provechoso y didáctico que permanecer sentado en aulas de college, según su padre, quien gusta de pensar moderno y práctico. Primero viaja Thomas, Jr.: su hermano mayor. Y unos meses después, y a lo largo de dos años, Allan Melvill en Inglaterra y Escocia y en la Francia revolucionaria y revolucionada y hasta en una España que parece aún atada a las justas y torneos del Medioevo.

Allan Melvill comprando grabados y postales de palacios y paisajes primero y después enviándose a sí mismo a visitarlos.

Allan Melvill entre las columnas de ruinas inmortales en nombre de dioses olvidados y en los campanarios de San Pedroy Westminster y Notre-Dame, con el mundo a sus pies.

Allan Melvill aprendiendo a hablar y a escribir francés a la perfección muy rápidamente y (¿por qué?, ¿para qué?) atravesando aún a mayor velocidad los Pirineos a caballo.

Allan Melvill de la mano de princesas y príncipes de herrumbrosa sangre azul que lo invitan a salones donde alternan poetas y políticos y editores y filósofos y hombres de Estado y, también, célebres capitanes y mercaderes y hasta seres de piel blanca y labios rojos que parecen venir del pasado o del futuro, de bajo la tierra o de más allá del sol.

Y, claro, Allan Melvill sólo puede distinguirse entre todos ellos jugando la carta del novedoso y flamante buen salvaje.

Y Allan Melvill cuenta relatos de nombres nuevos en mapas apenas trazados e inventa encuentros con primeros mohicanos y con tramperos sueltos y con floridos aristócratas de la Florida. Todo con armas de fuego siempre en llamas.

Y ellos le devuelven la atención con recomendaciones en cuanto a productos de moda y rutas comerciales.

Allan Melvill ha recibido una educación privilegiada y, así, fue como el novato de provincias en las hasta no hace mucho colonias viajó al Viejo Mundo. No como quien retorna a una Tierra Prometida sino como un joven promisorio quien recibirá allí la revelación de una gran idea para, de regreso en casa, hacer fortuna en ese continente en el que todo está por hacerse.

Y, por fin, Albany es así el punto de partida que, a su regreso, deviene en meta a la que llegar como ganador. Albany es para Allan Melvill otro sitio a conquistar, otra variedad de alcurnia, otros palacios nuevos imitando aquellos palacios viejos: las costumbres tradicionales y los pasos de baile obedecidos y ejecutados por él con una disciplina y gracia que bordean el fanatismo sobre los suelos de esos salones donde deslizarse como alguna vez se deslizará por el Hudson helado.

Y, ah, la necesidad desesperada de esta nueva clase gobernante de ser monarcas de un territorio por domesticar. No es lo mismo, es otra cosa: en América la altura de los títulos nobiliarios está conferida por la impresa e impresionante valuación en billetes crocantes y recién horneados y no por la cantidad de torres en un castillo europeo casi deshecho en duros y fríos escombros.

Y, de acuerdo, no hay historia pero sí hay abundancia de posibilidades para hacer historia.

Y la ausencia de pasado está compensada por la omnipresencia de futuro.

Y Allan Melvill piensa que no hay producto con mayor e inmediata presencia hoy que el mañana.

Fuente: Infobae Cultura / Original aquí.

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