El país de Toó, Rodrigo Rey Rosa

Rodrigo Rey Rosa regresa con El país de Toó, un libro que retrata Latinoamérica hoy

En El país de Toó, un territorio apartado dentro de una pequeña república de Centroamérica, conviven en dudosa paz desde hace casi doscientos años un sistema de organización comunal maya y las leyes del gobierno imperante. Pero la voracidad de las empresas mineras está haciendo emerger de su centenario letargo a las fuerzas mayas.

Ciudad de México, 28 de julio (MaremotoM).- Latinoamérica aparece siempre en nuestros recuerdos. Recordamos las crisis, las dictaduras, los crímenes horrendos de los militares, de los narcotraficantes, pero ¿cómo está Latinoamérica hoy?

Con su prosa precisa y una documentación exhaustiva, el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa cuenta cómo está el continente con el desastre y el poderío de las compañías mineras, con la corrupción de los gobiernos y con las pocas armas –casi ninguna- que tiene el pueblo, entre los habitantes indígenas, un gordo que se llama Polo Yrrarraga que casi muere a causa de los escorpiones que le dejó Cobra, un hombre que al final de la novela producirá un hecho que cambia toda la historia.

Cuando vino Justin Trudeau a México, una periodista le hizo un piropo público, algo a lo que él debe de estar acostumbrado a causa de su prestancia física y la noticia se hizo viral, en una muestra más de que aquello de lo que realmente quisiéramos estar informados no es tan fácil. La noticia en esos días tendría que haber sido que Canadá, el país al que dirige Trudeau, tiene 211 mineras en México. Un informe de Proceso en esos días decía que esas empresas “son ejemplares en su país, corruptas” en nuestro país.

El país de Toó, Rodrigo Rey Rosa
Un libro necesario de Rodrigo Rey Rosa. Foto: Cortesía

La actividad minera provoca daños a la salud que incluso propicia distintos tipos de cáncer, enfermedades respiratorias y pulmonares por la generación de partículas de polvo, problemas dermatológicos, padecimientos auditivos a causa del ruido provocado por el uso de explosivos y, por supuesto, la muerte por accidentes laborales y negligencia. Además, en muchos pueblos tanto mexicanos como centroamericanos no tienen agua los habitantes porque el poco líquido que hay es para las mineras. Claro, las mineras dejan muchas ganancias y un suelo inhabitable después de su producción. Las ganancias son para los países que las subvencionan y las dirigen, la tierra inhábil, para nosotros.

Rey Rosa se mete de lleno en el pueblo indígena de Guatemala, contando sus costumbres, describiendo sus comidas, sus dioses y pone como enemigos de los poderosos del gobierno a un niño tonto, a una criada que al parecer no sabe nada pero sabe todo, a un dirigente de una ong y a un lumpen que se roba el tesoro del que manda más en la región (mucho más que el gobierno) y que al final –para conquistar a Ermenegilda y siguiendo las predicciones de los brujos del lugar, un hecho justiciero y enigmático.

“La voladura en el costado occidental del camposanto se produjo en medio del ruido de fuegos artificiales. Un intento relampagueo en el cielo llevó momentáneamente el día a la noche cerrada de Chuitamango. El suelo tembló.

Fue –diría Goya más tarde- una declaración de guerra incruenta y jubilosa”, dice Rodrigo casi al final de la novela, que no sólo está muy bien contada, sino que esa prosa precisa deja siempre algo sin contar, un acicate para el lector que no dejará el libro hasta terminarlo.

En el país de Toó, un territorio apartado dentro de una pequeña república de Centroamérica, conviven en dudosa paz desde hace casi doscientos años un sistema de organización comunal maya y las leyes del gobierno imperante. Pero la voracidad de las empresas mineras está haciendo emerger de su centenario letargo a las fuerzas mayas. Ha llegado la hora de defender los derechos de los indígenas y el medioambiente, es el mensaje de esta novela actual que refleja los graves problemas de nuestro continente.

El país de Toó, Rodrigo Rey Rosa
En el país de Toó, un territorio apartado dentro de una pequeña república de Centroamérica, conviven en dudosa paz desde hace casi doscientos años un sistema de organización comunal maya y las leyes del gobierno imperante. Foto: Cortesía

Rodrigo Rey Rosa nació en Guatemala en 1958. Después de abandonar la carrera de Medicina en su país, residió en Nueva York (donde estudió Cine) y en Tánger. En 1980, conoció a Paul Bowles, quien tradujo sus tres primeras obras al inglés. En su obra, traducida a varios idiomas, destacan los libros de relatos El cuchillo del mendigo (1985), El agua quieta (1989), Cárcel de árboles (1991), Lo que soñó Sebastián (1994, cuya adaptación cinematográfica se presentó en el Festival de Sundance del 2004), Ningún lugar sagrado (1998) y Otro zoo (2005), reunidos, junto a algunos relatos inéditos, en el volumen 1986. Cuentos completos (Alfaguara, 2014); sus novelas El cojo bueno (Alfaguara, 1995), Que me maten si… (1996), Piedras encantadas (2001) y Caballeriza (2006) -reunidas en Imitación de Guatemala. Cuatro novelas breves (Alfaguara, 2013)-, El material humano (2009, Alfaguara, 2017), Severina (Alfaguara, 2011) y Los sordos (Alfaguara, 2012), además de La orilla africana (1999) y El tren a Travancore (2002), que conforman junto a la novela corta Lo que soñó Sebastián el volumen recopilatorio Tres novelas exóticas (Alfaguara, 2015). Su obra le ha valido el reconocimiento unánime de la crítica internacional y, entre otros, el Premio Nacional de Literatura de Guatemala Miguel Ángel Asturias en el 2004, el Premio Siglo XXI a la mejor novela extranjera del año otorgado a Los sordos por la Asociación China de Literatura Extranjera en el 2013 y el Premio Iberoamericano de las Letras José Donoso en el 2015.

El país de Toó, Rodrigo Rey Rosa
El país de Toó, Rodrigo Rey Rosa, Alfaguara. Foto: Cortesía

Fragmento de El país de Toó, de Rodrigo Rey Rosa, con autorización de Alfaguara.

La casona de techo de palma estaba en un promontorio entre los cocoteros y dominaba la playa de arena volcánica, una línea recta que iba desde el lugar en que salía el sol hasta donde se ocultaba. La espuma de las grandes olas, que iban a morir en la orilla, dibujaba abanicos que se desvanecían en la arena negra una y otra vez. Detrás de la casa estaban los canales de agua turbia y mansa —criadero de jaibas, bagres y cuatrojos— rectos y largos como la playa, abiertos por los tátara tatarabuelos de la nana para llevar sus mercancías en cayucos de palo desde Tapachula, en México, hasta Sonsonate, en El Salvador, como ella contaba, aunque el dueño de la casa, un hombre rico, conocedor de una historia muy distinta, la contradecía. Más allá del canal, desde el segundo piso, podían verse las salinas y los inmensos potreros y cañizales, y, todavía más allá, una cadena de volcanes. A mediodía la arena se calentaba tanto que si caminabas en ella se te ampollaban los pies. Pero al atardecer, cuando el sol enrojecía antes de hundirse en el mar, podías jugar en la arena tibia o perseguir cangrejos, que corrían playa arriba para refugiarse en sus hoyos, o bajaban por la franja alisada por las olas, donde espejeaba el sol. Por la noche, a veces, la casona se llenaba de gente. Llegaban de las otras casas alineadas a lo largo de la playa, o hacían el viaje en carro o en helicóptero desde la capital.

1.

¡Esta casa está borracha! —gritó Jacobito. Sentados alrededor de una mesa larga en el corredor de la casona rústica en aquella playa del Pacífico, los adultos no paraban de reír. Una ola en la rompiente, más fuerte que las anteriores, se oyó por encima de las risas. Un intervalo de silencio.

Faltan tres minutos para la medianoche —dijo la madre de Jacobo, una mujer rubia de ojos grises.

¿Por qué faltan? —quiso saber el niño.

De nuevo, los adultos se rieron.

Era el único niño en la casa la noche de Año Nuevo, y en ese momento se había convertido en el centro de atención de las señoras. Soltó una risa aguda y contagiosa. Le gustaba ser el centro de atención.

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Su madre lo tomó en brazos para sentarlo sobre sus piernas, mientras el padre sacaba de un cubo con hielo una botella de champán. Usó una servilleta para secarla antes de comenzar a forcejear con el corcho en forma de hongo.

¡Doce! ¡Once! ¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho!…

Los adultos devoraban uvas negras. Las iban tomando, una por segundo, de tres tazones alineados en el centro de la mesa.

¿Qué pasa? —dijo el niño, pero esta vez nadie le hizo caso—. ¡Yo quiero también!

¡Cero!

El corcho salió de la botella con un ¡pum! y un chorro de espuma. El cielo se iluminó con fuegos artificiales y las explosiones se multiplicaron en la noche. Jacobito abrazó a su madre, asustado.

No pasa nada, amor.

¡Feliz año nuevo!

¡Feliz año del perro!

¡Por el Futuro! —dijo el padre, y alzó su copa y la chocó con el señor al que llamaban el Futuro.

Abrazos, copas llenas y espuma rebalsada sobre la mesa, risas, brindis y más abrazos y besos.

¡Doña Matilde! —llamó la madre de Jacobo—. Venga a hacer un brindis con nosotros.

Doña Matilde, una matrona quiché y la nana de Jacobo, salió de la cocina y se acercó a la mesa.

Gracias, doña Ana —dijo—. Feliz año nuevo.

Tomó la copa de champán que la señora le alargaba y dio un pequeño trago.

Jacobo —dijo la madre—. Saluda y a dormir.

El niño protestó.

El padre:

Que se quede un rato más. Está gozando, ¿no?

Que se quede —exclamó uno de los mayores, que le había regalado esa navidad un avioncito que podía volar de verdad. Para el último santo de su papá había llevado a la familia, la nana incluida, a dar una vuelta en helicóptero. Tenía varias avionetas y helicópteros. Vivía de ellos, Jacobo había oído decir, aunque no acababa de entender lo que querría decir vivir de aviones y helicópteros.

Está bien. Cuando paren los fuegos, te vas a la cama —dijo la madre.

Doña Matilde llevó al niño en brazos al balcón. Hacia el oeste, en un cielo muy negro sobre el agua más negra todavía, las efusiones de luz y las explosiones continuaban.

¡El cielo está borracho! —gritó el niño, y soltó su risita nerviosa.

2.

Jacobo amaneció temprano, pese al desvelo, cuando la casa entera dormía. Alcanzó con una mano un maletín que colgaba de la baranda de su litera, donde había guardado algunos de los juguetes que recibió para navidad. Sacó una máscara de buzo. Unas aletas. Un delfín mecánico y su control remoto. Este se lo había dado el Futuro. Visitaba a la familia muy a menudo últimamente.

¡Eso es demasiado! —había dicho la madre cuando Jacobo abría el paquete bajo el árbol, siete noches atrás. Y a su esposo, a modo de regaño—: No debió, de verdad.

¿El general? ¿Tal vez debió darle dinero? ¡Es lo que pensaba hacer!

¡Claro que no!

¿Qué es dinero? —preguntó Jacobo.

El padre le alargó un pedazo de papel anaranjado.

Mirá.

El niño lo tomó. Miró los dibujitos: un volcán; un pájaro de cola larga; una pirámide. Se lo acercó a la nariz.

¡No! —exclamó su madre—. Es muy sucio. Es la cosa más sucia que puedas imaginar.

Le quitó el billete al niño y lo devolvió a su padre, que dijo:

No hay que exagerar.

¿Es más sucio que el popó? —preguntó el niño.

Sí —dijo la madre—. Pasa de mano en mano y la gente no se las lava.

¡Cierto! —se rio el padre, y en voz baja—: Pero el dinero se puede lavar. El popó, en cambio, no.

No es divertido —dijo ella; aunque el niño y su padre se reían a carcajadas.

¿Qué es el futuro? —siguió el niño.

Lo que no ha pasado todavía.

Otra cosa que él no podía entender. Cada vez había más cosas así.

Se volvió hacia la ventana, desde donde podían verse, a través de la mosquitera y más allá de los penachos de las palmas, el cielo de la madrugada y una larga franja de plomo que era el mar. El rugir de las olas lo transportó a un mundo que nadie más conocía; él mismo lo estaba creando en ese momento, con la facilidad y la despreocupación de un pequeño dios. Era un mundo vasto —más ancho que la playa de arena negra y el mar— y él estaba en el centro. De pronto, no aguantó las ganas de orinar.

La nana, que dormía en el camarote inferior, le oyó moverse y se levantó para ayudarle a bajar. Lo acompañó al baño, y luego le dio su desayuno de cereal con leche en la cocina, en la mesita baja que solo usaba él. Jacobo acomodó al delfín, del tamaño de un bebé, en la sillita a su lado, y la mujer se puso a lavar los platos de la fiesta de Año Nuevo, que no había terminado hasta el amanecer. Mientras fregaba, se quejaba del calor, pero vestía, como siempre, su traje de Toó: corte, faja y huipil. La cara y el cuello le sudaban profusamente.

Jacobo se levantó de la mesita con el delfín y salió de la cocina. Fue a su cuarto y repasó los demás juguetes. No podía con todos, así que dejó las aletas y el control, que aún no sabía cómo usar. Atravesó el corredor y bajó al espacio abierto del piso principal. Subió en una de las hamacas, se empujó con un pie para mecerse, con el delfín en brazos. Cerraba los ojos de vez en cuando, para imaginar que nadaba en el mar, lejos de la orilla, lejos de todo, al lado de un delfín de verdad.

Empapado en sudor, se despertó con el ruido de los niños grandes, que habían llegado con sus padres a seguir la fiesta. Entre el ranchón que era la casa y las olas, que su padre decía que eran peligrosas como tigres, y que se alzaban para reventar contra la arena, estaba la piscina de agua dulce, donde Jacobo había aprendido a nadar. En una cancha más allá de la piscina, los niños grandes jugaban volleyball. Los papás, arriba, estaban desayunando y platicando, como casi siempre, sobre algo que llamaban política. Era un juego en que todo se valía, les oyó decir alguna vez. Era un juego también peligroso. A ellos les gustaba el peligro, había descubierto con satisfacción. Alguien puso a sonar una música de guitarras y tambores. Bailó unos cuantos compases, moviendo la pelvis como había visto hacerlo a sus mayores. La nana estaba dormida en la otra hamaca, a pocos pasos de la suya.

Salió de la sombra del rancho al sol, que lo deslumbró, y se quedó allí un momento, parpadeando, hasta que vio los pelícanos que volaban sobre la cresta de las olas, que eran enormes a esa hora. No quería jugar volleyball. La pelota era demasiado dura. Volvió a la hamaca para tomar la máscara y el delfín. Corrió hacia la piscina, que no estaba llena, como anoche. Bajó despacio por las gradas color esmeralda. Puso el delfín en el agua tibia, le dio un empujón. Los delfines eran parientes de los humanos y necesitaban salir de vez en cuando a respirar, le había dicho el padre, pero ellos respiraban por un hoyito que tenían en la espalda.

El agua le llegaba hasta los hombros. Él ya podía nadar con la piscina llena, cuando el agua le cubría la cabeza. El delfín, que había llegado a la mitad de la piscina, se hundió. Decidió ir por él. Al salir estaría muy cerca de la cancha, donde los niños grandes jugaban.

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