Roma y las fake news

Roma, las fake news y mi boca abierta como la de Larry Bird

Es cierto hoy que las noticias falsas vuelan por la red social haciéndose un espacio antes inimaginado y es en todo caso este sistema por medio del cual estamos sometidos a digerir las noticias lo que nos tiene que preocupar.

Ciudad de México, 19 de mayo (MaremotoM).- Estoy volviendo a ver Roma. Creo que la estoy volviendo a ver entera porque hay cosas que adivino, ya sé cómo será la próxima escena o me imagino que Lucio Voreno pronto recuperará a sus hijos. A veces pienso en las cosas que recordaremos de las series que una a otra las vemos seguido, con esas maratones infernales y que llaman nuestra atención concentrada, claro que de vez en cuando yo juego a uno de escondidos en el teléfono, contesto mensajes, pienso en cosas que nada tienen que ver con la serie.

Roma trae a Marco Antonio, el mismísimo James Purefoy (Inglaterra, 1964) que es popular cuando aparece en algunos de esos programas maratónicos, luego nos olvidamos de él. Este guapísimo dice que jamás trabajaría en Game of thrones porque esta serie les privó de seguir con Roma, que según él estaba más o menos para la décima temporada. Cuando matan a César, lo apuñalan en el Senado (ese noble de corazón llamado Bruto da la última puñalada) y de pronto uno ve que el asesinato no sirvió para nada. Que afuera el pueblo grita César a voz en cuello y que la República no volverá. Muerto el dictador, pero nada de pensar en una nueva política, de darle frescura a esa forma de organizar Italia, donde hay un sistema de castas, donde mandan los nobles más que los ricos y donde la gente ve a un gobernante de acuerdo a su estado de ánimo que siempre es la desesperación.

Marco Antonio se sienta frente a los traidores, conspiradores o libertarios (de acuerdo a la ideología con que uno lea la historia) y les dice en su silla de depredador sexual, de alcohólico, de codicioso, de que todo le vale un cuerno, que no van a poder tomar el poder, que afuera el pueblo grita César todo el tiempo y que si ellos suben serán vistos como traidores y que lo mejor será que cada uno se vaya fuera de Roma, porque de otra manera todos morirán. Marco Antonio queda como el gran tirano, cargado de dinero porque le roba la herencia al heredero de César, Octavio y todos felices. El pueblo sobre todo contento, a pesar de la muerte de su ídolo y Roma queda como siempre, Roma.

¿Cómo era Excélsior cuando estaba Julio Scherer? ¿Cómo era La Jornada cuando estaba Carlos Payán?

Desde Marco Antonio las noticias falsas para aplacar y desviar la opinión pública es una carga del periodismo y siempre se ha manifestado así. Pareciera ser que las cosas que nos preocupan ahora nunca han pasado y que desde el 2000 hasta ahora nos desayunamos con elementos nuevos, que no alcanzamos a comprender.

Es cierto hoy que las noticias falsas vuelan por la red social haciéndose un espacio antes inimaginado y es en todo caso este sistema por medio del cual estamos sometidos a digerir las noticias lo que nos tiene que preocupar.

En uno de los cursos que estoy dando, una alumna hace una crónica sobre las noticias, las noticias en las que ya no cree, nombra al diario de Xalapa, nombra a Julio Castillero, entre los dos la noticia está dada vuelta. ¿Qué leer? ¿Dónde informarse de noticias verdaderas? Muchos escritores repiten y repiten las noticias de El País. A veces, no nos vamos a comparar con semejante periódico, damos las noticias nosotros antes, pero esos escritores leen y leen El País. Es cierto que tienen muchos medios y como gran informador cultural en español es imbatible, pero ¿qué pasa con la política de El País? Es un diario absolutamente colonialista, que tiene sus versiones para Latinoamérica totalmente condicionadas y que como tal no es un testigo sin cargo en las notas que pasan en nuestro suelo. ¿Por qué no pedir, por qué no exigir un periódico que sea digno de México, donde podamos enterarnos de las cosas que pasan aquí vía el país en el que existimos?

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Roma y las fake news
Grábate lo que alguna vez dijo el basquetbolista Larry Bird: “Si todos los días haces lo mismo, entonces serás el mejor”. Foto: Collage

Recibo un boletín de prensa donde dicen que Deborah Feldman publicará su libro Unorthodox por Lumen. Todas las opiniones son de afuera, entre ellas por supuesto, de El País, no hay ninguna crítica de los que vemos televisión aquí, a pesar de que la hemos visto y que hemos publicado nuestra opinión.

La opinión sigue siendo colonialista. A veces veo RT, el noticiero ruso en español, pero cuando llega la hora de hablar de Rusia, todo es verde, todo es el paraíso en la Tierra. A veces veo Telesur, pero dos por tres aparecen los informadores del gobierno dando cuenta del último ataque de Donald Trump a sus tierras. Está bien enterarme, pero no me lo repitan una y otra vez. Claro que en el aspecto cultural Telesur es muy interesante, es como Nodal, da una impresión latinoamericana sin pasar por España, sin pasar por los Estados Unidos. Me entero de cosas culturales mexicanas que no publican en México.

Los escritores mexicanos son en gran medida esclavos de la fama, de aquello a lo hay que arribar para ser considerado escritor y reconocido. Carecen de ese espíritu contestatario, no desobedecen. Los quiero a todos y los respeto a todos, pero cuando se trata de medios, van a El País, van a Reforma…hace poco una escritora nueva, vaticinaba su buena fortuna porque iba a ser columnista de Reforma, un periódico que pocos leen, claramente opositor, con miles de fake news, pero ella festejaba su ingreso a ese periódico.

Hace poco le hice una entrevista a una escritora que había hecho una novela sobre Nahui Ollin, creo que ni siquiera la leyó. Cuando salió en Reforma o en otro periódico impreso, lo celebró como noticias reales, como si su libro ahora fuera verdadero porque lo habían mencionado en esos medios.

The New York Times es como Barack Obama. Muy lindo, con noticias bien escritas, pero luego te echa a no sé cuántos inmigrantes de los Estados Unidos.

Los escritores mexicanos son en gran medida esclavos de la fama, de aquello a lo hay que arribar para ser considerado escritor y reconocido. Carecen de ese espíritu contestatario, NO DESOBEDECEN.

Cuando vino el The Washington Post, un periodista joven, de esos que creen que para ser buen periodista te tiene que contratar un medio grande (reivindico aquí a mi teórico de cabecera, Diego Salazar, que dice que “los periodistas no le importamos a nadie” y los premios y los medios “famosos” nos dan cierto aire), hablaba de lo que iba a ser ese periódico en español. Tras cartón, publica grandes avisos diciendo que el nuevo columnista era Carlos Loret de Mola, ese periodista que acaba de echar a un cartonero de un periódico porque osó publicar un dibujo en su contra. ¿Eso es lo nuevo para The Washington Post?

No sé qué decirle a mi alumna del curso. Dice en su crónica: Yo no creo en las noticias. Hace bien, pero ¿cómo guiarla para que lea buenas noticias, para que se salga de la vía correcta y trate de informarse por esos medios totalmente condicionados?

Mi boca abierta siempre dice: No crean que la carrera de comunicación va a sacar periodistas. No estoy en contra del sistema educativo y ni siquiera me disgusta la carrera de comunicación, pero el periodismo es un oficio y grábate lo que alguna vez dijo el basquetbolista Larry Bird: “Si todos los días haces lo mismo, entonces serás el mejor”.

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