2020

¿Romperemos en la siguiente década esa burbuja que nos aísla de la capacidad conjunta de oler, reír, degustar, ver, oír, encarar?

No termina la década y empieza otra. Falta un año para eso, pero estas prisas llevaron a nuestro columnista Patricio Adrián a hacer una serie de reflexiones que bien valen la pena leer, más allá del tiempo que corre.

Ciudad de México, 23 de diciembre (MaremotoM).- El 2019 da sus últimas patadas de ahogado, no solo se acaba un año de conteo gregoriano, sino que cierra la segunda década del siglo XXI. Se cierra simbólicamente una década, una época, que dan ganas de dejar muy atrás, los números redondos como el 2020 nos ofrecen esa posibilidad. Es verdad que nos tocará construir como hasta ahora el rumbo de nuestros días.

Una generación de jóvenes completa crecimos en las dos primeras décadas del siglo XXI hasta convertirnos en lo que somos, unos viejóvenes con las más diversas experiencias. El bono demográfico prometido cada tanto en un país hasta ahora no se cobró, no hubo cheque de cambio. En estos casi veinte años una generación rió, experimento cambios tecnológicos acelerados que los han definido; lloró, tuvo hijos, se emborrachó épicamente, se enamoró, bailó y sigue bailando la vida mientras dura la incertidumbre, el aquí y el ahora. Es una generación que no paró de trabajar y de buscar la supervivencia, no pudo comprarse una casa, se le rompió el corazón en pedazos. Y así nos convertimos en adultos precarizados por la economía global.

A estas dos décadas del siglo XXI, yo le llamo las décadas perdidas en México, como la de los 1980, pero peor pues la ilusión de que la transición democrática del 2000 pudiera traer algunos cambios se resquebrajó muy pronto; incluso para los que no nos compramos el boleto del voto útil por el desquiciado de Vicente Fox, pensamos que al menos sanearía la administración pública, el resultado fue una corrupción creciente hecha con buenas plumas fuentes y trajes circunspectos con cargo al erario.

Musicalmente los dosmiles empezaron con unas sonoridad electrónica muy fuerte, pero también la primera década tuvo un marcado sello roquero, proliferaron las bandas con el artículo The. El rock parecía más vivo que nunca, se escuchaba en discos compactos, raudo y veloz apareció el MP3 y similares formatos digitales, progresivamente la música fue almacenada en el Ipod. Fue todo una revelación cargar de manera portátil con miles de canciones. Al cesto de basura fue a parar la materialidad del CD; los vinilos y casetes del siglo XX quedaron en relativo olvido, salvo para la estética vintage que paradójicamente surgió ahí.

Acabó el 2010 y el coletazo del nefasto legado del sexenio de Felipe Calderón se tradujo en un país en el que creció el crimen organizado, desapariciones forzadas, feminicidios, México se convirtió en cementerio de fosas clandestinas a cielo abierto. Creció la deuda pública y la población, excepto la economía y nuestra calidad de vida. Las cosas siempre pueden empeorar y eso nos quedó claro con el regreso del PRI a la presidencia, así como su insultante y lacerante corrupción que hoy día sigue impune, como continua la pobreza y la desigualdad. Han sido dos décadas en las que pudimos haber crecido y no lo hicimos. Atravesamos por un túnel oscuro que nos tiene donde estamos ahora, empezando a ver un rayo de sol.

Te puede interesar:  PAPELES SUELTOS DESDE UNA REMINGTON AZUL | La melancolía creativa

En estas décadas conocí, vía sus libros, a muchas/es escritoras/es mexicanos jóvenes, unos más que otros. Es probable que se consagren en nuestras letras, quizá, lo más importante ha sido pasar un rato con ellos y sus historias: Valeria Luiselli, Julián Hebert, Guadalupe Nettel, Carlos Velázquez, Emiliano Monge, Isabel Zapata, Álvaro Enrigue, Diego Enrique Osorno, Juan Pablo Villaseñor, Luis Felipe Fabre, Hernán Bravo Varela, Pablo Soler Frost. En fin, un numeral, pero también otras generaciones clave: Margo Glantz, Sabina Berman, Juan Villoro…

Sobre todo a partir de los dosmil diez se reaggetonizó los ‘mass media’, sería ingenuo ocultarlo, pero aún así es difícil asir los sonidos que marcaron las décadas, las fusiones son cada más frecuente pero pareciera ser que los derivados de la electrónica y otros géneros subyacen en los músicos al cierre de esta década. El rock quizá entró en un paréntesis, algunos hablaron de su muerte, junto al deceso de varias figuras artísticas e intelectuales colosales; el siglo XX muriendo. Se dejaron de leer periódicos a mano abierta, el pdf se volvió común, los dispositivos de lectura digital se volvieron más comunes. Facebook y Twitter se convirtieron en lo ‘ganones’ de la porno felicidad, el humor, el acoso, el sustituto del vacío existencial, la validación cotidiana, fantasmal pero el quizá irreversible por cómodo anuncio de ‘aquí ando’, dicho a todos y a nadie.

En la segunda década del XXI la cultura digital llegó para quedarse; el streaming y la modalidad ‘on demand’ cambiaron nuestra forma de consumir música, cine, televisión. El meme, los emojis, las notas de voz, los stickers, las ‘nudes’, los mensajes de texto, el sexo de smartphone y la soledad digital desplazaron el vis a vis, la polémica cara a cara, los abrazos. ¿Romperemos en la siguiente década esa burbuja que nos aísla de la capacidad conjunta de oler, reír, degustar, ver, oír, encarar?

Todo eso que no permite las redes socio digitales. 2020, aquí vienes, con retos, con vulnerabilidades globales como el cambio climático, la sobrepoblación, con amenazas de sustentabilidad y sostenibilidad, con la contingencia nuclear, pero quizá también con la mirada de evocación zapatista de que otro mundo es posible.

Comments are closed.