Rosa Montero

Rosa Montero: “Leemos por eso, para huir a otras vidas”

La gran escritora española habla con entusiasmo de su nueva novela La buena suerte, en la que reflexiona sobre el mal absoluto y la capacidad de recuperación de los seres humanos. “Hasta en la mayor destrucción puede uno reconstruirse y volver a ganarse una vida feliz”, asegura la autora de “La ridícula idea de no volver a verte” y la saga de Bruna Husky.

Ciudad de México, 1 de septiembre (MaremotoM).- Una conversación con Rosa Montero sobre literatura nunca es una conversación “solo” sobre literatura: siempre es una charla que abre un mundo en el que aparecen cuestiones existenciales, las noticias del presente, la memoria de un pasado que muchas veces fue un tormento y también aquello que se vislumbra como futuro. Rosa no solo es una escritora con talento para producir grandes libros capaces de llegar a audiencias masivas sino que una de sus mayores cualidades es su curiosidad infinita, que la lleva todo el tiempo a buscar información en diferentes usinas y registros. La política, la economía, la ecología, la ciencia en todas sus manifestaciones, las relaciones humanas: todo le interesa y a todo le otorga tiempo y espacio en su vida y en sus novelas.

Esta vez, en un momento histórico que nos tomó a todos por sorpresa, la autora de La ridícula idea de no volver a verte y La carne está presentando su nueva novela, La buena suerte, prácticamente sin moverse de su casa, algo inusual para la periodista y escritora española que pasó casi toda su vida arriba de aviones. En esta novela, publicada por Alfaguara, la escritora reflexiona sobre el mal absoluto y sobre el modo en que las personas pueden recuperarse de sus propios apocalipsis. Aunque la terminó antes de la pandemia, hay varios ángulos de la historia que pueden vincularse a este tiempo de confinamiento general y de paréntesis. En La buena suerte hay personajes que no consiguen salir de la desolación y hay otros, como en la vida, que ponen empeño en hallar la suerte aún cuando todo es pura dificultad y tropiezo.

Hace unos meses nos encontramos con Rosa en Madrid; fue antes de que se cerraran las puertas del mundo pero ella, gran lectora de artículos y libros de ciencia, ya estaba en alerta y preocupada. Luego siguieron meses fueron particularmente duros: la muerte de su madre y de amigos se dieron en un tiempo en el que las manifestaciones de afecto están restringidas y hay que aprender a vivir sin el abrazo de consuelo. Afortunadamente, sabe buscar la belleza, ese rayo luminoso que ayuda a calmar el dolor, y el entusiasmo sigue dominando su vida.

Lo que sigue es la charla que mantuvimos esta semana a través de la pantalla, en la que habló de sus personajes, de la construcción de sus novelas y de la alegría que le provoca esta ficción, a la que percibe muy próxima a su deseo como escritora. “Hay momentos en donde te sientes más cerca de esa especie de agujero a través del cual se ve el magma de la vida”, dijo, después de reprenderme un par de veces porque le pareció que estaba adelantando demasiados detalles de La buena suerte.

Juro que después hice todo lo posible por coserme la boca. Ustedes dirán si lo conseguí.

Rosa Montero
Una conversación con Rosa Montero a propósito de su nuevo libro, La buena suerte. Foto: Cortesía

—La última vez que nos vimos, en febrero, ya se anunciaba la catástrofe, ya llegaba el Apocalipsis.

—No solo se anunciaba: yo no lo sabía pero estaba con Covid cuando te vi. Así que afortunadamente lo pasé muy levemente, ¿no? Pero estaba enferma con Covid. Y menos mal que ya estaba en plan prudente y no quise dar besos ni nada. O sea ni tocarte.

—Así es. Con tu cabeza siempre tan cerca de todo lo que tiene que ver con la ciencia, era natural que advirtieras lo que estaba ocurriendo antes que los demás. La ciencia es algo importante para ti.

—Mucho. Me interesa muchísimo, sí. Siempre me ha gustado mucho.

—En esta nueva novela aparece en un momento la explicación científica de cuestiones como el mal.

—Hombre, yo creo que… ¿En dónde? (Risas). Porque en esta novela la ciencia aparece mucho menos que en algunas de mis últimas novelas, la verdad. Bueno, pero eso se sabe, hay un 1% de psicópatas que son realmente muy malos, muy malos. Luego hay otro 4,5% de psicopatoides que son también terroríficos. Y luego, el resto de la gente, que yo creo que se decanta más por el bien. Lo que pasa es que hay un montón de personas que son cobardes, que tienen miedo de reflexionar por sí mismos. Que son inseguros. Entonces esa cobardía de un porcentaje muy grande de gente que por sí mismos no harían daño, pues hace que se llegue a esos horrores y suicidios de las sociedades como en el nazismo o en la revolución cultural de Mao. Así que da un poco de miedo.

La buena suerte cuenta la historia de Pablo, un arquitecto que a los 55 años decide, necesitar dar un cambio brutal a su vida.

—Bueno, no demos muchos datos porque mi novela es un artefacto realmente de relojería, está hecho para que sea un misterio. Es una novela de misterio, no es un thriller, aunque hay policías, hay delincuentes y hay delitos, pero no es un thriller convencional. Pero es una novela de misterio existencial, sobre el misterio de unos personajes y de unas vidas, profundísimo misterio. Y está construida, te aseguro, hasta el detalle. Por ejemplo, acabas de decir un arquitecto, no se sabe que el protagonista es arquitecto hasta el quinto o sexto capítulo. Ahí ya acabas de hacer un spoiler de esa construcción de absoluto misterio, de enigma sobre enigma, que además luego parece que se revelan cosas y se descubre que son mentira. Es una especie de caracol que vuelve sobre sí mismo.

Rosa Montero
La buena suerte, editada por Alfaguara. Foto: Cortesía

Entonces, es un hombre que tiene 50 y tantos años, que está viajando en un tren y que de repente levanta la cabeza. Es un AVE a Málaga, se para el tren y entonces ve un paisaje, el más horroroso del mundo, un pueblo horroroso, unas cuatro vías y pegada a la última vía, en una casa paupérrima y horrenda, un balconcito con todos los hierros picados, y con una bombona de butano reventada y un cartel escrito que dice: “Se vende”. A mí eso me pasó, yo iba en un AVE y vi eso y me quedé sobrecogida porque pensé “es el sitio más feo del mundo y es el ejemplo, el símbolo del fracaso desde la fealdad”. Entonces en ese momento a mí se me levantó una chapita, esas cosas locas que nos pasan a los escritores y a los novelistas, que siempre vamos imaginando cosas. Entonces me dije: ¿y si de repente un personaje, no sabía si era hombre o si era mujer, se bajara en la siguiente estación, regresara a comprar esa casa y se quedara a vivir ahí solo? Y es lo que hace mi personaje. Entonces se baja en la siguiente estación, vuelve, se compra esa casa, no llega nunca a destino. Se queda ahí, desaparecido. Y la cuestión es saber por qué. ¿Huye de algo?, como tu bien dices. ¿De alguien? ¿De sí mismo? ¿Le persiguen? ¿Se persigue? Realmente todos queremos ser otros. ¿Tú no has querido ser otra alguna vez?

—Sí, muchas veces.

—Pero aparte de esa tentación, yo creo que además a mi personaje lo que le sucede es que le ha caído el rayo de la destrucción encima. Realmente es un hombre a quien le ha colapsado la vida. Ha vivido su personal Apocalipsis. Está destrozado, está destruido. Y la novela demuestra algo en lo que creo firmemente, que hasta en la mayor destrucción puede uno volver a reconstruirse y puede uno volver a ganarse una vida feliz.

—Pero también la novela, prometo que no voy a decir nada, a ver cómo me redimo del spoiler…

—Te has quedado aterrada (risas).

—Todo lo que tenía para preguntarte, ahora… (risas). En determinado momento hay una frase que dice: “Inventar consuela”. A vos como escritora, en relación a todos esos momentos en los cuales quisiste ser otra, quisiste olvidar el pasado, correrte de tu presente, ¿inventar te consuela?

— Inventar consuela esencialmente, bueno, a mí más que consolarme, escribir me hace poder vivir. Como la mayoría de los novelistas, empecé a escribir de muy niña, así que forma parte de la estructura de mi personalidad, con la que sostengo la vida. Sin ello no sabría qué hacer ,o sea que es más que consuelo. Pero los inventos del arte nos consuelan a todos, no ya escribiendo, leyendo. Leemos por eso, para huir a otras vidas. Mira, de eso habla esta novela: venimos al mundo con millones de posibilidades, millones de proyectos y de valencias. Y de capacidades y de tentaciones. Pero luego, a medida que vamos creciendo, el tiempo nos va recortando como un jardinero loco todas las ramitas posibles, los brotes de otras vidas. Y nos va dejando reducidos a esa única vara de nuestra existencia, que por muy buena y muy grande y muy bella, aunque sea la existencia de Marie Curie, siempre es muchísimo más pequeña que nuestros sueños, nuestras posibilidades. Por eso esa sensación de estar encarcelada en la propia vida, por eso creo que todos tenemos esa tentación de todas las otras personas que queremos ser, ¿no? Creo que arrastramos como un penacho de vidas transparentes detrás de nosotros, todo lo que pudimos ser y no fuimos. Que puede ser bueno o puede ser malo, no tiene por qué ser bueno. Pero sí son otras posibilidades completamente distintas. Y no creo que haya una sola persona en el mundo con una suficiente edad, no te digo a los 14, que no haya tenido la tentación alguna vez efectivamente de ser otro.

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Yo soy feminista, soy antisexista y considero que en el siglo XXI es completamente irracional no ser feminista ni antisexista. Foto: Cortesía

—Me interesa lo del tren porque también es esa imagen que uno usa a veces, la idea de no perderse el último tren, de no perder el tren. Y en este caso hay algo de eso también, ¿no? Es como ese tren que pasa y que te permite, de pronto, realmente cumplir con esa idea de empezar de nuevo, o correrte de ese pasado que te está torturando.

—Claro. En realidad, tú no escoges las novelas que haces sino que te escogen a ti, la novela en realidad nació al pie de ese tren con esa visión que tuve en un viaje y tenía que tener trenes. Pero luego, claro, te das cuenta del simbolismo que tiene. Mi protagonista se queda a vivir ahí, en esa casa repugnante, en ese balconcito que da a los trenes que pasan. Y todos pasan, van y vienen en el tren, eso está muy presente en toda la novela. Pero fíjate que yo creo que el simbolismo también es que los trenes son la vida. Es una metáfora hasta banal de lo evidente, ¿no? El tren como el camino de una vida. Y él, mi personaje, está afuera de la vida. Es lo que decíamos antes, se queda afuera de la vida. Pasa la vida delante de él en los trenes, que van con un destino claro, pero él no sabe adónde va, no sabe de dónde viene. Él ha tenido uno de esos dolores que son como rayos, En La ridícula idea de no volver a verte, otro libro mío, digo que si puedes hablar de tu dolor y puedes contárselo a alguien, estás de suerte porque entonces tu dolor no es lo suficientemente grande. Porque el dolor verdaderamente grande y radical nos quita la palabra. El verdadero dolor es inefable, nos enmudece. Entonces eso es lo que el pasa a mi protagonista, que está viviendo la secuela de su personal Apocalipsis. No tiene ni adónde ir. No sabe ni quién es y no tiene ni palabras, por eso además usa palabras inventadas y no vamos a dar más claves. Pero por eso va usando también palabras que son mentira. Y en esta persona tan deshuesada, como se dice en el primer capítulo, tan sin norte y sin futuro, pues queda bien, no me di cuenta mientras lo escribía pero queda bien metafóricamente hablando, que esté viendo pasar esos trenes que son máquinas seguras con un destino preciso, justo él, que no sabe a dónde va ni de dónde viene.

—Entiendo. Ahora, en la novela también hay personajes que han tenido vidas tremendas y que, sin embargo, la llevan de otro modo, digamos. Hay algo de luz interior en algunos personajes. Uno conoce también en la vida gente así, ¿no?

—La novela trata sobre el bien y el mal y dice que el bien gana. Y ese bien gana en esta novela gracias al personaje de Raluca, la coprotagonista, una mujer muy peculiar y muy graciosa, en realidad. Y una sorpresa para mí porque al principio tenía mucho menos espacio en la novela pero se la ha comido, ha ido creciendo, creciendo, y se ha comido la novela. Y es un personajazo que me ha enamorado. Comprendo que el protagonista se enamore también porque a mí me enamoró, está llena de vida. Es una mujer con una alegría y con una fuerza capaz de iluminar los abismos más oscuros. Ilumina la novela. Y, de hecho, me ha cambiado hasta el título, porque al principio se llamaba El silencio. Y cuando llegó Raluca y empezó a crecer, a crecer, vino con su propio título que es La buena suerte porque ella es la buena suerte. Y su buena suerte es la voluntad de tener buena suerte, la voluntad de mirar la vida de otra manera, la capacidad de vivir la alegría. Y la alegría no tiene que ver con la felicidad; la alegría es esa capacidad animal de cada una de nuestras células de regocijarse de estar vivo. De regocijarse de lo que tienes en el momento. De disfrutar de las pequeñas cosas, que es lo único que poseemos en realidad. El pequeño instante, el pequeño presente y este mundo, esta conversación que tenemos ahora: no existe más que esto. Entonces esa capacidad para ser consciente de eso, para vivirlo plenamente, para regocijarse de lo que uno tiene. Para regocijarnos tú y yo ahora mismo de que estamos razonablemente seguras de que no nos vamos a morir hoy, ¿no? Ya es una fiesta eso, ¿me entiendes? Hay que tener presente esto siempre. Raluca lo tiene presente. Yo quiero una amiga como Raluca, porque es que a mí me ha salvado la vida. Escribir esta novela me ha llenado de luz. Me ha llenado de luz. Es una tía maravillosa, una mujer maravillosa.

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El 5 de septiembre hará su presentación en Madrid. Foto: Cortesía Facebook

—En un momento también aparece una frase que dice algo así como que la belleza ayuda a calmar el dolor. Desde que empezó este momento oscuro para todos en términos de humanidad, que no sabemos hacia dónde vamos, vengo pensando bastante en la necesidad de belleza que tenemos en general. La idea de tu novela está en esa sintonía luminosa.

—Absolutamente. Pero es que eso ya lo decía Georges Braque, el pintor francés, que el arte es una herida hecha luz. Y es verdad, usamos el arte para intentar poner luz en las heridas de la vida porque si no nos destruirían. Si no conseguimos convertir las heridas en esa luz del arte, realmente la vida sería insoportable. Esta novela la terminé, el borrador de trabajo, que ya es un borrador muy avanzado, lo terminé, a principios de enero. Así que lo terminé mucho antes de la pandemia. Luego durante el confinamiento hice la revisión final y no cambié nada para adecuarlo a la pandemia, quedó tal cual. Pero me he dado cuenta de que tiene muchas conexiones con la época de la pandemia. De hecho, por un lado el personaje se confina, por así decirlo.

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— Absolutamente.

— Y luego también el personaje está sobreviviendo a un Apocalipsis. Y sobrevive, ¿no? Hay muchas cosas ahí que tienen como la misma melodía de lo que estamos viviendo, con esas curiosas coincidencias de la literatura. Y entonces, la verdad es que en la pandemia nos hemos dado cuenta de lo importante que es; hemos sido más dependientes de ese momento de oxígeno y de espíritu liberado que nos ha dado el arte en pequeños momentos de nuestro encierro y en nuestro dolor y en esta herida que todavía no ha acabado y que nos queda todavía mucho, mucho por aguantar.

—Estamos hablando de belleza y antes hablábamos del mal, el gran tema en la novela. Uno está acostumbrado a imaginar que el mal viene de afuera. ¿Qué pasa cuando el mal viene de adentro, cuando está cerca. Incluso demasiado cerca?

—Demasiado cerca, ese es el problema, claro. Además es el mal sin sentido, porque ese es el que nos enloquece y es el de que habla la novela, el mal absoluto. Porque si tú te enteras que ahora hay un ladrón que ha robado a alguien y en el forcejeo lo ha matado, te parece una barbaridad y demás pero no te vuelve loca, comprendes la oscura y brutal razón de todo eso. Pero el mal, ese mal perverso, ese horror que existe sin razón alguna, a mí me enloquece y es insoportable. Se dice en la novela: “Las religiones se inventaron para darle al mal, a este mal con mayúsculas, un sentido”. Para que no nos destruya, para poder soportarlo. Y entonces yo en esta novela pues he ejemplificado un poco el mal en una serie de historias policiales que cuento. Son historias criminales auténticas, famosas algunas. Del horror de las familias perversas en donde torturan a sus propios hijos y tal. Porque me parece que ejemplifica muy bien ese mal espantoso y atroz, el infierno. Cuando Freud decía que lo siniestro es lo cotidiano cuando se convierte en el horror. Y no hay más horror que esto, que ese nido que debía ser el refugio de la familia en donde el niño está totalmente indefenso frente a su madre, frente a su padre, pues que se convierta en el infierno más terrible. Entonces normalmente ese mal ya con solo pensarlo nos espanta. Pero si ese mal, como tú dices, lo tienes casi en el corazón, está justamente respirando a tu lado, pues es atroz, claro. Y ese es el peso que llevan los personajes de esta novela; el mal que tienen que superar. Incluso eso se supera.

—Esa idea de que de pronto uno puede amar y odiar a una misma persona.

—Bueno, eso es bastante fácil. Nos pasa. ¿A ti no te pasa?

—(Risas)

—(Risas). A mí me pasa. Somos muy contradictorios. Muy complejos. La vida es paradójica, contradictoria.

—“La vida es bella y la vida es triste”, se dice en la novela en otro momento.

—Así es. Es la famosa frase de Nabokov, uno de mis grandes maestros. Él dio clases en Wellesley College, Boston, Estados Unidos, maravillosamente muchos años después yo di clases ahí también. Entonces hay una anécdota que cuenta que había puesto un examen al día siguiente y entonces una de sus alumnas más estudiosas le buscaba en la víspera afanosamente, muy angustiada, para preguntarle alguna cosa del examen. Por fin lo encontró alrededor cazando mariposas, porque le encantaba eso como sabes, alrededor de un lago que hay ahí, el cual es divino. Y cuando se acercó y le preguntó la tontería que fuera del examen, Nabokov le dijo: “Mira, la vida es bella, la vida es triste, y esto es todo lo que hay que saber” (risas). Entonces esta anécdota me parece tan maravillosa y al mismo tiempo tan profunda, tan sabia, tan limpia, que creo que llevo toda mi vida como escritora intentando contar en una novela esta sustancia candente y luminosa de lo que es la vida. Y contarla de una manera tan esencial, tan desnuda y tan profunda que realmente no tenga que contar nada más. Entonces, intentar ir desnudando las novelas y profundizándolas para pegar este pellizco a la sustancia de la vida: ese es el camino. Yo estoy muy contenta con La buena suerte porque creo, tengo la sensación de haber rozado más que nunca ese núcleo vibratorio de lo que es la vida. La vida esa, bella, triste.

— Cuando nos vimos por última vez estabas ya muy contenta con la novela avanzadísima y con las lecturas que habías recibido de gente en quien confías mucho y recuerdo que decías algo así como que era la novela que querías hacer en este momento. En la lectura se ve que aparecen muchas de tus preocupaciones y aparecen como muy bien resueltas. ¿Es esa satisfacción también? ¿Es la novela que querías hacer?

—La verdad es que fíjate, todas las novelas que haces son las novelas que quieres hacer, porque se imponen. Ya te digo que no escoges los libros, los libros te escogen a ti. O sea que son casi como un exudado orgánico, que lo necesitas, y la que tienes que hacer es la que tienes que hacer. Siempre lo digo, tienes que escribir el libro que tienes que escribir. Y siempre lo he hecho. Así que, en ese sentido, no más que otro. Lo que pasa es que por ahí algunos libros te dejan más contenta, otros libros menos. Normalmente cuando acabas un libro es que estás bastante contenta porque si no no lo publicarías.

—Claro.

—Si no estuvieras bastante, razonablemente contenta, no lo publicarías. Pero hay momentos en donde te sientes, sí, más cerca, como te digo, esto, más cerca un poco de esa especie de agujero a través del cual se ve el magma de la vida. Entonces la sensación de haber tocado algo en esta novela, algo sencillo, algo cotidiano. Algo absolutamente vital y esencial por otro lado. En ese sentido estoy muy contenta y, ya te digo, la fuerza de Raluca, el brillo de Raluca, me han servido a mí para quitar algunas nubes.

—Como nunca me parece que el momento que estamos viviendo sirve para ver aquello en lo que vos siempre insistís en relación a cómo la ciencia ficción habla de la realidad más que otros géneros.

—Sí, claro.

—En los últimos años alternas tus novelas de Bruna Husky con tus novelas más realistas. ¿Vuelve Bruna, estás pensando ya en Bruna?

—Bueno, tengo cuatro libros por delante, que no sé si voy a tener vida para escribirlos. Porque claro, cada uno puede llevar dos, tres años o algo más. Es un montón de tiempo y soy muy mayor. Así que, pero lo tengo ahí, estoy tomando notas desde hace ya unos años, leyendo y tal, es un proyecto del libro que va a ser el próximo, que lo tengo ahora bastante avanzado ya, que es uno de esos libros míos medio ensayo medio ficción, libro raro, sobre creación y locura. Es un tema muy mío el de la locura. Porque estoy muy loca entre otras cosas (risas). Entonces sí, en serio, estoy muy avanzada en ese. Luego, el siguiente, probablemente será el cuarto de Bruna Husky. Porque en Los tiempos del odio dejé a Bruna en una situación muy peculiar, muy extraña ¿no? Y me produce una curiosidad tremenda saber qué pasa con ella. Y para saber qué pasa con ella tengo que escribir una novela. Luego tengo otra idea de otra novela contemporánea, que solamente tengo el embrión pero es muy poderoso. Y que ya se me han ocurrido algunas cositas y, la verdad, palpita ahí porque me tiene bastante entusiasmada esa idea. Y luego tengo otra idea que también me tiene bastante entusiasmada, también en estado de embrión, para otro libro de esos como medio ensayo medio ficción. Y tampoco te voy a decir de qué va, pero…

—No para que yo además no haga spoilers.

—Eso (risas).

—Me gustaría que me digas cómo ves este momento y cuánto de buena suerte necesitamos como humanidad o te imaginas que podemos tener como humanidad en el tiempo que sigue.

—Bueno, la buena suerte, como dice la novela y como creo que ya hemos dicho en la charla, es la voluntad de querer seguir, la voluntad de no rendirse, la voluntad de no perder la esperanza, la voluntad de mirar el mundo de otro modo. De poner los ojos, centrarlos en otro punto de la realidad. Entonces lo que necesitamos es ser capaces de sacar algo bueno de esto. De todo esto tan malo, que es muy malo, yo creo que ahora mismo todo el planeta está sufriendo una especie de estrés post traumático, la gente está como tocada, tocadísima, y ya digo que nos queda todavía bastante. Y luego nos queda la resaca del hundimiento económico, en fin, nos quedan años muy duros y muy difíciles. Bueno, pues ya que tenemos años muy duros y muy difíciles intentemos sacar algo bueno de ellos también. Porque realmente en la belleza siempre hay horror y en el horror siempre hay belleza, también. Entonces intentemos encontrar esa belleza. Intentemos encontrar algo positivo, sacar lo mejor de nosotros mismos. Que no siempre está saliendo eh, hay una cantidad de locos iluminados por ahí, conspiroparanoicos, diciendo unas tonterías descomunales. Para nada está sacando la pandemia lo mejor de todo el mundo. Para nada. Entonces creo que habría que hacer verdaderamente un esfuerzo para intentar dar lo mejor de nosotros mismos. Pues a lo mejor aprendemos cosas importantes. Por ejemplo, después de la Segunda Guerra mundial y del dolor de la Segunda Guerra y de la hambruna de las posguerras de los años 40 se creó el Estado de bienestar, que duró décadas, hasta que en la última crisis se desmontó. Pero yo tengo la esperanza por ejemplo de que ahora se consiga una de las aspiraciones de finales del siglo XX y del XXI, que es la renta universal básica, mínima. Y a lo mejor la conseguimos por unas cuantas décadas. Y eso es un paso hacia adelante también. En la distribución de la riqueza, en la nivelación de las posibilidades básicas.

–Algo que no mencionamos y que aparece en la novela tiene que ver con algo que también es muy importante para vos y que son los animales. Una de las cosas de esta es esa idea de la detención humana y los animales volviendo a ocupar espacios. ¿Cómo viviste eso?

—Bueno, no solo los animales, ¿no? Cuando se quitó el tráfico aéreo, la atmósfera, la estratósfera incluso, se limpió de una manera radical. Bueno, ha habido unos cambios en esos meses de paro que han demostrado claramente que somos un virus tremendo para el ecosistema. Pero no está sirviendo de nada porque estamos no solo volviendo a lo mismo, Greta Thunberg decía el otro día que se nos había olvidado completamente la historia de la crisis climática y es verdad, estamos completamente concentrados en este apocalipsis y, por desgracia, además estamos destrozando más ahora el planeta porque estamos echando cantidad de plásticos, muchos más, tenemos muchos más residuos con todas las mascarillas. Y con una falta de cuidado total porque estamos con la cabeza metida en otro lado. Así que lo que se demostró esos meses de confinamiento radical que hubo, ya que en un momento hubo 2.800 millones de personas al mismo tiempo encerradas en sus casas, que es increíble, pues lo que se demostró es que somos muy dañinos, que nuestra actividad es muy dañina. De ahí deberíamos aprender también. No se puede, no creo que se pueda volver a estar subidos en un avión todo el día como estábamos antes, cada vez más… Pues hay que intentar cambiar un poco. Porque además se puede, el confinamiento ha demostrado que se puede. Lo que te decía antes, intentemos utilizar la pandemia para aprender a hacer algo mejor por nuestras vidas.

— Cómo te llevas con la falta de contacto físico, con no poder tocar al otro.

— Muy mal (risas). Además en España somos muy tocones y yo especialmente, o sea que muy mal, eso lo llevo fatal, fatal. Menos mal que tengo a mis perras. Si no tuviera a las perras, que las apachucho así todo el rato… Pero sin mis perras no sé no sé qué habría sido de mí.

—Te quiero hacer una pregunta un poquito más técnica y tiene que ver con el trabajo con los diálogos en tus novelas. Me gustaría saber cuándo llega ese trabajo con los diálogos, si es al mismo tiempo que vas desarrollando la novela o te dedicas especialmente en algún momento a trabajar esos diálogos.

—Como te digo, me paso un año, un año y pico desarrollando la novela, que eso ahí no hay cronología ni nada, vas tomando notas. Pero cuando ya la tengo como desarrollada y ya he hecho todo el guión, por así decirlo, y ya he hecho veinte mil combinaciones y tal, me siento y la hago cronológica y la hago seguida en el ordenador. Cuando llega el diálogo hago el diálogo. Lo que pasa es que tengo una teoría. Yo aparte de periodista he sido entrevistadora, muy entrevistadora, he hecho más de 2.000 entrevistas en mi vida, ahora ya no las hago. Y tengo la teoría de que los que hemos sido entrevistadores, y entrevistadores así, de batalla, de mucha, mucha, batalla, dominamos mucho mejor el diálogo. Porque lo hemos trabajado tanto…

—Claro, claro.

—Una entrevista es escribir un diálogo y hacerlo creíble. Porque tú no puedes hacer, tú lo sabes bien, una traslación directa de la cinta porque queda raro, queda anti natural. Hay que recrear lo que has hablado para que quede como lo que has hablado, y hay que recrearlo literariamente. Entonces, yo he hecho creo que un máster en diálogo con mis 2.000 entrevistas, y me es tan fácil hacer diálogos que incluso en algunas, bastantes, de mis novelas, como a mí siempre me gusta escribir las novelas desde donde ya no sé escribir -ahora ya estoy más calmada, ya estoy en la meseta de la madurez- pero siempre tengo ese afán de aprendizaje y durante por lo menos cuatro o cinco novelas me negué a poner diálogos porque me parecían demasiado fáciles para mí (risas). Entonces había novelas sin diálogos. Pero sí, fluyen porque lo he hecho tanto.

—Estamos de nuevo viviendo un momento difícil, en la Argentina hay mucha incertidumbre acerca de aquello con lo que nos vamos a encontrar. ¿Qué le dirías al lector que va a ir a buscar tu novela. Qué se va a encontrar. Qué le va a dar. Qué le va a entregar que le puede venir bien en este momento.

—Lo que estoy oyendo en la gente que la ha leído es que es una especie de zambullida, un nivel de atrapamiento que les da como una especie de alivio. Porque te atrapa en ese mundo y te saca de éste. Mucha gente me está diciendo que se están acostando a las cuatro y media de la mañana, que no la han podido dejar. Es un nivel de atrapamiento enorme y una zambullida que pasa por la oscuridad y tiene al final un estallido de luz. Y aunque tiene cosas tremendas la novela, me dicen que es una novela tan alegre. Bueno, tiene mucho sentido del humor, eso sí. Porque yo creo que el humor es una herramienta de la inteligencia para entender el mundo ¿no? A mí me levantó el ánimo escribirla.

Fuente: Infobae Cultura / Original aquí.

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