Salman Rushdie

Rushdie quiso creer que la amenaza había quedado en el pasado, pero el puñal lo estaba esperando

El escritor británico de origen indio fue atacado el último viernes cuando se preparaba para brindar una conferencia en Nueva York. Resulta inquietante saber que Hadi, el agresor, ni siquiera había nacido cuando el Ayatollah Ruollah Khomeini lo condenó a muerte por haber escrito Los versos satánicos.

Ciudad de México, 13 de agosto (MaremotoM).- Hay fotos, videos, imágenes escalofriantes. Difícil ponerse en la piel de aquellos que fueron a escuchar a uno de sus autores favoritos y se encontraron de pronto siendo testigos de un atentado contra su vida. “My God, My God” se escucha una voz masculina agitada, como agitado está el video que va grabando con su celular mientras salta de su asiento y se acerca al escenario en el que Salman Rushdie yace tendido y ensangrentado. Lo más difícil, igualmente, es ponerse en la piel de Rushdie, el autor que vivió escondido, amenazado y ahogado por el miedo durante más de tres décadas y, todo eso, por haber escrito una novela. Pasaron muchos años desde que la amenaza original del régimen iraní del Ayatollah Ruollah Khomeini se hizo pública y los muertos y los ataques en nombre de la ofensa religiosa se siguen sucediendo. Ya no hay manera de engañarse: el fundamentalismo no es una cuestión de fe, es terrorismo.

El escritor británico de origen indio estaba preparándose para hablar ante 2.500 personas en el marco del Festival veraniego de Artes de la Chautauqua Institution, en el oeste de Nueva York, acerca de los Estados Unidos (país en el que reside hace varios años) como un refugio seguro para escritores y artistas en el exilio. Qué ironía. La discusión por la endeble seguridad personal del escritor que lo dejó inerme ante su atacante ya no tiene sentido, aunque resulta inexcusable que los responsables de la visita no hubieran contemplado el riesgo de una actividad presencial con el hombre con el que muchos aprendimos que el arte podía costarle la vida a su creador si un líder fanático se declaraba ofendido y una comunidad radical y ciega de humanismo lo seguía en su amenaza demencial.

Lo que comenzó como un edicto de condena a muerte por blasfemia en 1989 y en algún momento pareció desvanecerse -Irán tomó distancia de la fatwa contra Rushdie para reanudar las relaciones diplomáticas con el Reino Unido- volvió a ser confirmado como un llamado vigente y con un bolsa mayor para quien consiguiera eliminar al infiel. Hadi Matar, 24 años, de New Jersey y, a juzgar por sus posteos, un gran admirador y fan de la Guardia Revolucionaria iraní, pagó su entrada del festival de artes para llegar hasta el objeto de su odio y ganarse el Paraíso. Resulta inquietante saber que Hadi ni siquiera había nacido cuando el Ayatollah condenó a muerte a Rushdie por haber escrito Los versos satánicos.

Salman Rushdie
Imagen del atentado. Foto: Cortesía

Un terremoto en el mundo de las ideas

En cuanto se conoció la noticia, mientras la mayoría registraba en las redes sociales la sorpresa y el espanto por lo sucedido, algunas cuentas relataban a las nuevas generaciones el terremoto que sacudió el mundo de las ideas cuando se inició la obligada peregrinación de Rushdie luego de la amenaza del gobierno teocrático iraní. Aparecieron nuevas preguntas entonces, que todavía siguen vigentes, complejizadas por las múltiples ofensas posibles surgidas al calor de la era de la cancelación. ¿La creación tiene límites? ¿No es posible expresarse en el arte? ¿Puede la religión pasar por encima de la creatividad? ¿Un artista tiene que tomar cuidados para no ofender o herir susceptibilidades? ¿Hay para el artista otro principio que no sea el de la libertad para crear?

Rushdie había nacido el 19 de junio de 1947 en Bombay, en el seno de una familia musulmana secular y había estudiado y vivía entonces en el Reino Unido. La clandestinidad estricta duró diez años y el regreso a una vida lo más normal posible le llevaría mucho tiempo, guardaespaldas y protección policial de todo tipo y mucho padecimiento. El 11 de septiembre del 2001 -el día de los atentados que cambiaron al mundo- es la fecha que puede tomarse como su salida a la luz luego de la oscuridad.

Muchos años después del comienzo de esa oscuridad sin retorno y ya de este lado del siglo XXI, en su libro de memorias Joseph Anton (Joseph Anton es el seudónimo que, combinando los nombres de sus autores favoritos Conrad y Chéjov, el escritor creó a pedido de Scotland Yard para ocultar su identidad), Rushdie, quien se había consagrado como autor en lengua inglesa en 1981 con Hijos de la medianoche (ganadora del Booker Prize) y luego con Vergüenza, de 1983, recordaría a aquellos que no solo no acompañaron su miedo injusto sino que tuvieron la osadía de acusarlo de provocar la ira musulmana. El libro fue escrito en tercera persona.

La trama de la novela que significó el mayor éxito pero también la picota para Rushdie es compleja y con múltiples capas de lectura. Los personajes son dos actores musulmanes indios que sobreviven mágicamente al secuestro de un avión que viaja de Bombay (hoy Mumbai) a Londres por un comando terrorista sij. A medida que caen del cielo, uno de los actores se transforma en el arcángel Gabriel, mientras que el otro se transforma en el diablo.

El libro explora temas como la naturaleza del bien y el mal, la duda y la pérdida de la fe religiosa. Rushdie se inspiró en la vida del profeta islámico Mahoma, a quien rebautiza como “Mahound”, un término despectivo utilizado por los ingleses durante las Cruzadas.

El título de la novela hace referencia a los Versos Satánicos, un grupo de versos del Corán que Mahoma, moralmente infalible para sus seguidores, supuestamente confundió con la revelación divina. Estos versos permitían rezar a tres diosas preislámicas de La Meca, lo cual es una flagrante violación del monoteísmo islámico. Los versos satánicos fueron retirados con el argumento de que el diablo los había enviado para engañar a Mahoma haciéndole creer que venían de Dios, y los musulmanes devotos niegan que estos versos hayan existido alguna vez.

Buen momento para recordar que Los versos satánicos, publicada en inglés en 1988, no sólo puso en riesgo a Rushdie. El edicto de la teocracia shiíta funcionaba como amenaza para el escritor pero también para sus editores y todos aquellos que participaran de la divulgación de la obra. El traductor italiano, Ettore Capriolo, fue apuñalado en Milán, aunque afortunadamente sobrevivió al ataque. El coche de William Nygaard, el editor noruego, fue acribillado a balazos. El traductor japonés, Hitoshi Igarashi, él mismo convertido al Islam, fue asesinado cerca de su oficina en la Universidad de Tsukuba. En su mayoría, las víctimas de esta violencia eran los propios musulmanes. En Pakistán, hubo disturbios frente al Centro de Información de EE. UU., durante el cual la policía disparó y mató a cinco de los manifestantes. En Bélgica, un clérigo saudita llamado Abdullah Ahdal y su adjunto tunecino, Salim Bahri, fueron asesinados porque habían afirmado el derecho a la libertad de expresión. También hubo muertos en Turquía por la misma causa.

Mientras tanto, en todo el mundo gente de izquierda y de derecha buscaba explicar los hechos acusando a la víctima y poniendo la responsabilidad en Rushdie; es más, muchos se atrevieron a calificarlo de marketinero extremo: para hacer algo que ofenda tanto, arriesgaban, seguramente lo que está haciendo es buscar vender libros de un modo sensacionalista. Ese mismo año, según recordaba Paul Berman en la revista Dissent, Susan Sontag se convirtió en la presidenta de la rama estadounidense del PEN y, en ese rol testificó ante el Senado de su país. Fue Sontag la que explicó a la clase política que la fatwa de Khomeini contra Rushdie ya había amenazado de muerte a un editor estadounidense, “y que la libertad de literatura bien podría ser un interés nacional de los Estados Unidos.”

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Aún se recuerda el modo en que Sontag encabezó la defensa sin vueltas de Rushdie, “con una fuerza única”, como dijo su biógrafo Benjamin Moser, “porque tenía la autoridad que le daba ser considerada una persona de izquierda y también la autoridad cultural literaria”.

El ex presidente norteamericano Jimmy Carter, posiblemente el político estadounidense más vinculado al universo de las ideas que todavía hoy y de manera reduccionista solemos llamar progresismo, escribió una recordada y bochornosa carta en la que comenzaba hablando de La última tentación de Cristo de Scorsese y su ofensa a los valores cristianos para luego asegurar que “Los versos satánicos va mucho más allá al vilipendiar al profeta Mahoma y difamar el Sagrado Corán. El autor (por Rushdie), un experto analista de las creencias musulmanas, debió anticipar una reacción de horror en todo el mundo islámico.”

Para Carter, Rushdie era un oportunista. Hoy puede parecer inverosímil, pero con diferentes argumentos escritores como John Le Carré, Roald Dahl y John Berger, entre otros, le dieron la espalda al colega amenazado de muerte por un gobierno fundamentalista. Quienes acompañaron a Susan Sontag en la defensa encendida de la figura de Rushdie en nombre de la libertad de expresión fueron muchos más, y muy célebres: Martin Amis, Harold Pinter, Ian McEwan, Norman Mailer, Edward Said, Angela Carter, Christopher Hitchens, Hanif Kureishi, Nadine Gordimer, Julian Barnes, Carlos Fuentes, Don DeLillo, Kurt Vonnegut, Mario Vargas Llosa, Paul Auster, Siri Hustvedt, Allen Ginsberg y Thomas Pynchon, entre otros. Además, cien escritores árabes y musulmanes arriesgaron su seguridad personal y contribuyeron con ensayos a una antología en defensa del derecho a la libertad de expresión que se llamó Por Rushdie.

Fuego amigo

La chispa que encendió el fuego que consumiría la vida de Rushdie la encendió alguien a quien consideraba un amigo, recordaba en el año 2013 en The Nation la periodista y escritora francomarroquí Leila Slimani. Se refería a Madhu Jain, el periodista que lo entrevistó para India Today, un medio que publicó el artículo y un extracto del libro con títulos capaces de despertar la ira: “Un ataque inequívoco al fundamentalismo religioso” y “Mi tema es el fanatismo”. El libro aún no se había publicado en la India -había aparecido en inglés en 1988- cuando dos miembros musulmanes del Parlamento se sintieron ofendidos por el adelanto y respondieron con cartas al editor. Un destacado columnista y escritor sij, Khushwant Singh, había leído una copia anticipada y pedía la prohibición del libro.

Escribió Slimani: “A partir de ahí, Los versos satánicos se trasladó rápidamente al nebuloso reino de lo polémico. Algunos periódicos británicos se alimentaron de la controversia que se gestaba en la India, en artículos que citaban fuentes anónimas que se burlaban de Rushdie por su ego o su educación. Empezaron a aparecer reseñas literarias, algunas excelentes, otras no, pero el libro ya se estaba convirtiendo en algo más que una obra de arte: era visto como una declaración política por parte de un autor deliberadamente ofensivo”.

Rajiv Gandhi buscaba la reelección en India y el caso Rushdie fue utilizado en la campaña política. Seguramente Rajiv no sentía nada bueno por Rushdie quien, en Hijos de la medianoche, había retratado de manera poco halagadora a Indira Gandhi, su madre. Así, Los versos satánicos fue directamente prohibida en la India, sin posibilidad de apelación. Unas semanas más tarde, un grupo musulmán británico emitió un comunicado en el que denigraba el libro como “un insulto apenas disfrazado de obra literaria”. Luego siguió el gobierno sudafricano, que repitió la misma frase y prohibió el libro.

No mucho después, el gran imán de la mezquita de Al Azhar en El Cairo, el jeque Gad el-Haq Ali Gad el-Haq, declaró que el libro era una blasfemia. A partir de entonces esta palabra ya no dejaría de pronunciarse (y de oírse). Comenzaron a llegar correos de odio a la casa de Rushdie, así como llamadas telefónicas amenazantes e incluso amenazas de bomba en las oficinas de Viking Penguin, la editorial. Finalmente, en diciembre de 1988, el libro fue quemado por grupos musulmanes en Bradford, una pequeña ciudad al oeste de Leeds en West Yorkshire.

Slimani recuerda en su artículo que la fatwa contra Rushdie y sus editores se leyó en Radio Teherán el 14 de febrero de 1989: “Hago un llamado a todos los musulmanes valientes, dondequiera que estén en el mundo, para que los maten sin demora, para que nadie se atreva a insultar las creencias sagradas de los musulmanes en lo sucesivo”. A miles de kilómetros de distancia, a esa misma hora Rushdie salía de su casa en Islington para asistir al funeral de su amigo Bruce Chatwin, el gran autor de Patagonia. No regresaría allí por años. Su libro comenzaba a ser prohibido en muchos países musulmanes.

Rushdie llegó a pedir disculpas -llegó a decir que se arrepentía, que abrazaba la fe musulmana y que no pensaba como sus personajes- y Khomeini murió en junio de ese año, pero ni las disculpas del escritor ni la muerte del líder pudieron detener la maquinaria de violencia y odio. “Aunque se arrepienta y se convierta en el más fiel de los musulmanes sobre la tierra, no habrá ningún cambio en este decreto divino”, dijo el sucesor de Khomeini como líder supremo, Alí Khamenei.

Fue recién en 1998, cuando el presidente reformista iraní Khatami dijo que la amenaza estaba terminada, que Joseph Anton dejó de existir y Salman Rushdie volvió a tener un lugar entre los vivos. Sin embargo, el miedo y el odio persistieron, fogoneados desde el centro religioso del poder. En 2012, una fundación religiosa semioficial iraní aumentó la recompensa por Rushdie de 2,8 a 3,3 millones de dólares. Y en 2016 la recompensa pasó a ser de 3,9 millones.

Rushdie, por su parte, quería parecer una persona normal e insistía con que tenía que vivir su vida. En una entrevista con AFP en París en 2019, aunque todavía iba acompañado por policías armados, buscaba creer que la fatwa había quedado en el pasado. Buscaba convencerse a sí mismo entonces, apenas cinco años después de la masacre de Charlie Hebdo en la que murieron 12 personas a manos de dos hermanos fundamentalistas islámicos por haberse atrevido a caricaturizar -injuriar, en su concepción- a Mahoma.

“Vivimos en un mundo donde los temas cambian muy rápido. Y este es un tema muy antiguo. Ahora hay muchas otras cosas por las que asustarse y otras personas a las que matar”, declaró el autor de más de 14 libros entre novelas y ensayos, una de las voces más reconocidas de la literatura contemporánea y defensor de los derechos humanos y la libertad de expresión, incluso de aquellos que no lo apoyaron en los tiempos oscuros.

Lamentablemente se equivocaba: el puñal lo seguía esperando.

Fuente: Infobae Cultura / Original aquí.

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