Samanta Schweblin

Samanta Schweblin gana el National Book Award 2022

Una cosa que me pasa mucho es que me llama la atención los malentendidos. Eso me sirve mucho como disparador, para hacer algunas historias. A veces me pasa escuchar algo y malentender. Creo que cuando uno no entiende del todo algo, hay una cosa en la cabeza que necesita desaforadamente ordenar eso que no entendió. ¿Qué pasó acá? ¿Qué le quiso decir exactamente esta persona a esta otra?

Ciudad de México, 16 de septiembre (MaremotoM).- Samanta Schweblin, radicada en Alemania desde hace años, fue anunciada este miércoles como la ganadora del prestigioso certamen estadounidense National Book Award 2022 en la categoría Literatura Traducida. Seven empty houses, que fue traducida por Megan McDowell y editada por el sello Riverhead Books de Penguin Random House. El anuncio fue en Nueva York, donde se lleva a cabo la ceremonia que cada año otorga los premios.

A menos de una semana de haber obtenido el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2022, la escritora argentina Samanta Schweblin quedaba seleccionada para la lista larga del National Book Awards de Estados Unidos en la categoría Literatura Traducida por su libro de cuentos Siete casas vacías, junto a la ecuatoriana Mónica Ojeda y a la Premio Nobel polaca Olga Tockarzuk, entre otros candidatos.

La obra de Schweblin, traducida por Megan McDowell, comparte la “long list” o lista larga de la National Book Foundation estadounidense, en la categoría de Literatura Traducida, con otros nueve autores extranjeros entre los que se encuentra Ojeda, por su novela Mandíbula y Tockarzuk, quien ya había sido finalista de literatura traducida en 2018 y preseleccionada en 2019, por el premio que otorga esta entidad.

Los diez títulos fueron escritos originalmente en nueve idiomas diferentes: alemán, árabe, danés, español, francés, japonés, noruego, persa y polaco.

Samanta Schweblin
La semana pasada Chile le otorgó el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2022.

Samanta Schweblin nació en Buenos Aires, en 1978 y desde que publicara su hermoso libro Distancia de rescate, comenzó a ser conocida internacionalmente. Fue Almadía la editorial que hizo conocer su libro aquí. La narrativa de Samanta trasgrede la realidad para echar mano de una fantasía real. Quiero decir: lo inventado, lo fantástico, conmueve al lector desde una posibilidad donde quizá no se piense en qué es ficción, qué es irreal. Tiene un punto de contacto con Mariana Enríquez, la otra gran escritora joven de Argentina, que maneja esa zona delimitada por escritores como Stephen King y al mismo tiempo dramas como los que expone Shirley Jackson, en ese horror claustrofóbico, a la vuelta de la esquina.

“Es verdad que Mariana y yo tenemos unos puntos de conexión. Siempre me interesó mucho el límite entre lo real y lo que pertenece al mundo de lo extraño o de lo fantástico. Lo extraño y lo fantástico son dos cosas totalmente distintas. A veces es lo fantástico, que es imposible de suceder, a veces es lo extraño, que es posible de suceder, pero no pertenece al mundo de normalidad. Siempre me llamó muchísimo la atención estas etiquetas que ponemos como sociedad alrededor de qué es lo posible y lo que no es posible. Me hace acordar un poco en Buenos Aires, creo que en México también, circulan por la calle estos caballos a los que le ponen orejeras por los lados, para que no se asusten con el tránsito. El caballo sólo puede mirar hacia delante, pareciera ser que ese tránsito que podría asustarlo como no lo ve no lo asusta. Pienso que nosotros que nosotros cuando ponemos nuestros propios límites, que son límites sociales, estamos haciendo un poco eso. Poner esos límites no significa que aquello que no vemos no exista. Para mí, todas las historias que incursionan un poco por esta zona me interesan mucho, porque creo que se abre a cuestiones que pertenecen a nuestra manera de pensar, que son intuitivas, ancestrales, a los que uno no suele estar atento”, dice.

“Una cosa que me pasa mucho es que me llama la atención los malentendidos. Eso me sirve mucho como disparador, para hacer algunas historias. A veces me pasa escuchar algo y malentender. Creo que cuando uno no entiende del todo algo, hay una cosa en la cabeza que necesita desaforadamente ordenar eso que no entendió. ¿Qué pasó acá? ¿Qué le quiso decir exactamente esta persona a esta otra? Cuando no podemos ordenar algo, empezamos a darle vuelta de manera obsesiva y muchas veces hay ideas que surgen de ese malentender”, agrega la escritora multipremiada, que tiene entre otras cosas una narrativa “muy argentina”, por eso de la ironía y a veces saber más sin decirlo que cómo seguirá la historia.

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Samanta Schweblin
Una cosa que me pasa mucho es que me llama la atención los malentendidos. Foto: Cortesía

–Ahora miramos a las mujeres de la literatura antigua como verdaderas creadoras. En otro tiempo eran vistas como locas. ¿Te resulta difícil ser mujeres, escribir cuentos, escribir cuentos fantásticos?

–Yo me acuerdo en el 2001, cuando fue la gran crisis de Argentina, la última gran crisis en nuestro país, en diciembre me confirmaron que me iban a publicar por primera vez. Y yo me acuerdo que pensé, al final, escribo cuentos, el hijo no querido de la literatura, soy mujer, soy inédita y estamos en el medio de una crisis y me van a publicar. Todo era para perder pero sin embargo se dio todo. Respecto al cuento es complicado, se publica muchísimo menos que una novela, pero creo que también en Latinoamérica se lee mucho más cuento que el resto del mundo. Hay lugares donde directamente no se lee cuento, en Suecia, en Noruega, realmente no leen el cuento y no pertenece el cuento a su tradición literaria. Es una cosa notable. Cuando uno entiende esa diferencia es brutal la cantidad de cuentos que escribimos y leemos en Latinoamérica. El cuento está pasando por un estado muy saludable, hay grandes cuentistas.

–Son cuentos los tuyos que pertenecen a la misma atmósfera…¿es así?

–Sí, creo que son cuentos que representan distintas etapas de mi escritura, hay un abanico de tiempo muy grande, pero es verdad que la atmósfera, hay algo en la tensión, que los une a nivel geográfico. Por ahí tiene que ver con esto que te decía que me interesa tanto lo posible de lo imposible.

–Para mí eres heredera de Julio Cortázar

–Cortázar fue un autor fundamental para mí, uno de los primeros cuentistas que leí y creo que cuando lee a un autor por primera vez genera una impronta muy fuerte en lo que uno empieza a escribir. Yo lo admiro sobre todo en sus cuentos, pero tengo a otros autores argentinos con los que me siento mucho más cercana, como Adolfo Bioy Casares o los cuentos de Antonio Di Benedetto que me encantan. Sus cuentos tienen algo en el clima que yo admiro muchísimo y que tengo muy presente en la escritura de mis textos.

–Me ocupaba de Cortázar porque tiene esa cosa tuya de estar haciendo algo estrictamente normal y de pronto un hecho casi sutil cambia toda la historia

–¡Sí, eso es muy cortazariano! Seguro. También es cierto que Cortázar escribe desde una tradición rioplatense, ese fantástico del Río de la Plata, más cercano al mundo de cada uno, ese fantástico real, que ni siquiera a veces se concreta, existe la sospecha de que algo monstruoso sucede al otro lado y eso es muy cortazariano.

–Estás en Berlín, ¿te sigues sintiendo argentina?

–Absolutamente. Soy una argentina que vive en Berlín. Me siento argentínisima. Al principio, la argentinidad, por decirlo de alguna manera, estaba mucho más presente que cuando vivía en mi país. En Alemania me relacionaba sobre todo con los latinoamericanos y el país desde donde uno provenía se transformaba un poco en tu personalidad. Eras “la argentina” como “la guatemalteca” o “el colombiano”. Me hice mucho más consciente de lo que es ser argentino y no ser español, por ejemplo. Estoy muy contenta acá, es un espacio en el que me puedo concentrar mucho, puedo dedicarle mucho tiempo a la escritura. En la Argentina, lamentablemente, hace tiempo que sale muy muy caro comprar tiempo libre para la escritura. Es casi un lujo de ricos. Sufro por mis contemporáneos escritores cómo la luchan para poder comprar su tiempo de escritura. Es una pesadilla. En ese sentido, Berlín hace la diferencia.

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