Sandro Cohen

Sandro Cohen: memoria de la Generación del Crack

Más allá del caótico telón de fondo, en el imaginario del Crack hallamos el gran motivo de la invención. Esta novelística (para acuñar un término del Boom), a lo largo de una producción voraz y casi siempre inclasificable, está constantemente reflexionando sobre la naturaleza de la escritura: se trata de volver a la creación como esencia y principio activo de la empresa narrativa.

Ciudad de México, 19 de junio (MaremotoM).- En abril del 2016, los editores del suplemento cultural Confabulario, del periódico El Universal, me propusieron entrevistar a Sandro Cohen con motivo de los veinte años de la Generación del Crack, grupo literario al que impulsó.

Cohen me recibió en su departamento ubicado a unas calles del Ángel de la Independencia, una tarde por demás turbulenta. Aquella mañana había quedado de verlo en su cubículo de la UAM Azcapotzalco donde fungía como Jefe del área de Literatura, pero por complicaciones múltiples no llegué a la cita, teniendo que agendar la entrevista para esa misma tarde en su casa. Para sumar otro infortunio, llegué al compromiso sin grabadora ni cámara fotográfica. Sin embargo, en un acto imprevisto, Sandro Cohen empezó a tocar el piano (con particular maestría) y creó una atmósfera de armonía que no terminó hasta que la charla hubo concluido ya entrada la noche.

Los orígenes

Para 1996, ninguno de los fundadores de la llamada Generación del Crack y los que se integraron posteriormente (Pedro Ángel Palou, Ignacio Chávez Castañeda y Vicente Herrasti) eran escritores desconocidos; todos habían publicado un par de libros, y algunos ya habían sido premiados. El interés de aquellos jóvenes que hacia 1989 se reunían en sesiones literarias sabatinas, dio un vuelco cuando sus obras llegaron al entonces director editorial de Planeta, Sandro Cohen, quien rememora su contacto inicial con los libros del Crack:

El manifiesto fue parte del lanzamiento, pero el proyecto venía desde antes. Cuando yo trabajaba en editorial Planeta en tiempos en que estaba frente a El Parque hundido, por ahí del año 95, Eloy Urroz, quien había sido mi alumno en las becas INBA FONAPAZ, me trajo un altero de libros y me dijo: estas novelas forman parte de una empresa literaria, pues nosotros compartimos algunas ideas estéticas y literarias importantes. Y me dijo: hay una novela de Jorge, otra de Ricardo, de Nacho, de Pedro Ángel y una mía y pues a ver qué te parecen. En eso yo me cambié de trabajo y me fui a Grupo Patria Cultural con todas las novelas. Me las llevé porque ahí no les interesaban.

Las novelas del Crack son legibles: no son fáciles, dice Sandro Cohen. Foto: Cortesía

La presentación en grupo y la exposición de sus posturas estéticas desató la incomodidad en un medio que no estaba (ni está) acostumbrado a replantearse la literatura desde sus cimientos. Son numerosos los escritores y críticos que señalaron a los autores del Crack y muchos los calificativos; desde luego, la mayoría iban dirigidos más hacia las personalidades que a sus obras. Cohen recuerda esta etapa de ataques:

Las pedradas comenzaron al interior de Grupo Patria Cultural, porque el hijo del director general, que no era literato ni sabía nada de libros más allá de venderlos, dijo que las novelas eran muy malas. Y yo protegí el proyecto, porque Nueva Imagen estaba moribunda: publicaban libros de Guadalupe Loaeza. Y yo llegué e hice lo que hice antes en Joaquín Mortiz, que fue revivirla con buenas novelas y libros de cuento. Entonces decidimos revivir Nueva Imagen con los libros del Crack y sí revivió.

A pesar de la buena aceptación de los lectores, relata Cohen, las reacciones llegaron en cascada. “Esto fue por la naturaleza suicida muy mexicana de: si yo no destaco que no destaque nadie. ¿Y éstos quién se creen? ¿Se creen Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia?” En pocos años, lo que comenzó como un proyecto, se vio consumado con el reconocimiento general. En 1999 le otorgan el Premio Biblioteca Breve a Jorge Volpi por su novela En busca de Klingsor, un reconocimiento que había consagrado a varias figuras del Boom latinoamericano. Un año después a Ignacio Padilla le dieron en España el Premio Primavera de Novela por Amphitryon. Entonces las novelas del Crack se empezaron a leer internacionalmente.

El Crack: una novelística

¿Qué clase de libros se presentaron como parte de esta novedosa corriente narrativa? Sandro Cohen recupera la impresión que le causaron las novelas:

A mí me gustaron mucho porque no se parecen entre sí para nada; estilísticamente son muy diversas. Lo que tienen en común, a diferencia de lo que se hacía en esa época, es que cada obra de ellos es un universo que funcionaba autónomamente. La literatura light es un pegoste, una realidad prefabricada y eso es como las cajas de chocolates de Sanborns. Si quieres hacer un regalo, no le pienses mucho: vas a Sanborns, compras una caja de chocolates y eso lo regalas. Y ellos sembraron su propia cocoa; cosecharon su propio producto con sus propios terminados y su propio empaque.

Tanto en Si volviesen sus majestades, de Padilla, como en Memorias de los días, de Palou, encontramos obras asentadas en leyes estructurales propias. Las Rémoras, de Eloy Urroz y La conspiración idiota, de Chávez Castañeda, experimentan con la concepción de mundos cerrados, ya sea desde la invención de personajes y lugares (Las Rémoras) o en la reconstrucción del pasado por medio de la memoria colectiva.

 Sandro Cohen
El legado del Crack. Foto: Cortesía

El temperamento melancólico de Volpi, también exige una lógica propia en los delirios del cineasta Carl Gustav Gruber, quien desea realizar su obra maestra sobre el Juicio final. Todas son novelas que esbozan su propia cosmología y delimitan sus reglas de juego. Más allá del caótico telón de fondo, en el imaginario del Crack hallamos el gran motivo de la invención. Esta novelística (para acuñar un término del Boom), a lo largo de una producción voraz y casi siempre inclasificable, está constantemente reflexionando sobre la naturaleza de la escritura: se trata de volver a la creación como esencia y principio activo de la empresa narrativa.

Te puede interesar:  La escritora Vivian Gornick repasa las cuentas pendientes del feminismo

El mundo editorial: calidad o mercadotecnia

Si uno atiende las contraportadas de los libros publicados en 1996, leemos el anuncio de una nueva corriente que está “transformando la literatura mexicana”. Sandro Cohen admite:

Eso fue culpa mía. Yo escribí los textos de las cuartas y todo lo que salió en la editorial en los años que yo estuve. Era muy consciente del aspecto mercadotécnico porque había que vender los libros, porque era una empresa privada y también se trataba de vender los libros con textos que no fueran mentirosos y a la vez llamaran la atención de lo que era el Crack.

¿Cómo se venden novelas de calidad en un hábitat editorial donde priva casi exclusivamente lo comercial o lo coyuntural? Cohen cuenta su propia experiencia:

Presenté las novelas porque había que presentarlas. Había que vender cada proyecto, porque si los vendedores decían que no, no se publicaban los libros. La gente menos culta es la que toma la última decisión. Así era en Grupo Patria. No así en Planeta: ahí tenía el apoyo total de mi jefe. ¿Cómo le hice entonces? Pues vendí el producto: no son libros fáciles pero el hecho de presentarlos en grupo creará un impacto mercadotécnico positivo. Y vendimos. Yo era el editor y en el caso del Crack fui una imposición estética”.

Jorge Volpi ha señalado cómo se vivía entonces el mundo editorial y la dirección que ellos tomaron: “Estábamos en contra de autores como Ángeles Mastreta e Isabel Allende, no por parecernos escritores fallidos, sino porque eran malos epígonos de García Márquez. También estaba el Realismo sucio norteamericano y nosotros íbamos en otra dirección”.

Por su parte, Eloy Urroz subraya que después de 1975, tras la publicación de Terra Nostra, Segundo sueño y Palinuro de México, “obras capitales de nuestras letras”, en los años posteriores, específicamente en los ochenta y principios de los noventa, (y por supuesto enumera excepciones notables: Sada, García Ponce, Ruy Sánchez, entre otros), no hubo una novela mexicana que se le equiparara a Rayuela, Paradiso, Sobre héroes y tumbas, Cien años de soledad. Y aclara que si algo puede valorarse del Crack, es no tanto haber escrito las grandes novelas de la literatura latinoamericana, sino “haber deseado” escribirlas. Es inevitable pensar en autores de esos años: David Martín del Campo, Jesús Gardea, David Toscana, Daniel Sada. Sandro Cohen contextualiza la producción novelística en los años del Crack: “Estaba Daniel Sada… Y por ejemplo, Enrique Serna con unos años menos, cabría perfectamente en el Crack porque es de esa solidez y es dueño de su pluma.”

El legado

¿Qué nos legó el Crack? Sandro Cohen hace un esfuerzo por sintetizar medio siglo de literatura latinoamericana:

Yo les agradezco el haber sacado la novela mexicana del congelador comercial light. Por un lado fue una época nefasta para la literatura; por otro lado, pudiéramos decir que bajó la novela de la incomprensión que se había originado en los años 60 y 70, con una serie de novelas ilegibles. Porque después del éxito del Boom, hubo una especie de contra-Boom que buscaba enrarecer exageradamente los ambientes narrativos. Mientras más difícil se escribiera, más inteligente se era: y eso es un error, se hicieron novelas horribles. También hubo novelas muy buenas: Mempo Giardinelli, por ejemplo. Cuando publicó Luna caliente fue un gran respiro y con veinte años menos, Mempo también pudo ser un craquero.

Entonces, si existieron buenas novelas en la época del Crack, ¿qué los diferencia del resto? Cohen tiene una respuesta para esto:

Las novelas del Crack son legibles: no son fáciles; pueden ser densas, como Si volviesen sus majestades. Pero la gran diferencia es que con los escritores del Crack se gozan las dificultades, hacen que sean legibles, comprensibles y gozables. No tienen ese complejo de inferioridad frente al Boom que llevó a muchos a hacer novelas súper complejas que nada más ellos entendieron. Sabían que eran buenos escritores.

Pasa una ambulancia, en el departamento ubicado a unas calles del Ángel de la independencia se hace un silencio. El editor medita en voz alta sobre lo que hace un gran novelista:

Hace falta un gran escritor para que no se lo trague la moda: cualquier tema es bueno, pero si no es un buen escritor, el tema se lo puede tragar por entero. Hablamos de narcotráfico, de feminicidios, lo que quieras. Un buen escritor se va a meter en ese mundo pero va a recrear otro mundo a partir del que está evocando. Fíjate en Volpi, fíjate en Urroz. Pero eso es un gran escritor.

Insiste Cohen en que hoy en día se hacen novelas de coyuntura, reportajes políticos a los que se le pegan algunas fotos y se presentan como literatura de vanguardia:

“¡A otro con ese cuento!”.

Sandro Cohen (1953 – 2020). Editor, traductor, poeta y académico. Es autor de Redacción sin dolor.

Fuente: Revista Máquina / Original aquí.

Comments are closed.