Santiago Auserón

Santiago Auserón dibuja sobre la música, en el Centro Cultural de España

El artista tocó temas de su reciente disco, Vagamundo, acompañado por su guitarra. Fue un concierto que nos durará mucho en la memoria. Presentó además su libro, La semilla del son.

Ciudad de México, 10 de septiembre (MaremotoM).-Este domingo, exactamente a las 1830 horas, en el Centro Cultural de España, Santiago Auserón, Juan Perro, presentó lo que considera es “una radiografía de mí mismo”.

Le faltaban sus músicos, pero tenía a una enorme cantidad de público frente a él (la gente que lo admira desbordó las capacidades del hermoso auditorio). Con un traje claro, con una boina que ya es testimonio de sus recientes presentaciones (¡aunque tiene mucho pelo!) y con su “humilde guitarrita”, dejándose traer por la serpiente emplumada, deslumbró y enseñó.

Un amigo me decía después del concierto (esas cosas que pasan sólo en México: ves al ex Radio Futura gratis en el CCE y luego te vas a comer una gringa y una cerveza al Salón Corona. Regresas a tu casa en el Metro: ¡Gastaste 120 pesos!) que “él dibuja sobre la música”.

Es cierto. Es un dibujante sagaz, que nos lleva a los acordes asimétricos, a los prunos que son ciruelos, a los pájaros negros como mirlos que no lo dejan dormir en su cuarto y a escuchar una tras otra esas canciones que son distintas la una a la otra.

No está a favor de la nostalgia, nunca dirá aquel tiempo pasado fue mejor y es casi implacable en su decisión. Es más, seguramente no cantará nunca más “Veneno en la piel” o “Corazón de tiza”, pero cantará “Luz de mis huesos” o “El forastero”.

Ojalá pronto venga con todos sus músicos, mientras tanto seguiremos recordando el concierto del domingo como un oasis en medio de la hermosa y terrible Ciudad de México.

Este es el texto leído para presentar su reciente libro, editado por Kultrum y que mucha gente se llevó a casa:

Hola. Estamos todos aquí. Cultivando una gran coincidencia: todos somos fans de culto de Santiago Auserón. Se dice de culto cuando somos cuatro gatos locos en un lado, cuatro en otro, cuatro por allá y al final resulta que somos una multitud de gatos locos vivando por nuestro ídolo.

Estoy aquí para hacer coincidencia porque dice él, Santiago, que “la música nos permite contemplar el horizonte de las emociones compartibles”.

Estamos todos aquí para celebrar su música, la disposición para hacernos escuchar. ¿Esta sí? ¿Aquella también? Y para refrendar nuestro interés personal e íntimo. Somos lo que decidimos escuchar, lo que decidimos leer, lo que después de todo aunque estemos controlados y medidos, hay por ahí un libre albedrío que nos pone frente a un espejo y nos dice: Tú eres.

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Es probable que más de uno de los que está aquí conozca cada una de sus canciones. Por supuesto, Radio Futura (yo sigo pensando que una canción clásica y tradicional es “Veneno en la piel”, pero si me pongo a discutir sobre el asunto, no faltará “La escuela de calor” o ese delirio inspirado en Edgar Allan Poe, “Anabel Lee”…uy, son tantas).

Sus discos en solitario (¿Alguien aquí no ha querido dejar detenido el tiempo mientras escuchaba por ejemplo Cantares de Vela, donde tocaba mi amigo, el adorado contrabajista Javier Colina). O esos tiempos de Rock en tu idioma, con esa canción bellísima y divertida, “La charla del pescado”.

Escribo estas palabras a mil, porque hace poco me enteré que debía presentar a Santiago (aunque ni falta hace), estábamos los dos en Querétaro, en el Hay Festival. Tengo poco tiempo de hablar sobre su libro, esa Semilla del son, nacido de una imposibilidad: “Mi interés por el son cubano provino de las inseguridades del verso cantado en español sobre ritmos de procedencia afronorteamericana”, dice; siguen las páginas hasta coronar el son en español, cuando “en la noche andaluza se escucharon de nuevo aquellas canciones límpidas de sonoridad humilde y construcción perfecta”.

En el medio unas crónicas increíbles que nos hacen recordar a Compay Segundo, con Omara Portuondo de público, tratando de evitar “las salsas reblandecidas” y haciendo pasar vergüenza a esos críticos que “trataron con malicia la pretensión de naturalizar un mestizaje que amenazaba, al parecer, intereses inconfesos, aunque luego se rindieran al empuje comercial que desató el rescate anglosajón de los viejos soneros”.

Hay algunos espacios que nombran al sexteto, al septeto, a los instrumentos y como no soy música las dejo de lado, pero ¿cómo olvidar los lirios blancos y amarillos que estaban colocando al pie de la estatua de Ramón Gómez de la Serna Cintio Vitier y su esposa?

¿O esa rumbera Celeste Mendoza, enojada porque no le habían traído una botella de ron, que parecía la protagonista de Veneno en la piel y que lo diera todo en el escenario: “electrizada, como posesa?”

Santiago Auserón
Juan Perro en el Centro Cultural de España. Foto: Cortesía

Quiero decir muchas cosas, pero el tiempo me corre, aunque nuestra presencia aquí tiene la voluntad de logia, de grupo, de somos de Santiago Auserón, que está vivo, de muy buena presencia, cantando como nunca, que todos traemos eso sí a nuestros muertos. Hace unas horas mi hermana me dijo que había muerto Iñigo Muguruza, aquí acaba de morir Celso Piña y por ellos y por nosotros: ¡Viva Santiago! ¡Viva Juan Perro! ¡Somos muchos fans de culto, faltaba más!

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