Fernanda Ballesteros

Segunda virginidad, el peregrinaje de Isabela hacia su propio cuerpo

Si se lee sin prejuicios y en completo uso de tus facultades intelectuales, que no morales, esta novela, y su final, ofrece un tremendo mensaje libertario, radical. Uno que nadie, en vías de descubrirse a sí mismo, debería perderse.

Ciudad de México, 16 de diciembre (MaremotoM).- En el 2019 leí una primera versión de Segunda virginidad (Paraíso Perdido, 2021) de Fernanda Ballesteros (Hermosillo, 1991). La diferencia más evidente de aquella versión y esta, radica en la configuración de su personaje principal, Isabela. Ahora se trata de una entidad independiente, tridimensional. Que existe en el mundo más allá de su autora. Cuando lo terminé, en aquella primera ocasión, salí de casa. Conduje por el Camino del Seri pensando en la obra, reacomodando los capítulos, los escenarios y ambientes, volviendo al retrato de la clase alta hermosillense como un personaje colectivo; en Isabela y su periplo entre la culpa católica, la sexualidad y el universo de lo femenino que se iba expandiendo vertiginosamente durante la trama. Ingresé en el puerto de una gasolinera rendichicas y solicité a la dependienta que me pusiera 10 litros. Mientras la mujer del overol giraba la perilla del tapón e introducía la manguera en el tanque para iniciar el conteo que alimentarían a mi vieja chatarra, abrí el face.

Lo primero que leí me estremeció las entrañas: “Asesinan a la investigadora Raquel Padilla en el municipio de Úres. La escritora, historiadora y defensora de los derechos culturales del pueblo yaqui…” La pantalla de mi celular fue eclipsada por un nombre: Fer Ballesteros (prima). Contesto con la mente embotada. Qué onda, Primo, escucho su voz que viaja desde París a Hermosillo. Apenas hace un rato estaba dialogado con su otra voz, la literaria, durante toda la mañana. Qué onda, Prima, le contesto. Supongo que mi tono es grave porque me pregunta si puedo hablar. Le digo que estoy en una gasolinera. La rendichica me informa que está lista mi carga, le pago. Pongo en altavoz el teléfono y le platico a Fernanda sobre lo que me acabo de enterar. Fer se queda callada un rato y luego dice algo que no alcanzo a percibir bien. Cambio el tema. Le informo que terminé su novela, que estacionaré el auto para hablar con ella tranquilamente. Es afuera de un lugar donde venden caguamanta, cuyo aroma es delicioso, que le digo un montón de cosas sobre Segunda virginidad. Hablamos sobre el final de la novela, sobre el Cerro de la Campana como vigilante de Hermosillo. “Si el cerro hablara”, sobre las probables consecuencias que tendría el libro, de ser publicado, en su círculo más íntimo. En lo valiente y talentosa que es como escritora. Le digo que su novela es muy importante por varias razones. Una de ellas: mostrar un universo privilegiado con el silencio, con la inercia de los usos y costumbres. Ponerlo en evidencia: el universo masculino de los jóvenes popillos hermosillenses, esos dueños del mundo con camisolas desabrochadas.

Ahora que regresé a la novela, la noto más madura y atractiva. Puedo enumerar elementos de por qué es relevante desde puntos de vista temáticos y estilísticos. Sin embargo, antes de ir a eso, debo confesar que para mí este libro siempre estará atravesado por esa noticia de violencia extrema, por la evidencia del horror, no solo teórica o literaria que podemos leer en los libros, sino en la realidad palpable, obtusa que vivimos. Una violencia que novelas como Segunda virginidad revela y también, diría, combate. Pero es desde la literatura, no desde la ideología, donde obra lanza sus revelaciones sobre la percepción del cuerpo femenino, tanto para la mujer que lo habita como para quienes la rodean.

La literatura escrita por narradoras viene arrasando últimamente, aunque algunos quieran seguir menospreciándola sugiriendo que no ha existido mejor momento que éste para publicar si eres mujer. Luego se preguntan a qué se debe el boom de la literatura femenina y se responden: al pago de una cuota histórica debido al ostracismo y bloqueo por parte del universo editorial masculino a través del tiempo. Al movimiento global feminista que cada se manifiesta, con mayor vigor, en todas las ciudades del planeta. Al momento reivindicativo que se vive en el mundo. En lo personal, mis respuestas son otras. Quizá, no podemos descartarlo, en algo tenga que ver lo antes señalado, pero mucha de la literatura escrita por mujeres, que la están rompiendo en la actualidad, tiene ese éxito entre los lectores porque está hecha con una calidad indiscutible. Por las historias que nos están contando y la manera cómo nos las presentan. Tramas que no sólo muestran las violencias históricas en contra de su género: físicas, psicológicas, sistemáticas, sino que revelan también el verdadero rostro de los discursos masculinos hegemónicos: donde el odio y el sometimiento hacia a mujer son dos de sus características más visibles.

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Volvamos a lo de la clase alta hermosillense en la novela. Existe un libro de crónicas donde quedó retratado este grupo privilegiado de habitantes del Pitic, se llama Hermosillo de mis recuerdos (1984), de María Belén Navarrete Martínez de Castro. Un libro que cumple, cabalmente, con la función de presentarnos un escenario, Hermosillo, de inicios del siglo pasado, visto por los ojos de una mujer perteneciente a la clase alta que accede a espacios, que ya no existen, donde este grupo de familias y apellidos desarrollan su vida social.

Lo que hace Fernanda Ballesteros, desde la ficción, es presentarnos ese mismo escenario, por demás contemporáneo, y a esa clase social privilegiada, principalmente de sus juventudes viajeras, católicas y falsamente moralistas, en sus primeros escarceos sexuales. En sus primeras búsquedas de placer carnal. La orografía secreta de Hermosillo y de las familias más representativas de su VIP social. Lo anterior sucede en la primera parte de la novela. Isabela es nuestra Virgilia por el infierno, el purgatorio y el paraíso al que accede este grupo de jóvenes. Después, Isabela toma su propio camino. Viaja, conoce, prueba un mundo que se abre en posibilidades. Pero la raíz, el viejo raigambre cultural la persigue por todas partes. Su cuerpo sin derecho al placer erótico libre. Su cuerpo siempre juzgado, deseado, menospreciado. Su cuerpo que pareciera ser una entidad aparte de ella. Una entidad para el otro, para el hombre que lo desea. En la lejanía, en la soledad. En el acceso a la cultura, Isabela intenta calibrarse con su propio cuerpo. Ser uno con él. Acompañarse juntos por el tiempo que dure la experiencia de estar viva.

Fernanda Ballesteros
Editó Paraíso Perdido. Foto: Cortesía

Fernanda Ballesteros ha realizado una obra que escapa del tremendismo que caracteriza a la actual literatura mexicana cuando trata temas de género. Sin embargo, en esa búsqueda de presentar los caminos sinuosos de la mujer que se va abriendo paso entre el machismo y la violencia del mundo, su obra es igual de dinámica y efectiva al momento de presentar el cambio de viraje que está sucediendo, aunque muchos no lo vean o no lo quieran ver, en el discurso de la mujer contemporánea. Uno donde su cuerpo no pertenece a una disputa entre machos. Un discurso donde la mujer se pertenece a sí misma.

Doy clases en preparatoria. Pienso en mis alumnas y alumnos. En lo bien que les vendría leer esta historia. Pero también pienso en las maestras y maestros. En mis padres, amigas y amigos. En lo mucho que revela, a veces con humor, a veces con descaro, a veces con poética, esta novela. Si se lee sin prejuicios y en completo uso de tus facultades intelectuales, que no morales, esta novela, y su final, ofrece un tremendo mensaje libertario, radical. Uno que nadie, en vías de descubrirse a sí mismo, debería perderse.

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