Sí a las vacunas

¡Sí a las vacunas!

Y, a pesar de que todo eso es posible, he decidido superar mi terror a las agujas y vacunarme porque no olvido la experiencia personal de casi morir por la sabia y alternativa decisión de padre de imponer su aversión a las vacunas en mi cuerpo y no inmunizarme y porque la historia de la humanidad es otra desde que existen las vacunas y con ellas se le ha ganado a la muerte un poco de tiempo.

Ciudad de México, 2 de julio (MaremotoM).- Si a algo le tengo fobia es a las jeringas. Yo puedo agarrar cualquier araña y bicho sin pestañear, puedo mirar hacia abajo en una altura de 100 metros desde el límite del abismo o pasar por una calle llena de una pandilla de malandros bien espesa en la noche en un barrio rudo y mantener el control, pero las jeringas, por más pequeñas que sean, sencillamente, me paralizan de terror.

No es un miedo cualquiera, es un pavor que me posee como si fuera un demonio. Ese pánico tiene su origen, como casi todos los traumas, en la infancia. Sucede que cuando tenía tres años me dio tuberculosis ganglionar y gracias a un diagnóstico equivocado de un médico “rural” (de San Andrés Totoltepec, que en esos años era el mundo verdaderamente rural del DF) que afirmaba que tenía paperas, la infección creció desmedidamente y terminé hospitalizado.

En el hospital el tratamiento eran dosis enormes de penicilina y no sé cuantos medicamentos y un “drenado” de los ganglios, que se habían que se habían convertido en unas enormes pelotas llenas de pus colgadas de mi cuello. El drenado era una verdadera tortura. Con una jeringa gigante me agarraban a la fuerza los doctores y me picaban las bolas de pus que y extraían el líquido purulento. Dicen que yo maldecía y les gritaba groserías por el dolor. Eso dicen, no lo recuerdo y de eso solo quedan las cicatrices que tengo en la papada y el lado izquierdo de mi cuello (justo en la región paratidomaseterina izquierda y en el trígono submandibular y la región esternocleidomastoidea del lado izquierdo) y una leve sombra del dolor que aparece de vez en cuando entre sueños.

Sí a las vacunas
Sí a las vacunas. Foto: Cortesía

En esos años, en 1975, una época de rupturas y de búsqueda, madre y padre habían renunciado a la vida “normal” y se habían convertido al vegetarianismo, eran de la Gran Fraternidad Universal (GFU), hacían yoga todos los días, meditaban y llevaban una vida plena con su nueva religiosidad no hegemónica, que practicaban en el áshram y en su vida cotidiana.

Todo parecía ser perfecto, todo indicaba que podíamos ser una familia de clase media con su renault del año y éramos parte de esta pequeña burguesía “new age” que florecía en México en esa época. ¿Por qué entonces me enfermé de tuberculosis al grado de estar cerca de la muerte si llevábamos una vida perfecta y nos alimentábamos con tanta sacralidad? ¿Por qué lo real desertificó el paraíso utópico de padre? La razón principal, al parecer, fue la decisión de no vacunarme. Mi padre estaba peleado a muerte con la medicina alópata y consideró inútil y nocivo vacunarnos.

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Vivíamos nuestra utopía en la campiña de Tlalpan, nuestra casa era una cabaña cercana a  la carretera vieja a Cuernavaca y los campesinos de la región tenías sus hijos que eran mis amigos y yo jugaba con ellos y me iba a sus casas y a ellos les daban leche bronca de vaca que me dieron también pero a mí me contaminó de tuberculosis. Esos vasos de leche bronca de vaca que casi me cuestan la vida.

Sí a las vacunas
Sí a las vacunas. Foto: Cortesía

Muchos de mis amigos, cuarentones y cincuentones, han decidido no vacunarse y tienen sus razones. Básicamente son las mismas que las que esgrimía mi padre y con las que estoy, parcialmente, de acuerdo. Es cierto: la industria farmacéutica es una mafia mundial a la que más que la salud le interesa el dinero; es cierto, la medicina alópata cura, pero daña otro lugar del cuerpo y no es la única medicina y la homeopatía, la medicina naturista, la acupuntura y la medicina tradicional china, el chamanismo mexicano y mundial, la medicina tradicional… también son saberes, a veces milenarios, que curan algunas enfermedades sin daños colaterales.

Es cierto, los estados y gobiernos del mundo quieren el control de nuestros cuerpos y conciencias y explotarlos a su antojo; es cierto, el sistema hospitalario es una institución disciplinaria que secuestra al cuerpo enfermo y lo sumerge en una lógica de poder donde la industria farmacéutica gana dinero con ese encierro…Todo eso es cierto.

También es posible que estén experimentando con nuestros cuerpos con vacunas que surgieron de manera súbita y aún no se sabe el daño que puedan causar o que son inútiles para las nuevas cepas del virus. Es más, considero que es posible, al menos literariamente, que las vacunas sean un chip que nos convierta en autómatas en un futuro no lejano y nos controlen desde un satélite y sea la nueva versión, digamos, biogenepanóptica del stablishment mundial… (Por cierto mi chip no sirve, no tiene magnetismo) 

Y, a pesar de que todo eso es posible, he decidido superar mi terror a las agujas y vacunarme porque no olvido la experiencia personal de casi morir por la sabia y alternativa decisión de padre de imponer su aversión a las vacunas en mi cuerpo y no inmunizarme y porque la historia de la humanidad es otra desde que existen las vacunas y con ellas se le ha ganado a la muerte un poco de tiempo, traducido en una esperanza de vida mucho mayor, desde que son parte de los sistemas de salud pública en el mundo.

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