Jordi Soler

“Si eres blanco en México, no necesitas hacer nada para triunfar”: Jordi Soler

“Si tienes aspecto indígena por más talentoso que seas te va a costar muchísimo trabajo”, asegura el escritor de La guerra perdida (Alfaguara), un conjunto de sus tres novelas sobre el exilio español.

Ciudad de México, 14 de agosto (MaremotoM).- “Yo soy enteramente mexicano”, se encarga de aclarar en la nota el gran escritor Jordi Soler, quien nació en Veracruz en 1963. La aclaración viene porque Alfaguara acaba de sacar en un solo volumen las tres novelas donde el autor indaga en hechos históricos y en la forma en que estos inciden en la vida de una familia de exiliados, la suya, que trata de sobrevivir en el corazón de la selva.

No eran exiliados intelectuales ni de clase media, los antepasados de Soler, que hoy vive en Barcelona, esa ciudad que tuvo que dejar su abuelo Arcadio. En su volumen La guerra perdida, habla de cómo en Veracruz su familia hizo un cafetal, La Portuguesa, como añoraron el regreso de un hermano que seguramente murió en la nieve mientras intentaba escapar de los franquistas y esa idea tremenda pero frustrada de asesinar a Francisco Franco.

Los rojos de ultramar, La última hora del último día y La fiesta del oso: tres novelas en uno. “¡El lector maravillado, tiene tres libros al precio de uno!”, opina Jordi Soler.

Jordi Soler
Los rojos de ultramar, La última hora del último día y La fiesta del oso: tres novelas en uno. Foto: Cortesía

–Tus novelas de héroes derrotados

–El concepto de héroe en nuestro tiempo se ha pervertido. El héroe según los antiguos griegos era el que lo intentaba, no el que lo lograba. Mis personajes lo que hacen es intentarlo.

–La tercera novela marca la muerte de Oriol y uno espera que se salve, pero no hay condiciones para que se salve

–No, exactamente. La idea de titular La guerra perdida al conjunto de las tres novelas, se debe precisamente a eso. Siempre he tenido la sensación de que lo que soy, lo que es mi madre, lo que son mis hijos, se debe a esa guerra que perdió mi abuelo. Esa guerra condicionó absolutamente todo.

–Pensaba si habías implementado alguna técnica de la autoficción en estas tres novelas

–El término autoficción se ha encasillado todas estas novelas que tienen que ver con la propia memoria. Lo que yo hice fue un ejercicio de arqueología interior. Ir buscando piezas que había de esa historia, de la que soy yo también parte y me puse a narrar desde ahí. En realidad no hay más técnica que esa búsqueda o quizá esa búsqueda es lo que da la técnica para escribir estas novelas.

–El tema del exilio español y me parece que es igual en todos los exilios es que hay un lugar sin patria, ¿verdad?

–Sí, es así en las novelas. Yo como persona me siento mexicano. También es verdad que tengo los códigos íntimos de otro país que es España, sobre todo Cataluña, que es el país de mi madre. No soy catalán, pero mi madre sí.

–¿No es un país que han abandonado tus abuelos, como dices en la novela?

–Mis abuelos sí que lo han abandonado y mi madre también, en algún momento de sus vidas, mis abuelos se plantearon volver a Barcelona, pero no lo consiguieron. Era todo distinto, Barcelona se convertía en otra ciudad, ya no era la de ellos. Barcelona era en su época una ciudad oscura, húmeda, deprimente y la Barcelona de mis hijos es un destino turístico que todo el mundo quiere conocer. Es una ciudad cosmopolita y luminosa. Esto desconcertó mucho a mis familiares, al modo que abandonaron su proyecto y decidieron no regresar.

Jordi Soler
Mi familia eran exiliados de tercera y no tenían acceso a la Ciudad de México, que entonces era un monstruo. Foto: RTVE

–Hablas del exilio, haciendo la diferencia, los que venían como intelectuales, a los poco preparados. Hay una gran diferencia ahí…

–Sí, una diferencia total. Es que es conveniente saber la forma en que recibió el pueblo mexicano a los españoles, hay todo un discurso sobre eso. En realidad se recibió muy bien a los exiliados de primera, con excepción de Los niños de Morelia, el resto del exilio estaba dividido por clases sociales. Mi familia eran exiliados de tercera y no tenían acceso a la Ciudad de México, que entonces era un monstruo. Si no tenías cierto estatus no tenía sentido ir ahí. Mi familia consideró que era mejor ganarse la vida en pueblos y por eso se quedó en Veracruz. Tenemos el ejemplo de Max Aub, quien era un escritor importante y se hizo con el tiempo Director de Radio UNAM. Mi familia se hizo la vida en un pueblaco veracruzano, donde nací yo y que me encanta, pero mi abuelo era un aspirante a ser abogado en Barcelona, su hermano era pianista, pero él se quedó en un pueblo de Veracruz. Un exilio del que nadie se acuerda.

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–También hablas del exilio obedeciendo a los blancos, las cosas están dadas así

–El tema es que no sólo trato en estas novelas sino que lo trato en casi toda mi obra. Es un tema que me abruma. Me parece que el gran hándicap de México es la diferencia racial de sus habitantes y el posicionamiento social que tiene una porción pequeña de la población. Si eres blanco en México no necesitas hacer nada para triunfar y si tienes aspecto indígena por más talentoso que seas te va a costar muchísimo trabajo. Ascender socialmente, encontrar un buen empleo, es la vida cotidiana en México. Hay una diferenciación que no deja progresar a una parte amplia de la población y premia a gente que ha tenido la fortuna de nacer con determinadas características físicas. Esto me parece monstruoso.

–¿Hay una apartheid entonces?

–(risas) Quizá sea exagerado decirlo, pero no tienes más que ver a quienes mandan en México. En términos íntimos, a cuántos indios invitas tú a tu cumpleaños o con cuánta gente indígena convives si no es gente que te presta un servicio. Hablo de todos lo que hemos vivido en la Ciudad de México. Esto tendría que corregirse en algún momento. En España se ha conseguido un nivel ejemplar, toda la clase media, sea del color que sea, de la extracción social que sea, se puede pagar un restaurante o un bar que es el mismo que se puede pagar la gente de mucho dinero, puede comprar su ropa en Zara o en Mango o en la misma tienda donde compra su ropa la gente con dinero. Eso ha hecho progresar mucho a España. La igualdad. Desde ese punto de vista ha logrado un nivel de igualdad muy importante.

Jordi Soler
Daba pena ver al mexicano despreciando al hondureño, cuando todos fuimos en el origen mesoamericanos. Foto: Radio Ibero

–Hablas de la represión franquista, que hoy parece que hasta el nazismo parece que va a volver en Europa

–Efectivamente, hay una ultraderecha voraz que va ganando posiciones en la política europea. En el caso español, por ejemplo, la ultraderecha no ha ganado. El ciudadano ha demostrado que no es de ultraderecha y esto me hace confiar en la sensatez del votante español. Por otro lado, no es un fenómeno europeo, es un fenómeno mundial. Lo vemos en esa caravana que está dispuesta a irse a Estados Unidos a como dé lugar. Toda esa historia desató en las redes sociales que son el reflejo de una sociedad unas consignas dignas de la ultraderecha francesa. Quiero decir que esos brotes de ultraderecha, de desprecio a quien no es como tú, existen también en México. Daba pena ver al mexicano despreciando al hondureño, cuando todos fuimos en el origen mesoamericanos.

–¿Por qué las tres novelas juntas?

–Son libros que tuvieron su momento cuando salieron, nacieron de manera separada y un editor mío, el de Mondadori, Claudio López Lamadrid (1960-2019) tuvo la idea. Yo he aprendido a lo largo de mi carrera y de los años, que los editores suelen tener razón. Lo dejé hacerlo. Hizo un solo tomo, que titulamos La guerra perdida.

–En el exilio, una de las cosas que me llama la atención, es que las cosas entre las mujeres y los hombres eran exactamente iguales

–Sí, supongo porque nunca he estado en una guerra, pero la guerra te hace reconsiderar un montón de cosas que operan en tiempo de paz. Son famosas las soldadas de la Guerra Civil. Las líderes como La Pasionaria, como Teresa Pagnes, hay un montón de chicas brillantes que peleaban junto con los hombres. Y esto se trasladó al exilio en condiciones de igualdad. Una de las cosas positivas que deja una guerra.

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