Sara Sefchovich

Siempre me cuesta decir el apellido Sefchovich

Texto de la presentación del libro Demasiado odio, de Sara Sefchovich, para la librería Porrúa.

Ciudad de México, 20 de noviembre (MaremotoM).- Siempre me cuesta decir el apellido Sefchovich. Así que alegremente la llamo Sara y cada vez que tengo que escribir su nombre completo lo voy a ver en Internet, por las dudas. Sara me acompaña desde más o menos que llegué aquí. Cuando vi la película Demasiado amor, que a mí me sigue pareciéndome buenísima, en el Festival de Cine de Guadalajara, cuando eran esos tiempos, cuando era aquel Festival.

Siempre creo que ella es una verdadera intelectual mexicana. ¿Qué quiero decir con esto? Una persona tan interesada en todos los hechos de la sociedad que día a día está dispuesta a pensar y a compartir lo que piensa.

Cada vez que intercambiamos alguna opinión siempre me pide argumentos para mi parecer. No es que me regañe, es que intenta siempre comprender lo que pasa teniendo en cuenta los múltiples puntos de vista que hay en torno al tema.

Sara Sefchovich
Demasiado odio, de Sara Sefchovich. Foto: Cortesía

Recuerdo una vez, en su hermosa casa, cuando yo expresé una opinión desfavorable sobre Marta Lamas, en una actitud que es muy mía: provocar y esperar que el otro me conteste una respuesta así, fogosa. Sara no es así. Enseguida me pidió argumentos para refrendar mi parecer y como por supuesto había muchas más personas me diluí en otras conversaciones. La verdad es que no sabía qué contestar.

Una cosa es la pasión que me envuelve, otra cosa es la razón a la que se aferra Sara con una voluntad también apasionada.

Son dos tipos de pasiones y la de ella, claro, es mucho más beneficiosa, sobre todo porque uno va aprendiendo de cada una de sus intervenciones.

Ella no lo sabe, pero uno de sus libros, el de Vida y milagros de la Crónica en México, me acompaña todas las semanas. En mis cursos de crónica es uno de mis libros centrales, porque los alumnos tienen que sacarse muchos prejuicios que tienen con respecto al género, como por ejemplo pensar que Martín Caparrós o Leila Guerriero o la Fundación del Nuevo Periodismo Gabriel García Márquez han inventado la crónica.

No es cierto. En México lo que más se lee son crónicas y hay grandes periodistas y escritores que han cultivado al género en todos los años pasados. Pienso mucho en la China Mendoza, por ejemplo, cuando me mira con ojos acusadores desde arriba en momentos que digo que los adjetivos son enemigos de la crónica. Ella, en mi memoria, lee una crónica de Diego Rivera con 400 mil adjetivos, muchos de los cuales no sé si aparecen en el diccionario. O sí, claro que aparecen y ella tenía un dominio tan grande de la lengua que nos enseña aquello que nos debe obligar a una duda siempre latente y alimenticia de nuestras clases.

Porque Sara duda mucho y eso también me lo ha enseñado. Está por supuesto en contra del dictador Rafael Videla cuando decía que “la duda era para los intelectuales”, porque toda su vida es pensar y repensar hasta llegar a una conclusión.

Tanto que cuando habla de José Joaquín Blanco y lo llama maniqueo razona y razona hasta que coincidamos con ella. También lo dice: tiene algunas crónicas maravillosas y estamos todos, mis alumnos y yo, muy interesados en leerlo, porque si quieres hacer crónica en México, debes leer crónicas mexicanas. Conocer no sólo a Carlos Monsiváis (al que he vuelto a leer con una juventud propia de sus textos, él entiende la pandemia y entiende las redes sociales), sino también a José Joaquín Blanco, “un maniqueo delicioso”, en el sentido que nos enseña a vislumbrar el maniqueísmo del Chavo del ocho, de Televisa y de todo lo que envuelve al pensamiento mexicano corriente, sin ninguna duda.

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Ahora estoy aquí para refrendar mi cariño y mi admiración por Sara Sefchovich y también para presentar Demasiado odio, que es un poco la continuación de aquella novela, donde por supuesto no había demasiado amor y en esta, tampoco, hay tanto odio.

La historia de una mujer aguerrida y torturada, contada en un ritmo vertiginoso, con una narrativa dócil. Son los aconteceres de un amor que dista de lo romántico, en el cuerpo además de una mujer que narra más que las palabras. Es una gran novela y marca mucho la experiencia de cómo vive la mujer el crimen, la violencia.

Una cosa le quiero decir a Sara, es que tanto en esta como en aquella novela del siglo pasado, siempre te has ocupado de las mujeres. Y las mujeres en relación no sólo con los hombres y con la sociedad, sino también con México.

“Por tu culpa empecé a querer a este país”, dice en una de las líneas de Demasiado amor, consciente de que las mujeres en México son 63.9 millones y en estos tiempos tan duros, un grito de todas juntas podría hacer cambiar para siempre a este país de la impunidad y la injusticia.

Sara Sefchovich
El encuentro fue ayer. Foto: Cortesía

Leí hace poco una opinión de Demasiado odio y en ella, la reseñista Boris Berenzon Gorn, se pregunta si no será que el odio nace del amor, “si no será acaso el amor el que lo justifica, el que lo defiende, el que lo mantiene”.

Otra vez la duda, esa virtud que nos hace más humanos y esa coherencia tan propia de Sara Sefchovich.

Me parece que en Demasiado amor ya anticipabas un poco lo que se iba a vivir actualmente…

–Sí, es cierto. En el final de Demasiado de amor empezaba a ver la desilusión y la decepción de ciertas cosas en el país que no había visto cuando estaba metida en la primera parte de su relación. En Vivir la vida, que se publicó a fines de los 90, ya se vislumbra un país en el que sales y no sabes si vas a regresar o en qué condiciones. No creo que eso fuera inventado, estaba en el aire y se sentía venir, 25 años después, Demasiado odio retoma esos dos momentos ya para decirte en qué se ha convertido esto. No sólo México, sino todo el mundo. Este es el mundo que tenemos, ¿cómo vamos a vivir así? No es que se degradó, ¿es una degradación respecto a qué? Es simplemente este mundo que es, oscuro, claro, no lo sé…

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