Constitución de Chile

Siete figuraciones chilenas

¿Finalmente iba a caer el légamo constitucional que tenía encadenado cualquier intento de reforma política en Chile?

Ciudad de México, 29 de octubre (MaremotoM).- El domingo 18 de octubre del año 2020, a las cuatro de la tarde, el sentido propioceptivo de mi hijo David le demandaba hamacarse con furia en el patio de la casa de su abuela. Ese día se cumplía un año de la revuelta social que revolucionó la vida política en Chile. Mientras tanto, yo no perdía de vista a David y su balanceo; mi temor era que el niño se estrellara contra el piso. Al mismo tiempo, era posible ver una larga columna de humo negro que contrastaba con el cielo azul de la cordillera. Encendí el televisor y CNN informaba que la iglesia de la Asunción, perteneciente al cuerpo de carabineros de Chile, un lugar que, hasta 1982, fue centro de tortura y detención (posterior a esta fecha se ocupó como archivo de la CNI para recopilar información sobre los detenidos y desaparecidos), era incendiada por grupos de “violentistas”.

Pensé que en México un acto semejante sería imposible.

La única iglesia que ilumina es la que arde, dijo el anarquista ruso Piotr Kropotkin.

Hay países donde incinerar una iglesia por motivos políticos es un suicidio político.

José Perich, un crítico y activista por los derechos de los autistas en Chile escribió en su perfil de Facebook: “Deseo de todo corazón que las iglesias hayan sido incendiadas por gente decente y no por carabineros”. Es decir, la duda persiste. Cualquier acto ominoso podría estar controlado.

En Chile, nada sucede sin que pase por el radar del sistema político y legal que construyó la dictadura desde 1973. Seis kilómetros separan nuestro hogar de las ruinas que dejó el fuego de la blasfemia anarquista. David se agita con más violencia, se enreda, gira en vértigo. Anhela marearse y no puede. Hace un año, cuando todo empezó, su sensibilidad auditiva no soportaba otro sonido que no fuera la voz de su madre o la mía. El ruido de los festejos patrios lo dejaron con intolerancia extrema al ruido. Hubo que comprarle protectores auditivos como los que usan los obreros de la construcción que taladran concreto. Yo tenía dos meses de haber llegado y mi situación migratoria era, como hasta el día de hoy, incierta. Migré con los pocos ahorros que reuní y la venta de mis escasas propiedades. Una vez a la semana era necesario asistir a las casas de cambio en el centro de Santiago para cambiar dólares a pesos chilenos.

El sábado 19 de octubre, sin saber lo que nos esperaba, fuimos a cambiar más divisas TC, David y yo. Quedamos en medio del o que se había iniciado el día anterior: los saqueos, manifestantes, caceroleos, carabineros, las molotov, gas lacrimógeno. Nuestro único temor era que David colapsara en una crisis nerviosa y sensorial. La sorpresa fue que, a pesar de algunos llantos aislados, no sufrió una crisis severa. Era imposible no sentir empatía por los estudiantes que iniciaron la revuelta evadiendo el pago del boleto del metro y, al mismo tiempo, rabia contra la represión. Las llantas incendiadas, el olor a pintura fresca de los grafitis, las voces de todas la edades juntas, las personas que perdieron sus ojos, la vida, el amor, el dolor, los saqueos, la muerte. Ahí se gestó algo: la idea de que la dictadura, por fin, terminaría

¿Finalmente iba a caer el légamo constitucional que tenía encadenado cualquier intento de reforma política en Chile?

Hoy, pasó un año, una pandemia mundial, la fatiga, el hartazgo, el sinsentido. Pero las iglesias arden ¿Todo cambia para seguir igual? En esta ocasión ¿Se extinguió el gatopardismo? Al parecer, sólo la mitad del país piensa que sí.

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Fue en el Festival Cervantino de 1999. Yo tenía diesiciete años y viajé con un grupo iconoclasta de estudiantes universitarios en huelga. La intención era recolectar fondos para el movimiento. Nos separábamos por duplas y abordábamos autobuses que llevaban a los trabajadores de la periferia para bajar línea, es decir, deseábamos contrarrestar las voces de los medios, la oficialidad y los quintacolumnistas que denostaban un movimiento que sus integrantes considerábamos el más legítimo del fin de siglo pasado en México. Mi compañero de propaganda, un estudiante proveniente del CCH oriente y con deseos de estudiar la licenciatura de Historia en la Facultad de Filosofía se llamaba David, eso no lo puedo olvidar.

Lo que sí olvidé fue el nombre de “ella”.

Los pasajeros de los autobuses donde boteabamos nos miraban con tristeza y calma. Aun así, tal vez por simpatía, nos obsequiaban con monedas de cincuenta centavos y un peso. Con aquella morralla, comprábamos un rancho fácil de digerir para un estómago de diecisiete años. Era tan poco el dinero que conseguíamos por la solidaridad social, que el centro de finanzas de la huelga nunca lo vio. La pureza ideológica exige sacrificios pero la inanición no era uno de ellos. Dormíamos a la intemperie, en el parque de las ranas, el lugar de todos los refugiados del cervantino. Jóvenes sin dinero que buscaban el acceso a una alta cultura negada o simplemente un lugar donde dar rienda suelta al desmadre por casi un mes. Nuestro único capital era estar dispuestos a pernoctar en el viento del bajío. A cambio, recibíamos los eventos gratuitos que los presupuestos estatal y federal descargaban como regalo populista.

En ese espacio de aquelarre y tráfico de ímpetus clandestino fue que la conocí: a “ella”. Era chilena. Sólo puedo recordar su nacionalidad y el cabello rubio, los ojos celestes y el castellano que hablaba; sobre todo la lengua, que era el medio para acceder a su mundo austral. “Ella” y su prima viajaban de incógnito, disfrazadas de hippies. La primera vez que hablamos fue en la fila para ducharse de un baño público que costaba diez pesos. Una inmensa espera de cervezas y mariguana hasta acceder al chorro de agua fría y turbia invitaba a las confidencias.

A partir de ese momento abandoné mi labor política. Por tres días nos dedicamos a lo que hacían los adolescentes en un festival cultural. De las cosas que nunca olvidé, fue que me recomendó leer un libro llamado Mala onda, de un autor llamado Alberto Fuguet. A cambio, le aconsejé que leyera Los rituales del caos. Con ella como compañera, yo sentía que el festival se reiniciaba cada veinticuatro horas cuando Pípila nocturno volaba la Alhóndiga con hilaridades de veinticuatro horas. Una tarde, la última que hablamos, le pregunté qué opinaba del encierro de Pinochet en Londres. Con una molestia y furia desproporcionadas me contestó que los estudiantes mexicanos teníamos razón en luchar porque vivíamos en el tercer mundo. Pero que Chile era otro tipo de país y que, como buena chilena, no permitiría que yo o cualquier roto patipelado insultara al General que salvó a su país del comunismo. Se levantó, arrastró a su prima, que no entendía nada del arrebato, y nunca la volví a ver. Supongo que se fueron a un lugar sin incomodidades. Algo era seguro. Tendría que leer Mala Onda.

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Tenía una deuda añeja con la novela de Alberto Fuguet y una vez que decidí vivir en Chile pensé que tendría que hacer esa lectura. El pendiente era con el pasado. La literatura, para mí, es una cuestión de honor. El grupo McOndo y sus ideas disparatadas sobre la narrativa finisecular en América Latina, en voz de Fuguet y Sergio Gómez, buscaron colocarse como el culmen de un imaginario que no entendían. Fue otro chileno, Roberto Bolaño, quien demostró que se escribe con el hígado podrido, no con una Macbook. La novela de Fuguet está narrada desde el punto de vista de Matías Vicuña, un adolescente que sabe más de lo que pude entender. La saudade de un viaje de fin de cursos a Rio de Janeiro le raspa los ojos y la conciencia. Se da cuenta de algo que ya sabía: su vida, llena de hijos de militares, banqueros, diplomáticos, burgueses y una muchedumbre de padres dispuestos a pagar por todo lo que sus hijos destruyan, le parece charcha, porque, todo lo que odia, no se puede decir en inglés. Es septiembre de 1989, aunque siempre es la década del ochenta. El mejor amigo de Vicuña es el barman de un bar tan perimido como toda la zona valiosa de Santiago. Los pobres sólo son servidumbre o un pretexto para espantarse; incluso, sin mucho sentido, el personaje desciende a un barrio periférico sólo porque el autor creyó necesario mostrar una caída al purgatorio del proletariado. Al parecer, para el emulo diferido de Holden Caulfield, sólo ellos, los pobres, una vez más y por lugar común, son reales. La paradoja, o el truco que desprecia la política, es decirlo como algo evidente y aburrido. El plebiscito para desalojar a Pinochet del poder es un mantra imposible de nombrar y recorre toda la trama: “Aquí no pasa nada, ni va a pasar nunca. Menos ahora. Con esto del plebiscito y la Constitución y toda la macana, estos conchas de su madre se van a quedar a los menos otros ocho años más y capaz que después se atornillen otro periodo ¿Ocho años, más otros dieciséis? Suman veinticuatro, compadre. Es cosa sería, hot stuff, cero hueveo. Te puedes imaginar lo que eso significa”. Nadie sospechaba el tiempo real que debía transcurrir para sepultar, desde el hartazgo de no saber dónde se puede estar mañana, la herencia de un relato que se piensa como novela de variedades, de iniciación o de las clases altas en Chile: “El General Pinochet declaró en Talca que la nueva Constitución “nos preservara del comunismo””. “Ella me habla de la ilegitimidad del plebiscito, de los años de dictadura que nos quedan por delante…” “En el portal Fernández Concha, frente a un puesto que fabrica harina tostada, un tipo vende la nueva Constitución. Es un librito azul, de papel, que dice Constitución de 1980. Faltan aún veinticuatro horas para que se apruebe y ya está impresa. Ni siquiera dice “proyecto” o algo así”.

Nadie es profeta en tierra propia. Incluso dese la perspectiva cínica y pesimista de los personajes fuguetianos, sus peores vaticinios fueron insuficientes; tuvieron que pasar treinta años para que el país se despojara de las taras políticas que el pinochetismo le heredó: entre otros temas, la polarización que surgió en el plebiscito de 1988, cuando los militares “permitieron” la transición a la democracia conservando para ellos un altísimo control del poder político y económico (el “Sí” a Pinochet obtuvo un 43% y el “No” un 54.7%).

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Triunfó el apruebo. Foto: Cortesía

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El 15 de enero del año 2015, en la comuna de Recoleta, Santiago de Chile, presencié el nacimiento y resurrección de mi hijo. Los dos eventos en unos pocos minutos. TC tenía cumplidos nueve meses de embarazo, por lo tanto se tuvo que programar una inducción debido a que David no desalojaba el útero materno de forma natural. Aquella tarde, la matrona designada para asistir el parto administró oxitocina vía intravenosa en el cuerpo de TC; buscaba provocar la dilatación vaginal necesaria para la extracción natal. La política de la clínica es que los nacimientos tienen que realizarse en la menor cantidad de tiempo posible. La desesperación de la matrona por acelerar el parto para que desocupáramos el espació ocasionó que ella, de manera negligente, rompiera la bolsa amniótica, ocasionando que David quedara enredado en el cordón umbilical y comenzara a asfixiarse. Debido al desinterés por revisar el proceso de dilatación no se percató de que éste había alcanzado los diez centímetros necesarios para el alumbramiento y fue ella, con su puño, al introducirlo en la matriz de TC, quien rasgo la bolsa amniótica. En Chile el sistema de salud se divide entre los que pueden pagar una mejor atención y los que no. Para quien no tiene recursos existe la opción pública llamada FONASA. El Fondo Nacional de Salud es un organismo público que administra los fondos estatales destinados para la sanidad en el país la cobertura de sus beneficiarios. Es la alternativa pública al sistema privado de salud, representado por las Instituciones de Salud Previsional (ISAPRES). Las ISAPRES son entidades privadas que funcionan con base en un esquema de seguros que están facultados para recibir y administrar la cotización obligatoria de salud (7% de la remuneración imponible) de los trabajadores y personas que libre e individualmente optan por ellas en lugar del sistema de salud estatal (FONASA). A cargo de estas cotizaciones, las ISAPRES financian prestaciones de salud y el pago de licencias médicas. Estas también financian la contratación de servicios médicos. En el caso de TC, un convenio entre ambas instituciones permitió que, a cambio de pagar un porcentaje del costo total, fuera posible realizar el parto en una clínica “privada”. La decisión se tomó al creer que esto garantizaba una atención médica integral. Pero este es un sistema de salud que, en busca de eficiencia administrativa, atentó contra la vida de TC y de mi hijo, incluso antes de que David naciera. Después de la ruptura amniótica, se decidió realizar una cesárea de urgencia. Cada segundo era una oportunidad menos para David. A mí, para permitirme ingresar al quirófano, me pidieron utilizar un traje sanitario. Colocarlo me demoró tres minutos. Al terminar de colocármelo corrí hasta la sala y lo primero que vi fue el rostro anestesiado de TC. Abrieron su cuerpo la altura de la pelvis para llegar al útero. El asunto es que la bolsa amniótica ya estaba rota al realizar la cesárea. Hay que decirlo como fue: David sufrió daño cerebral debido a que el cordón umbilical enredado en su cuello lo asfixió. El actual sistema de salud en Chile también es un legado de la dictadura. Vinculado a los fondos de pensión, existe como posibilidad de una atención médica de calidad o lo que sucedió con mi hijo y TC: la inadvertencia, el cuidado deficiente que pone en peligro la vida de los ciudadanos incluso antes de nacer. La idea principal es proveer un bien de consumo a clientes y no respetar el derecho a la vida. Otra paradoja de una élite conservadora que se enorgullece de su enaltecimiento por los neonatales. El test de Apgar es un examen sencillo que valora el estado de los recién nacidos. Mide cuatro aspectos de la salud: La coloración, la frecuencia cardíaca, el tono muscular y la respiración. David fue extraído del vientre de su madre y no mostraba signos de vida. Lo tuvieron que reanimar artificialmente. Ahí, en una balanza de acero, un médico logró que su corazón funcionara. Un recién nacido en buenas condiciones tienen que lograr, en el test de Apgar, un ocho para que se le consideré sano. Mi hijo obtuvo 3. Su asfixia fue severa. Hoy David es autista. Las causas de esta condición neurológica son desconocidas. Tal vez las complicaciones en su nacimiento no determinaron que esté dentro del espectro autista. Lo que sí es seguro, es que el trauma de su nacimiento contribuyó en gran parte a los problemas que ahora tiene en su desarrollo. Actualmente, cinco años después, somos su familia, sus abuelos, su madre y yo, quienes pagamos por terapias, medicamentos y atenciones. Nadie, ninguna institución filantrópica o pública, tienen programas especializados para ayudarnos. Incluso la cacareada Teleton, institución filantrópica y culmen del espectáculo televiso de la dádiva a cambio de la conciencia tranquila, no atiende personas autistas. En realidad, en Chile no existen centros de atención pública para personas en el espectro autista.

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En mayo de 2009 crucé la frontera entre Bolivia y Chile luego de recorrer por tres días el desierto de sal en Uyuni, Bolivia. Fue la primera ocasión que estuve dentro de las fronteras del país que hoy es mi hogar. El primer obstáculo que viví lo traté personalmente con un par de oficiales de carabineros. Mi viajé no fue organizado por una agencia. Únicamente me acerque en el pueblo de Uyuni al conductor de un jeep y le hice una oferta por llevarme hasta la frontera, negociamos y ahí estaba yo, on the road. En todo caso, para mí era imposible bajar de la cordillera hasta Atacama porque no tenía ningún pasaje reservado y los conductores chilenos no aceptaban subirme en sus vehículos. Desconocía el orden y el control chilenos en cada aspecto de la vida cotidiana. No estaba en Bolivia, nadie me llevaría, aunque pagara extra. Así que fui a la pequeña garita que servía de centro de documentación y que sólo operaba hasta las cinco de la tarde. Expuse mi problema a los funcionarios de carabineros y la PDI (policía de investigación) que ahí se encontraban; fui reprendido por mi irresponsabilidad, pero se me perdonó por ser mexicano y a cambio de hablar un par de horas del programa televisivo El chavo del ocho. Esas salvedades impidieron quedarme abandonado en plena cordillera y sufrir hipotermia. A pesar de la aparente amabilidad, los funcionarios de carabineros eran altaneros, engreídos, me consideraban un vago más. En varias ocasiones festejaron la suerte que tuve de no ser violado en esa zona y de lograr esquivar todos los peligros nocturnos que ellos mismos, insinuaban, cometieron.

Carabineros de Chile es una policía casi centenaria, fue creada en 1927. “Orden y patria” es su lema. Hoy se exige que la institución sea reformada o desaparezca ya que múltiples escándalos de corrupción y otras anomalías expusieron su deficiente actividad. La Universidad Diego Portales analizó a la institución y a la Policía de Investigaciones (PDI) junto con las Fuerzas Armadas, publicando sus resultados en el Informe de Derechos Humanos UDP 2020. Para este estudio se realizó un análisis de los informes de instituciones relacionadas con la defensa de los derechos humanos, de instituciones públicas y de organismos internacionales del sistema de protección de derechos humanos, medios de prensa y otras fuentes con el objetivo de identificar y resumir los principales hechos de violencia ocurridos desde el 18 de octubre de 2019. Básicamente, los investigadores establecieron un patrón de conducta en los miembros de esta institución al momento de ejercer la fuerza, lo que se traduce en maneras que pueden ser constitutivas de tortura y atentados contra la integridad física. La conclusión es que este proceder no inició a partir del 18 de octubre del año 2019, esta situación acontece desde hace tiempo, incluso antes de 1973. Dos días después de que fui “auxiliado” por estos siniestros personajes, pude atestiguar el nivel de brutalidad policiaca que con la que un miembro de esta corporación es capaz de actuar si se considera ofendido por un civil. Almorzaba una colación en un local popular. Las personas procedentes de México son bien recibidas en este país y el tema del personaje de Roberto Gómez Bolaños es incansable. De Chespirito y fútbol hablaba con otro grupo de jóvenes de mi edad mientras bebíamos cerveza durante nuestra comida. Al parecer el establecimiento no contaba con permiso para vender alcohol. Atacama es un lugar reformado para el turismo internacional, aquel que pude pagar en dólares. El espacio donde almorcé congregaba chilenos, peruanos y bolivianos que trabajan atendiendo las necesidades turísticas. Tal vez por esta razón, un grupo de cinco uniformados invadió el lugar para exigir que lo desalojáramos. El dueño intentó explicar que éramos un grupo de amigos, no clientes, los ahí presentes. Yo alcé la voz y exigí que nos informaran del motivo para amedrentarnos porque no hacíamos nada ilegal. Otro chico intentó hacer lo mismo y antes de terminar de hablar, un carabinero le rompió la nariz con la culata de su rifle. El Teniente que comandaba a este grupo de autómatas dijo que a mí no podía agredirme por ser extranjero, pero que si otro concha de su madre quería hacerse el rijoso, ya podía imaginar su suerte. Abandonaron el lugar y nosotros llevamos al chico a FONASA, a los servicios de urgencia. Esa noche decidí abandonar Atacama pensando que Santiago sería diferente. Hoy me burlo de mi candidez y de lo equivocado que estuve. La dictadura, sus leyes, su constitución, llegan más allá de sus fronteras, en variantes increíbles, insospechadas.

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David, TC y yo intentamos vivir en México, sin embargo, las cosas nunca suceden como se planean, sobre todo cuando la precariedad es una constante. TC y yo nos conocimos en el posgrado de Estudios latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ella es antropóloga y estudiaba problemas de teoría política y económica. Su tesis planteaba que, a pesar de la supuesta democratización electoral en Chile, era necesario materializar cambios estructurales y económicos en la vida de las personas, más allá de la conquista de algunos derechos políticos. Tales cambios incluían reformas concretas, no de discurso. Un ejemplo claro es la educación. TC tuvo que migrar a México para estudiar una maestría en la UAM y el doctorado en la UNAM ya que en Chile, para ella, eso hubiera sido imposible (estudiar un posgrado). La Educación Superior en su país está constituida por un sistema diversificado, integrado por tres tipos de instituciones que se ofrecen a quienes egresan de la educación media: Universidades, Institutos Profesionales y Centros de Formación Técnica. Durante la dictadura Augusto Pinochet la educación superior sufrió una serie de importantes transformaciones como la creación de un gran número de instituciones privadas y la disminución de presupuesto público para su financiamiento. Hoy existen alrededor de 60 universidades de las cuales 18 son estatales, 9 son universidades denominadas privadas tradicionales (por ser creadas antes de las reformas implementadas en los años ochenta) y el resto son universidades privadas que se fundaron a partir de la década de los años ochenta; la mayoría de estas últimas imparten formación profesional. Las universidades chilenas cobran uno de los aranceles más altos del mundo en relación a los salarios en el país. El Estado solo financia en un pequeño porcentaje los gastos de las universidades estatales (un promedio del 15%), también entrega estímulos a instituciones estatales y privadas según sus años de acreditación, investigación y capacidad para atraer a los estudiantes con mejores puntajes en la prueba de ingreso universitario (“prueba de selectividad universitaria”). Debido a este escaso financiamiento público, son los estudiantes y sus familias quienes deben asumir el pago de matrículas y aranceles. Para ello, desde el 2005, se implementó un sistema de créditos otorgados por la banca privada denominado “crédito con aval del Estado” (CAE)  ya que el Estado actúa como aval del estudiante beneficiario del crédito. La tasa de interés del CAE era inicialmente de un 6% pero disminuyó al 2% luego de las protestas estudiantiles en el año 2011.

TC se graduó en el año 2008 en la licenciatura de antropología social. Debido a su condición de hija única y al ahorro de sus padres no terminó endeudada como cientos de miles de chilenos jóvenes que para lograr titularse, tienen que pagar sus créditos y los intereses de éstos. Sin embargo, para continuar estudios especializados tuvo que migrar a México. Nos conocimos el 2012. Al año siguiente comenzamos nuestra vida juntos. En 2015 nació David, nuestro hijo, en Chile. En 2018 después de un par de años en México TC y David regresan a su país natal. Yo los alcancé un año después, en 2019. Hoy, mi situación migratoria es incierta y estoy desempleado. TC, entre otros emprendimientos, trabaja como conductora para una aplicación de transporte. Los dos tenemos estudios universitarios de posgrado. El sistema educativo chileno, permitió que nos conociéramos.

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En noviembre del año pasado, cuando las protestas duraban las 24 horas del día, hubo una junta de apoderados en el colegio donde asistía David. Únicamente la profesora, TC y otra madre, eran chilenos. El resto de los padres éramos extranjeros: dos venezolanos, una peruana, una rusa, una boliviana y yo, mexicano. Se discutía la conveniencia de evitar que los niños asistieran a la escuela. Sin saber cómo, la discusión derivó en la legitimidad de las protestas. Afuera del colegio, sobre la avenida Guillermo Mann, las llantas y la basura de las barricadas seguían encendidas. La preocupación principal de los asistentes, sobre todo los extranjeros, era conocer la identidad de los líderes que organizaban la violencia. Para un migrante que viaja por razones económicas, las demandas sociales son un atentado contra su seguridad y tranquilidad. Chile era sinónimo de abundancia y mejoría social. Sobre todo para los venezolanos quienes, irrevocablemente, imaginaban  una persecución por parte de Nicolás Maduro contra ellos; de ahí la desestabilización del país por agentes bolivarianos.

El miedo provoca delirios absurdos. Es triste constatar que el conservadurismo reaccionario prende en gente usada como mano de obra barata. Personas con menos derechos que cualquier chileno promedio. Es tan absurdo que, al contrastar los resultados del plebiscito con el discurso de la conjura castro-chavista, la afasia es la única respuesta. Lo Barnecha, Vitacura, Las Condes, La Antártida y la embajada de Chile en los Emiratos Árabes Unidos, fueron los cinco lugares donde ganó el rechazo. Las tres primeras, son las comunas con el nivel de ingreso per capita más alto del país. En la Antártida sólo hay una base militar. Y en los Emiratos Arabes la votación fue de 21 votos a favor del rechazo y 20 por el apruebo ¿Esto qué quiere decir? Los defensores de la continuidad y los promotores del miedo siempre usaron como argumento la polarización social que se generaría en caso de que ganara la opción apruebo: caos, quiebre económico y político. En cambio, a tres días del plebiscito, se dice que sólo tres comunas tenían, desde hace treinta años, secuestrada a la democracia.

En la novela de Roberto Bolaño, Nocturno de Chile, se narra cómo cierta escritora y su pareja, miembro de la CIA, que habitaban en alguna de estas tres comunas, torturaban disidentes del régimen militar mientras daban cocteles literarios. Parece que la democracia estaba ahí, en uno de esos sótanos, en cualquiera de esas lujosas mansiones, torturada, silenciada. Los resultados del plebiscito también muestran que ocho de cada diez chilenos desean que algo cambie. Que todo cambie si es posible. El día siguiente del plebiscito acudí a un hospital de Fonasa. Esta institución otorga atención médica según cuatro categorías de beneficiarios: el grupo A incluye a personas que tienen una tarjeta de gratuidad y son definidos como “carentes de recursos”.  Yo estoy en este grupo. Según estos parámetros, soy una persona considerada en situación de calle. Acudí por un dolor abdominal. Hay que realizar una serie de estudios para determinar la causa de mi malestar. Me dieron cita para realizar una ecografía en cuatro meses. Mi estómago podría reventar y yo jamás me presentaría al consultorio.

Mi suerte, mi futuro, son inciertos; como el futuro de los más de siete millones de ciudadanos que no votaron apruebo o rechazo. La votación fue la más alta desde que no es obligatorio participar. Incluso grupos de anarquistas promovieron la asistencia a las urnas ya que, según ellos, se votaba por una idea emanada de una revuelta popular y no por un candidato partidista. El padrón electoral en Chile es de 14, 855, 719 personas. En la convocatoria del pasado domingo sólo asistió la mitad de este registro. Hubo una abstención del 49. 10%. Es decir, en el país la polarización existe, pero no dentro de una ideología partidista. No es lo mismo que el plebiscito del Sí y No de hace 31 años. Creo que es una expresión mayor de descontento. Está entre los que confían en el sistema y los que piensan que votar, no va a cambiar nada. Mientras espero la atención médica pienso en todo esto. También reflexiono en el alcancé y resonancia que los sucesos tienen en el tiempo. En cómo colisionan en vidas impalpables, exiguas para el poder que echa a andar los disturbios históricos. La dictadura militar chilena ha perturbado y sigue afectando mi vida. A quince de meses de estar acá, el ministerio de migración no me hace entrega de la visa temporaria que solicité por el vínculo con mi hijo. Vendí comida mexicana a través de las redes sociales, hice traducciones. Incluso corregí una novela y me pagaron por eso. Sin embargo, soy un proscrito. Abandonar el país de manera legal es imposible, me arriesgo a pagar una multa cuyo monto no deseo conocer.

A Borges le negaron el premio Nobel porque recibió un premio que le otorgó Augusto Pinochet.

Roberto Bolaño nunca cambió su pasaporte chileno, sin embargo jamás consideró vivir de nueva cuenta en este país.

A la edad de 42 años, en 1942, Roberto Arlt viajó a Chile. Fue su último viaje. Regreso a Buenos Aires para morir. En sus aguafuertes santiaguinas, Arlt da cuenta de las barreras y los obstáculos que la derecha chilena maquinaba para frenar un programa de gobierno que sería totalmente reformista o desarrollista: “Hoy, vemos cómo ese mismo sector político se opone y boicotea una nueva constitución, por ejemplo, o cualquier medida de desarrollo para la gran mayoría de chilenos”. Existe un tópico literario que voy a utilizar para terminar estas figuraciones chilenas: Gatopardismo. En la novela El Gatopardo de Giuseppe Tomasso di Lampedusa el autor mezcla historia y ficción. La trama gira en torno a la decisión de Tancredi Falconi, sobrino predilecto de Don Fabrizio Corbera (príncipe de Salina en Sicilia) de enlistarse y luchar en el ejército independentista de Garibaldi, a pesar de sus orígenes nobles y aristócratas. En algún momento la voz de Tancredi enuncia: “Si queremos que todo permanezca como está, es necesario que todo cambie”. El futuro, tiene la certeza de ser, como siempre, una incógnita. Y eso, quiérase o no, es optimista.

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