W. G. Sebald

Sinfonía Sebald o si Sebald cierra el siglo XX literario europeo

Buenos Aires, 13 de septiembre (MaremotoM) ¿Por qué lees tan poco a los europeos contemporáneos?, me dicen a veces en tono criticón los buenos amigos con los que comparto el amor por la lectura. Lo cierto es que me cuesta leer a los contemporáneos en general, porque soy de los que presume que la buena literatura ocurre en el pasado. Europa para mi dejó de sonar literariamente en serio el 3 de junio de 1924, cuando murió Franz Kafka. Joyce todavía estaba vivo, pero lo más importante ya lo había escrito. Hasta Marcel Proust ya nos había llevado a través de su novela-río, En busca del tiempo perdido. Luego vino un siglo de sigilo. De voces en sol menor con ligeros y ocasionales toques de la mayor. De Pavese y de Calvino, de Céline y de Beckett, de algunos buenos ingleses, muy pocos buenos franceses, casi ningún español y en Alemania un solitario Tambor de hojalata. Hasta que llegó Sebald.

Nacido en 1944, cuando ya la mayoría de las grandes obras literarias europeas del siglo XX habían sido publicadas, W.G. Sebald fue siempre un escritor en los márgenes. Una especie de Roberto Bolaño post Tercer Reich – había nacido en Wertach, Alemania -, de esos que se meten hasta el tuétano dentro de una historia y, por supuesto, terminan por arrástrate a vos también. ¿Qué otra cosa es sino la literatura sino esa sensación de que te están arrastrando hacia quién sabe dónde y no te importa y además te encanta? Por más que al final del recorrido te aguarde la desazón, la nostalgia, la tristeza o el desencanto. Qué más da, si ya lo leíste.

Sebald murió en un accidente de tránsito en 2001. Hasta en eso se parece a Bolaño. Ambos murieron jóvenes, ambos en la primera década del siglo XX, los dos se estrellaron contra algo: Sebald contra un árbol, Bolaño contra las estrellas distantes. El primer libro de él que leí fue una versión de bolsillo de Sobre la historia natural de la destrucción que aún conservo y que aún me sobrecoge cuando veo su fotografía de portada: bombarderos aliados sobrevolando Berlín, 30 de abril de 1945. “Ruhe Berlín”. Si la literatura siempre es experiencia que no puede ser transmitida de otro modo, ¿qué otro hecho más relevante ocurrió en Europa durante el siglo XX que no tenga como eje a Berlín y como año a 1945? Sebald es el primer escritor europeo, y tal vez el último, que habla sobre lo que no se puede hablar, Wittgenstein dixit, sobre la enorme destrucción que padeció Alemania en la Segunda Guerra, “el horroroso final de una aberración colectiva” que los mismos alemanes se negaron a discutir y a asumir cuando todo acabó y sólo quedaban ruinas donde antes había habido ciudades. Su visión de lo ocurrido, plasmada en estas conferencias, se vuelve aún más aguda en el contexto de resurgimiento de la extrema derecha en toda Europa

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Para lograr hablar sobre lo imposible, Sebald tuvo que inventarse una “forma” nueva. Algo que, por cierto, no es para nada ajeno a la tradición europea. Pero, ¿era posible algo por estilo, todavía? ¿Existen las “formas nuevas” después del surrealismo? Todos los libros de Sebald están poblados de fotos. ¿Le estaban faltando imágenes a la literatura? En 2009, hacía ya ocho años que Sebald había muerto, leí Los anillos de Saturno. Entonces descubrí la sinfonía Sebald. Una obra que no puede ser descripta, sólo puede ser ejecutada. Si alguien le preguntó alguna vez a Sebald: ¿usted, sobre qué escribe?, es muy probable que le haya respondido: “Porque nuestra obligación es ser testigos, aunque no sepamos exactamente de qué”, como imagina Jorge Carrión en su sebaldianas variaciones. (http://kosmopolis.cccb.org/es/sebaldiana/post/sebald-els-anells-del-viatge-i-de-la-mort/)

¿Cómo se construye la realidad? En 1965 otro europeo en los márgenes, Witold Gombrowicz, escribió una novela para responder a semejante pregunta: Cosmos. Podemos inferir de la lectura de Sebald, que el alemán leyó con atención al polaco “emigrado” entre 1939 y 1963 en Argentina huyendo del nazismo. En 1992, de hecho, Sebald publica un libro con el título Los emigrados en el que comienza a trabajar sobre su piedra de oro: la forma Sebald de narrar. Dos características definen al texto: uno está “ahí” cuando lo está leyendo, porque el alemán tiene una fascinación con la naturaleza que es imposible eludir mientras seguimos la trama y uno está “más allá” porque tiene la misma fascinación con la trascendencia de la historia que nos está contando. Todo lo que no se puede decir y suena en el fondo como una sinfonía. La última cena del doctor Henry Selwyn en una vieja mansión inglesa casi abandonada, con cuatro invitados en una mesa “a la que fácilmente podrían haberse sentado treinta comensales” deja una marca indeleble. ¿Se puede estar más triste que un “emigrado”? “Queda el recuerdo, no lo destruyáis” dice la escueta cita que abre el libro.

¿Escribía novelas Sebald? No sabría decirlo. Tal vez Austerlitz pueda ser considerado algo así como una novela. Pero, entonces, ¿qué escribía? ¿Crónicas? Tampoco, aunque bien podrían ser leídas de ese modo muchas de sus obras. ¿Poesía? Sin duda alguna, sólo que de corrido. ¿Teatro? Nunca en formato, pero sí en tu cabeza. ¿Son ciertas las historias que cuenta Sebald? Es probable. Aunque después de leerlo no creo que mucho te importe.

La pregunta que queda flotando es ¿cierra Sebald el siglo XX literario europeo o abre el siglo XXI? Quienes lo lean podrán intuir la sebaldiana respuesta.

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