“Somos los olvidados, pero unos olvidados que están de moda”: León Cuevas

Entrevista al poeta de Pachuca León Cuevas, autor de Sal de Alacrán, editado por Ediciones Periféricas.

Ciudad de México, 7 de mayo (MaremotoM).-  “Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le han dicho”, confiesa San Manuel a Lázaro (un incrédulo que después de haber estado en Madrid, vuelve al pueblo de Lucerna de Valverde convencido de que la religión es una mentira, pues la verdad está en las cosas comprobables y no en la idea efímera de Dios). Estas disertaciones están presentes en San Manuel Bueno Mártir, novela donde Miguel de Unamuno —integrante medular de la generación del 98— pretende ofrecer una perspectiva sobre la devoción católica impuesta y acatada a pie juntillas por los feligreses.

El tema religioso seguirá dando de qué hablar porque es algo que se asume o se repele; ese catolicismo (impuesto y heredado) donde hoy más que nunca está en tela de juicio por culpa de sus representantes: pederastas, corruptos o ladrones. Quizá sea por ello que han aflorado nuevas expresiones de espiritualidad que otrora no eran tan  aceptadas: el budismo, el taoísmo, el yoga, el tantra, new age, el vudú, la santería, etcétera. Lo cual sólo pone de manifiesto que hay una necesidad por buscar algo divino que está fuera de nuestro plano y cada individuo ha decidido nombrarlo como su interior se lo dicte.

Prueba de esto es un poemario que acaba de publicar Ediciones Periféricas bajo el título de Sal de alacrán, del poeta nacido en Pachuca, pero avecindado en la gloriosa y caótica CDMX, León Cuevas (1985). Al respecto, Rojo Córdova se pregunta en la cuarta de forros si “¿será master de hechicería o de clerecía?” lo que el poeta ha dibujado con versos y el lector tiene entre sus manos. Y no es otra cosa que un camino con Seis Caídas —poemas de largo aliento— que va sufriendo el yo poético en medio del bullicio (o “mundanal ruido” para decirlo con el otro León, el fraile agustino del siglo XVI), para llegar cara a cara con Dios y hablar directamente con él, sin intermediarios. El viaje a la espiritualidad lo perpetra desde el Vudú, una religión tan respetable como las que conocemos, pero también temida porque se asocia a la brujería sin saber que también sufrió los embates de la conquista y fueron sepultadas las ideologías africanas. Algo parecido a lo que sucedió en el continente Americano y lo constatamos en Cholula, Puebla, donde una pirámide está bajo de una iglesia dedicada a La Virgen de los Remedios. En Sal de alacrán, dicho aplastamiento se lee así: “Una cruz rompió los tambores/ el dulce pop agrió al blues/ y agriado huyó a Harlem/ escondido en favelas”, en la Tercera Caída de este poemario, “Vudú. Canto a la muerte”. En la entrevista con León Cuevas, el poeta evoca la necesidad de la búsqueda de lo espiritual, no sólo detrás de la Cruz, sino también en los tambores que dejaron de sonar alguna vez, pero resuenan entre las páginas de su poemario. La pregunta de Unamuno entrando al siglo XX era, ¿para qué la religión?, mientras que la de Cuevas en el XXI es, ¿por qué sólo una religión? Ambas podrían contestarse con las palabras de don Miguel: “cada pueblo la religión más verdadera es la suya”, no obstante, la Historia constata que muchos habitantes fueron obligados a olvidar, por tanto, ya va siendo tiempo de recordar qué fuimos y plantearnos a dónde vamos.

—¿Cómo llegaste a la literatura?

—Soy originario de Pachuca y chilango desde hace cinco años. Siempre digo que soy pintor pachuqueño y escritor chilango, porque mi carrera literaria la empecé aquí. Antes de llegar tomé un curso con Agustín Cadena allá en Hidalgo, un año después con Gerardo de la Torre aquí en la ciudad, él me aconsejó que cursara el diplomado en la SOGEM, de algún modo me vio aptitudes, igual que Agustín Cadena. Yo no confiaba mucho en eso, me veía en las artes visuales, pero quería entrar en el mundo de la literatura y en la SOGEM comenzó todo: dejé una vida atrás. Dejé la vida estable que tenía en Pachuca por venir a estudiar literatura y comenzar de cero.

“La poesía es mi amor completo”, dice León. Foto: Roberto Feregrino

—¿Cómo nació tu gusto por la poesía?

—Esa no me la esperaba. Entré en la SOGEM con la narrativa, pero hay dos cosas que terminé haciendo: una fue el teatro y la otra la poesía. Esta última se convirtió en mi amor completo. Hacer poesía es como estar pintando, es el género que más libertad te da y siento que cuando estoy escribiendo estoy arrojando manchas de pintura sobre sobre el lienzo, es muy similar a arrojar versos sobre un papel, como si estuviera pintando la poesía, una especie de cuadro abstracto, más libre, más expresivo. Con la narrativa y el teatro la escritura es más rígida, es como  un cuadro figurativo donde tienes que hacer un boceto, trabajar los detalles con espátula y pinceles para obtener algo más técnico. Este amor nació cuando me dio clases José Vicente Anaya y se convirtió en una gran influencia. Él que perteneció a los infrarrealistas junto a Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro, causó mucho impacto en mí.

—¿Cuáles son tus referentes literarios?

—Desde muy joven Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway, Jack Kerouac, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Sor Juana, (que es la mamá de la poesía en México, no hay otra opción, lo que a lo mejor estamos pensando ella ya lo pudo haber dicho). Roberto Bolaño, César Vallejo, Papasquiaro, José Agustín, Parménides García Saldaña, y toda la Onda en general. Los literatos rockeros y todo lo que se deriva de ellos como Jim Morrison, Bob Dylan, PJ Harvey que hace unas cosas impresionantes. Gabriel García Márquez siempre y cuando no sea Cien años de soledad —tengo un toc con las obras maestras, siempre les huyo; por ejemplo, de Julio Cortázar leo todo menos Rayuela—.

—¿De quién te parece que tienes influencia?

—Durante mucho tiempo de José Agustín, pero esa fue la parte juvenil de mis escritos. En mi primer cuento publicado, “La noche de las libélulas”, si sueno muy de la Onda, después, en el segundo cuento que publiqué, el cual han creído que es fantástico, pero en realidad es un poema hecho cuento y se llama “Tánatos”, me empecé a desprender de esa influencia. Ambos salieron en diversas antologías en una editorial que se llama Elementum, es de Hidalgo, pero se puede conseguir aquí también. En cuanto a la poesía suelo dar asesorías y menciono tantos autores que no se si eso será influencia, porque de ser así la tengo de TS Eliot, Arthur Rimbaud, Antonin Artaud, César Vallejo, Allen Ginsberg, en parte por Aullido, porque marcó una nueva era, aunque tiene otros títulos que se me hacen más fuertes todavía, como Kaddish o La caída de América. Si tuviera que quedarme con un autor sería él.

Sal de alacrán

—¿Crees que verdaderamente se le da un valor a la poesía?

—Durante años no se ha valorado. Es como el olvido de la literatura: los olvidados de los olvidados. Pero ahora está de moda, desde hace pocos años para acá la poesía está de moda, todos quieren ser poetas. Por desgracia, como todos quieren serlo está resurgiendo la poesía con mala poesía. Hay dos vertientes: el verso libre y el regreso de la rima, gracias al rap. Otro fenómeno que está ocurriendo son los ciberpoetas, que de repente tienen miles de seguidores y realmente no hay garantía de que sean buenos, pocas veces suelen ser buenos. Pero lo que me queda claro es que hay que aprovechar esta fiebre que se está dando, es como los golpes de calor, de repente llegó el golpe de la poesía. Somos los olvidados, pero unos olvidados que están de moda.

—¿Qué otras manifestaciones poéticas están surcando estos albores del siglo XXI?

—Una nueva vertiente en la poesía actual son los poetry slam, que ahí no es tanto cómo la escribas, sino cómo la digas, entonces se apuesta más por la presencia escénica, es una especie de híbrido entre el performance, el actor y el poeta. Otra de ellas es el spoken word, que es una especie de micrófono abierto donde los poetas comparten sus versos, como lo que hace Antonio Calera con “La Chula”, Rojo Córdova con “Micro abierto”, Alejandro Carrillo con “Micro Chingón”, entre otros.

—¿Qué ruptura percibes que está aconteciendo actualmente con estas nuevas modalidades o qué generación?

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—En grupo hay pocas manifestaciones. Veo que más han sido propuestas por separado. Está claro que no estamos en la época de las vanguardias, ni posvanguardias, la actualidad es un tema hacia lo solitario, lo individualista. Han habido autores que han hecho rupturas, si nos enfocamos a lo que sucede en la Ciudad de México te puedo decir: Karloz Atl, Cynthia Franco que si han promovido el concepto de grupo y hermandad, otro Ánuar Zúñiga, quien me parece uno de los destacados por ser tan pop; habla desde un bote de basura en el Starbucks hasta un videojuego de los años 80´s, eso se me hace muy novedoso. José Manuel Vacah es uno de los que va a hacer cosas fuertes al igual que Ximena González y Johana Medellín. Ernesto Reyes, Luis Bugarini tienen buenas propuestas, ambos publicados en Ediciones Periféricas. Rojo Córdova, Comikk MG, Canuto Roldán, Mariel Damián (combinando la biología con la poesía), Fernando Salazar Torres. Muchos de los que he mencionado han jalado diferentes áreas a la poesía: el pop, la biología, el indigenismo, el ensayo, el performance, lo queer, lo trans y cuando se hace eso puedes ver que todo es poesía. Hay un libro de la hija de “El Indio” Fernández, Adela Fernández (1942-2013), que se llama Híbrido, porque son guiones de teatro, poesía y narrativa, es uno de los libros con más propuesta que he leído en México.

—¿Qué tendencia observas en el mundo de la poesía?

—Una tendencia que se está creando está ligada al movimiento feminista y al movimiento queer, creo que serán —dentro de poco— un nuevo movimiento fuerte o hasta una posible neo vanguardia mundial. El movimiento LGTBI está muy fuerte y por lo mismo cuando lo llevan a la poesía, o causa rechazo o atracción. Hay una chica que se llama Lía García, que es trans, activista y artista feminista que ha hecho cosas bien interesantes en poesía y en performance. Ella hablando del cambio de hombre a mujer lo hace de una manera tan intensa que mueve emociones. También tiene varios poemas desgarradores. Siempre lo transgresor ha sido lo que marca una época: los poetas malditos fueron transgresores en el siglo XIX a partir de que rompieron con el verso libre, los dadaístas, los futuristas, los surrealistas fueron transgresores a partir mostrar que cualquier cosa podía ser arte. Los infrarrealistas fueron transgresores al momento de cuestionar como la academia mexicana delimita quién es poeta y quién no; o quién es artista y quién no, ellos, desde la calle, desde lo de abajo, niegan lo que dice la academia. Lo transgresor es lo que marca una época y ahora el feminismo y el LGTBI son lo que están marcando una época.

—¿Cuál es la propuesta de León Cuevas en la poesía?

—Primero, nunca imaginé que Sal de alacrán fuera mi primer libro publicado, porque son poemas de largo aliento y porque el tema que es controversial: hablar del vudú en un país tan católico suena raro, pero esas características fueron las que le gustaron al editor. Ahora, el primer libro que escribí —aún inédito—, tiene mucha influencia beat e infrarrealista; el segundo es un poemario ilustrado con mis pinturas sobre los peligros de la web. De lo que más hablo es sobre las redes sociales y lo urbano. Sal de alacrán es muy diferente a todo lo que había hecho porque es un viaje urbano que llega a un viaje espiritual desprendido de lo corpóreo, un viaje a través del vudú, religión que aquí en México vemos como si fuera brujería, satanismo o magia negra y no, es una religión tan respetable como el budismo o como el hinduismo. Pero en México se ve con miedo y piensan en muñecos con alfileres pero, al mismo tiempo —si vas a lugares como el mercado de Sonora, Tepito o Iztapalapa— te encuentras a la Virgen de Guadalupe al lado de la Santa Muerte, Buda, Changó, Yemayá, todos los dioses, los demonios y los ángeles conviven en un mismo altar como en una fiesta, hay una hibridación muy fuerte de ideologías. Sal de alacrán comienza con ese viaje urbano que va hacia el Mercado de Sonora al que me refiero como El mercado de los brujos. El libro arranca diciendo: “Yo no creo en las brujas/ pero voy hacia el mercado de los brujos”; es decir, uno crece y deja de creer y busca sus propios brujos. Tiene muchas lecturas eso, pero una de ellas es dejar tu pasado y todos los males que la religión nos inculca, por lo tanto dejas de creer en las brujas para ir a buscar tu camino, tus propias maldiciones o bendiciones.

—¿La poesía en estos momentos de inconformidad social está en busca de algo espiritual?

—El arte en general lo hace, es el hermano incómodo de la sociedad, porque, lo decía Kandinsky, cuando bajó Moisés dando su discurso, el primero que lo comprendió fue el artista, entonces el artista es el que se va encargar de señalar lo que le está doliendo a la sociedad y presiona la llaga. La poesía es muy subversiva, porque con su labor metafórica te dirá que algo no está bien, por eso desde el siglo XIX dejamos de ser poetas románticos. Ahora lo hacemos con la intención de marcar que algo está mal, desde los poetas malditos que ya predecían la atrocidad de la industrialización hasta hoy que se busca la igualdad en religión, en identidad de género, en ideología.

—¿Qué te atrae tanto de lo urbano?

—Que es una variedad de sabores muy rica. Tanto atacan al grafiti o a los rayones en las paredes, pero son una cosa necesaria en una ciudad. Lo mismo que necesita tener mercados, Starbucks, indigentes, hombres de traje, camiones feos o de lujo, metrobús, todo lo necesita la ciudad, necesita arquetipos: desde el chico con sombrero hasta el hippie, el darks, el hipster, el extravagante, el rockero, el godín, es lo que le da un ambiente urbano. Desde que era niño quería vivir en una ciudad con rascacielos, hasta hice una exposición de gráfica digital en 2011 donde se veía muy obsesiva la presencia de rascacielos, algo que en Pachuca no se ve. Lo urbano-provinciano también tiene su sabor rico, no es lo mismo un Mercado de la CDMX que un mercado en Oaxaca, en Pachuca o Puebla, porque son riquísimos visual y gastronómicamente; incluso te encuentras con olores tan deliciosos que se mezclan con el olor a caño al mismo tiempo y eso es un shock emocional.

—¿Consideras que podría ser la generación de los poetas irreverentes?

—Somos una generación de poetas irreverentes —estoy hablando de los millennials, de 1985 para acá—, con un resentimiento contra la religión. Creo que ya pasó la era del desencanto, de 1980 al 2000, ahora el millennial, se cuestiona “¿qué sigue?” No nos podemos quedar en la parte depresiva y escribir sobre lo que ya está perdido, como en los poemas de Ian Curtis o las letras de Kurt Cobain, no podemos seguirnos lamentando, tenemos que cuestionarnos qué va a seguir. ¿Qué es lo burgués, qué es la clase social, qué es lo fifí, qué es lo chairo? Tenemos un presidente que lo está marcando mucho también, y es el resultado, no del presidente, sino de acontecimientos sociales del mundo y de México. López Obrador en el país no es una consecuencia política nada más de un hombre, es una consecuencia social. Muchos lo marcan como una evolución, otros como un retroceso, pero es una consecuencia social. ¿Por qué tenemos un presidente que marca tanto lo fifi y lo chairo? Porque estamos divididos, pero al mismo tiempo tratamos o tenemos que convivir. Eso es algo que tiene el arte también, marca las diferencias pero a todos los une diferentes ideologías. El editor de Ediciones Periféricas piensa juntar a Ernesto Reyes, (que tiene un poemario que se llama Se visten niños Dios), a Ángela Escobar (Debajo de mis venas silenciosas) y a mí para alguna presentación en conjunto o lectura porque tenemos una línea muy similar, que salió sin querer, como de poetas malditos en Chilangotitlán, pero sobre todo irreverentes.

—¿En qué trabajas ahora?

—Ahorita estoy trabajando un nuevo poemario que va más a lo internacional porque estoy escribiendo sobre varios países, sobre todo países conflictivos. Ese poemario me llevará unos tres años, pero valdrá la pena. Estoy experimentando con la poesía breve, Sal de alacrán fue mi logro en el largo aliento, ahora debo superarlo mediante el poema breve. También estoy trabajando dos proyectos de narrativa, sin dejar la poesía en un tiempo me verán incursionando también en el cuento y la novela.

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