Magali Velasco

Somos malas, podemos ser peores

La base de las violencias es la desigualdad social, la precarización de las familias, de los sueldos y la ausencia de ellos. Debemos luchar contra todos los discursos que nos cuartan libertad, contra el racismo, la misoginia, la homofobia, la aporofobia, la indiferencia, entre tantos temas.

Xalapa, 10 de marzo (MaremotoM).- Somos las que estamos paradas en el tiempo
y latimos… latimos… latimos!
somos río, mar
jungla, sol
luna y pulmón
¡somos patria!

“Nosotras: esas sujetos”, Juana Pavón

Desde que estaba en la panza de mi madre, he marchado. Participamos en el movimiento Madres Veracruzanas en contra de la construcción y funcionamiento de Laguna Verde, las siguientes décadas las he dedicado a manifestarme contra los fraudes electorales, los asesinatos y el alza de la violencia en el estado y en el resto del país, el ataque a la Universidad Veracruzana, el ataque sangriento a un grupo de jóvenes y a los pensionados, contra Peña Nieto y un tipo echó balazos y nos aventó sillas de un segundo piso, entonces mi bebé en carriola ya iba conmigo.

Los recorridos en Xalapa son muy sencillos, normalmente se cita a la gente en el Teatro de Estado, en Rectoría (depende el tema de la manifestación), o en la Facultad de Medicina, pero todos los contingentes se reúnen en la Plaza Regina (aunque insistan en el viejo nombre de la Plaza Lerdo), y ahí, frente a la Catedral y al Palacio de Gobierno del Estado, terminan los rituales.

Ayer fue diferente.

No por la ruta, por el grupo que se congregó. Estaban mi madre, y lo agradezco tanto caminar junto con ella, las amigas de mi edad, las amigas más jóvenes, distinguí alumnas de la Facultad, colegas de la universidad, llegaron Carito y Raquel, hermanas que han trabajado con mi familia desde toda la vida, con sus propias hijas, mamás de la escuela de Rodrigo, y cientos de otras mujeres entre sus veinte y treinta años que reconocí como la sangre latiente del movimiento. Hubo un instante que quiero por lo menos describir ya que no soy fotógrafa y me hubiera gustado tanto, carajo, que alguien inmortalizara esa imagen: los contingentes se armaban, adelante madres con niños, después los familiares de los y las desaparecidas y luego las chicas con instrumentos musicales, esperábamos sobre la avenida para estar juntas y organizadas, nos dejamos guiar por las jóvenes con sus rostros ocultos y voces firmes, cuando una de estas chicas, llevando en hombros a su hijita de no más de tres años, enmascarada y a paso veloz alzó la mano y gritó ¡vámonos! Todas rugimos y así inició.

No quiero que se me olvide que al pasar por el monumento a la Madre, se alzaron los puños y se guardó silencio, que frente a nosotras, en lo alto del Parque Juárez había gente esperando como en ninguna marcha vi, que frente al Diario de Xalapa dejaron bolsas negras amarradas con cinta canela imitando los cadáveres arrojados, con cartulinas que decían: “Prensa machista” “Así nos venden” porque exhiben y lucran con imágenes de feminicidios.

Caminé, prácticamente, todo el trayecto junto al grupo de las grafiteras y me impresionó la rapidez con la que actuaban, eran seis, quizá siete, bajitas, delgadas y ágiles como felinos, en cuestión de segundos, en lo que una trazaba las otras tapaban con pancartas o mantas, sus movimientos eran de bailarinas en coreografía. De pronto se armó la bronca porque una de sus contemporáneas las siguió con el fin de fotografiar sus rostros con todo y paliacates. La atajaron, se empujaron, la otra insistía y gracias a que el contingente mayor gritó ¡no violencia!, la fotógrafa desistió y no pasó a mayores.

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Magali Velasco
El muro de la vergüenza. Foto: Magali Velasco

Y retiemble en su centro la tierra, al sonoro rugir de todas estas mujeres que al pasar por el viaducto gritamos, cantamos y bailamos como auténtico aquelarre. Después sucedió la agresión de un tipo con pañuelos azul cielo y dos varas para golpear (los anti-derechos, como ya les dicen en Argentina y subrayo). El video que está en redes lo dice todo, la rabia del hombre que mostraba el trapo celeste como si fuera su propio miembro, listo a golpear, provocando, deseando el pretexto para, si hubiera pasado, hundir sus varas en cualquiera de nosotras, pero sobre todo, en las más jóvenes. Y así observé rostros de otros hombres, burlones o enojados, pero también por supuesto que vi a muchos hombres jóvenes y mayores, disfrutar con una sonrisa de plenitud, orgullo y conmoción, el paso de las mujeres. Me tocó ver también a los novios que esperaban a sus chicas y las abrazaban como si volvieran de una guerra. Y muchos niños que aplaudían.

Volví a sobrecogerme mientras hablaban los familiares de las víctimas….

La energía de ellas que continuaban bajo la lluvia y nosotras (las de cuarenta y más) buscamos refugio debajo de un techo, la mayoría no soportábamos ya la espalda (no es lo mismo con hernia discal en mi caso), pero ellas, las jovencísimas no paraban de saltar y había una que desde el inicio nos cautivó por el maquillaje fantástico que eligió y los pupilentes grises de gato, era una furia griega, arriba de un montículo de cemento dirigía las consignas y todas contestábamos. El patriarcado. No se va a caer, lo vamos a tumbar.. Los silencios. (falta un puente) Las complicidades de las mismas mujeres al no denunciar que a sus hijas las tocan, las violan. La hipocresía de todos cuando se llenan la boca de las buenas formas, de los buenos modales y el horror que les provocan las vándalas que pintan, rompen, gritan. La parte dolorosa y desquiciante es escuchar a otras mujeres condenar el movimiento, nombrarnos locas pinches viejas, “yo no soy de esas”, “no me representan las feminazis”, “como sus madres no las abortaron a ellas”, y todo lo demás que sabemos.

Me cuenta mi madre que en la iglesia de Puente Jula, Veracruz, lugar donde realizan exorcismos, el sacerdote sustituto dijo recién que las verdaderas feminicidas son las mujeres porque abortan.

Magali Velasco
Mujeres marchando. Foto: Magali Velasco

Qué importa cuántas marchas más hagamos, qué cosas como muros, portones o monumentos se pierdan, con tal de que seamos nosotras las que nos salvemos de lo que Rita Segato ha llamado femigenocidio, porque en tiempos de una pedagogía de la crueldad, dice la antropóloga, “es en el cuerpo de la mujer —o del niño— que la crueldad se especializa como mensaje […] en ellos, como víctimas sacrificales, se sella el pacto de complicidad del poder y se espectaculariza su arbitrio exhibicionista” (2018, p. 21).

La base de las violencias es la desigualdad social, la precarización de las familias, de los sueldos y la ausencia de ellos. Debemos luchar contra todos los discursos que nos cuartan libertad, contra el racismo, la misoginia, la homofobia, la aporofobia, la indiferencia, entre tantos temas. Coincido con Segato en hacer una política desde lo femenino, con la responsabilidad y coresposabilidad de los actantes sociales, recuperando lo doméstico, lo íntimo, lo emocional para trabajar por una comunidad y sí creo que el núcleo somos las mujeres para mover y cambiar sistemas osificados, al recobrar nuestra identidad, autonomía, seguridad, claridad en nuestros discursos y anhelos, responsabilidades y participaciones. Pero tranquila, hermana, que aquí está tu manada.

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