Luis Eduardo Aute

Te lloraremos desconsolados al alba, Luis Eduardo Aute

Este hombre pesimista y elegante, de alguien atribulado por las preguntas existenciales y el paso del tiempo, la vida fue siempre para él “un vértigo y no una carrera”.

Ciudad de México, 4 de abril (MaremotoM).- Luis Eduardo Aute (1943-2020) poseía más melancolía que nadie. Se había quedado en la juventud y cantaba temas en donde te sentías perdedor y el mundo se iba a acabar en ese instante.

He pensado toda la semana en él. No sé por qué, quizás por la melancolía, quizás por el recuerdo que viene en esta cuarentena a perturbarnos. Quizás por esa desgracia adivinatoria filipina que él tenía por demás. Lo cierto es que hoy murió. Y tal vez por ello algo se muere en mí, como esa cosa hippie, sacada del mayo francés, donde pintabas, cantabas, tocabas la guitarra y Silvio Rodríguez te hacía un son de “Me va la vida en ello”.

Mucho tiempo ha pasado desde 1968, cuando el filipino Luis Eduardo Aute diera a conocer su primer disco. Son más de cuatro décadas en las que aprendimos que el lugar de nacimiento a veces es un promontorio casual donde el olvido y la noche exhortan a hacer nido en fronteras lejanas.

A estas alturas nadie se animaría a poner en duda la consustanciación del veterano cantautor con algo que podríamos llamar identidad española, pongamos que hablo de Madrid, por citar a uno de sus grandes amigos y cómplices, Joaquín Sabina.

Claro que a la hora de marcar lealtades en el corazón de este hombre de cuerpo exiguo y largo, fumador empedernido, de mirada triste y  alegre según su interlocutor (vamos, que es de esos hombres de ojo alegre que nunca dejaría de auscultar el paisaje femenino circundante) Latinoamérica era la niña de su alma.

Tanto así que en el famoso tributo Aute, ¡Mira que eres canalla!, un disco doble que salió a finales de los ’90 y que constituye una verdadera joya de la canción de autor en español, fueron muchos los artistas de nuestro continente que no dejaron pasar la oportunidad de rendirle pleitesía sincera a Luis Eduardo.

Por decirlo de un modo más gráfico, hasta el cubano Silvio Rodríguez lo convenció de que una de las canciones emblemáticas del siempre prolífico Aute, “Me va la vida en ello”, era en realidad un son. Y el filipino español que siempre huyó “de los fastos y los oropeles”, no pudo escapar del sino impuesto por su amigo de toda la vida y ahí está la versión “bailable” del maravilloso tema en que el poeta le pide a su amada: “Quiero que me digas, amor, que no todo fue naufragar”.

El artista, que además de pintor consumado, era un cinéfilo incurable (¿se acuerdan de aquella línea en la canción “Mira que eres canalla”: Que reponen La huida, la de Sam Peckinpah con Steve McQueen…?), regaló en uno de sus últimos trabajos el cortometraje “El niño y el basilisco”, un trabajo de 18 minutos de duración, con dibujos animados, guión, dirección y música de don Aute, quien en 2001 presentó el largo Un perro llamado dolor, en esa línea multimedia y a su cargo.

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Este hombre pesimista y elegante, de alguien atribulado por las preguntas existenciales y el paso del tiempo, la vida fue siempre para él “un vértigo y no una carrera”.

Ese “menudo punto filipino” –según definición de Joaquín Sabina- seguía sin soportar escuchar las canciones en su propia versión y, en cambio, gozaba oyendo las interpretaciones de los demás, como me dijo en una de las tantas entrevistas que le hice.

“El homenaje este es un proyecto de Sony, me hablaron hace cuatro años, luego se aparcó el proyecto, luego se retomó y me preguntaron si me parecía bien hacer dúos, pero no quise, lo que quise es que cada uno eligiera la canción que quisieran y que luego la destrozaran a su antojo. Eso han hecho. Nunca escucho canciones mías cantadas por mí. No lo soporto. Sólo puedo escuchar canciones mías cantadas por otros. En este caso no sólo son otros sino que además han hecho un trabajo muy original, muy creativo. A propósito de que el tiempo pone las cosas en su sitio, parece ser que es así, que el tiempo lo pone todo donde tiene que estar. El tiempo también lo destroza todo, ¿verdad?”, preguntaba aquella vez en que se presentaba Giralunas, donde también había un mediometraje de 30 minutos de dibujos del artista nacido en Manila en 1943.

Luis Eduardo Aute
Adiós, querido Luis Eduardo Aute. Foto: Cortesía

Hermosa la versión. Hermosa y rara. Eso es lo que ha hecho la mexicana Natalia Lafourcade de “Slowly”, acompañada por el español Leiva. Artistas como Miguel Poveda, Depedro, Estopa, Leiva, Andrés Suárez, Rozalén y Abel Pintos, entre otros, se quitan el sombrero ante la poesía musical de un gran artista, referencia cultural de las últimas décadas en España y en Latinoamérica, donde era venerado.

“Aute tiene esa capacidad de crear a través de su música, de sus letras y de su manera de componer, imágenes muy bellas, muy poéticas y a la vez muy canallas”, describe Vanessa Martín, otra de las voces que se suman al homenaje con su interpretación de “Siento Que Te Estoy Perdiendo”.

“Hay dos canciones, la de Miguel Poveda (“Prefiero amar”) y la de Soleá Morente (“Aleluya Nº7”), que fueron llevadas al flamenco y eso me sorprendió gratamente, la verdad. Jamás hubiera pensado que alguna de mis canciones podía ser interpretada en tiempos de flamenco. Las demás canciones también son muy originales y de hecho voy a robar unas cuantas ideas del disco”, decía Aute.

¿Habrá sido homenajeado todas las veces que hizo falta? Hace dos años tuvo un infarto y no supimos más de él. Estaba gravemente enfermo. Nosotros, al alba, te lloraremos mucho, Luis Eduardo Aute, entre otras cosas porque ¿quién como tú podía poner Peckinpah en una canción y hacernos creer que la palabra era más fuerte que la vida?

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