Eduardo Antonio Parra

“Tengo una obsesión por narrar la violencia”: Eduardo Antonio Parra

“La escritura de Parra mira con hondura y belleza nuestros terrenos extremos, violenta la ceniza para que el brillo asome”, ha dicho la también escritora Mónica Lavín. Una novela, Laberinto, que describe el miedo feroz en el que vivimos.

Ciudad de México, 11 de diciembre (MaremotoM).- ¿Qué es el miedo? ¿Uno puede vivir todo el tiempo con miedo? Laberinto, esa novela feroz de Eduardo Antonio Parra (León, Guanajuato, 1965), ensaya sobre esa posibilidad y nos deja estupefactos, con ganas de salir corriendo de México.

Un maestro y un alumno se encuentran muchos años después: “Ahora, beben con la misma feroz disciplina, para apagar la memoria, pero ésta se alimenta de un dolor demasiado vivo: de una noche, hace nueve años, en la que dos bandas rivales de narcotraficantes acabaron con su pueblo.

Primero llegaron mensajes a los celulares. No era la primera vez: los narcos anunciaban el toque de queda e inmediatamente después cortaban las comunicaciones. Darío alcanzó a llegar a salvo a casa de sus padres con Norma, su novia. Pero no estaba Santiago, su hermano menor. Desoyendo las súplicas de su familia, decidió salir con Norma a buscar a Santiago. Así empezó su oscura odisea, que no habría de terminar nunca, porque el viaje mismo sería la destrucción de la verde Ítaca”.

Eduardo Antonio Parra
Laberinto, una novela maravillosa sobre el miedo y la búsqueda. Foto: Cortesía

–Tratas muy bien el tema del miedo, que no es terror

–Mucha gente ha sentido el miedo. Obviamente lo he recogido de mucha gente, gente de Culiacán, de Ciudad Juárez, cuando te dicen: La balacera estaba aquí y estaba yo así, te encuentras paralizado, no sabes qué hacer

–Culiacán es una ciudad preciosa, tratando de ver dónde estaba el miedo allí, pareciera ser que todos los mexicanos hemos aprendido a tapar ese miedo

–Yo creo que sí. Se revela sólo en el momento, cuando ya pasó tratas de sofocarlo, pero muchas veces sí, a la hora en que salen las pláticas, sientes cómo le vibras la voz, te lo cuentan pero no como si fuera una gran aventura de sus vidas, reviven la angustia de ese momento

–Tu texto habla de las desapariciones

–Son dos personas, un maestro y su alumno, se encuentran nueve años después en Monterrey. La idea es mostrar cómo un día llegó la violencia y acabó con el pueblo. El protagonista llega a su casa para esconderse y sale a buscar a su hermano. Me gustaba el buscar a alguien en medio de esta batalla. No sé, me llamaba la atención en personajes adolescentes, tratando de pintar una aventura, pero conforme avanza la novela, se convierten en tragedias.

–Pareciera ser que el mundo está constantemente buscando a alguien

–Es cierto. Alguien se te perdió, es una cuestión permanente, aquí es inmediato…

–Tú haces una literatura mucho más sadiana, quizás rulfiana, en el sentido de más profundidad. ¿El dolor te conmueve?

-Quedo agotadísimo. Yo siempre he tenido la idea a la hora de escribir que tengo que meterme mucho en el pellejo de los personajes, tratando de vivir lo que ellos viven. Es una cuestión hipnótica, pero al mismo tiempo muy agotadora. ¿Cómo está viviendo este pasaje este personaje? Y llega un momento en el que sudas mucho…

Eduardo Antonio Parra
Es una cuestión hipnótica, pero al mismo tiempo muy agotadora. Foto: MaremotoM

–En tu literatura ¿cómo ves correrte cada vez más al abismo?

–Siempre estuve en la orilla, desde los primeros cuentos estaba en la orilla de la violencia, pero la violencia me ha rebasado. De repente me cuestiono si hay que seguir escribiendo sobre la violencia o tengo que hacer una novela de amor. Es mi obsesión. Tengo una obsesión por narrar la violencia, que se está volviendo cotidiana.

–¿Tienes fe en la policía, en la Guardia Nacional?

–No. La verdad es que no, la tuve en algún momento, con la guerra de Felipe Calderón. Con la Guardia Nacional lo único que tengo es incertidumbre. Estamos en México, se va a acabar negociando bien con ellos. Lo cual es terrible. No hay aquí ninguna certeza con el tema de seguridad.

–Me parece que el Gobierno comenzó tratando de ignorar el tema

–Sí, totalmente. Fue escandaloso. Cuando anunciaron la ley de amnistía, no se puede, porque esto no pasó hace 10 años, está pasando ahorita.

–¿Qué dirías tú de Laberinto, que está en el Mapa de las lenguas?

–Yo creo que es una muestra de lo que está pasando en el país. A ellos le llegan las noticias, pero son notas muy breves. Al margen del discurso oficial, es lo que está pasando con la población común, en los pueblos pequeños. Creo que me conmueve lo de los pueblos pequeños, porque uno en las ciudades puede esconderse, te metes a tu casa y se acabó. En los pueblos están totalmente desprotegidos, ni siquiera hay prensa para testimoniar lo que pasa.

–¿En este contexto que es más, el dolor o la desmemoria?

–Ay, creo que son las dos cosas. La desmemoria es un mal endémico, en todos nuestros países y hay que dejar registro por esa amnesia. Pero el dolor es terrible, porque es inmediato, lo puedes ver en la gente, lo puedes ver en la calle.

–¿Qué es el norte para ti?

–Es una región que ha estado prácticamente olvidada por los gobiernos, por la gente de centro. Cuando la Ciudad de México piensa algo, no es todo el país. Esa distancia ha hecho al norte muy independiente, pero también lo ha hecho muy aislado.

Fragmento de Laberinto, de Eduardo Antonio Parra, con autorización de Literatura Random House

Campanadas, dijo y sus manos golpearon dos veces la superficie de la mesa, lentas, con intención de acentuar dentro de sí el recuerdo sonoro. Es lo primero que se me viene de aquella noche, siguió con voz de cansancio, como si lo que empezaba a decir acabara de sucederle. Un rosario de campanadas. Una tras otra. Redondas, expansivas, duras; anticipo de la metralla. ¿Ha oído cómo retumba el golpe de una campana en un cielo silencioso, profe?

La pregunta me agarró desprevenido, con la vista más allá de la ventana entreabierta. Me hizo recordar de súbito el cielo casi siempre limpio de El Edén, su plaza llena de bullicio, chiquillos, parejas, familias, vendedores, antes y después de la última misa. Contemplé el pueblo del modo en que uno ve los escenarios y las cosas en sueños, borrosos, irreales, tras haber hecho esfuerzos por intentar olvidarlos.

Pero enseguida se proyectaron en mi mente las fotografías aparecidas en los periódicos los días que siguieron al cerco, las tomas de los noticieros televisivos donde se veían las ruinas del pueblo, los edificios carbonizados, las viviendas hechas polvo y los cuerpos sin vida de muchos de sus habitantes regados por las calles.

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Traté de armar una frase que se quedó en tartamudeo, aunque Darío ni prestó atención: sus pupilas opacas miraban adentro, al fondo de la memoria donde, ahora que contaba por vez primera lo de aquella noche, volvía a sentir, a ver, eso que estuvo detrás de las vibraciones del sonido.

Una tras otra, repitió. Marro aplastando fierro contra el yunque. Llenando de estremecimientos el aire, el suelo, las hojas de los árboles. Colándose hasta los rincones más quietos con terquedad endemoniada. Así las recuerdo, dijo y respiró fuerte antes de continuar: Las oí en la cancha, junto al arroyo. Terminaba de vestirme para regresar a casa luego del partido.

Miró alrededor con desconfianza, comprobó por los murmullos en las otras mesas que nadie lo escuchaba y volvió a fijar en mí sus ojos sin expresión.

Eso fue lo primero, dijo, las campanadas que diario llamaban a misa de siete. Como si el cura o el sacristán o el campanero ignoraran lo que ocurría fuera de los muros de la parroquia. Como si creyeran que los fieles todavía eran multitud. Como si no supieran que el pueblo se estaba quedando desierto y la mayor parte de las casas no eran sino cascarones vacíos. Que los pocos que no se habían largado apenas si tenían valor de salir a deambular sin rumbo por calles solitarias, terrosas, plagadas de casquillos y pequeños charcos de sangre, igual que fantasmas atrapados entre este mundo y el otro.

Carraspeó. Dio una chupada al cigarro sin filtro y sus ojos recuperaron algo de vida, aunque yo sabía que continuaban mirando al interior.

Pasaron ocho o nueve años de aquello, me dije con un hueco en el vientre en tanto lo veía dibujar con los labios una mueca que me recordó su cara de preocupación, cuando niño, antes de un examen. Ocho o nueve años, me repetí, y no ha logrado recuperarse, salir de su maraña de emociones, de la desesperación, de la incredulidad sobre lo ocurrido.

Lo miré. En el transcurso de ese tiempo Darío se había hecho hombre; uno muy distinto al que yo y cualquiera que lo haya tratado de chico hubiera imaginado.

Me resultaba difícil empatar su estampa vencida con la del adolescente atlético, prometedor, impetuoso, seguro de sí, que fue a despedirme a la terminal de autobuses la tarde de mi partida. Tampoco podía reconocer en él al joven tozudo, al héroe de aquella noche, del que me habían hablado llamadas y correos electrónicos de parientes o amigos, algunas notas periodísticas y los paisanos con quienes me llegué a topar en las calles de Monterrey.

Al beber directo del pico de la botella su rostro componía un rictus angustioso, como si fuera un suplicio para él pasar el trago, y sólo se le desvanecía al jalar el humo del cigarro y después expulsarlo en una bocanada recta, rápida, que pretendía llegar al techo.

Lo estudié bien bajo la sucia luz del lugar: más que hombre, se había hecho viejo. Tres o cuatro arrugas profundas le cruzaban el rostro, sus párpados bajos se abultaban en bolsas verde pálido y algunas canas desteñían su cabello ya ralo.

Hice una suma mental; si el día del cerco Darío no había cumplido aún los dieciséis, ahora rondaría los veinticinco.

Pinches campanadas, su voz se adelgazó hasta la agudeza al brotar de nuevo. No se me olvidan. Vuelvo a oírlas noche a noche, esté donde esté. De repente las sueño, sin imágenes, puro sonido, y hago esfuerzos para despertar porque sé que no son sino el anuncio de pesadillas más cabronas… Y en aquella ocasión fueron la señal que desató el infierno.

Darío dio ahora una chupada profunda y aplastó la colilla en el cenicero. Sólo entonces reparé en lo extraño que se veía fumando. Como si el cigarro fuera un añadido erróneo a su personalidad. Un atributo de su vejez prematura. Dijo:

Aún no se desvanecían en el aire los ecos de la última campanada cuando iniciaron los graznidos del altavoz.

Un gesto de incertidumbre quedó congelado en su rostro mientras a mi memoria venían los chasquidos, truenos y ronroneos que salían de esas bocinas ambulantes. Algo semejante al gemir de una barra de fierro arrastrada entre piedras. En el pueblo solía haber una o dos trocas viejas con esos conos metálicos instalados en el techo de la cabina que repasaban las calles anunciando el arribo de un circo, funciones de cine, tocadas, bailes, kermeses, ofertas de almacenes y disposiciones del municipio.

Hasta que estalló la guerra.

Entonces las bocinas cambiaron de giro y comenzaron a advertir a la gente de enfrentamientos entre bandos rivales, de ejecuciones próximas, de viviendas que arderían; o para decretar toques de queda, órdenes incuestionables de permanecer en casa sin abrir la puerta ni acercarse a las ventanas, que en caso de no cumplirse harían peligrar la vida del desobediente.

Me había tocado escuchar un par de veces esas amenazas gangosas antes de abordar el autobús que me sacó para siempre de allí. Nunca supe de quién era la voz detrás del micrófono en la cabina.

Gracias, Renata, dije al ver que la mesera, cuya cercanía advertí hasta que su aroma un tanto rancio tocó mi nariz, dejaba una cubeta con cervezas nuevas del lado de Darío y un ron con hielo frente a mí.

Hubo un intento de sonrisa en la cara fatigada de la mesera, recogió los envases vacíos y echó las ruinas del cenicero en una bolsa de plástico antes de dar media vuelta. La vi caminar de regreso a la barra con pachorra, hinchando sus nalgas desparramadas a cada paso, moviéndose con la pesadez de un tambo lleno de aceite, y sonreí con un deseo añejo.

Darío esperó a que la mujer estuviera lejos para agarrar una de las botellas. No bebió de inmediato. Primero se puso a contemplar los grumos de escarcha que escurrían por el vidrio. Cuando se convenció de que estaba bien fría, la llevó a los labios y bebió hasta vaciarla haciendo bailar la nuez de su garganta. Se limpió un resto de espuma con el dorso de la mano. Sus pupilas brillaron por primera vez en la noche, aunque fue un destello momentáneo: pronto volvieron a la opacidad, y comprendí que continuaba…

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