Tokyo Vice

Tokyo Vice: Michael Mann y un periodista en la noche Yakuza

Nadie filma un club nocturno u (transmite la forma en que el poder y el deseo fluyen entre los clientes) como Mann, utilizando sutilmente la luz, la sombra y las siluetas para establecer su entorno sombrío, donde nada es exactamente lo que parece. La base estética que establece para toda la serie es, de hecho, tan conmovedoramente económica y equilibrada que es casi inevitable que las siguientes entregas, aunque hábilmente dirigidas por Josef Kubota Wladyka (Catch the Fair One y The Terror) y Hikari, no puedan igualar el estilo: la impresionante elegancia del estreno.

Ciudad de México, 11 de julio (MaremotoM).- Hay un desafío inherente a la hora, de llevar a cabo, la contratación de una leyenda viva de la dirección cinematográfica para dirigir el primer episodio de una serie de televisión, ya sea, porque sea potencialmente sólo una serie limitada o tenga las piernas musculadas, para funcionar durante años.

Si se ha contratado al director; es probable que esté allí para llevar su estilo particular a la pequeña pantalla. Ese toque personal tan especial, que podría convertirse en un obstáculo, para quienes dirijan episodios futuros. ¿Puedes replicar el estilo de otra persona? Ustedes tienen la respuesta.

El nuevo drama de HBO Max Tokyo Vice (2022) se encuentra en un punto crítico —concretamente— difícil destino, tras el final de su episodio piloto, porque como muchas series y films de prestigio, tiene un gran nombre detrás de la cámara: nada menos que el ínclito Michael Mann de Heat (1995), Collateral (2004), The Insider (1999) y, ¡Síii! Miami Vice (1984), tanto el programa de televisión como su conversión en film de culto Miami Vice (2006).

Mann es un cineasta querido y trabajando dentro de un género que ha manejado en muchas ocasiones y al que, en este capítulo debut le da un toque con relativas reminiscencias de la fascinante Black Rain (1989), de  otro cineasta en activo y portentoso: Sir Ridley Scott con un Michael Douglas altanero y estupendo.

El dibujo de la industrial y futurista Osaka, es la ciudad nocturna que nos pinta: fascinante e hipnótica; tan imponente y grandiosa como decadente y sórdida. Y la maestría no se limita a la fotografía: inolvidable es también su densísima atmósfera sonora (apabullante el festival de sonido de la factoría metalúrgica).

Completaba aquel trío protagonista un soberbio Ken Takakura en el papel del adusto agente Matsumoto. Sato (Yusaku Matsuda), un peligroso Yakuza. Todo ello sazonado de una espléndida BSO de un incipiente y joven Hans Zimmer. Sin embargo el título de “Tokyo Vice” implica similitudes temáticas, el programa rara vez alcanza las alturas de su episodio inicial. Sorprendentemente, se debe menos a quién está detrás (o no detrás) de la cámara y más a la figura central en la pantalla.

Michael Mann regresa a la escena del crimen urbano de la pantalla chica con Tokyo Vice, cuyo título implica una conexión con su icónico éxito de los 80, Miami Vice. Empleando, todo lo citado anteriormente, a su repertorio de líneas visuales diagonales, grades enfoques profundos y primeros planos intensos. A menudo enmarcados contra las caras de sus sujetos o sobre sus hombros derechos, para crear un compromiso contundente con la acción en cuestión. Hay una fugacidad dinámica en su trabajo de cámara de mano, que se desliza y hace zoom con cristalina nitidez y eso se combina con una estructura de montaje rápido, pero sin ser apresurado; su corte sugiere miedo, frustración, alienación, agotamiento e ira sin necesidad de una sola palabra correspondiente.

Nadie filma un club nocturno u (transmite la forma en que el poder y el deseo fluyen entre los clientes) como Mann, utilizando sutilmente la luz, la sombra y las siluetas para establecer su entorno sombrío, donde nada es exactamente lo que parece. La base estética que establece para toda la serie es, de hecho, tan conmovedoramente económica y equilibrada que es casi inevitable que las siguientes entregas, aunque hábilmente dirigidas por Josef Kubota Wladyka (Catch the Fair One y The Terror) y Hikari, no puedan igualar el estilo: la impresionante elegancia del estreno.

Si, como el titular y la foto de este post, es obvio, que nos dejan, al protagonista de Tokyo, el estupendo actor Ansel Elgort, en el papel del periodista y creador de la historia, que tratamos, en de la vida real, Jake Adelstein. Su libro, del mismo nombre, sirve como fuente de inspiración a todo el proyecto. Elgort, dependiendo de cómo se mire, está en lo más alto después de haber protagonizado la superlativa nueva versión de West Side Story (2022) de Steven Spielberg o se está convirtiendo en una especie de persona non grata en la industria, después de que se le imputaran acusaciones de agresión sexual en los últimos dos años. Dejemos el hilo de los folletines corales de Hollywood, porque estamos hablando de un producto audiovisual notable.

Siguiendo el recorrido visual de su presentación de la mano de MM, él, nunca dirigió técnicamente episodios de su icónico programa policial de los 80 Miami Vice. Amén, de descartar la estética visual de la vieja serie de culto con la nueva serie, que tenemos delante. Tokyo Vice es una historia muy diferente a la de Miami Vice. A pesar, de pequeñas esas pequeñas complicidades.

Tokyo Vice
Una de las grandes series de HBO Max. Foto: Cortesía

El Tokio de principios del siglo XXI (la mayor parte de la primera temporada tiene lugar en 1999) parece haber sido construido para que Mann lo filmara, con sus abundantes superficies frías de vidrio y metal y su abundante señalización de neón. Hay planos realmente magníficos, particularmente, una de cuatro trenes diferentes que pasan por el mismo lugar a la vez mientras un hombre está de pie enmarcado por todas las vías; la cámara se retira y vemos que el hombre ha sido asesinado a puñaladas por una cuchilla anticuada, en contraste con este telón de fondo moderno.

Al igual que cuando estamos en la sala de redacción del periódico, el club de anfitrionas, la comisaría o uno de los lugares de reunión del equipo de Sato (curioso nombre el del malvado), ese primer episodio proporciona otro ejemplo de la eficacia con la que Mann describe a las personas siendo buenas en su trabajo.

También saca a relucir una vivacidad en Elgort que no está del todo presente cuando da paso en episodios posteriores a los directores Josef Kubota Wladyka y Hikari. La aceleración y capacidad enérgica de la serie, en su conjunto, desciende y se vuelve más accesible y previsible: la trama se apoya en clichés de múltiples tradiciones de la cultura pop. Pero en Tokyo Vice, Jake Adelstein está destinado a ser lo suficientemente astuto como para detectar una conspiración más grandiosa que va más allá incluso de una serie de muertes misteriosas muertes —que la mayoría de los policías japoneses— se niegan a explorar como asesinatos (incluso en el caso de uno en el que un hombre fue asesinado).

Claramente apuñalado y, sin embargo, lo suficientemente ingenuo como para no darse cuenta, aunque demasiado tarde —que su investigación— traerá daños colaterales desgarradores. Resumiendo,  Jake está destinado a ser un personaje muy tridimensional, pero que se lee como mucho menos participativo debido a su estilo. No debería ser tan agradable ver a Jake, en un episodio de mitad de temporada, ser golpeado un poco durante una lección de artes marciales. Y sin embargo, ocurre. Michael Mann, así como los otros dos directores, Hikari y Josef Kubota Wladkya, que dirigen los otros cuatro episodios, dan vida a ese Tokio de una manera tan cautivadora que a menudo es tan agradable ver este programa como participar, en el modo de esa vida, tan espídico y embriagador a golpe de neón.

Tokyo vice
Libro de Jake Adelstein es base de la serie. Foto: Cortesía

Basada en el libro de no ficción del periodista Jake Adelstein, la serie lleva a los espectadores a las profundidades del sórdido Tokio de los 90. El día que Adelstein fue contratado como reportero becario para Yomiuri Shimbun, describe haber sido tomado bajo el ala de Sekiguchi, un detective mayor. En 1993 Adelstein fue inicialmente asignado al “pegajoso” Saitama y las memorias cubren los siguientes doce años como miembro del personal del periódico, describiendo semanas laborales de 80 horas, la complejidad de las relaciones e interacciones entre los reporteros del crimen y la policía.

Los casos específicos involucran la búsqueda del asesino de Lucie Blackman y las memorias también detallan las amenazas de muerte, una vez que  publicó un artículo sobre Tadamasa Goto. También descubrió que la prefectura de Saitama estaba alterando los datos científicos sobre la contaminación con dioxinas. Cualquiera que sea el caso, Elgort logra impresionar una vez más con la variedad de sus actuaciones acompañadas de su estupenda apariencia juvenil.

Sus mechones más largos y rizados en Tokyo Vice denotan un tipo de personaje muy diferente al que ha interpretado antes. Elgort dixit: —Michael Mann, establece un ambiente atractivo y particularmente elegante que me atrajo de inmediato. La serie se distingue de la amplia gama de series en streaming  al proponer, un elegante, prestigioso y especifico rodaje todo realizado en Tokyo ciudad completamente filmada en Tokio. Jake parece tranquilo y sereno e insiste en encender un cigarrillo primero para pensar las cosas que tiene en mente. 

Tokyo Vice está lleno de algunos personajes excepcionalmente bien escritos y fascinantes. La vida hogareña de Hiroto Katagiri (Ken Watanabe, The Last Samurai, Memorias de una Geisha, Inception) —con su familia— es encantadora y lo hace querer significativamente contra su duro exterior.

Sato (Sho Kasamatsu), uno de los capitanes de las pandillas, está obsesionado con los Backstreet Boys hasta un punto hilarante. Su amor me hizo dudar del significado lírico que había detrás de “I Want It That Way”, en el que creo que nunca había pensado tanto.

Te puede interesar:  DIARIO DEL MUNDIAL | Qatarsis

Como la única protagonista femenina, Rachel Keller (Legion y Fargo) interpreta a Samantha, una anfitriona que trabaja en el club nocturno Onyx y anhela escapar y abrir su propio club. No quiero pasar por alto otro de esos personajes femeninos que divaga entre el concubinato y contoneo de la femme fatale occidental que se sobrevive entre los gangs yakuzas, la hermosa Polina, que interpreta la joven actriz Ella Rumpf (Freud y Succession).

En un proyecto menor, uno asumiría de inmediato que se convertirá en el interés amoroso de Jake, pero ese no es el caso aquí, ya que los escritores optan por darle a Samantha un papel mucho más jugoso e intrigante en la historia más amplia que se desarrolla. Es cierto que Tokyo Vice es una serie lenta; que se toma su tiempo en todas las formas imaginables. Juega las cosas de cerca, con cuidado de revelar cada nueva información justo cuando es el momento adecuado.

El showrunner del proyecto, J.T. Rogers se sumerge profundamente en los personajes principales y colorea el mundo de Tokio con una energía vibrante que supera la intención turística. Se siente como una comprensión clara de este mundo y cómo funciona, o al menos el propio punto de vista de Jake para comprender su funcionamiento interno.

A medida que el recuento de cadáveres sigue aumentando, el peligro acechante amenaza con acercarse tanto a Jake como al espectador. Cuando comienza el segundo episodio, se nos regala una introducción adecuada que actúa como un tapiz en movimiento del arte japonés. Una audiencia docta y con buen gusto artístico y cinéfilo, que sea paciente, va a ser una experiencia placentera el visionado de Tokyo City. Se trata de periodistas, mafiosos, policías y chicas de bar, gente que sabe cómo presionar botones para obtener lo que necesita.

Tokyo vice
Ken Watanabe y Ansel Elgort, los protagonistas de Tokyo Vice. Foto: Cortesía

Otro de los grandes aspectos más interesantes del show es el hecho de ver a un Elgort algo perdido en los primeros episodios, lo que hace que en su estreno, se sienta más, como un cuento anticuado de “pez fuera del agua” o “choque cultural” de lo que se convierte finalmente el programa cuando Jake se adapta a su papel único en el periódico y los escritores permiten que otros personajes tengan recorrido que ofrecerle; más allá de cómo impactan al protagonista blanco.

Mientras convence a su editor para que investigue una serie de suicidios en la ciudad, tiene la costumbre de parecer enterrado en el material, pero eso podría ser parte del punto: que ésta es la historia de un joven que fue empujado a un mundo eso era mucho más complejo de lo que podría haber imaginado y encajaba con la mirada ocasionalmente perdida de Elgort.

El chico de Missouri padece haber mudado su funda, como una serpiente de su vieja América y comienza a ser otro alfiler, entre los pasos de cebra, abarrotados de ejecutivos con gabardina beige, que saluda a los compañeros. No está de menos, mencionar al resto del elenco que configura la estupenda Tokyo Vice, el inefable, Ken Watanabe —citado anteriormente—, como el veterano detective de la división del crimen organizado en Tokio que se hace amigo de Adelstein, ayudándolo a investigar algunas historias relacionadas con un inframundo Yakuza que es tan poderoso que básicamente pueden dejar cuerpos asesinados a la vista y saber que nadie informará la verdad sobre ellos.

Watanabe aporta un centro de gravedad que equilibra  que da aplomo al  enfoque de joven cachorro con los ojos muy abiertos de Elgort; lo que permite que el programa se convierta en un extranjero que puede meter con más facilidad su cabeza más de lo que implica el incómodo estreno.

De hecho, el programa se enriquece a medida que se aleja de la cultura japonesa que Adelstein no comprende plenamente y deja que los personajes se desarrollen en ella. Tomemos como ejemplo al joven soldado Yakuza llamado Sato, interpretado por la futura estrella Shô Kasamatsu, quien ofrece una de las actuaciones más impresionantes de un recién llegado a la televisión en años. La historia de Sato es más interesante que la de Jake, pero el programa realmente se eleva cuando los empareja, ya sea por escenas directas, en las que tienen una fascinante química de amigos o en lo que podría considerarse pistas paralelas, de dos jóvenes aprendiendo las cuerdas de sus organizaciones.

Kasamatsu es fascinante, brindando una actuación que nunca es llamativa pero imposible de quitar de la vista. La relación de Jake con Katagiri se desarrolla al mismo ritmo gradual y natural que su vínculo incipiente con la anfitriona del club nocturno Samantha (Rachel Keller) y su cliente cariñoso frecuente, el secuaz del capo Ishida, su machaca, Sato (Show Kasamatsu).

Tanto Samantha como Sato están en su propia agua caliente, la primera debido a un pasado que no permanecerá oculto (lo que amenaza sus grandes planes para el futuro) y el segundo debido a las crecientes tensiones entre Ishida (Shun Sugata, magnífico actor con gran recorrido en Japón) y Tozawa (Ayumi Tanida, otro fantástico actor japonés). Un triángulo amoroso entre Jake, Sato y Samantha parece inevitable, pero al menos en sus primeros cinco capítulos, Tokyo Vice se niega a recurrir a giros inesperados. En cambio, su enfoque principal está en la navegación de sus personajes por un entorno plagado de misterios enterrados bajo capas de rituales y códigos de conducta, el más apremiante de los cuales, para Jake, se refiere a las muertes antes mencionadas, que deduce, podrían están vinculadas a un préstamo.

El choque entre el individualismo de Jake y el respeto de la sociedad japonesa por la lealtad, la obediencia y la conformidad es central en Tokyo Vice, cuyo drama se ve reforzado por su familiaridad con las costumbres culturales cotidianas. El show se preocupa, tanto por cómo se siente vivir en Japón, especialmente, como estadounidense, como por las complejidades de los dilemas del código Yakuza, de Jake y Katagiri. Al proporcionar una entrada a un mundo extraño que es a la vez fácilmente reconocible y, sin embargo, difícil de comprender por completo (una noción amplificada por el diálogo que está predominantemente subtitulado), la serie genera seducción al provocar constantemente cosas tentadoras: bombas, peligro y una mayor comprensión del tiempo de su entorno.

Convenciones honradas, sin recurrir jamás a exposiciones aburridas o tramas toscas. Al igual que la versión cinematográfica de Miami Vice de Mann, Tokyo Vice está enamorada de la noche y, en particular, de las imágenes de hombres resueltos paseando por calles oscuras y locales nocturnos iluminados con luces de neón. En ese y muchos otros aspectos, juega como una serie de novela negra sobre la búsqueda de uno mismo y la verdad por parte de figuras demasiado convencidas de sus propias habilidades, demasiado comprometidas con sus propios principios y demasiado acosadas por sus propios demonios para preocuparse por el peligro que corren.

Mann vuelve a cortejar un territorio que conoce mejor que la palma de su mano y se siente muy cómodo. Es un trabajo de puro romanticismo manierista de la vieja escuela machista —no apta, para los bienpagados del casoplonismo— de intrépidos seductores, uno en el que los cruzados, hacen lo que saben y actúan porque es necesario.

De igual modo, que se sienten culpables por sus errores, pero siguen adelante. Un proceso que, como Katagiri le deja claro a Jake, por regla general, requiere de una buena dosis de alcohol —como los tipos duros de parvulario del Noir japonés de los 50— para aliviar el dolor y la frustración de un mal día. Empero, la belleza que dispara esta serie prodiga entre la mística y el relativo glamour del estilo de vida Yakuza, es decir, al otorgar el mismo enfoque a la brutalidad de la fuerza bruta de este mundo y al costo emocional que afecta a todos, desde las víctimas de la Yakuza hasta las familias de los miembros individuales.

En el fondo, Tokyo Vice esboza un retrato más amplio de la sociedad diversa y competitiva de aquel Japón que deslumbraba al resto de países desarrollados al convertirse en la primera potencia económica de los 70 y 80. Una hegemonía económica mundial que duró hasta el cataclismo de 1989, corporaciones y multinacionales implicadas en escándalos que quebraron el orgullo de una nación triturada tras la IIGM y levantada de sus cenizas. La crónica de un hundimiento que ha dejado un nuevo mapa de la globalización de la economía y la forma de relacionarse un país, donde, política y clanes mafiosos son parte de este intenso recorrido.

La despensa que surtió de grandes chorros de tinta la obra de Adelstein, el cual,  refleja parte de ese retrato sociológico y antropológico. 30 años después, la economía del sol naciente, aún no ha levantado cabeza. Su vecino de enfrente, la China maoísta adicta al capitalismo, le ha robado la cartera. De igual modo, que la épica de sus malvados Yakuza son parte del escenario más cercano al postureo de Instagram; que la ferocidad criminal que inspiró grandes obras audiovisuales. Aquella que operaba en las sombras de los rincones más opacos de una sociedad hermética y herida; son carne de geriátrico y redes sociales.

Fuente: https://200mghercianos.wordpress.com/ Original aquí.

Comments are closed.