Álvaro Enrigue

Tu sueño imperios han sido, entre el dolor y la alegre lucidez

Álvaro Enrigue escribe las circunstancias en que se hizo su nueva novela. Vuelve uno de nuestros mejores escritores, con Tu sueño imperios han sido, editada por Anagrama.

Ciudad de México, 21 de octubre (MaremotoM).- Cuando llegó a Nueva York la orden de encerrarnos en casa por lo del virus, llevaba año y medio bajo el yugo de una depresión sorda e insobornable.

Estaba escribiendo una novela triste como un viernes santo y la cuarentena me produjo una pequeña liberación, que tal vez confundí con la alegría: la vida no estaba dada, acaso no fuera insoportable. El optimismo, por modesto que sea, es gasolina. Volví a cocinar, volví a correr. Tal vez porque volví a fumar, se me antojó escribir un cuento. Algo que no me había ocurrido en veinte años.

Álvaro Enrigue
Álvaro Enrigue cuenta las circunstancias en que ha escrito su novela. Foto: Cortesía

El relato tenía vocación fantástica y se llamaba “Señora”: tengo frente a mí el cuaderno en que lo empecé. Quería discutir de manera tangencial el problema que suponía para los mexicanos celebrar o no la caída de Tenochtitlán, que cumpliría 500 años en dos veranos. Era un cuento que conversaba con “La culpa es de los tlaxcaltecas”, de Elena Garro.

En mi relato, Diego Rivera sufriría un patatús y despertaría en la capital mexica el día en que entraron los españoles –la Tenochtitlán histórica, no la renacentista que el pintor inventó para sus murales–. Pensé en terminarlo antes de agosto para poner el balón en juego en los 499 años de la rendición del emperador Cuauhtémoc.

Escribí una parte en que Rivera comía su desayuno maltratando a la criada indígena antes de irse a enaltecer mexicas con el pincel. Luego escribí, para comenzar a trazar paralelas, una escena en que los conquistadores, recién llegados a Tenochtitlán, almorzaban con la emperatriz en un acto diplomático que antecedía a la célebre conversación que Cortés y Moctezuma tuvieron esa noche. Ensayé un tercer relato paralelo en que el emperador, desgreñado, deprimido y con un humor de perros, se comía un taco de chapulines en el comedor real. La emperatriz entró al salón como una tormenta y con ella entró en mi cabeza una novela. Taché lo de Diego Rivera –aunque alguito quedó al final– y seguí escribiendo.

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Álvaro Enrigue
Tu sueño imperios han sido. Foto: Cortesía

Cuando llegaron los 499 años el libro era todavía una serie de escenas inconexas redactadas a mano en un cuaderno. Pensé que podría llegar a tiempo al aniversario redondo, pero me trabé en la última parte de la novela. Tal vez haya sido que no sé escribir bajo presión, pero creo que más bien fue que estábamos todos siempre en casa y mi hija batallaba tanto con la educación a distancia que terminando la escuela no podíamos más que planear y cocinar cenas magníficas.

Seguí trabajando en el libro, pero con desgano, a deshoras y sin ninguna claridad. Todos los finales que ensayé o pensé me parecieron exagerados, obvios, indignos. Mi problema, aunque no lo había entendido, era que aunque la novela parezca muy seria por lo minucioso de la investigación histórica que la sostiene, en realidad es una ópera bufa de punks contra teddy boys y yo quería que ganaran los punks, que, como siempre, perdieron.

En febrero de 2020 tuve una crisis de ciática. Me recetaron un coctel de analgésicos que incluía, por dos semanas, una dosis constante de oxicodona. No me quitaba el dolor, pero me producía una alegre lucidez que lo hacía llevadero. En la universidad estaba dando, a distancia, una introducción a la literatura latinoamericana, en la que leíamos a los titanes del siglo XX. De los cuentos fantásticos de María Luisa Bombal a la historia alternativa de México en El mundo alucinante de Reinaldo Arenas. Leía en la tina porque el agua caliente disolvía el dolor. La claridad del opio hacía el resto del trabajo. Reviso las notas en el cuaderno de esas clases y son detalladas, sagaces, guerreras.

Fue preparando la lección sobre El Aleph que recordé que, en el origen, el relato que estaba contando había sido fantástico. Entonces se me reveló, como una cascada de luz, el final del libro y todos los arreglos que había que hacer para que encajara. Volví al estudio con denuedo.

Igual no sé escribir bajo presión. No llegué a los 500 años, ni siquiera a los 501.

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