Ulrike Ottinger

Ulrike Ottinger: Viajera aventurada de mundos diversos

“Me interesa la transferencia de culturas, los caminos interesantes que recorren las ideas conformando sociedades”, declara esta realizadora de 26 films, entre cortos de 12 minutos y producciones que pueden llegar a las 12 horas.

Ciudad de México, 15 de agosto (MaremotoM).- A los 78, estrenando en marzo su último filme –Paris Calligrammes– poco después de recibir en febrero pasado la Berlinale Camera en ese importante festival de cine, Ulrike Ottinger, figura de proa de una auténtica vanguardia fílmica, no parece dispuesta a retirarse. Pintora, diseñadora, fotógrafa, escritora, directora de cine y de teatro, viajera curiosa y arriesgada hacia mundos diversos, Ottinger recibió con una sonrisa jubilosa ese trofeo berlinés que rinde homenaje a personalidades que han hecho una contribución impar al llamado séptimo arte. Ella, como siempre, hecha una dandy con sus sobrios trajes pantalón, de chaleco y camisa impecables, anillos con grandes piedras en el dedo mayor de cada mano, rebeldes rizos grisáceos sobre la frente.

Habitualmente cordial y serena en las entrevistas, abierta a todas las preguntas, llana y paciente, Ulrike en cambio se manifiesta como creadora exuberante y subversiva en sus films, en sus puestas teatrales. Aunque feminista desde muy joven, algunos de sus filmes de antaño shockearon a representantes ortodoxas del movimiento. Pero ella nunca se arredró: “En pleno apogeo del feminismo de los ’70, alguna mujeres se escandalizaron, por ejemplo, con Madame X. No advirtieron que yo estaba en busca de alternativas y cuestionamientos, que no quería sentirme atrapada por nuevas nuevos límites y reglas. Llegaron a decir que yo estaba en contra de la causa de las mujeres, cuando era todo lo contrario. Siempre he querido expresarme con libertad artística, sin entrar en una bajada de línea ideológica ni en un eslogan. No es esa mi forma de hacer cine ni ningún otro arte”.

Ave rara, migratoria, desprendida de la bandada y, sin embargo, integrándose siempre a nuestro planeta a través de territorios que ella prefiere llamar diversos, pero nunca exóticos porque piensa, con el extraordinario poeta viajero (médico, arqueólogo, sinólogo…) Victor Segalen, que todo depende del punto de vista. Con ese espíritu ha convivido con nómadas de Mongolia, documentó una boda coreana, se hundió en la nieve de Echigo, siguió las huellas del escritor y botánico Adelbert von Chamisso…

“Me interesa la transferencia de culturas, los caminos interesantes que recorren las ideas conformando sociedades”, declara esta realizadora de 26 films, entre cortos de 12 minutos y producciones que pueden llegar a las 12 horas. “Solo existen mezclas, no hay culturas totalmente separadas, en estado puro. Siempre me han intrigado estas formas de mestizaje que florecen en una intersección en particular, y no en otra. Aspiro a que la gente de otras culturas que suelo filmar se reconozcan en la pantalla”.

Casi en paralelo al reciente Festival de Berlín se programó una breve retrospectiva de la artista en las dos salas de Cinegraph, un soñado refugio para cinéfilos en el número 7 de Ludlow Street de Manhattan, donde también se produjo el preestreno de París Calligrammes. El exigente crítico del New Yorker, Richard Brody, saludó en la ocasión a Ottinger, “como una de los cineastas modernos más importantes y desafortunadamente menos conocidos”.

Ulrike Ottinger
Freak Orlando, sobre los textos de Virginia Woolf. Foto: Cortesía

En la segunda mitad del siglo XX Ottinger se suma, pues, a la tradición de aventureras viajeras que arrancó probablemente con Egeria, la monja gallega peregrina que en pleno siglo IV se lanzó durante tres años por los caminos del Cercano Oriente, siguiendo la pista de los lugares bíblicos y dejando constancia escrita –se adelantó mediante un primer libro de viajes al mismísimo Marco Polo– de su audaz gesto de suprema libertad.

A Egeria la siguieron varias damas exploradoras tan intrépidas como Catalina Erauso –la Monja Alférez– en el XVII y, más adelante, ya en el XIX, esa serie de ladies con Mary Kingsley a la cabeza por su arrojo y desprejuicio, seguida de Ida Pfeiffer, Alexine Tinne, May Sheldon y otras bravas expedicionarias que enfilaron hacia África, mientras que Mary Montagu, Hester Stanhope o Anne Blunt emprendieron rutas orientales, todas ellas sorteando incontables obstáculos. Ese espíritu curioso, buscador, temerario, acaso encontró su máxima expresión en Isabelle Eberhardt, la bella joven suiza que halló su identidad antes de morir a los 27 en el sur de Argelia, entre los beduinos, con ropas masculinas árabes, convertida al Islam…

Ulrike Ottinger (Constanza, Alemania, 1942) se incorpora gozosamente a estas huestes en pos de otros horizontes y lo hace en plena eclosión del feminismo en Europa y los Estados Unidos. Por cierto, Ulrike siempre fue una feminista atípica, tirando a marginal que –por ejemplo– cuando algunas cineastas comprometidas con la causa hacían películas un tanto ombliguistas sobre cuestiones específicamente femeninas o didácticamente agitadoras, ella se permitía realizar la antes citada Madame X, una soberana absoluta (1978), acerca de una pirata china que maneja su propio juego con el poder aprovechándose de estructuras patriarcales; o Retrato de una alcohólica (1979, título traducido en algunos países como Boleto de ida), donde una hermosa señora sumamente chic decide dejar París un día de sol, abandonar su pasado y cumplir el deseo de vivir bebiendo en una ciudad desconocida, Berlín, siguiendo un folleto turístico, que emplea como itinerario etílico…

De Madame X dijo arrebatada la escritora Patricia Highsmith: “Severa e implacable belleza, cruel reina sin corona en el Mar de China, ella promete oro-aventura-amor apelando a todas las mujeres para que se atrevan a cambiar sus cómodas vidas insoportablemente aburridas, por un mundo lleno de peligros e incertidumbres, pero también de diversión y correrías. ¡Reivindico a Madame X, ingeniosa, sarcástica y, a pesar de todo, romántica!”. De su propio y personal ideario declara UO: “Creo que las mujeres deben tener derecho a todas las alternativas posibles, a liberarse para hacer las cosas que realmente deseen. En consecuencia, soy feminista. Por otra parte, mi trabajo parece ir de acuerdo con lo que se ha dado en llamar la práctica del queering: quizás esta apreciación se deba a que muestro el mundo desde una perspectiva diferente a la percepción convencionalmente establecida”.

Ulrike Ottinger
Durante su muestra en La Berlinale. Foto: Cortesía Facebook

Ottinger permaneció en Constanza durante su infancia y adolescencia. Hija de un padre pintor que la llevaba a exposiciones y de una madre que le aportaba la música y el lenguaje, su gusto por las artes visuales y la literatura se despabiló tempranamente.

De hecho, la niña Ulrike fue un poco forzada a aprender el violín (un tío violinista había muerto en Auschwitz y había que retomar esa herencia), pero ella supo rebelarse: a los 12, antes de dar un concierto, mandó a pasear su violín por el Rhin, la corriente se lo llevó…

Mujer muy independiente, traductora de varios idiomas, la madre inicia a la chica en la pasión por los viajes: van juntas a Suiza, España, Holanda, Portugal. Ulrike recuerda un barco para doce pasajeros entre los cuales una señora lánguidamente instalada en su reposera recitaba de memoria fragmentos de La montaña mágica, de Thomas Mann, con el segundo oficial rendido a sus pies…

En Constanza, zona de ocupación francesa en la posguerra, la adolescente conoció a un grupo de jóvenes de ese origen, pos-surrealistas que la alentaron a irse a París a los 19, donde estuvo de 1961 a 1969, conociendo a personajes legendarios como Ré Soupault (“una diosa en los círculos vanguardistas no solo por sus trabajos fotográficos y sus inquietudes etnográficas, sino también por su actitud político-artística”) o Fritz Picard (escapado de Berlín desde 1938) que fundaría en París su fantástica librería donde “los volúmenes apilados formaban columnas hasta el techo, como sosteniendo la bóveda”.

Ulrike Ottinger
Su muestra en La Berlinale. Foto: Cortesía Facebook

En París, Ottinger estudia historia del arte, pinta, expone, se enamora del cine, adora las películas de Erich von Stroheim (“¡Ahí quiero ir!”, afirma que pensaba por ese entonces). Y se decide: “La idea de convertirme en cineasta me vino cuando conocí el cine expresionista alemán, a Luis Buñuel, la Nouvelle Vague”. Esa gran estadía de aprendizajes y revelaciones inspira su film Paris Calligrammes, presentado justo antes de que explotara mundialmente el coronavirus.

Desde 1973, UO, cuando no viaja, vive en Berlín. Ha hecho films incomparables navegando entre el documental y la ficción. Ha tomado miles de fotografías y ha estudiado en profundidad  otras culturas, se ha interesado por la historia de las religiones, por los orígenes de las lenguas asiáticas. Y también ha encontrado tiempo y energías para hacer la régie de una ópera en Bonn, Effi Briest, de Iris ter Schiphorst y Helmut Oehring (sobre la novela de Theodor Fontane, que fuera filmada por Rainer Werner Fassbinder), en 2001; también para dirigir tres obras de Elfriede Jelinek: Los adioses (2000) con el Berliner Ensamble, Deseo y permiso de conducir (1986) y Clara S (1983, tragedia musical sobre la mujer de Robert Schumann, Clara Wieck, pianista y compositora de talento, postergada a la sombra de su célebre marido). En 1999, Ottinger llevó a escena la farsa mágica La fiesta de compromiso en el reino de las hadas, de Johann Nestroy. En todos los casos, la artista diseñó las correspondientes escenografías.

Juguemos en todo el mundo

Desde sus primeras producciones cinematográficas –Fiebre de Berlín (12’, 1973), La seducción de los marineros azules (50’, 1975), Laocoonte & Hijos: La historia de la transformación de Esmeralda del Río (50’, 1975)–, Ulrike Ottinger desarrolló una autonomía infrecuente en el medio y la mantuvo contra los vientos y las mareas del mercado, conquistando el respeto y la admiración de la crítica más rigurosa, mereciendo reconocimientos y galardones dentro y fuera de su país. Retrospectivas de su obra fílmica y fotográfica se han programado, entre otros lugares de prestigio, además de festivales de cine, en la Bienal de Venecia y en Documenta Kassel, la Cinemateca Francesa y el Centro Pompidou, en el MoMA de Nueva York y el Museo Reina Sofía de Madrid, eventos en los que ha despertado una admiración cercana al fanatismo.

Curiosa y sin preconceptos, ajena a toda forma de solemnidad, siempre abriéndose a nuevos temas, a paisajes desconocidos, capturando las resonancias de la historia en la actualidad, sensible a rituales y mitologías, recurriendo desinhibidamente a todas las artes, con un oído finísimo y muy entrenado para las bandas de sonido de esas películas suyas donde sabe conjugar culturas y épocas diferentes. Con frecuencia remitiendo a viajes en el tiempo y el espacio, a estaciones,  trenes, barcos, aviones… “Mi trabajo abarca intereses diversos –dice ella–. Hay temas que me parecen tan interesantes que no los puedo agotar en una sola obra. Entonces, los encaro desde diferentes lados: hago una película de ficción y un documental, también puedo tomar fotografías. El cine tiene sus propias leyes, a lo largo de la tarea se va advirtiendo qué es lo que encaja bien y lo que no. Para crear un mosaico, tengo que tomar cada piedrita cinco veces en la mano, hasta que se ensamble: un trabajo sumamente complejo lograr que cada piedrita complemente a la otra en la imagen. A veces, debo apartar piedras preciosas que pueden ser joyas por sí mismas, pero que no se integran al todo.”

Ulrike Ottinger
El nuevo cine alemán. Foto: Cortesía

La polémica suscitada en 1978 por Madame X, una soberana absoluta (141’) resultó finalmente favorable para la difusión de esta producción protagonizada por Tabea Blumenschein que Ottinger realizó en plan de comedia, con trasfondo crítico, según su propia interpretación del feminismo: “Yo misma fui actora dentro del movimiento, de ninguna manera estaba en contra. En todo caso, me oponía a –¿cómo llamarlo?– un marxismo vulgar. Formulé mi escepticismo humorísticamente en una comedia con espíritu de pertenencia, pero también haciendo un análisis no complaciente. Creo que para muchas mujeres fue algo nuevo y revulsivo imaginarse distintas y más libres. Por eso se dio esa reacción vehemente contra este film, en contra y a favor”.

A años luz de tomársela en serio, Madame X incita a dar vuelta como un guante el patriarcado, a sacar partido de lo que hay para transformarlo. Ulrike Ottinger, con simpatía por las mujeres piratas en general, se inspiró en historias de bucaneras históricas chinas. Y se hizo a la mar, pero no en la China –por problemas de costos– como hubiera deseado, sino en el lago de su Constanza natal. Igual se divirtió un montón, asegura, filmando estas extravagantes aventuras lésbicas, siempre sabiendo que aunque el momento de la ruptura puede resultar excitante, “era necesario dejar en claro que el entusiasmo del despertar puede no ser duradero. Y que es muy importante que los deseos de liberación y cambio permanezcan”.

Desde luego, la indómita Ottinger no se achicó frente al rechazo de parte del feminismo un tanto formal de fines de los ’70 y dobló la apuesta con el Retrato de una alcohólica (1979), una dama de rojo que se compra un pasaje de ida, resuelta a emborracharse hasta morir, parando en todas las estaciones del exceso etílico, con Magdalena Montezuma luciendo rutilantes modelos de diseño.

Y a continuación, una insólita visita a Virginia Woolf a través de Freak Orlando –Pequeño teatro del mundo en cinco episodios– (1981). Travesía a través de los siglos de Orlando varón, Orlando mujer, la continuidad entre pasado y presente con un descacharrante despliegue de barroquismo visual, de colores restallantes, citando libremente a Virginia Woolf y a Walter Benjamin.

Como una Diane Arbus con humor negro, freaks y flagelantes, la Inquisición española y la psiquiatría del siglo XX. El maridaje desenfadado entre la naturaleza y el artificio: en el arranque, el-la protagonista se topa, antes de entrar en Freak City, anunciada con un letrero de neón en medio de la nada, con una chica –los brazos en alto– que parece brotar, desde la cintura, del musgo que -salta a la vista- es una tela verde…

Pasa Orlando –varón, mujer qué más da– le deja un besito galante en el pecho desnudo y sigue su camino entre enanos, santas, seres mitológicos, guiños a Buñuel, procesiones de penitentes que marchan con ritmo militar, guiños a Tod Browning, la cabalgata del circo de la historia y la leyenda, donde un Cristo crucificado puede ser la propia mujer barbuda dentro de una iconografía religiosa reciclada con franca irreverencia…

Cuadros eclécticos de una exposición

Luego de reinventar a Orlando en insólitos contextos, Ulrike encuentra otra musa en Oscar Wilde, de cuya clásica obra hace brotar en 1984 Dorian Gray en el reflejo de la prensa amarilla (150’), con la glamorosa top model de los ’70 Veruschka (von Lehndorff) como el ambiguo Dorian; Delphine Seyryg (otro talismán de la directora) en el rol de Frau Doktor Mabuse, una formadora de opinión decidida a crear una figura mediática para luego destruirla  y en otro de esos tríos de mujeres que tanto le gustan a Ottinger, aquí tenemos a las diosas del Destino: Irm Hermann, Magdalena Montezuma y Bárbara Valentin.

Para la ocasión, la cineasta crea una escenografía con motivos del pintor Gustave Moreau y dispone escenas de ópera dentro del cine, al aire libre, con un marco teatral que reinventa el espacio: una vez más, invierte los términos de la convención y transforma en escenografía el paisaje “natural”, real (piedras, montañas). Dice Ulrike que la alusión a Fritz Lang a través del nombre Mabuse solo representa “un recuerdo de la tiranía”.

Ulrike Ottinger
Recibe la Camara de la Berlinale. Foto:

La siguiente obra, Superbia, apenas dura un cuarto de hora y, sin embargo, no alcanzan ni los ojos ni los oídos para aprehender, abarcar tanta riqueza visual y auditiva, tanta alegoría suelta que atraviesa la pantalla, tanto desparpajo para entreverar, ligar ficción de rasgos operísticos con imágenes documentales de desfiles y reuniones masivas (donde no faltan Perón, Isabelita, López Rega en un palco).

Este film se regodea con la exposición de los siete pecados capitales que conducen directamente a los quintos infiernos, amenaza que sin duda divierte a Ottinger, quien prosigue su ajuste de cuentas con la Iglesia Católica oficial. Todo comienza con una altisonante proclama de la Soberbia: “Soy la orgullosa raíz de todos los males, el primero de los siete pecados capitales. De mí nació el árbol del vicio, cuyos frutos pecadores son mis seis hijas: Gula, Pereza, Avaricia, Ira, Envidia, Lujuria…”. Acompañada de su alucinante cortejo, Lucifera Soberbia también lleva a su sirvienta Blasfemia…

La sombra de Chamisso

La serie de documentales –a la manera de UO, claro– se inicia en 1986 con China, las Artes, la vida cotidiana. La descripción fílmica de un viaje en tres capítulos, de 270’. Película esta que Ulrike Ottinger considera una exploración de campo para otra posterior, la despampanante Juana de Arco en Mongolia: “Podría decir que el documental es el encuentro con el Otro, extranjero, y Juana la representación, la puesta en escena. Es decir, la liberación de suficientes espacios para que de verdad se produzca ese encuentro sincero”.

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Dos cortos, Usinimage, un paseo exploratorio por la arquitectura urbana e industrial, y Countdown, un reflejo de la primera etapa de la reunificación de Berlín, preceden a la imponente Taiga (1992), un viaje a los nómadas de yak y renos en la región septentrional de Mongolia. Un minucioso periplo por pueblos trashumantes donde aún existe el poder de los chamanes, deteniéndose en cada localidad, su historia, su vida diaria, dedicándoles generosamente 8 horas y media de metraje…

Según su costumbre, alerta a temáticas poco frecuentadas que conciernen a marginales y a marginados, y en general a gente nómada por distintas causas, Ottinger despliega en Exilio en Shanghai (1997) durante más de 4 horas, seis historias de judíos alemanes, austríacos y rusos que se cruzan en esa ciudad donde tantos se refugiaron durante el nazismo, la última puerta que se les abrió. No por azar, en 2002 la artista nacida de madre judía en pleno nazismo, realiza Ester, un juego Purim en Berlín, de apenas media hora: la fiesta judía narrada por Gyorgy Konrad (el escritor húngaro cuya familia fue asesinada por el nazismo) y actuada por inmigrantes de países del centro y sureste europeo.

El cofre nupcial coreano

Prater, de 2007 y duración “normal” (104’) es una fantástica excursión a un histórico parque de diversiones de Viena, desde sus orígenes hasta la actualidad, mediante documentos testimonios y las escenas in situ tomadas por Ulrike, más citas cinéfilas y literarias. Entre las cuales, Josef von Sternberg, Elias Canetti, Elfriede Jelinek (quien además aparece junto a la silueta de un gran gorila). Un monstruo mecánico hace la clásica invitación: “¡Pasen y vean!”. En este mundo paralelo se despliega una imaginería cara a UO: fenómenos y clowns, luchadores y acróbatas, ilusionistas y marionetas, comida y bebida… Y el fresón de la torta: Verushka caracterizada de vistosa Barbie entre las atracciones. En el doc El cofre nupcial coreano (2008), esta vez le toca a Corea ser visitada por la mirada atenta, cordial, igualitaria, respetuosa, dispuesta a descubrir de Ottinger. Como ella dice: “Lo que me interesa de estos viajes es la experiencia con otras culturas. Una tiene que involucrarse, si no se puede fracasar, de esto estoy muy convencida. Hay que acercarse a la gente sin una postura, sin expectativas preestablecidas. Y de este modo, averiguar qué podemos hacer juntos”.

La siguiente ficción realizada por la cineasta es Doce sillas (vista en el Festival de Mar del Plata en 2005, con la presencia de Ulrike), película que según el ensayista estadounidense Laurence A. Rickels -autor de Ulrike Ottinger, The Autobiography of Art the Cinema-, “resume, cita, revisa y se construye sobre la obra fílmica anterior de la directora”, con rastros de 8 y 1/2 de Fellini, de Once hijos de Franz Kafka, pero partiendo de la novela satírica de Ilya Ilf y Evgeni Petrov, de 1927, un clásico de la literatura rusa. Tres buscadores de un tesoro escondido durante la Revolución en un juego de sillas forradas de chintz inglés: un excelente pretexto para viajar por Ucrania a lo largo de doce estaciones, con distintas épocas conviviendo en pantalla, siguiendo el modelo dramatúrgico del teatro mongol.

 Lady Windermere y las amazonas de Mongolia

“Tundra, la venganza de una huérfana rusa. Salvaje y cruel tundra”, susurra la voz seductoramente persuasiva de Delphine Seyrig mientras que en la pantalla, simulando un travelling, circulan imágenes de árboles pelados, azotados por la nieve, pintados en fríos tonos azulados. La cámara se aleja y comprobamos que esa proyección hace las veces de ventanilla de un lujoso tren donde viaja la elegantísima Lady Windermere (Seyrig), etnóloga aficionada, erudita independiente detrás de la cual cuelga una estampa japonesa. Ella va en el legendario Transiberiano evocando su construcción, los 11 mil kilómetros que recorría en tiempos en que la realeza y la diplomacia lo tomaban como un hotel de lujo. “Durante más de cien años la gente viajó aquí de Occidente a Oriente”, musita la mujer rodeada de cuadros y objetos artísticos. Ella recuerda a los chinos que hace muchísimo tiempo se atrevieron a llegar hasta la tundra dejando señales por el camino, “primer intento de domar el paisaje salvaje mediante la naturaleza cultivada”. En este prólogo cautivante de Juana de Arco de Mongolia se condensan los temas del film, las obsesiones de Ulrike Ottinger sobre encuentros y correlaciones de culturas, sobre el posible intercambio entre realidad e imaginación

Juana de Arco de Mongolia

Otras tres viajeras son presentadas: Fanny Ziegfeld (Gillian Scalici), estrella del musical de Broadway de los ’40 que viene de hacer la exitosa Green Dreams; Giovanna (Inés Sastre), preciosa joven contemporánea con su mochila que va en clase popular, entre soldados y campesinos, un ganso en un canasto, una cabra de pie; la señora Muller-Vohwinkel, catedrática de instituto, según reza su tarjeta sobre la mesa. En todas las ventanillas se ve la misma proyección sin fin de los árboles pintados, y el tren va parando en estaciones aún más escenográficas que las del film El expreso de Shanghai (1932), de Josef von Sternberg. En el Transiberiano están también las hermanas Kalinka, suerte de Andrew Sisters que amenizan el viaje con piano, guitarra y canto. Este trío que fue inventado por Ottinger juntando a una cantante de rock y jazz, a una pianista que vio en un concurso y a una argentina –llamada Jacinta, a secas– emigrada a París en el ’78, cantante de temas yiddish y también actriz. De las tres morochas, es la más petisa, de boca carnosa y cejas muy espesas…

Lady W le echa raudamente el ojo a la agreste Giovanna y empieza a hechizarla: “No se mueva, usted me recuerda a aquella princesa de Mongolia que montada en una espada mágica volaba sobre desiertos y estepas”. ¿Quién podría resistírsele? No Giovanna, precisamente. Lady W sigue envolviéndola con palabras sobre las siete pruebas, las siete serpientes, los siete tigres, las siete danzas, los siete deseos… Giovanna acepta la invitación a cenar. En el coche comedor, además de Fanny, la señora Muller, las Kalinka y otros pasajeros, está Mickey Katz, rechoncho y muy maquillado tenor judío-americano, sibarita, que se derrite ante platos despampanantes, increíbles delicias rusas, distintos caviares. La gastronomía se sigue cultivando luego en el salón privado de Lady W que ofrece té con frutillas salvajes y crema fresca, gâteau campesino comprado en el andén, bizcochos de centeno y miel, mientras continúa coqueteando con Giovanna que ya durmió en su camarote. “No tengo el Eros pedagógico tan desarrollado como usted”, le dice con cierto resentimiento la señora Muller…

Ulrike Ottinger
Viajera aventurada de mundos diversos. Foto: Cortesía

Todo va sobre rieles imaginarias hasta que las imágenes que se ven por la ventanilla se vuelven reales y soleadas en medio del desierto y las montañas: amazonas de Mongolia avanzan con armas de guerra, detienen el tren y gracias a la traducción de Lady W, las viajeras se enteran de que son rehenes de las jinetas ataviadas con suntuosas prendas. Aquí comienzan las verdaderas aventuras transformadoras de las siete mujeres (incluidas las Kalinka). Aventuras que llegarán más lejos que los saberes de unas, la imaginación de otras… A partir del momento en que la gran princesa Ulun Igal las convida con leche de yeguas blancas bendecidas el noveno día del tercer mes de primavera, se inicia la inmersión en una cultura que nunca es presentada como exótica sino sencillamente como otra forma de vida, de entender el arte, la cotidianeidad, de tener una estética que se manifiesta hasta en la más pequeña pieza del colorido y complejo vestuario. Pero las distancias no son tan grandes ni tan insalvables: Lady W le comenta a la gran princesa que Luis XV ordenó cierta vez a toda la corte vestirse a la manera china, y su interlocutora le responde: “En el espejo de nuestro palacio de verano las cortesanas tomaban el té en traje rococó”. Lady W cierra: “Nuestro rococó sería impensable sin las chinoiseries”.

En verdad, el título original debería ser respetado porque juega con la fusión de lenguas (alemán, francés, inglés): Johanna d’Arc of Mongolia, así como todo el film celebra las diferentes músicas, los ceremoniales. Contrariamente a lo que se podría sospechar desde Occidente, Ulrike Ottinger asegura que “las mujeres son bastante poderosas en Mongolia: es una sociedad diferente de la china, muy libre. Viajan con los rebaños en sus yurtas rodantes. Creo que es una sociedad muy sabia, claro que endurecida porque la naturaleza así lo impone. Para mí, los nómadas pueden ser tanto mongoles como desempleados, intelectuales, artistas judíos, refugiados, viajeros en busca de conocimientos y aventuras. Veo la ruta del Transiberiano como una especie de libro de visitas a culturas con influencias bien distintas. El tema central de Johanna reside en lo contagiosas que pueden ser las ideas nómadas”.

De la nieve de Ichigo y el Mar de Bering al París iniciático

En 2010, por costos de producción, la cineasta debió postergar indefinidamente un proyecto muy deseado: La condesa sangrienta, cuyo guión remite vagamente a la tremenda Erszbét Bathory magistralmente retratada por Valentine Penrose en su libro de 1961. Hubo conversaciones con Tilda Swinton para que asumiera a la cruel aristócrata que empleaba sangre de vírgenes como tratamiento de belleza y juventud; y con Isabelle Huppert, dispuesta a hacerse cargo de la devota criada Hermine. “Una de vampiros ambientada en Viena”, informaba en esos días la múltiple artista. “Alude a una parte oscura de los Habsburgo de Austria. Esperando impaciente la llegada de su doncella, la condesa Erszbét, una tigresa con disfraz humano, pasea de noche, corre a través de una Viena de macabra belleza seguida de su séquito: el vampiro vegetariano Bubi, su terapeuta, otros vampiros normales, un grupo de música femenino y más”. Wiener Blut, sangre vienesa (no la del clásico vals de Strauss) es derramada mientras los corazones de los descendientes de los Habsburgo laten. Es decir, un viaje al Imperio Vampiro.

Entre una puesta teatral, una muestra de fotos y una instalación, Ulrike Ottinger es muy capaz de hacerse de tiempo para ir con su equipo a tierras japonesas, es decir, a las nieves de Ichigo, provincia donde medio año pueblos y bosques se blanquean totalmente, el piso se ablanda y el frío se hace sentir. Aunque no tanto como para detener rituales y festivales invocando a los espíritus de la montaña, mientras la vida cotidiana adquiere un ritmo que le es propio. La directora plantó en este paisaje a dos actores de kabuki que interpretan a estudiantes que siguen los pasos del escritor Bokushi Suzuki (1770-1842), en Bajo la nieve (2011). Los jóvenes se cruzan con una bonita zorra, tienen lugar maravillosas metamorfosis, ellos van y vuelven entre el período Edo (1603-1868) y el presente. Al cierre, un actor famoso es enviado al exilio en la isla de Sado, lugar adonde se mandaba a los opositores, particularmente intelectuales y artistas, empezando en el 772 por el poeta Hozumi no Asomi Oyu, que cuestionó al emperador de turno; entre otros, también fue fletado allí en 1430 el dramaturgo de kabuki Zeami Motokiyo (1363-1443). Sado, también conocida como Isla del oro por las minas que se descubrieron en el siglo XVII, surcada por debajo por increíbles túneles.

“A los 20, París me abrió los ojos”, dice en 2020 esta mujer lúcida y soñadora, rebosante de energías que eligió llamar Paris Calligrammes a sus memorias fílmicas de los años de formación entre 1962 y 1969, entre el ensayo y la autobiografía.

Ulrike parte de su Constanza natal hacia la capital de Francia en su Isetta azul, autito que debe abandonar en el camino por una falla del motor. A dedo, sigue el viaje en un gran Citroën negro con cinco hombres portando sombreros y abrigos, que le parecen escapados de un film noir. “Vine a París con la meta de convertirme en una gran artista”, declara en off apenas comenzar este film que ha sido descrito por la prensa especializada como un collage prodigioso y fascinante, con enorme riqueza de materiales de archivo que se entrelazan sabiamente con algunos registros de la actualidad. Ocurre que, Ottinger dixit, “quería hacer una película amalgamando la perspectiva de una inexperta artista juvenil y la experiencia de la artista mayor que soy hoy. También quería responder a la pregunta: ¿qué cosas no supe ver en esa época porque se me escaparon debido a mi edad?”.

Ulrike Ottinger
¿Qué cosas no supe ver en esa época porque se me escaparon debido a mi edad?. Foto: Cortesía

Paul Celan, Tristan Tzara, Hans Richter eran habitués de Calligrammes, esa librería cuyo nombre homenajea a Los poemas de la paz y la guerra (1913-1916) de Apollinaire, formulados mediante caligramas y dedicados a un amigo muerto en la gran contienda. (El caligrama es una composición poética donde la disposición tipográfica o caligráfica toma formas que aluden al contenido del texto y su origen se pierde en el tiempo, ya que se encuentra en la caligrafía árabe, en la tradición poética helénica; pero la invención de esa palabra, contracción de calligraphie e idéogramme, pertenece a Apollinaire).

Tenemos, entonces, otro viaje en el tiempo de Ulrike Ottinger: Paris Calligrammes. Una viaje palpitante a Saint- Germain-des-Prés, al Barrio Latino, a los cafés poblados por gente de la cultura, a los sótanos de jazz. Aflora la historia que concierne a París en esas fechas: la Guerra de Argelia y el fin del colonialismo, los sucesos de mayo del 68. El mundo del arte y el mundo del pensamiento que tanto atraían a la veintañera Ulrike. “Seguí los pasos de mis héroes y heroínas de entonces. A muchos los conocí en la librería Calligrammes de la Rive Gauche, fundada en 1951 por el exiliado judío Fritz Picard. Un lugar donde la esperanza parecía volver a unir un mundo que había sido brutalmente despeinado. Una utopía que casi se podía considerar al alcance de la mano…”.

Vidriera de la librería habitada por souvenirs de Ottinger

En los cafés, la chica exaltada se topa con gente como Sartre y Simone de Beauvoir; en la Cinemateca de la calle Ulm se hace amiga de Henri Langlois y Mary Meerson, se devora un film tras otro; asiste a las conferencias de Pierre Bourdieu, Claude Lévi-Strauss, Louis Althusser; conversa largamente con el cineasta Jean Rouch en el Museo Antropológico… Según apunta UO, “el hilo de Ariadna en este film es un paseo por un París con muchas estaciones en cada una de las cuales trato un tema, sin orden cronológico, en la tradición del flâneur, la flâneuse busco puntos de la ciudad que fueron importantes para mí y para la propia década de los ’60. Acontecimientos políticos, culturales, la aparición de nuevas formas de vida”. Con libertad envidiable, Ottinger liga pasado y presente: así, se permite poner en la vidriera de Calligrammes sus propios tesoros. “Aplico una vez más el consejo al buen viajero de Víctor Segalen a todo aquel que siente el encanto de todo lo diverso. Segalen desconfiaba de la mirada apurada del turista, también de la mirada colonialista. Creía que había que convivir, aprender la lengua, sumergirse en las costumbres para empezar a comprender”.

En los tramos finales de Paris Calligrammes se oye la voz inconfundible de Piaf entonando Non, je ne regrette rien, como para que el público se acomode contento en sus butacas creyendo que todo termina arriba, con una gratificación. Pero no: cuando termina la exitosa canción -el gozo al pozo- la voz en off de Ulrike Ottinger recuerda implacable a los olvidadizos que Piaf le dedicó ese tema a la Legión Extranjera Francesa pro colonia de derecha durante la Guerra de la Independencia de Argelia.

Fuente: Damiselas en apuros / Original aquí.

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