Sara Mesa

Un amor, de Sara Mesa: Una novela sobre la incomunicación (o no)

De todas maneras, Sara Mesa tiene una pluma de punzón que nos deja pensando en algo que va más allá de la anécdota. ¿Cómo nos comunicamos más allá del paisaje, de irnos lejos, de estar sola sin nadie que nos proteja, que nos asile?

Ciudad de México, 14 de septiembre (MaremotoM).- Un amor, de Sara Mesa, nos deja un poquito discapacitados. A lo mejor porque la novela termina antes, cuando ella decide mudarse y limpia y enjardina una casa cerca del pueblo donde vivía.

Hay como páginas amargas al final, que pareciera ser escrita por otra persona y que no entendemos cómo se ajusta a esta historia trágica de confusión de sentimientos, de pensamientos aplicados al afecto, de la incomunicación, claro.

De todas maneras, Sara Mesa tiene una pluma de punzón que nos deja pensando en algo que va más allá de la anécdota. ¿Cómo nos comunicamos más allá del paisaje, de irnos lejos, de estar sola sin nadie que nos proteja, que nos asile?

Una joven traductora, que trata infructuosamente de dejar la traducción de negocios e irse al campo más literario, llega a La Escapa, un pueblo perdido, donde un grupo rural maneja no sólo el ambiente de “la comunidad”, sino también todo lo que se sabe de cada uno de los habitantes. Es decir, ahí todo se sabe. Incluso el casero, un hombre terrible y que en la ciudad estaría en la cárcel, pincha a Nat con cosas que ella no logra todavía darse cuenta de cómo las sabe.

Sara Mesa
Un amor que se cambia por arreglos en la gotera marca la relación con Andreas, el alemán. Foto: Cortesía

Un amor que se cambia por arreglos en la gotera marca la relación con Andreas, el alemán. Hay un amigo, Piter y muchos vecinos cada uno de los cuales será narrado por Nat, en un cuento que parece de historietas, de cómic, porque nunca terminamos de entender a esos “ruralistas” que todo lo miran con desconfianza y se juntan para tratar de arreglar aquello que nunca podrá ser reparado.

Esta es una novela sobre la incomunicación, un aire que nos relaciona con mucha gente, pero que al final no entendemos hacia dónde va y mucho menos lo que quiere esa gente. O a lo mejor trata sobre otro tipo de comunicación. Cuando Nat y Andreas se encuentran con los cuerpos todo parece ir sobre rieles. El tema es el pensamiento, el tema es tratar de saber lo de otro.

¿Nat ama a Andreas o ama lo que ella ha fabricado como el hombre de sus sueños? ¿Andreas qué piensa de Nat? ¿Por qué la deja? ¿Por qué la busca? Hay un perro que es el testimonio de Nat, aunque luego es el pueblo mismo metido en su casa con goteras y grietas. Es en los gitanos donde la protagonista encontrará algo de solidaridad y de consuelo.

Hacia el final todo se disuelve y hay como una especie de sarpullido que viene de la propia novela. Sabemos que las cosas irán más allá, aunque ni siquiera conocemos a la propia Nat, a la que narra la historia.

La incomunicación es una afrenta también de la autora y en eso, en ese desafío al lector, está toda la magia de Un amor (Anagrama). Es una novela breve, pero que revela la literatura abierta y desorientada (para bien) de Sara Mesa, unos textos que vacilan entre aquello que se ve como trágico, pero que luego las palabras se diluyen, como esa traducción literaria que nunca hará Nat.

Sara Mesa (Madrid, 1976) desde niña reside en Sevilla. Es una galardonada autora de relatos y novelas. En Anagrama se han publicado Cuatro por cuatro (finalista del Premio Herralde de Novela), Cicatriz (Premio El Ojo Crítico de Narrativa y elegido entre los libros del año por El País, El Mundo, ABC, El Español y otros medios) y Cara de pan, probablemente la más celebrada de su prometedora carrera.

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Un amor, de Sara Mesa, editada por Anagrama. Foto: Cortesía

Fragmento de Un amor, de Sara Mesa, con autorización de Anagrama.

I

Al hacerse de noche es cuando cae el peso sobre ella, tan grande que tiene que sentarse para coger aliento.

Fuera el silencio no es como esperaba. De hecho, no es silencio. Hay un rumor lejano, como de carretera, aunque la carretera más cercana es comarcal y está a tres kilómetros de distancia. También se oyen grillos, ladridos, el claxon de algún coche, los gritos de un vecino arreando el ganado, ya de recogida.

Era mejor el mar, aunque también más caro. Fuera de su alcance.

¿Y si hubiese aguantado un poco más, ahorrado un poco más?

Prefiere no pensar. Cierra los ojos, se deja caer con lentitud en el sofá, quedándose con medio cuerpo fuera, una postura antinatural que le producirá calambres si no se mueve pronto. Se da cuenta. Se tumba como puede. Se adormila.

Es mejor no pensar, pero los pensamientos llegan y se deslizan a través de ella, entrelazándose. Intenta que salgan a la misma velocidad con la que entran, pero se le acumulan en el interior, un pensamiento sobre otro. Ya ese empeño –esforzarse en que entren y salgan y no se le acumulen– es de por sí un pensamiento demasiado intenso para su cabeza.

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Cuando consiga el perro será más fácil.

Cuando organice sus cosas y coloque su mesa y adecente los terrenos que rodean la casa. Cuando riegue –qué seco está todo– y limpie –qué descuidado–. Cuando refresque.

Será mucho mejor cuando refresque.

El casero vive en Petacas, una pequeña población a quince minutos en coche. Se presenta dos horas más tarde de lo que habían convenido. Nat está barriendo el porche cuando oye el motor del jeep. Levanta la cabeza, frunce los ojos. El hombre ha aparcado junto a la entrada, en mitad del camino, y se acerca arrastrando los pies. Hace calor. Son las doce de la mañana y hace ya un calor seco e inclemente.

No se disculpa por el retraso. Sonríe ladeando la cabeza. Tiene los labios finos, los ojos hundidos. Su raído mono de trabajo está salpicado de manchas de grasa. Es difícil calcular su edad. Su deterioro no tiene que ver con los años, sino con la expresión hastiada, con la manera de balancear los brazos y doblar las rodillas mientras avanza. Se detiene ante ella, coloca las manos en las caderas y mira alrededor.

– ¡Así que ya estamos empezando! ¿Qué tal la noche?

– Bien. Más o menos bien. Demasiados mosquitos.

– Tienes un aparato en un cajón de la cómoda. Uno de esos que vale para ahuyentarlos ¿No lo viste?

– Sí, pero estaba sin líquido.

– Bueno, chica, lo siento. –Abre los brazos, ríe–. ¡Esto es el campo!

Nat no le devuelve la sonrisa. Una gota de sudor le resbala por la sien. Se la limpia con el dorso de la mano y encuentra en ese gesto la fuerza necesaria para atacar.

– La ventana del dormitorio no cierra bien y el grifo de la bañera pierde agua. Por no hablar de lo sucio que está todo. Es mucho peor de lo que recordaba.

La sonrisa del casero se enfría, desaparece poco a poco de su rostro. La mandíbula se le tensa al contestar. Nat intuye que es un hombre iracundo y siente ahora deseos de recular. Con los brazos cruzados sobre el pecho, el hombre argumenta que ella vio perfectamente cómo estaba la casa y que si no se fijó en todos los detalles no es responsabilidad de él, sino suya. Le recuerda que le rebajó el precio dos veces. Le dice, por último, que él mismo se encargará de todas las reparaciones necesarias. Nat no cree que sea una buena idea, pero no le discute. Asiente y se enjuga otra gota de sudor.

– Hace mucho calor.

– ¿También vas a echarme a mí la culpa?

El hombre se vuelve, llama al perro que se ha quedado escarbando en la tierra, junto al jeep.

– ¿Qué te parece este?

Desde que llegó, el perro no ha levantado la cabeza. Husmea por el suelo con nerviosismo, rastreando como un perro cazador. Es un chucho grisáceo de patas altas, con el hocico largo y el pelo áspero. Está ligeramente empalmado.

– Bueno, ¿te gusta o no?

Nat balbucea.

– No lo sé. ¿Es buen perro?

– Claro que es buen perro. No va a ganar un concurso de belleza, eso ya lo estás viendo, pero a ti te da igual, ¿no? ¿No me dijiste eso, que te daba igual? No tiene bichos ni nada malo. Es joven, está sano. Tampoco come mucho, no tienes ni que preocuparte. Él rebusca por aquí y por allá. Él se apaña.

– De acuerdo –dice Nat.

Entran en la casa, revisan el contrato, firman –ella, con un garabato descuidado; él, ceremoniosamente, apretando con fuerza el bolígrafo sobre el papel–. El casero solo ha traído una copia, que se guarda asegurándole que ya le hará llegar la suya en cuanto pueda. Nat piensa que da igual, es un contrato sin ninguna validez, incluso el precio que aparece recogido no es el real. No vuelve a mencionar el problema de la ventana ni del grifo del baño. Él tampoco. Le tiende la mano teatralmente, achica los ojos al mirarla.

– Mejor llevarse bien que mal –dice.

Cuando se sube al jeep y arranca, el perro no se inmuta. Se queda ante la casa, todavía olfateando arriba y abajo entre la tierra reseca. Nat lo llama, chista y silba, pero él no muestra intención de acercarse.

El casero ni siquiera le ha dicho su nombre. Si es que tiene alguno.

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