Juan Cárdenas

Un cerro lleno de balas viejas: una escritura geológica de Juan Cárdenas

Houston, USA, 26 de julio (MaremotoM).- Algo extraño pasa en el cerro de La Tetilla por donde caminan dos amigos que tienen mucho tiempo de no verse. El primer dato: un perro, al que golpea el viejo Dodge Dart 73 en el que viajan, sale disparado y se pierde entre la maleza. La mención es tan efímera que pronto se disipa entre otros detalles más. Vamos cerro arriba, arriba del aire. Estamos en el valle de Pubenza y en la meseta de Popayán, justo al inicio de “Encomendar el alma”, el cuento con el que da inicio Volver a comer del árbol de la ciencia, de Juan Cárdenas. La vereda está rodeada de zarzales cargadas de moras y, más allá, en las hondonadas del terreno, se yerguen los plantíos de plátano o de yuca, los bosquecitos de guamas, guayacanes, cachimbos. Atrás de todo eso: la cordillera occidental. Y, más allá, el océano Pacífico. Esto es el Cauca profundo. No sabemos a ciencia cierta porqué estamos aquí, hasta que, ya fuera del auto, Renato Rengifo, ese antiguo compañero del bachillerato, se hace de un péndulo de metal atado a una cadena plateada y recorre el terreno buscando restos de meteoritos a los que considera, gracias a la influencia ufológica de su padre, “mensajes enviados por los seres del espacio exterior”.

Lo primero que encuentra, sin embargo, son balas viejas. “Bah, dijo, y se acercó a mí con algo redondo y oscuro atenazado entre los dedos de una mano. Siempre que vengo encuentro alguna, dijo, es una bala antigua. De alguna de las guerras civiles, quizá de la Guerra de los Mil Días”. Las elucubraciones continúan, “esto está lleno de balas viejas…se han venido acumulando desde 1800”, pero nada de eso cambia la extrañeza del paisaje. Lejos de acentuar la carga histórica del terreno, el narrador le presta atención a las formaciones geológicas que avizora: el Cerro de los Muertos, el Sotará, el volcán Puracé. El narrador, que acaba de llegar luego de una larga ausencia en el extranjero, está cansado y crudo. No sabemos por qué ha aceptado participar de esta travesía inaudita hasta la punta de La Tetilla, pero es claro que su desorientación es mayúscula. La bala antigua que acaricia con la mano le parece un caramelo.

Aunque descrito en gran detalle y de manera realista, algo en el paisaje permanece fuera de lugar. Algo inquietante, tal vez incluso espeluznante, atraviesa las veredas y el aire. Mark Fisher describió a los paisajes eerie como aquellos que existen independientemente de la agencia humana. A diferencia del uncanny freudiano, que produce la extrañeza desde dentro de lo familiar o conocido; tanto lo weirdcomo lo eerie son fuerzas que vienen de afuera, donde se quedan, resistiendo cualquier interpretación hermenéutica. Pero con el concepto de eerie, Fisher deposita una agencia poderosa y peculiar en el territorio mismo. Así, mientras el narrador duerme la mona, Renato Rengifo desaparece sin razón aparente. Las causas humanas pueden ser varias—la desorientación del personaje, alguna invitación a departir alimentos por alguno de los locales, la animadversión de algunos campesinos contra este hombre tan blanco—pero son descartadas de manera rápida. Mientras tanto, el paisaje, majestuoso e inmóvil, calla “incapaz de explicarse a sí mismo”. ¿Se lo tragó la tierra? ¿Ha sido abducido por esos seres extraterrestres cuyos restos anda buscando? Las dos opciones, la fuerza geológica del terreno y la atracción del espacio exterior, no dejan de ser angustiantes, especialmente porque ambas están fuera del control de los personajes.

EL VOCABULARIO DE LA TIERRA

Aunque maravillado con la bala antigua que recibe de manos de su  amigo del bachillerato, el narrador se niega a asociar su materialidad con cualquier acontecimiento histórico preciso, prefiriendo imaginar las cumbres y los cerros como un paisaje silente. Y, sin embargo, las balas que han ido encontrando—un total de seis, todas de distintas edades—provocan asociaciones inmediatas con la historia de Colombia: todas las guerras civiles desde el inicio del siglo XX, y más específicamente, la Guerra de los Mil Días, esa gesta entre liberales y conservadores, que ganaron estos últimos al derrotar a una guerrilla muy pobremente organizada, y que llegó a su fin el 21 de noviembre de 1902. Más tarde, la región evoca en el narrador otra presencia bien conocida. Alexander Von Humboldt y Aimé Bonpland llegaron a Colombia también a inicios del siglo XIX. Entre 1800 y 1803, pasaron justo por ahí en su camino entre Cartagena, Mompox, Honda y Mariquita mientras avanzaban lentamente hacia Santa Fé. De acuerdo a sus diarios, “lo que más le interesó fueron las piedras. Las obsidianas. El basalto… un basalto que a pesar de ser rico en hierro no excitaba al imán”.

Así, a medida que los amigos avanzan juntos, e incluso después, cuando el narrador vuelve a recorrer el camino hacia “el pezón” de La Tetilla esperando encontrar al que busca meteoritos, es claro que la tierra va hablando poco a poco. Es claro que la tierra se ha visto afectada por, y a su vez ha afectado a, los que han tenido contacto con ella a lo largo de los años. Esas balas que escupe de cuando en cuando y esas piedras cuyo magnetismo no es suficiente para atraer al imán se han convertido en piezas claves de un vocabulario silencioso, pero no carente de expresión. Esas balas hablan de una conflagración del pasado y de una destrucción antigua que, sin embargo, no deja de acontecer.

A estos restos físicos de la violencia, el antropólogo Gastón Gordillo los llama objetos brillantes por su capacidad de convocar memoria. Y, con ellos en mente, explora las “redes de escombros” generados por la conquista del Chaco salteño, especialmente en las zonas de Santiago del Estero y Jujuy enRubble. The Afterlife of Destruction. En lugar de privilegiar a la ruina, en tanto productora de pasado y atrapada en narrativas de preservación, Gordillo analiza la doble negación del escombro y su condición de materia afectiva, llena de textura, anclada en el presente. A través de largas caminatas por estos territorios que alguna vez fueron zonas de resistencia indígena, Gordillo atiende los procesos de ruinación con la mirada negativa orientada a los objetos que le permite rescatar “redes de escombros” que conectan los restos físicos de la violencia. Si la reificación es un mecanismo para producir olvido y generar lo que él llama topografías de olvido, la terca materialidad de los escombros, entre los cuáles los huesos son los de carácter más íntimo, habla de un espacio no totalmente destruido y de cuerpos no totalmente muertos.

Ahí, bajo la superficie de la tierra, asomándose apenas al llamado del péndulo de metal, yacen esos materiales que traen noticias de un tiempo profundo y vertical. La violencia tiene su manera de volverse cosa que persevera. La memoria, lejos de ser una capacidad limitada a la especie humana, aparece aquí encuerpada en objetos brillantes que ha abrazado la tierra. La caminata, ese rondar mismo por un cerro con una vista privilegiada sobre el valle, se transforma en una especie de cuña memoriosa y política que abre espacio para el proceso de des-sedimentación: hay algo más abajo, en las distintas capas del suelo que son, a su vez, capas de historia. Si la ruina sedimenta la violencia, la escritura des-sedimenta sus huellas más quebradas y pequeñas, sus rastros más tercos.

En este proceso, el péndulo de metal además de ser el mecanismo que pone a la vista los materiales ocultos, se ha convertido en una especie de máquina traductora que, al colocarlos en cierto orden—al proveerlos, luego entonces, de cierta sintaxis—prefigura su desciframiento. Una narrativa antropocéntrica buscaría de inmediato esas conexiones para construir una correlación simétrica, un relato histórico. Pero Juan Cárdenas se mueve por otros terrenos: aquí la tierra también tiene la palabra y, como lo quería Fisher, esa palabra, ese vocabulario entero, resiste cualquier interpretación hermenéutica. Aquí no sabremos a ciencia cierta qué le pasó a Renato Rengifo, pero sabemos, con creciente inquietud, que lo que haya sido está relacionado a la agencia de los materiales por los que pasan los pies.

EL CAUCA PROFUNDO

La desaparición de Renato Rengifo abre la caja de las preguntas y, con ellas, se dejan ver los conflictos actuales de la zona. Los escombros, que traen noticias del pasado, no miran al pasado como las ruinas, sino hasta este presente todavía irresuelto del Cauca, uno de los departamentos con mayor población indígena en Colombia, y uno también donde más de cultiva la planta de coca, tan relevante para el comercio internacional de estupefacientes como para los rituales y vida cotidiana de las comunidades de la región. Las relaciones entre los lugareños y los dos amigos que recorren La Tetilla nunca son más claras que cuando el narrador, que ya se ha preocupado por la desaparición de su amigo, se dirige a una casa al final de una chacra para preguntar por él. Del breve intercambio a través del cual confirma que nadie lo ha visto, el narrador recuerda, sobre todo, la sintaxis singular de la mujer que lo atiende: “ahorita estoy sola, bien ahorita, no he visto, a nadie, no”. El narrador “paladea” las diferencias, pero las diferencias son parte de las jerarquías raciales y de clase que, expresadas aquí en una manera de hablar, parecen inamovibles y contenciosas.

De hecho, las malas relaciones entre Renato Rengifo y las comunidades campesinas de La Tetilla apenas se dejan ver en el soliloquio que el narrador emprende, ya verdaderamente angustiado, cuando imagina posibles cuadros de acción. ¿Estará el Renato Rengifo comiendo en la casa de algún campesino mientras el narrador se desespera y se angustia cada vez más? Improbable, se responde él mismo, “dadas las malas relaciones del Gordo Rengifo con los campesinos de la zona”. Las causas de esas “malas relaciones” parecen estar conectadas al afán de Rengifo por llevar a cabo “una excavación de gran envergadura” para descubrir el “dispositivo milenario de comunicación interestelar” al que en su opinión se debe la presencia de tanto meteorito en el área. Las comunidades campesinas, sin embargo, “habían conseguido impedírselo, al menos por el momento”.

La piel de Renato, que es muy blanca y se enrojece de inmediato al contacto con el sol, contrasta claramente con el “hombre enjuto, con machete al cinto, y cara de haber estado trabajando todo el día” que, junto con la mujer de la chacra, examina con curiosidad el auto varado en medio de la nada. Y ahí, en el Cauca profundo, bajo la luz rosada del atardecer, entre chillidos de golondrinas y los últimos aletazos de las garzas, ese campesino se ofrece a localizar al amigo perdido utilizando su propio celular, de esos pequeñitos que “parecen una almeja”. En una escena cargada de tensión, en la que cada mínimo movimiento va precedido por la duda o la sospecha, un campesino de la Cauca le ofrece su celular a un muchacho de ciudad. Después, en el mismo español extrañizado por la presencia de otra lengua que ha utilizado su mujer antes, el campesino le describe cómo encontrar el camino de regreso a Popayán. No sabemos si lo logrará, eso es claro. Pero sabemos que, para emprender esa nueva caminata por un Cauca ya anochecido, el narrador precisa de suerte, de un poco de suerte, para continuar de pie.

Dice Juan Cárdenas en el ensayo sobre las relaciones entre las imágenes y las palabras con el que cerrar el libro que, cuando leemos, “vamos removiendo capas, una detrás de otra, hasta que comprobamos que la imagen alude a otras imágenes y, casi de inmediato, como si quisiera dejar de ser imagen, la imagen se desborda hacia los márgenes de la percepción y de la memoria”. Ese movimiento vertical de la lectura, que va precedido por el movimiento vertical de la escritura, es a final de cuentas el mismo mecanismo telúrico que des-sedimenta lo que está alrededor del texto para hacer las preguntas que vienen de la violencia y que llegan hasta el presente.

UN CAMPESINO CON CELULAR

Regresemos, por un momento, a la escena en que el campesino enjuto, cansado después de un largo día de trabajo, le ofrece su celular a un joven que debería poseer uno pero que, por estar recién llegado al país, no tiene uno. Su extranjería, todavía más radical que la marginalización económica del campesino, coloca al narrador en una posición vulnerable: si la experiencia del gordo Rengifo es certera, él también está a punto de perderse en el Cauca profundo. Los papeles, al menos en este relato, se han invertido por un momento. El celular puede ser antiguo, “de los que parecen almejas”, pero es lo suficientemente útil para mandar un mensaje. Pienso en esta escena y recuerdo la extrañeza que alguna vez me produjo ver un restaurante chino en lo más profundo de la Sierra Juárez, en el estado de Oaxaca que, como el Cauca colombiano, tiene un gran número de pueblos y lenguas indígenas. En el anuncio pintado a mano sobre una madera en tinta roja se anotaba también el número de celular para pedidos a domicilio. ¿Pedidos a domicilio en medio de la sierra? La carretera federal era estrecha y, a sus costados, se levantaba un montón de pinos que no dejaban ver nada más. Si había casas, y comensales, tenían que encontrarse más adentro de la sierra, fuera de la vista de los que pasábamos de largo hacia otro punto del camino. Preguntando aquí y allá me enteré después de la historia de migración entre Oaxaca y California que había hecho posible la existencia de un restaurante de comida china, y de la larga tradición de la telefonía rural y comunitaria que facilitaba la comunicación local. Ahí estaban los dos procesos con la misma fuerza: los patrones migratorios ocasionados por las necesidades del capitalismo financiero y las redes de resistencia física y digital que han caracterizado a esa tecnología móvil que es la comunalildad. Tal vez detrás de todo paisaje eeire de Fisher se encuentre escondida una historia de migración y resistencia apenas lista para dar la cara y hacerse oír. Tal vez, como al narrador del relato geológico de Cárdenas, solo nos haga falta un poco de suerte, eso, y encomendar el alma al camino.

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