Un cuento de Betina Keizman: “Tamaulipas”

Ciudad de México, 14 de abril (MaremotoM).- Dentro del auto (el mueble, le dicen) no hace calor porque el aire acondicionado marca 25, una temperatura razonable para escuchar música y que el mundo avance alrededor de nuestros ojos entrecerrados. Del otro lado la tierra late su fragor y el polvo, que ni se nota sin el viento, avanza en la planicie más allá del horizonte, surcada con las estrías irregulares abiertas en la tierra gris.

Nos invitaron al cumpleaños de una de las hermanas y vamos. Ya no parecen tan emocionados como las primeras veces. “Acá somos muy pobrecitos”, dice. “Una señora no quiso saludar, muy orgullosa la señora, pero usted nos gusta porque viene y se sienta acá”, la mujer golpea el banco de maderitas, al lado mío, un banco verde, descascarado, después pintado de rojo y vuelto a descascarar. Solamente las mujeres se sientan, los hombres están adentro y la borrachera se les nota, pero la fiesta ya terminó y en el fondo hay un reguero de latas de cerveza. Llegamos tarde porque ellos fueron puntuales. Dijeron a las ocho y a las ocho fue. Nos dan el menú de la fiesta: platitos de plástico blanco con tamales, puré de papas y una ensalada de fideos. Todo frío pero hay que comerlo. El puré de papas parece un molde de yeso amarillento y los fideos están pegoteados, apenas distanciados del engrudo por los granos de maíz y los pedacitos de tomate cortado. Desato el tamal buscando algo de calor en su interior pero evidentemente llegamos demasiado tarde. Nos muestran un bebé de ojos azules, bastante blanquito, de cara redondeta y doble papada, que cuando sonríe descubre dos dientecitos encantadores. Este parece del otro lado, dice la madre. Nos lo había contado su hermana: el hijo de Felicitas es bien güerito, parece del otro lado. El papá del güerito se acerca, simpático, muy tranquilo, también sus ojos azules contrastan con la piel morena. Dice que es gente de rancho y nos invita. Para conocer, nos dice. No, no tienen animales, no mucho, pero para que vean un rancho, conozcan. Hace con la mano el gesto de la distancia que en este momento expresa extensión. Es el rancho de su papá y él siempre anda sin zapatos, puede caminar sobre el nopal y no siente nada, ni sobre el nopal siente algo, así que para qué quiere zapatos. Su mujer quiere comprarle, pero para qué, pregunta. Al rato dice que va para el rancho y en la partida zigzagueada se le nota la borrachera. Queda el otro. Tiguer, me llaman Tiguer. Así es en inglés, dice y pregunta. No sabemos, nadie sabe. Tigre en inglés es Tiguer. Sí, es Tiguer, estamos de acuerdo. Es morocho y tiene unos bigotes orgullosos que ahora están perlados de sudor. El puede tomar 40 negras modelo cada noche, es cuestión de hígado y riñón. Nada más, Tiguer, hígado y riñón. Tiguer habla con Pablo, no conmigo, lo suyo es cosa de hombres. ¿No tomas?, se asombra alzando el bigote, cómo, no más de cuarenta en el año, él las toma en una noche, en una noche sola, por eso lo llaman Tiguer. O por otras cosas. Estira su antebrazo donde hay un tigre tatuado que atraviesa llamas azules. Una vez del otro lado, en Mc Allen, gané un concurso de baile. Mueve en redondo, rítmicamente, las caderas, los ojos entrecerrados, el tigre entre llamas se balancea. No sabía que era un concurso de baile, pero bailé así, nos muestra el contoneo, esta vez alzando los brazos como una odalisca brusca. Se detiene, acaba de acordarse: “Mañana viene la policía a buscarme”, le advierte a la madre, que poco o ningún caso le hace. Es que le rompió la cabeza a uno que quemó cubiertas delante de él. Eso no puede ser, explica, hay que respetar: Tiguer le pegó con la botella en la cabeza y aunque no le hizo nada de grave al guey le cayó sangre y eso asusta. Hay que respetar y usted está tomando delante de nosotros, se queja una de las hermanas. No la escuchan. “Mamá, mañana viene a buscarme la policía”, repite Tiguer, pero eso es mañana, porque hoy quiere que Pablo vaya con él adentro para hacerle escuchar su música. Mañana va a venir la policía, amenaza Tiguer. Pablo le dice que sí, pero antes hay que terminar la comida y le señala los tamales fríos. Pero quiere escuchar su música, va a acompañarlo a él, pregunta Tiguer sin creerlo. Sí, sí, pero antes termina la comida. Bueno, Tiguer se levanta, ¿es que Pablo quiere escuchar su música o no? Finalmente Pablo va y me preocupo un poco. Al rato, cuando vuelve, me muestra los regalos: una virgencita de Guadalupe y un CD plateado, para colgar del espejo del coche, también con la virgen de capa azul. “Sacaba de su armario y quería darme todo”, me explica. También quiso llevarlo a la cantina donde hay unas viejas bien guarras.

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Siempre el mismo cerdo. Foto: Especial

Tiguer ya no vuelve, así que quedamos con las mujeres. Se escucha la música. Son “Los cadetes de Linares”. Hay un montón de equipos de música en la casa, me dice Pablo. Julito duerme con su papá, pero Mayra, la hija, duerme con la tía o con la abuela. La familia no tiene nada que ver con los esposos, pienso. Las mujeres nos cuentan cosas, nos hablan con su tonada monocorde y un poco aguda en el final de las frases. La tía no sabe dónde trabaja su hijo, de 18 años. En una maquila, eso lo sabe, pero es el pequeño Julio quien da precisiones. Es una maquila nueva que está en la salida a Embalse, hacen volantes para carros. Julio de doce años tiene toda la información, pero todavía es chico y se queda con nosotros, con las mujeres.

Ya no hay música, solamente las nenas que bailan en un costado. Nos tenemos que ir porque el ex-diputado nos espera a comer en su casa. Es un comerciante de derecho a derecho. Tiene cines, dos pescaderías en el pueblo y otras tantas por San Fernando. Nos cuenta del cine mientras sirve el tequila y su mujer pone en la mesa los platos con papas fritas. Antes eran cines teatro pero ya no pueden traer artistas. Antes iban un poco…no entendemos bien lo que cuenta, de cuando Violeta Linares vino al pueblo o cuando estuvo Cachaulete (Violeta Linares y Cachaulete son famosos para todos menos para nosotros, pero estuvieron). Cuando estuvo Cachaulete fue un desastre. La función empezaba a las ocho y el teatro vacío. Nadie. Así que Cachaulete preguntó: ¿Dónde se junta la raza”. En el “Lalito”, le contestaron y allí fue a reclutar la gente y llenó el cine. Pero lo que más jalaba eran los travestis. Se cambiaban ahí, en la misma casa del ex-diputado, con la ayuda de doña María, que las espiaba. Unas mujerotas bien grandes.

La conversación se apaga porque no conocemos a nadie. Pedro Armendáriz, dicen; me alegro porque puedo intervenir, a ese lo conozco: pero si está muerto, digo. Me miran con escándalo: El hijo, Pedro Armendáriz hijo.

Se agotó lo del cine y ahora Doña María habla del pescado que importan desde el otro lado. ¿Es que nosotros hemos comprado a los pescadores del Mezquital? De cuántos kilos. Dos, tres. Eso no está bien. Del otro lado solo aceptan hasta de kilo y medio, más grandes los rechazan porque traen gusano. ¿No los vimos en el pescado? Unos gusanotes así. Doña María estira el meñique gordo. El meñique corcovea como los gusanos en la carne de los pescados de más de tres kilos. Hay que comprar pescados chicos, repite con el dedo todavía corcoveante. Si pesa más de tres kilos, cuando cortas el pescado encuentras gusanos blancos. No hay pierde, asoman sus cabezotas por entre la carne rosado blancuzca, se sacuden en el interior de esa hendidura inesperada. Nosotros no vimos en nuestro pescado. Pos no habrán mirado, contesta doña María y queda zanjado el asunto.

Hay que comprar pescados chicos, repite con el dedo todavía corcoveante. Foto: CambioPress

Mi vieja hace la mejor comida, dice el ex-diputado de su mujer. Sí, confirma el amigo, siempre dice que nadie hace la comida mejor que su vieja. Es cierto que está buena. Son tamales comprados, pero igual me explica cómo los hace, de haberlos hecho. Saben igual a los comimos en los ranchos, pero calientes. Miro el nudo que los ata sospechando la misma cocinera.

El ex-diputado pregunta si conocemos camino a Reynosa, donde están las fondas. Conocemos. La de Chema era la más famosa, siempre así de llena porque tenía los chorizos más frescos. Cada día mataba. Bien temprano, nomás el amanecer, los chillidos de la faena llegaban hasta el “Rancho Nuevo”. Pero el ex-diputado se ríe porque es falso. Al Chema lo sorprendieron una mañana, medio dormido en su silla y pasando una grabación de la matanza del cerdo. Cada mañana la misma. Era una grabación que había hecho con los chillidos de la matanza y cada día, a las cinco de la mañana, puntual y adormilado, corría la cinta. Siempre el mismo cerdo. No le reconocían la voz, pregunta Pablo. No, no la reconocían. Por eso se llenaba de gente, todos iban por la carne fresca, se le escuchaba faenar y el muy canijo había hecho una grabación. Mata cada día porque vende mucho, decían. Una publicidad como otras. Hablamos un rato más mientras terminamos el guacamole y el tequila. Es la primera vez que lo tomo frío.

Hora de regresar. La luna ilumina los campos, todo llano, todo recto, por la noche hasta el sorgo rojizo para la siembra parece lindo. De vez en cuando la luz de un coche ilumina los ranchos que bordean la ruta, las ventanitas bombardeadas por los reflejos eléctricos de los televisores. Atravesamos el ejido. Lucecitas. Un perro bestial, medio pelado y de colmillos grandes, salta a las ruedas. Cómo llegó tan viejo si tan güey.

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