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Un cuento de la colombiana Mariana Jaramillo: Breves episodios de la vida de El Peludo

Ciudad de México, 27 de mayo (MaremotoM).- De muy pequeño, como a los cinco años, se lo llevaron de Calarcá, donde nació, a Ibagué.

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Era un niño huraño y no jugaba con su hermana Aleyda. Ella entonces inventó unas amigas invisibles para poder jugar. Esas amigas después murieron trágicamente.

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De adolescentes, cuando iban al Club Campestre de Ibagué y jugaban básquet, se dedicaba a escupir a las amigas de Aleyda, en especial a Zoila Trujillo. Seguro Zoila le llamaba la atención.

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Fue marino a los 18 años. Navegó en el Buque Gloria de la Armada Colombiana. En el Buque Gloria tuvieron una marimonda como mascota a la que le ponían el uniforme de marinero y que tuvieron que abandonar porque dejaba huellas de sus patas por todo el barco luego de que lo habían pintado. También viajó por el Río Amazonas, vio delfines rosados. No pudo terminar la carrera como marino porque su tío, El negro Castillo, que pagaba su mensualidad, murió y él tuvo que regresar a la casa a trabajar.

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Fumaba cigarrillo y a veces pipa. Se dejó una barba frondosa que le valió el apodo de El Peludo. No duraba mucho en los trabajos porque tenía un carácter terrible y cazaba peleas con jefes y subalternos. Se encerraba durante días por las rabias que le daban. Dejaba de comer y azotaba las puertas.

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Era un gran fumador. Tenía el dedo índice amarillo clásico de los fumadores. No siempre fumó la misma marca: pasó por President, Marlboro rojo, Caribe, Pielroja, Royal. Compraba cajetillas y, luego de un tiempo, pacas. Guardaba las cajetillas en los bolsillos de la camisa y a veces en las medias. Llegó a fumar 3 cajetillas diarias.

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Fue asistente médico en las primeras suturas de su amigo Elkin Lucena, pionero de la reproducción en probeta. Cuando Elkin estudiaba medicina en la Universidad Nacional, también le compraba cigarrillos y lo acompañaba a estudiar con sus amigos en el Park Way. La mamá de Elkin, Maruja, solo le prestaba el carro al Peludo porque lo consideraba serio y responsable.

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Trabajó como detective del DAS con la placa 1666. En Bogotá, en compañía de unos primos y otros amigos que le daban posada, se iba a las afueras de la plaza de toros o del estadio a detener revendedores para quitarles las boletas y poder entrar a ver las corridas y partidos de fútbol. Sus primos y los amigos que le daban posada en Bogotá, en cuanto sabían que venía el 1666 se ponían felices pues habría partido de futbol o corrida de toros, por su cuenta.

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Compartió su cuarto en la casa de Leonor, su mamá, con un primo médico, hippie, tartamudo, que no se bañaba, no dejaba que le lavaran la ropa y fumaba bareta en la terraza. El primo padecía de una chucha y una pecueca indecibles que él aguantó con estoico cariño.

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Ilustraciones de Alejandro Márquez
Se enamoró y se casó por primera vez con Nohora. Vivieron juntos 4 años. Tuvo dos hijos: Mónica y Mario. Ilustraciones de Alejandro Márquez

Se enamoró y se casó por primera vez con Nohora. Vivieron juntos 4 años. Tuvo dos hijos: Mónica y Mario. Ellos se criaron en la casa de él, donde vivían Leonor, su mamá, su hermana Aleyda y su hermano Carlos. Leonor se encargó de consentirlos y malcriarlos, en especial a Mónica. Aleyda jugaba y pasaba delicioso con esos dos sobrinos que eran como sus hijos.

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Trabajó en el banco de la República, pero una noche hubo una fiesta, se emborrachó y decidió bañarse en calzoncillos en las fuentes de la Plaza de Bolívar. Al otro día encontró la carta de despido en su escritorio.

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Refugió en la casa de Leonor, su mamá, a una pareja de médicos chilenos que trajo su amigo el médico Pablo Isaza. Huían de la dictadura de Pinochet. El doctor Olivera llegó con lo que tenía puesto y el Peludo lo surtió de cigarrillos y plata para el bus mientras montaba su consultorio.

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Un día llegó furioso del trabajo, se encerró y le pidió a Arita, quien los ayudaba en la casa desde hacía años, que no le sirviera comida y que le alistara la maleta con ropa de tierra caliente a él y a Mario. Arita lo hizo sin preguntar. Volvieron a los ocho días felices y bronceados de San Andrés.

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Trabajó en el Seguro Social y ahí conoció a María Cecilia. Duraron dos años de novios. Cuando eran novios salían con Carlos, el sobrino de María Cecilia, a quien le encantaban los carros y los soldados de Mario, el hijo del Peludo, que se los regalaba. A Carlos siempre le daban ganas de orinar en la estatua del indio con palo, y el Peludo lo llevaba a hacer chichí ahí.

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Se casaron por lo civil en San Antonio del Táchira, Venezuela. El papá de ella nunca lo quiso y no lo dejaba entrar en su casa. No tuvieron celebración de matrimonio, solo un ponqué y un vino que les tenían Leonor, la mamá del Peludo, y Aleyda su hermana, al llegar de San Antonio.

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Don Roberto, su suegro, nunca lo quiso por ser separado y tener dos hijos y por no ser profesional. No lo dejó entrar a su casa sino hasta el año 1989, después de quince años de su boda con María Cecilia.

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Recién casados vivieron en la pensión de Doña Dioselina, donde hacían muchas fiestas. Seis meses después de casarse con él, María Cecilia se iba a separar. Él era un hombre complicado, con quien se volvió muy difícil la convivencia. María Cecilia decidió que para seguir con él tendría que, como ella lo llamó, domesticar al Peludo. El proceso de domesticación de El Peludo incluía, además de diálogo obligado y mucha paciencia, que el Peludo tomara agua aromática de sidrón mañana y noche para estar más tranquilo.

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A los tres años nació su hija Manuela. No era muy bonita pero él la adoró.

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Nueve meses después del nacimiento de Manuela, su mamá murió de un infarto. Fue una pena enorme para él. Lo hospitalizaron porque se enfermó del corazón.

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Cuando María Cecilia y él salieron de la pensión, compraron la Casa en Irazú y se fueron a vivir allá.

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Tres años después nació María. Esta vez él escogió el nombre. Lo paraban en la calle cuando iba con ella porque era una niña muy linda.

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Cuando Manuela tenía 7 años, su hija mayor, Mónica, que estudiaba Derecho, fue a verlo para contarle que estaba embarazada. Era soltera, tenía 21 años, y el papá del niño no aparecía. Al Peludo lo hospitalizaron porque se le reventó una úlcera.

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Nueve meses después, acompañó a su hija Mónica en el parto. Nació Santiago, su primer nieto. Un niño divino, gordito, a quien visitaba y llamaba casi todos los días.

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Acompañó a su amigo Bepe Borgoño, que tenía cáncer de estómago, la víspera de su muerte.

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Un día iban a irse de vacaciones a una cabaña alquilada en el Lago Calima. Todo estaba listo. En el almuerzo Manuela regó el jugo y él se puso furioso, se levantó gritando de la mesa y dijo que ya no iba. María Cecilia se fue con la nana, Arita y las dos niñas, ya no para el Lago sino para el Huila. Él se quedó solo en la casa.

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Cuando cumplió 50 años le llevaron serenata y amanecieron bebiendo y cantando. María se levanto en la mitad de la noche y también le cantaron canciones.

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Su hijo Mario se casó por la iglesia. Durante la ceremonia el Peludo se salió a llorar afuera de la iglesia. Mario usó para casarse la argolla de matrimonio del Peludo.

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Unos años después su primo médico y hippie, el Tatareto, de casi cincuenta años, se casó con Gabriela en Bogotá. Vino con María Cecilia al matrimonio.

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Se la pasaba los fines de semana en un café de la calle 12 entre carreras tercera y cuarta. Jugaba billar, se hacía chistes y burlas con los amigos y se tomaba sus tragos.

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Una noche en el Café, Alfonso Viña, su amigo músico, decidió hacerle el chiste de quitarle las gafas. El Peludo quedó viendo muy borroso y se fue hasta una estación de policía, así medio ciego, llevó a los agentes al café y obligó a Alfonso a que le devolviera las gafas. Desde ese día jamás volvió a hablar con él. Ni siquiera cuando Alfonso estaba agonizando quiso ir a verlo.

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Mientras tenía un trabajo en Lérida, tuvo una infección en el brazo derecho. Era horrible y llena de costras purulentas. Los dermatólogos dijeron que había que amputarlo pero, gracias a unas cremas que le formuló el Hermano Timoteo, se recuperó aunque el brazo le quedó más flaco y siempre frío.

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No sabía combinar la ropa, pues era María Cecilia quien cada noche le alistaba la muda del otro día incluidos calzoncillos, medias y pañuelo. Sus camisas siempre debían tener dos bolsillos para poder guardar todos los papeles que cargaba, telefónos y publicidades varias. Si le regalaban el día del padre o en navidad una camisa con un solo bolsillo, había que buscar la forma de hacerle otro, pues sin los dos bolsillos no las usaba.

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Su gran amigo Carlos García, Garrincha, lo invitaba todos los miércoles a comer. Parte del menú siempre era crema de ahuyama. Al Peludo no le gustaba, pero a fuerza de comer obligado cada miércoles le terminó gustando.

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Durante los años 80 mantuvo una gran obsesión por los televisores y los equipos de sonido. En la casa llegaron a tener más de 3 televisores. Tenía su proveedor de televisores y de equipos de sonido en San Andresito. Le decían El Mellizo. El Peludo pasaba allá tardes enteras viendo televisores y oyendo sonar tocadiscos.

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Cada semana Arita tenía que hacer frijoles con chicharrón, aguacate, arepa, mazamorra de entrada y banano. Una costumbre desde la casa de su mamá.

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Se obsesionó durante un tiempo con enviar cartas a las agregadurías culturales de diferentes embajadas, para pedir información sobre países como China, Corea, Japón. Pedía que le mandaran folletos de sitios turísticos. Las cartas las redactaba él y con ayuda de Manuela, para que ella practicara mecanografía, las pasaban a máquina de escribir y luego él las enviaba al correo. Las embajadas contestaban enviando los folletos.

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Su amigo, y gran soltero, El Calvo Zambrano, se casó con Silvia. Fueron invitados al matrimonio en el que se pegaron una borrachera de antología, al punto que cuando venían de regreso a la casa, él sacó la cabeza por la ventana del carro para vomitar y botó la caja de dientes. Al otro día fueron a buscarla por el camino con linternas y palos pero no la encontraron.

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Fue gran amigo de Germán Eduardo Kairuz. Iban a jugar billar al Círculo Social y a comer comida árabe. El Peludo lo iba a esperar a la óptica los sábados al medio día cuando el terminaba con los pacientes, para que se tomaran unas cervezas. El Peludo era fiel paciente de el Turco, como le decía, pues era él quien le examinaba los ojos. Hasta le tenía timbre de música árabe en el celular para identificar sus llamadas. Compraban juntos en compañía el Baloto y tenían muy claro cómo iban a repartir esa plata.

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Su gran centro de operaciones era el café El Patriarca, en la carrera segunda entre calles once y doce. Allí asistía religiosamente. Tomaba tinto, jugaba uno que otro chico de billar y se tomaba unas cervezas. También era el escenario para discutir de política y chismes de la ciudad.

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A los 60 años decidió empezar a practicar la orinoterapia. Fue juicioso durante cuatro meses después de los cuales desistió al no ver ningún beneficio.

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Un día llegó a su casa sintiéndose muy mal, casi desmayado. Arita lo recibió y llamó a María Cecilia. Al llegar a la casa, María Cecilia se dio cuenta de que llevaba semanas cagando con sangre y no había dicho nada. Se lo llevaron a la clínica y le hicieron once transfusiones pero necesitaban hacerle una endoscopia para saber con precisión donde estaba el sangrado. Muerto del susto, no se quiso dejar hacer la endoscopia. Ya más muerto que vivo lo llevaron al quirófano y le hicieron una cirugía que por fortuna salió muy bien. Hasta ese momento llegaron sus 3 cajetillas diarias de cigarrillos y sus ceniceros.

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Cuando dejó de fumar, después de la operación, engordó un poco. Le salió una barriga chistosa como una bolita que fue pasajera. Cambió los cigarrillos por los dulces de café y cargaba montones en los bolsillos del pantalón. Una vez iba caminando desde la casa hacia el centro y unos ladrones lo iban a robar pensando que llevaba fajos de billetes en los bolsillos. Lo tiraron al piso, lo esculcaron y al darse cuenta que eran solo dulce lo cogieron a patadas.

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Un par de años después nació su segundo nieto: Mónica tuvo a Benjamín, un niño calvo y precioso.

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Por ese mismo tiempo su hija Manuela se graduó de la universidad, y Diana, la hija de Arita, quien los acompañó toda la vida, tuvo a su hijo Santiago, a quien él quiso profundamente.

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A los 62 años murió de cáncer en el hígado su hermana menor, Aleyda. Se vieron por última vez en Bogotá, en la casa de su hermano Carlos, cuando el Peludo cumplió años y decidió venir a verla después de que María Cecilia le insistiera hasta el cansancio pues él odiaba Bogotá y no quería ver a Aleyda así. Esa muerte lo dejó devastado. Sin Aleyda nada volvió a ser igual para él.

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Después de una pelea de un año, en la que no le habló a María Cecilia y permanecía encerrado en el cuarto de Manuela sin saber por qué y sin hablar. Ella, cansada de la indiferencia, decidió ponerle la demanda de divorcio y le pidió que se fuera de la casa.

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Él se fue llorando con sus cosas para donde su hija su Mónica que vivía con su hijo Benjamín. Allí el Peludo vivió 7 años.

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Unos años después, cinco tal vez, murió su tía Cecilia, la hermana de su mamá y madre de sus primos Tatareto, Pitucha y Pikis.

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Aparecieron en su vida los teléfonos celulares y los computadores, que se volvieron su nueva y gran obsesión. Tenía portátil, celulares de última tecnología y se comunicaba con sus hijas vía correo, Messenger, y hacía compras por internet. Se hizo íntimo de los que atendían en Tigo, pues iba casi todos los días a preguntar las novedades.

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Se volvió aficionado al vino. Se afilió al Club del Vino. No sabía mucho y a veces compraba vinos picados que el mismo arreglaba echándoles azúcar.

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Invirtió en DMG 15 días antes de que la captadora ilegal fuera desmantelada.

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Cuando vivía con su hija Mónica decidió comprar un señalador laser que usaba cada cierto tiempo, escondido desde la ventana de su cuarto, para alumbrar a las personas del barrio que iban caminando, los paquetes que llevaban, los zapatos, los carros, o el culo y los escotes de las señoras. Si podía y había personas jugando parqués les alumbraba el tablero, las fichas y los dados. Solo y bien escondido en el cuarto, se reía al ver la reacción de la gente. Un día su nieto Santiago entró al cuarto y lo pilló reventado de la risa con el laser en la mano. El Peludo le pidió por favor que no dijera nada y no le acabara con ese juego.

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De los 7 años que estuvo separado de María Cecilia, pasó los 5 primeros sin determinarla. Pero luego de que Manuela convulsionó 5 veces en una noche volvieron a hablar, a verse, a salir.

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En abril de 2011 volvió a la casa de Irazú con María Cecilia y fue muy feliz.

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En 2011 tuvo una pelea con su hija María y él no volvió a hablarle.

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En marzo de 2012 le descubrieron un tumor en la laringe que debían operarle de inmediato. Extrañamente accedió a operarse. Ese día llamó a todos sus hijos, a sus amigos, a su nieto, a su hermano y les contó del tumor. Al día siguiente, mientras María Cecilia iba por los tubos de ensayo para los exámenes de sangre, él decidió ir al Patriarca para ver a Germán Amaya, su amigo, con quien quería hablar porque estaba muy triste. En la buseta le dio un infarto fulminante. Lo llevaron a la clínica para intentar reanimarlo pero no hubo nada que hacer.

Mariana Jaramillo
Mariana Jaramillo. Foto: Cortesía

Mariana Jaramillo Fonseca (Ibagué 1978) Psicóloga de la Pontificia Universidad Javeriana y Magister en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo. Ha sido docente de la Universidad de Ibagué, la Universidad del Tolima y la Universidad Javeriana. Trabajó como promotora de Lectura en BibloRed. Coordinó el programa de Idartes Red de Talleres Locales de Escritura desde 2013 hasta  2016. Ha escrito artículos para Shock, Soho, Carrusel y tuvo una columna de opinión en el Diario El Nuevo día de Ibagué durante 7 años. En la actualidad forma parte del equipo de la subdirección académica del Instituto Caro y Cuervo, en lo relacionado con investigación. Hace parte de la Antología Puñalada Trapera con su cuento “Mi novio Albino”.

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