Un cuento de la escritora colombiana Mariana Jaramillo: Mi novio albino

Bogotá, Colombia, 3 de mayo (MaremotoM).-

Para Frank Báez, que me devolvió la confianza en mis historias

A Joaquín lo conocí porque era mi alumno albino. Yo tenía veintiocho años y era la primera vez que daba clase. Me enfrenté a un grupo de cuarenta estudiantes. Yo me veía igual a ellos con mi figura menuda, jeans, camiseta y tenis. La vida me parecía aburrida entre dar y preparar clases, aguantar calor, corregir exámenes, estar sola, escribir para el periódico y seguir aguantando calor.

Los estudiantes me parecían jartísimos, a veces brutos y a veces chistosos. Con el tiempo había quienes empezaban a destacarse en el curso. El primero, el albino. Dieciocho años, alto, como de 1,88, con el pelo como fique, la boca muy roja como una cereza, los ojos grises en permanente movimiento detrás de unas gafas transitions. Esos ojos me parecían un misterio. Tenía una voz gruesa y profunda que me sonaba muy sensual. Durante la clase yo me fijaba en su pelo y los peinados distintos que se hacía. A veces, al final de clase se quedaba y me preguntaba por libros, me decía que había leído mi columna del periódico. Yo me ponía nerviosa y era cortante con él.

Un viernes él y su amiga, la gorda del curso, los mejores de mi clase, me invitaron a un bar. Yo estaba tan aburrida que aparecí en el sitio. Sonaba rock en español y eso me trajo recuerdos maravillosos. El albino estaba ahí. Sentí que estaba nervioso. Pedí una cerveza y hablamos mucho de música, de lo aburrida que era la ciudad y de qué hacían ellos para divertirse. Se fue haciendo tarde, cerraron el bar y nos fuimos a la casa del albino a ver videos. Estaba muy cerca de él; su piel era suave, totalmente blanca, se le veían las venas azules y verdosas. El pelo, los vellos de los brazos, las cejas y las pestañas eran alucinantes: de cerca eran como pelo de muñeca Barbie de los ochenta: color platino. La gorda se fue al baño y yo me sorprendí de pronto a la madrugada mirándolo de cerca, examinándolo, inspeccionándolo, tocándole el pelo luego de que le solté la cola de caballo mientras veíamos videos de Julieta Venegas pegados a la pantalla del televisor y yo cantaba durísimo: “Sueltaaaa el listón de mi pelooooo desvanece el vestido sobre mi cuerpo y acércate a mííííííí”. Para ese verso de la canción ya estábamos abrazados, él respiraba fuerte y yo estaba fijada en su boca roja: se me acercó y me besó despacito. Puso sus labios sobre los míos, yo abrí mi boca y él recorrió la mía con su lengua suave y dulce. Yo me dejé, lo mordí suavecito mientras metía mis manos entre su pelo largo, crespo y platinado. Luego de muchos besos me miró y me dijo:

―Estuve soñando esto todo el semestre, usted me encanta.

Yo sonreí, lo abracé y le dije que tenía que irme. La gorda volvía del baño cuando me desprendía de sus brazos. Me sonrío como juzgándome. Llegué a mi casa a las cinco de la mañana. Mi mamá me regañó al otro día y a mí no me importó, ya estaba yo muy grande para eso.

En la siguiente clase me sentía rarísima. No sabía si mirarlo, y lo peor era que nunca sabía si él me miraba. Todo estuvo tranquilo. Ese día hice quiz como siempre; cuando los revisé antes de guardarlos, el suyo decía en la parte de atrás: besos, besos, besos, besos.

El suyo decía en la parte de atrás: besos, besos, besos, besos. Ilustración de Alejandro Márquez

Esa semana nos vimos. Fuimos a su casa, de nuevo por la noche. Nos metimos en su cuarto totalmente a oscuras, solos con la tele prendida. Vimos videos de Calamaro, de Charly García, otra vez de Julieta y así nos fuimos dando muchos besos y quitándonos la ropa. Él resplandecía en la oscuridad: era hermoso como una escultura del Renacimiento. Se quitó las gafas, me miró a los ojos y me dijo que esto se lo había imaginado muchas veces. El calor era insufrible, estábamos sudando; yo lo besaba con fuerza, con sorpresa, le tocaba la cara, las cejas, le besaba los ojos, le mordía los labios, le tocaba el culo, le besaba el cuello, las orejas, la espalda, él jadeaba, me miraba sin foco con esos ojos móviles como limpiabrisas. Yo lo miraba fijo, le decía que me encantaba. Estaba empapada. Tenía la verga más hermosa del mundo: rosada, perfecta en tamaño, en espesor, de textura suavísima. Sus piernas, su pecho y su pubis eran como los de un ángel, tapizados por un delicado vello solo visible desde ciertos ángulos. Él fue por los condones que tenía encima del armario, se puso uno y se metió dentro de mí. Se movía despacio, sin quitarme los ojos de encima, sin dejar de besarme, sin dejar de decirme que le encantaba. Nos vinimos juntos (jamás me había pasado) mientras yo me reventaba de la risa con las manos dormidas. Nos arrunchamos así, sudorosos, pegajosos, y dormimos un rato. Mientras me vestía para irme, lo miré dormido: era perfecto. Un hombre muy alto como una escultura de museo solo para mí, con el detalle del pelo abundante y muy crespo que caía por sus hombros, las piernas largas, gruesas, con músculos insinuados y peludas lo mismo que el pecho y el abdomen con apenas un vientrecito, recorrido por un camino de pelos. En ese momento él era belleza en estado puro, como un copo de nieve. Mi copito de nieve, le susurré al oído antes de salir. Llegué a mi casa con el pelo mojado de sudor y mi mamá me miró con reprobación y asco. Yo me reí.

En la clase siguiente él participó un montón y yo trataba de no sonreír mientras hablaba. Era muy inteligente y agudo en su sentido del humor. Ese día de nuevo hubo quiz y el suyo decía por detrás: “No me lo debuelba, la quiero”. Tenía una ortografía espantosa. Yo estaba muy emocionada con lo que pasaba. Esa semana nos vimos en su casa a oscuras, encerrados en su cuarto de nuevo solo con la tele prendida. Nos pusimos a leer. Varias veces le sonó el celular y él lo apagaba apenas veía quién era. Yo decidí no preguntar nada. No me importaba quién lo llamaba pero no entendía cómo podía leer a oscuras. Leía perfecto con esa voz aterciopelada y paraba para mirarme a los ojos en primerísimo primer plano. Me parecía raro que en casi total oscuridad leyera sin errores, hasta la letra más pequeña, y que se percatara de los detalles de los videos como las uñas de los bajistas, pero no hacía preguntas. No sabía nada de los albinos pero estaba a punto de entenderlo todo. Mientras leíamos su mamá tocó la puerta y nos ofreció algo de tomar. Él se levantó y le dijo: «Mamá, ella es Manuela, la profe». Ella me miró con ternura y me dijo que entendía por qué Joaquín no paraba de hablar de mí y volvió a mirarme con aprobación mientras nos decía con una sonrisa que siguiéramos leyendo. Yo le dije: “Gracias, Martha”.

Ella nunca mencionó lo de la luz. Yo no aguanté la curiosidad y le pregunté a Joaquín. Me dijo que él veía mejor con poca luz. Y me di cuenta de que en la oscuridad podía mirarme fijo sin que sus ojos se movieran de un lado a otro. Seguimos leyendo hasta por la noche en su cuarto con el ventilador prendido. Salimos a comer. Él, siempre, incluso de noche, usaba manga larga, sombreros o gorras. Si usaba manga corta se tenía que embadurnar de protector solar. Su piel era muy suave. Me encantaba tocarlo. Solo tenía dieciocho años y a veces le salían barros y no tenía barba todavía. Yo pensaba que esto iba a ser un romance corto, pero la cosa fue distinta. Yo pensaba que iba a tener el control, pero me enamoré perdidamente de Copito.

Yo pensaba que iba a tener el control, pero me enamoré perdidamente de Copito. Ilustración de Alejandro Márquez

Copito era el mejor amigo de la gorda de la clase, que no se separaba de él. Un día fuimos a un bar barra libre y al salir del baño, los vi besándose. Lloré y salí corriendo desconsolada sin decir nada. Cuando miré hacia atrás, Joaquín venía corriendo y me gritaba cosas que no tenían sentido y que no quería escuchar. Lo perdoné y ese fue el comienzo de una guerra con la gorda. Ella le juró a Joaquín que iba a hacer todo para separarnos y a eso se dedicó. Me preguntaba cómo lograba seducirlo la maldita gorda esa si tenía la piel grasosa y el pelo igual, la cara ancha y un color de piel ceniciento, los ojos chiquitos y ojeras. Me moría de la ira de solo pensarlo.

Para no pelear con Copito y dármelas de muy madura, me tocó aguantarme a esta gorda porque era su amiga. Estaba claro que ella se le metía por los ojos. No faltaba nunca a nada: estaba en celebraciones de cumpleaños y hasta en un paseo de la familia de Joaco nos tocó compartir el cuarto. Esa noche él y yo llegamos tarde en la noche de la piscina. Ella se hizo la dormida, pero estoy segura de que oyó nuestros jadeos y creo que sorbió mocos cuando él me dijo que me amaba y que le encantaba.

A pesar de la gorda, yo entré en el terreno del amor profundo. No me enamoraba así desde la universidad y me daba la sensación de que Copito se enamoraba por primera vez. Toda la relación empezó a escondidas: sus amigos no sabían pero siempre estábamos juntos; mis amigas sabían y les parecía otra de mis locuras, mi mamá no estaba de acuerdo y la mamá de él estaba feliz. No nos demostrábamos afecto en público, no nos cogíamos de la mano ni mucho menos nos besábamos o nos abrazábamos. Al llegar a su casa, pasábamos encerrados tardes enteras haciendo el amor. Su mamá era muy respetuosa y nosotros silenciosos. Aunque una vez abrió la puerta y me encontró empelota encima de él, cerró sin decir nada.

Mi vida laboral en esa ciudad hirviente era un infierno. Yo estaba muy aburrida. Pero la verdad es que por Joaquín no me fui: le apostaba, ingenuamente, a que podíamos tener un futuro juntos a pesar de todo lo que nos distanciaba.

Joaquín empezó a ser muy celoso. Me controlaba y me llamaba muchas veces al día, incluso cuando sabía que tenía clase. Eso me ahogaba y empezó a ponerme furiosa y a provocar muchas peleas. Joaquín le tenía unos celos enfermos a mi mejor amigo Juan, casado y con una hija. No soportaba que yo hablara con Juan por teléfono o que me viera con él cuando venía a mis revisiones de tesis de maestría en Bogotá. Sufría mucho y pensaba que entre Juan y yo pasaban cosas. Nunca pudo entender mi amistad con él.

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Fueron tiempos difíciles para mí: entre las clases, la clandestinidad con Copito y la tesis de la maestría, estaba volviéndome loca. Joaco me contenía, me decía que me amaba, me ayudaba con las impresiones de la tesis. Cuando me gradué de la maestría, empezamos a hacer planes para irnos de viaje. Ahorramos y nos fuimos en bus a Santa Marta. Fue un viaje inolvidable. Estuvimos acampando y en la playa nudista todo el tiempo. El lugar estaba lleno de gringos y cuando nos veían desnudos gritaban: “¡The Whitey and The Brownie!”. Nosotros nos reíamos. Yo estaba dorada por el sol y Joaco seguía como el hijo de la luna, embadurnado de sus cremas medicadas contra el sol. Vimos muchos atardeceres rosados y anaranjados, hicimos el amor en el mar. De día, al atardecer mientras el sol nadaba, al amanecer en la carpa. Dimos largas caminatas por acantilados, ríos y selvas. Joaquín siempre estaba con gorras y sombreros y yo estaba pendiente de que se untara sus cremas. A pesar de eso, su pelo, su hermoso pelo platinado se manchó, creo yo, con la sal del mar. Le salieron mechones verdosos, otros color miel, otros cafés. Algunas puntas se pusieron muy amarillas. El pelo le creció un montón pero se puso distinto, un poco áspero y con esos colores que con los días eran diferentes y se notaban más. Era distinto.

Una vez se quemó con el sol. Nunca antes le había pasado. Le salieron ampollas y tuve que hacerle curaciones y darle mucho líquido. A pesar del calor de nuevo volvió a sus camisetas de manga larga.

En esos días en estado salvaje, empelota días enteros, el amor creció y yo sentía que, a pesar de los años de diferencia, él era el hombre de mi vida. En Santa Marta hicimos planes de irnos a vivir juntos.

―Negrita, ¿por qué no nos vamos a vivir a Australia? Allá está mi tía Nena y nos puede ayudar.

―Pero Joaco, ¿y su carrera?, la visa, ese pasaje es muy caro ―dije.

―Manu, tú eres una dura, puedes dar clases de español, y pues pedimos prestado y nos vamos de ese pueblo de mierda, donde nadie nos juzgue, donde podamos estar en paz.

―Joaco, yo lo amo y podría hacer ese viaje, y más por usted. No quiero perderlo.

―Manu, yo te adoro, eres todo lo que esperaba para mí.

―Sería divino tener un hijo con usted, Joaquín, sería precioso tenerlo en mi barriga ―dije como pensando en voz alta. Y pensé durante el resto del viaje cómo sería un bebé albino: precioso como un muñequito, con ese pelo suave, abundante y casi invisible a la vez. Con la piel delicada y transparente.

―Yo te cuidaría, Manu, y sería un niño inteligente y hermoso, con tus ojos, tu voz, tus pestañas…

Por dentro yo pensaba que estábamos locos y yo más, porque sabía que eso que me decía era muy difícil. Y de los hijos, ni hablar, yo no quería.

Al regresar, ambos llegamos con el pelo largo. A él le había empezado a salir la barba y yo estaba feliz. Llegó con el pelo manchado por el agua de mar. En su casa me dijo:

―Negra, tengo el pelo manchado, ¿me lo cortas?

Yo me asusté, pero respondí:

―Sí, claro, pero ¿poquito o mucho?

―Yo me dejo hacer lo que tú quieras.

Cogí las tijeras y empecé. Su pelo era grueso y abundante. Tenía que hacer fuerza para que la tijera cortara. Primero corté su cola de caballo. Seguí cortando muy al ras de su cabeza. Le hice una cresta que me quedó bonita.

Cuando terminé, el cuarto estaba lleno de pelos platinados. También de puntas amarillas, de mechones cafés y de algunos verdosos. Era como si hubiera esquilado una oveja. Se puso las gafas y pegó la cara al espejo que yo le había pasado.

―¿Le gustó? ―pregunté.

Me miró y dijo:

―No sé, me siento raro.

―Se ve divino. Quedó muy lindo.

En ese momento entró Martha, la mamá, vio el tapiz de pelos y dijo aterrada:

―Manuelita, ¿qué paso? ―Y se rio.

―Mira a Joaco, quedó precioso.

―¿Qué dices, viejita? ―le preguntó Joaquín.

―¡Qué dicha!

―Y mi chocolatina ¿qué dice? ―dijo mirándome.

Yo me senté en sus piernas y lo besé. Al rato fue a acompañarme a mi casa. Estaba divino, diferente, se veía muy alto, como un hombre fuerte. Yo estaba enamorada.

Ya llevábamos juntos año y medio. La relación se hizo pública porque yo estaba aburrida de seguirle el juego a esa sociedad pacata. Me sentía muy orgullosa de estar con él, aunque era consciente de todas las murmuraciones. Pero yo necesitaba otras cosas que claramente Copito, aunque me amara, no podía darme: quería viajar, estudiar, vivir fuera del país, y pensar en no poder hacerlo me tenía frustrada. Me empecé a poner irritable y empezamos a pelear casi todos los días.

Copito pasaba mucho tiempo con sus amigos y yo cada vez tenía más reuniones y trabajos por calificar. Lo extrañaba y sentía que me daba excusas para no verme. Varias veces lo vi con la gorda esa y me moría de celos. Siempre tenía que estudiar con ella, hacer trabajos, preparar exposiciones en la casa de ella. Hacía unos días la mamá de mi mejor amiga me había llamado a decirme que había visto a Joaquín por la calle cogido de la mano y dándose un beso con una niña alta y gorda. Yo me torcía de la piedra y trataba de aguantar las lágrimas y los gritos, intentaba parecer controlada y adulta. Sabía que era ella, esa gorda maldita que siempre quiso separarme de él.

Un día después de la llamada de la mamá de mi amiga, tuvimos una pelea fuerte. Me di cuenta de que me mentía y eso me enloqueció. Le dije de todo en un descontrol:

―Joaco,¡usted es un güevón!¡Qué se cree!¡Cómo se le ocurre mentirme!¡A mí, a mí que lo he arriesgado todo por usted!

―Manu, no es lo que piensas, no tengo nada con ella, es solo mi amiga. La gente inventa cosas.

―¿Qué me va a decir de ese chat que estaba en su computador cuando fui a revisar mi correo? ¿Que esas cosas se las dicen los amigos? ¿Que ustedes no duermen juntos cuando usted va a estudiar donde ella?Madure, estoy aburrida de esta mierda, de sus maricadas, de sus celos de mentiras conmigo y de sus manipulaciones. Dígame de una vez qué le pasa y qué siente, hace cuánto está enredado con esa gorda malparida.

―Manu, cálmate. Yo te amo, eres la mujer de mi vida y lo sabes. ¿Y nuestros planes? ¿Y el viaje a Australia? ¿Y nuestra familia?

―¿Cuáles planes? Esos son sueños culos, Joaco, aterrice. Usted ni siquiera ha acabado la carrera. Hasta aquí llegué. Ya entendí todo. Yo solo fui una fantasía para usted. Sus palabras son una maldita mentira, Joaco, usted es un niño y yo, yo, como una güeva me enamoré y mire: perdí otra vez. Me voy y no me busque más ―le dije entre sollozos, descontrolada, decepcionada y abatida. Quería abrazarlo, besarlo y volver a hacer el amor con él como siempre.

Me fui donde una amiga, lloré y me pegué una borrachera indecible. Vomité mucho. Lo llamé al celular y no me contestó. Un par de veces lo vi en la calle con la gorda, casi me muero pero hice gala de toda mi adultez.

En Navidad me llamó, lloró, me dijo que me amaba y que me extrañaba. Yo me porté seca e hice un esfuerzo enorme para no decirle que me moría por él y que lo adoraba. Me había enfermado en esos días de diciembre. Tenía anemia, había perdido unos ocho kilos, no comía mucho, estaba siempre muy cansada; cuando comía, muchas veces vomitaba y hasta me había dejado de llegar la regla. Mi contrato en la universidad se había acabado y no tener trabajo me estaba matando. Luego de que recuperé un poco de peso, me salió un trabajo soñado en un periódico muy importante del país. El fin de semana que regresaba a Bogotá, lo llamé. Cuando contestó estaba tan tranquilo… me sentí ofendida pero traté de no hacerlo evidente. Me dijo que me amaba, que era lo mejor que le había pasado, pero que ya había encontrado a alguien increíble a quien amaba más que a sí mismo.

Me fui a ver tele a la cama de mis papás. Ya tenía la maleta lista. Sonó mi celular y contesté. Ilustración de Alejandro Márquez

Me fui a ver tele a la cama de mis papás. Ya tenía la maleta lista. Sonó mi celular y contesté.

―¿Aló? ¿Manu? ¿Manu?―Se oían sollozos.

―Manuela, necesito que nos veamos, tengo que decirte muchas cosas… Te amo, te extraño mucho. Perdóname por favor, no quise hacerte daño, perdóname ―dijo con voz quebrada por las lágrimas.

―Yo también lo amo, Copito.

En ese momento lo oí muy lejos, su voz me sonaba como un eco. No sé qué pasó, ya no tenía el teléfono en la mano, tenía miedo, no sabía lo que me estaba pasando.

Cuando desperté estaba en una clínica. Al lado estaba mi vecino, que me había llevado tras encontrarme. Había convulsionado y tenía todo el pantalón y las piernas llenas de sangre. Los médicos dijeron que estaba embarazada y que la hemorragia que humedecía mis piernas era producto de la pérdida. Copito nunca supo lo que me pasó. Vi algunas de sus llamadas en el teléfono mientras estaba hospitalizada pero lo último que quería era oírlo y tener que contarle todo.

***

Han pasado casi diez años y no sé si Copito vive acá o se fue del país. Lo busqué varias veces en Facebook a través de sus amigos y sus primos, pero no lo encontré. Ahora vivo en Bogotá y no hay muchos albinos. Cuando veo alguno en la calle pienso en él, recuerdo su pelo, su olor, su mirada, la textura de su piel, el sabor de su boca, su voz en mi oído y todos mis recuerdos junto a él, mi copito de nieve ahora derretido.

Mariana Jaramillo. Foto: Cortesía

Mariana Jaramillo Fonseca (Ibagué 1978) Psicóloga de la Pontificia Universidad Javeriana y Magister en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo. Ha sido docente de la Universidad de Ibagué, la Universidad del Tolima y la Universidad Javeriana. Trabajó como promotora de Lectura en BibloRed. Coordinó el programa de Idartes Red de Talleres Locales de Escritura desde 2013 hasta  2016. Ha escrito artículos para Shock, Soho, Carrusel y tuvo una columna de opinión en el Diario El Nuevo día de Ibagué durante 7 años. En la actualidad forma parte del equipo de la subdirección académica del Instituto Caro y Cuervo, en lo relacionado con investigación. Hace parte de la Antología Puñalada Trapera con su cuento “Mi novio Albino”.

One Comment

  1. Un cuento para no recomendar comenzando que más que un cuento es una vivencia, por otro lado muy mala redacción, no me parece bien la descripción que hace de su alumna, bien pudo describirla de un modo más sutil.No concuerda el final, acaso no estaba sentada en la cama de sus papás como la encontró su vecino?, si copito le dijo que lo perdonara por que no le contó lo que estaba viviendo, por que no quería oírlo no concuerda si al final le había dicho que lo perdonara que la amaba y extrañaba, que mal “cuento”, es el peor de todos los que leí. Esta escritora debía tener algún amigo que la ayudo para poder estar en ese libro con tan buenos escritores.