David Bowie

Un cuento de Manual moderno para Aliens | “Slow burn”, de Paola Tinoco

Ciudad de México, 5 de noviembre (MaremotoM).- Me recuerdo con un vestido beige, de flores verdes pequeñitas y cordones de terciopelo color vino en la cintura, tenía siete años, iba corriendo de un lado a otro en el pasillo de mi casa mientras mamá preparaba la cena de navidad. Tenía música a todo volumen, Radio Universal. Yo corría y movía los brazos al ritmo de “Let’s dance”, sin saber exactamente a quién escuchaba, pero la alegría de los niños suele ser inexplicable o abonable a la riboflavina. La memoria, en años posteriores, me hizo saber que se trataba del Duque Blanco. Se lo conté a Morten mientras pasábamos vacaciones en Berlín, un hermoso regalo que me hizo cuando le confesé que a mis treinta y siete años no había visto nunca la nieve. Me mandó un boleto de avión y nos encontramos ahí.

Recuerdo haber llegado, amodorrada, al aeropuerto de Tegel. Esperaba en la banda por mi maleta y el teléfono sonó. Un mensaje de Morten donde decía “mira para atrás”. Ahí estaba, detrás de una puerta de vidrio, saludando ilusionado, esperándome. Fui a encontrarme con él con una sonrisa enorme a pesar del desvelo. Solté la maleta y nos fundimos en un largo abrazo. Ni bien salir del aeropuerto en busca de un taxi, tuve mi primer encuentro con la nieve, esa brizna que parece inofensiva pero que hiela los huesos. Me sentí como la niña que corría en casa, esperando la cena de Navidad, pero esta vez, lo que esperaba, era la calefacción del departamento que Morten alquiló para nuestras vacaciones. No esperaba la champaña y los chocolates daneses. Tampoco que él tuviera fuerzas para mantenerme despierta a besos, a pesar de mis veintidós horas entre vuelos y conexiones.

Tenía muchas ganas de pasear por Berlín, pero el frío era amenazador. Así y todo lo hicimos, caminamos por Kreuzberg buscando lugares para comer, para beber, para tomar fotos. Me hacía gracia la inocencia de Morten. Diez años mayor que yo, poco religioso, pero cuando escuché a una niña berrear en la calle y dije “¿Porqué no viene Dios y se la lleva?” me dijo que callara. Que Dios podría escucharme y cumplir mi petición. Lo dijo muy serio. Yo no tuve valor para reír aunque quería. Cambié de tema y le dije que fuéramos a Mitte, mis abrigos no eran suficientes para el frío europeo y necesitaba un refuerzo. México no conoce esas heladas, mi ropa era como mucho, para cinco grados bajo cero. Veinte eran toda una diferencia. Sólo encontraba calor cuando regresábamos al departamento de Neukölln y Morten me acariciaba sin compasión. Ya estaba agotada de sus embestidas amorosas, pero el cansancio no importaba, teníamos poco tiempo y a él lo esperaba el regreso a su casa familiar, con una esposa mandona y dos hijos malcriados. Queríamos aprovechar el tiempo y devorarnos todo lo posible.

Ilustraciones del libro. Foto: Cortesía

Helle era la sombra en nuestras vacaciones. Como si intuyera que algo malo pasaba con su marido, comenzó a llamar sin descanso. A veces, Morten contestaba y se encerraba en la otra habitación a discutir con ella. Otras no respondían y era necesario apagar el teléfono porque no dejaba de sonar. Yo pensaba que no me importaba, pero poco a poco eso dejó de suceder. Me importó, incluso me dio miedo que la mujer apareciera. En una de las últimas llamadas amenazó con eso, aunque Morten se había cuidado mucho de no dejar rastros acerca de nuestro departamento. No sería difícil saber en qué rumbos se movía, estábamos de vacaciones, pero también con motivo de una exposición suya en una galería berlinesa y eso ella lo sabía, Morten la invitó pero antes de pensar que estaba acompañado se negó a asistir. Así era Helle, me contó. Nunca quería compartir sus logros. Estaba ocupada con los propios.

Una noche salimos a beber a un bar cercano al departamento, con el plan de regresar pronto y cuidarnos de padecer el frío. Me atreví a llevar falda y medias coquetas. Morten me acariciaba las piernas sin pudor, la gente nos miraba. A mí me importaba un rábano, nadie me conocía y quién sabe cuándo volvería a Berlín. El Vikingo, como le decía cariñosamente, dijo que abandonaría a su esposa para irse a vivir conmigo a México. Yo le respondí que no lo hiciera por mí. Si terminaba con ella, mejor que fuera por los problemas añejos que cargaba un matrimonio peleonero de veintitrés años. Sonrió tristón. Supongo que esperaba otra respuesta. El semblante de ambos cambió cuando escuchamos “Wild is the wind. Bowie otra vez, me dijo recordando mi historia sobre “Let’s dance y mi infancia. Cantamos juntos, bebimos bourbon “para el frío”. “Four roses”. Nos besamos largamente y pedimos la cuenta. Al llegar, con el calor artificial, tuve valor para desvestirme dejando apenas un body azul cielo transparente. Para coquetear, unas calcetas azul y blanco que llegaban hasta los muslos. Morten era insaciable. Dejamos correr Station to station. Es el décimo disco de Bowie, le dije. Quítate las calcetas, respondió ignorando lo que acababa de decir. Sonaba “Golden years cuando me quité la segunda calceta. “Stay, en el momento que Morten acariciaba mis senos salvajemente. Era nuestra última noche en ese viaje, a las cuatro de la mañana debía salir al aeropuerto de Tegel nuevamente. Volvió a sonar “Wild is the wind. Estábamos exhaustos, felices por haber logrado pasar esas vacaciones con todo y la persecución telefónica de Helle. Ojalá tuviéramos una foto de este momento, le dije mientras Morten descansaba sobre mí. Se levantó un momento y acomodó frente a nosotros su cámara fotográfica, puso el timer. La imagen que regresó fue de dos torsos desnudos, pegados, alumbrados apenas por unas velas, y dos sonrisas satisfechas. Lo que no salió en la foto, fue mi rostro asustado al escuchar golpes en la puerta momentos después de la foto.

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David Bowie
Se presenta mañana en e Jardín Juárez, a las 1930. Foto: Cortesía

Volvimos a vernos tres meses después, en Oaxaca. Cómo reímos recordando aquel aporreo en la puerta del departamento de Neükolln, ambos pensamos en Helle inmediatamente, pero se trataba de los vecinos, hartos de nuestro gemir y de la música a todo volumen. Estábamos felices de volver a vernos. Oaxaca era una ciudad prohibida, porque ahí había amigos de los dos, de él y de su esposa. Pero yo me empeciné en ese viaje y debo decir que un poco sí quería que nos vieran juntos. Un mucho. Si ella lo sospechaba, que tuviera la certeza. Morten accedió finalmente, luego de varias discusiones que casi llevan al rompimiento nuestra de por sí complicada relación.

Caminamos por el centro de Oaxaca, agarrados de la mano, parando en alguna esquina para besarnos. De pronto un coche se acercó a nosotros y reconoció a Morten, era una amiga suya que vivía ahí, casada con un pintor oaxaqueño. Lo saludó amigablemente y me miró con extrañeza. No le dimos importancia, Morten aseguró que ella no tenía contacto con Helle. Dos días después, en nuestra plena luna de miel, volvieron los golpes a la puerta del hotel. Nos reímos otra vez, pensando en Berlín. Morten abrió solo un poquito, estaba desnudo, y se encontró con Helle en persona. Alta, rubia con canas, ojos azules inyectados de rojo, rostro desencajado y fuerza de mujer adolorida. Empujó la puerta para descubrirnos en el mejor momento de nuestra vacación. Primero lo golpeó a él, y luego trató de acercarse a mí. Él lo impidió, pero igual era violento verla vociferando en una lengua incomprensible, estaba en el mismo cuarto que llevábamos días compartiendo, disfrutando y ahora, sufriendo. Luego del desenfreno doloroso nos quedamos los tres, mirándonos en silencio. Por momentos llorando, sin saber qué hacer, a ratos gritando los unos a los otros. Helle finalmente se fue. Morten se quedó ahí, escuchando la música que dejamos correr mientras cogíamos, mientras ella llegaba, mientras se iba. Creo que tenemos que dejar de vernos, dijo. “Slow burn” nunca sonó tan triste para mí. Se vistió y tomó su maleta para alcanzar a su esposa. Yo me quedé ahí, desnuda, escuchando el final de la canción.

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