Palacio Nacional de Mafra

Un nuevo sitio en el Patrimonio Cultural de la Unesco, influye gratamente en la literatura

Érase una vez un rey que hizo la promesa de construir un convento en Mafra. Érase un novelista que se llamaba José Saramago. Érase una novela que se llamó Memorial del Convento.

Ciudad de México, 9 de julio (MaremotoM).-Todavía recordamos a José Saramago (1922-2010) por sus libros. Es cierto que era un poco hosco, que a veces estaba como fuera de este mundo, que no todos sus libros nos gustaron y mucho menos, después del Premio Nobel, vimos a veces con espanto la labor de adoración que ejercía cierta literatura del stablishment.

Pero él, siempre fue escritor, como Roberto Bolaño, como Carlos Fuentes, Marguerite Yourcenar, como esos autores que se te quedan firmes en la sangre y en la mente y a partir de ahí eliges tu camino.

Tal vez, Pilar, su mujer, fue la más cercana en su desarrollo y en esa ironía con que siempre nos miraba a los periodistas: “¿Para qué quieren que diga siempre las mismas cosas? Ahora voy a empezar a decir que yo tengo muchas ideas para hacer novelas y tú tienes muchas ideas para hacer la vida y que no sé cuál de las dos es más importante. ¿Qué te parece, Pilar?”, pregunta un enamorado José a su esposa.

“¡Pienso que es más importante la vida, José!”, contesta Pilar.

El documental donde se ve al final de su existencia, siempre con la pluma en la mano, siempre “intentando ganar al tiempo”.

Memorial del convento (Alfaguara), ¿qué decir?. Lo leímos cuando éramos adolescentes, él se aventuraba con la novela histórica, donde la construcción lenta del convento de Mafra, el mayor de Portugal, no sólo es el telón de fondo de esta novela, sino que es la música al son del cual Saramago hace bailar a todos los personajes de la historia.

Allí crea al personaje llamado Blimunda, que después de La Maga (Julio Cortázar) y antes de Juan García Madero (Roberto Bolaño) nos capturó un poco la identidad de los latinoamericanos.

Resulta que el Real Obra de Mafra – Palacio, basílica, convento, jardín del ‘Cerco’ y parque de caza real de la ‘Tapada’ (Portugal), es ahora Patrimonio Cultural de la Humanidad, de la Unesco.

José Saramago
José Saramago, el recordado escritor. Foto: Internet

La construcción de este bien cultural, situado a unos 30 km al noroeste de Lisboa, fue proyectada por el rey Juan V en 1711 para plasmar materialmente su concepción de la monarquía y el Estado. Un imponente edificio rectangular alberga el palacio del rey y el de la reina, la capilla regia en forma de basílica romana barroca, un monasterio franciscano y una biblioteca que aún conserva actualmente unos 36.000 volúmenes.

El sitio lo completan el jardín del “Cerco” y el parque de caza real de la “Tapada”. La Real Obra de Mafra es una de las empresas más notables acometidas con éxito por el rey Juan V y, además, es ilustrativa de la potencia y extensión alcanzadas por el imperio portugués en su época. Para su realización, el rey no sólo encargó la ejecución de obras artísticas de estilo barroco, sino que impuso que las construcciones se atuvieran a los cánones arquitectónicos y estéticos imperantes en el arte barroco romano e italiano, haciendo así de Mafra un ejemplo excepcional de este arte.

Te puede interesar:  Noche mexicana en el corazón de la Ciudad
José Saramago
José Saramago, autor del Memorial del Convento. Foto: Alfaguara

“Don Juan, quinto de este nombre en el orden real, irá esta noche al dormitorio de su mujer, Doña María Ana Josefa, llegada hace más de dos años desde Austria para dar infantes a la corona portuguesa y que aún hoy no ha quedado preñada. Ya se murmura en la corte, dentro y fuera de palacio, que es probable que la reina sea machorra, insinuación muy resguardada de orejas y bocas delatoras y que sólo entre íntimos se confía. Ni se piensa que la culpa sea del rey, primero porque la esterilidad no es mal de hombres, de mujeres sí, por eso son repudiadas tantas veces, y segundo, y prueba material por si preciso fuere, que abundan en el reino los bastardos de real simiente y siguen aumentando. Además, quien se extenúa implorando al cielo un hijo no es el rey, sino la reina, y también por dos razones. La primera es que un rey, y aún más si lo es de Portugal, no pide lo que sólo en su poder está dar, la segunda razón porque siendo la mujer, naturalmente, vaso de recibir, ha de ser naturalmente suplicante, tanto en novenas organizadas como en oraciones ocasionales. Pero ni la pertinacia del rey, que, salvo dificultad canónica o impedimento fisiológico, dos veces por semana cumple vigorosamente su débito real y conyugal, ni la paciencia y humildad de la reina, que, oraciones aparte, se sacrifica a una inmovilidad total después de que su esposo se retira de ella y de la cama, para que no se perturben en su acomodo generativo los líquidos comunes, escasos los suyos por falta de estímulo y de tiempo, y cristianísima retención moral, pródigos los del soberano, como se espera de un hombre que aún no ha cumplido veintidós años, ni esto ni aquello hincharon hasta hoy el vientre de Doña María Ana. Pero Dios es grande.”

Érase una vez un rey que hizo la promesa de construir un convento en Mafra.

Érase un novelista que se llamaba José Saramago.

Érase una novela que se llamó Memorial del Convento.

Los tres, nuestros patrimonios culturales.

Comments are closed.