Christina Soto van der Plas

Un viaje desde Curaçao hacia las profundidades del sujeto: Christina Soto van der Plas

Ganadora del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019 con su libro Curaçao. Costa de cemento, pueblo de prisión, Christina Soto van der Plas concede esta entrevista a propósito de sus crónicas sobre la isla en el Caribe.

Ciudad de México, 2 de diciembre (MaremotoM).- Muchas de las cosas más reveladoras de nuestra configuración existencial residen en partículas escasas y recónditas de nuestra línea temporal. Así lo han dejado ver la psicología, la filosofía y la historia en innumerable cantidad de ocasiones.

Por eso, quizá, meditamos ante aquello considerado insignificante. Y vuelvo al tema de las librerías: uno está dispuesto a agotar los ejemplares de los escritores más famosos y duda ante los nombres desconocidos, incluso si nos los regalaran. Quiero llegar a esto, ¿por qué uno se acercaría a un libro cuyo título es un territorio geográfico que en los mapas escolares aparece sin color o incluso no aparece?

Curaçao —así, con c cedilla— es el destino literario de la autora Christina Soto van der Plas. Su libro homónimo con la leyenda “Costa de cemento, pueblo de prisión” fue seleccionado ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019. Se trata de un libro dividido en dos partes; la primera es una crónica de corte histórico donde se analizan las minucias históricas de la isla todavía territorio de ultramar de Holanda; la segunda es una crónica literaria sobre el propio viaje de la escritora a Curazao acompañada de tres amigos.

De entre muchas cosas rescatadas de la lectura y discutidas a continuación, el libro me da a mí una lección clara: tomar las minucias, huir de la monumentalidad y luego, si queda tiempo, ir por los peces gordos. De una escritura rigurosa en el estilo, marcada por la amplia academia de Soto van der Plas, pero de una libertad y voz poética como pocas, Curazao. Costa de cemento, pueblo de prisión desmantela el dogmatismo de la crónica para hacerlo un ejercicio de los límites literarios y de la percepción ontológica del mundo.

–La primera parte de Curaçao. Costa de cemento, pueblo de prisión, bien podría considerarse una crónica histórica. ¿Se trata de un rescate de las crónicas de viajes o histórica?

–Lo noté después de haberlo escrito, a partir de mis intereses académicos: pensar la crónica como género y de dónde viene. Esa primera parte está mucho más cerca de las crónicas históricas, en el sentido del origen latinoamericano de la crónica y de la crónica de Indias. Es decir, del encuentro de un espacio para describirlo y hacer un trabajo de archivo, a partir de ahí describir el espacio geográfico-histórico y cómo se va armando. Por mi parte, he localizado dos orígenes de la crónica en Latinoamérica es: 1) la ya mencionada crónica de indias y 2) el new journalism inglés, de los periodistas norteamericanos. Hacia este último es a donde se dirige ahora el género de la crónica, a esa experiencia de la primera persona, del yo incluido en la crónica. La crónica de Indias está casi en desuso. En el libro me interesaba que hubiera un poco de las dos. Para lograrlo, la experiencia necesitaba ser previa al viaje y previa a explorar la isla yo en persona. Debía enterarme de las coyunturas históricas —sobre todo los sucesos más extraños—, como las intervenciones coloniales de las diferentes potencias y los personajes que llegaron a partir de ella. Se logra a partir de un trabajo de archivo, de leer libros raros —y muchos libros en holandés. Ahí surge la idea de hacer pequeñas crónicas que fueran un tipo de anécdotas, pequeñas historias curiosas de la isla que contaran distintos momentos históricos, desde el descubrimiento hasta lo más contemporáneo.

–Este proceso de archivo no obstante se transforma en una percepción de la isla como sujeto, el camino de la historia monumental a la trascendental. ¿Cómo llevas a cabo este proceso de conversión histórica-conceptual?

–El proceso fue descubrir poco a poco, a través de las de las referencias, cómo se había presentado este espacio “insignificante”. Desde el inicio de las colonias en América, Curazao fue considerada por los españoles como una isla inútil. Me interesa cómo el uso de la inutilidad se volvió muy productivo históricamente; se trata de una isla sin agua, entonces es un lugar inútil para la agricultura. Vivir ahí es totalmente hostil.

Christina Soto van der Plas
Presentación en la FIL. Foto: Cortesía

Los holandeses llegan después y logran hacer con ese espacio inútil una cosa productiva: lo vuelven un centro de distribución para los esclavos llegados de África. Se convierte en un experimento histórico muy interesante. A su vez, otro interés era observar cómo muchos espacios —no sólo Curazao— se han invisibilizado históricamente. En la mayoría de los casos, nuestra visión geográfica-histórica es limitada y se nos pierden esos pequeños espacios con historias tan particulares. No me interesaba contar la historia colonial tal cual, sino los casos absurdos de ciertos personajes que nos muestran sintomáticamente cómo un caso pequeño nos abre el panorama de una gran historia. Por ejemplo, cuando el gobernante manda a cortar florines en cuartos —precisamente para obtener “cuartos”, categoría de moneda en desabasto por el flujo enorme de mercancías en el siglo XIX— y es juzgado por cortar la imagen del rey en cuatro. O el primer cementerio judío de América, ahí en Curazao. Esa es la historia a rescatar.

–Los protagonistas de tus crónicas son irregulares: piratas, minorías religiosas perseguidas, gobernantes que toman decisiones muy extrañas —como la que acabas de mencionar. Pero también se habla de una hegemonía de Europa sobre América, en el siglo XXI funge todavía a través de los territorios de ultramar. Referente a la segunda parte de tu libro, ¿esta hegemonía sigue vigente?

–Si bien no es una hegemonía política, sí es una hegemonía mental: nuestros referentes son totalmente occidentales y no hay modo de escapar de ello. Lo más interesante de América Latina son esos pequeños espacios que nos muestran la historia de la colonización, la historia de cómo nos formamos. En el libro se rescata la idea de cómo nuestros orígenes no son tan fácilmente explicables, al modo de “llegaron los españoles o los holandeses —o quien sea—, conquistaron a los indígenas y ¡pum!, nacimos nosotros”. Precisamente al contar cuáles son los otros orígenes para descentrar la idea de una América Latina como dualidad. La historia es mucho más complicada y tiene múltiples orígenes, ahí radica la riqueza enorme de muchísimos espacios. Nuevamente, escapar de la hegemonía Europea parece imposible, sobre todo cuando en ella está construido nuestro todo. Pero en el rescate de estos pequeños espacios se cuenta y se vive el espacio de otra manera. En el caso de Curaçao, es de lo más excéntrico porque está en el Caribe pero no en la parte central.

–Incluso en la parte histórica del libro hay una percepción del despliegue poético, ya sea en lo nacional o lo geográfico. ¿Cómo llevas la fuerza poética a la fuerza de la crónica?

–Tiene que ver con el trabajo la forma, las palabras y la precisión de las palabras. También con mi forma misma de pensar y ver el mundo —sobre todo cuando aparecen las intervenciones, como la parte de los diarios o algunas partes al inicio donde reflexiono sobre las palabras. De forma todavía más personal, mi mente es lingüística: veo las palabras y las palabras me llevan a derivar en otras palabras, y de ahí vienen ideas. Con las crónicas sucedió lo mismo, una cadena significante que me lleva a otros lados.

Christina Soto van der Plas
¿Y qué hago con esto? ¿Hago esta crónica más tradicional? ¿Tomo ciertos fragmentos y luego meto una voz del narrador en orden cronológico? Foto: Cortesía

En la segunda parte del libro, el acomodo más poético fue con las grabaciones las cuales son la base de toda esa segunda parte. Las hice cuando estábamos en la isla los 4 viajeros —mis acompañantes en el viaje y yo. Se podría hacer una transcripción literal de las mismas, pero para mí era muy importante el acomodo en la página, el fraseo y el ritmo de lo dicho por cada uno de ellos sin importar la autoría. Como búsqueda formal, se asimilaba a un pentagrama musical: acomodaba a manera de seguir el ritmo de las frases y por eso las ideas de las conversaciones suelen aparecer como recortes. La crónica suele ser tradicional. Si es oral, se respeta la oralidad. Pretendí romper el trabajo de la oralidad para darle otro fraseo, para hacerlo más poético.

–Como mencionaste, la crónica suele ser dogmática. Para romper esa oralidad, ¿qué pulsiones encuentras en Curazao para luego retratarlas como polifonías?

–No fue inmediato, aprendí a romperlo en la marcha, cuando me enfrenté con el material de las grabaciones. Me decía ¿Y qué hago con esto? ¿Hago esta crónica más tradicional? ¿Tomo ciertos fragmentos y luego meto una voz del narrador en orden cronológico? ¿O dejo que las voces hablen por sí solas? ¿Cómo lo acomodo? Quería respetar el tono de una conversación, sobre todo cuando era entre más de dos personas porque rompe esa dicotomía de lo doble. Entre dos personas siempre se da el intercambio, el diálogo, pero con más participantes lo que se logra es tejer las ideas. Ese es el tono de esa segunda parte —cosa difícil de resolver—, una vez que lo escuché dije: “ahí está, está claro, pero ahora debo acomodarlo”. La pulsión del texto es respetar el ritmo de la conversación entre amigos. Para mí era muy importante también poner los chistes, las derivas y las cosas raras que de pronto se nos ocurrían sin que sonara a algo totalmente fuera de lugar; crear un todo orgánico.

–Puede observarse esta parte como una bitácora de viaje. Respecto a tus acompañantes, ¿tu crónica puede tener múltiples autores no sólo en el sentido de tejer las voces, sino también de sus condiciones personales?

–Hubiera sido imposible escribir este libro de haber ido con otras personas, cada uno de ellos tiene orígenes muy diversos. Éramos personas de distintos países, distintos orígenes, con distintas historias y, a pesar de conocernos, no éramos amigos íntimos. Ello desembocó en una serie de conversaciones para conocernos. Uno de los acompañantes era el poeta Eduardo Lalo. Su poesía contrapone el ideal del Caribe paradisíaco a la del Caribe gris. Suele verse como un destino turístico y se ignora la historia trágica que lo precede y él propone tomarlo con seriedad y melancolía. Lo anterior se ponía en juego en nuestras exploraciones. Es decir, con ellos encontré no sólo afinidad literaria sino también ideológica. De haber ido con otros miembros, en las conversaciones el tono hubiera sido otro y no uno tan lúcido. Los múltiples autores que mencionas fue precisamente lo sucedido en esa parte y en el proyecto en general. Es interesante porque la visión actual es de un solo autor, y ese autor es el que tiene el crédito y es el autor que se debe de premiar, celebrar, etc.Para mí es relevante hacer proyectos colectivos: mis mejores ideas surgen siempre en conversación con otras personas, al escucharme a mí misma en lo que digo y al escuchar la retroalimentación de los demás. De lo anterior surgen cosas muy lúcidas que, de otra manera, uno no podría tener solo. Ahí también está la autoría múltiple. No hay una sola historia hegemónica desde donde se cuenta todo: somos muchos hablando de nuestra experiencia de un lugar específico, una experiencia muy diferente mediada por nuestro pasado, por cómo nosotros mismos hemos experimentado en nuestras historias y nuestro mirar a otros lados.

–¿Esto te permite trasladar el aspecto de lo emotivo a tus crónicas?

–Totalmente. Ese tono afectivo está en todo el libro y por eso me fue tan grato escribirlo. Sí se trabaja mucho la forma y se pensó demasiado, pero al mismo tiempo fue un libro fácil de escribir por el amor y el gusto permeados durante el viaje. A veces las crónicas lo evitan al intentarse escudar en la primera persona o en la objetividad. Ese tinte medio que es el contacto con las otras voces a veces se pierde.

–¿Cuáles son las barreras que impiden a Curazao ser un sujeto afectivo, histórico y económico?

–Es una parte crucial de la historia misma de la isla la resistencia a ser sujeto. Lo descubrí sólo hasta al llegar a ella, mientras la exploraba. La ciudad principal es Willemstad y está dividida en dos zonas: está la parte turística —las casas coloridas, color pastel del Caribe, tipo holandesas, una especie de Amsterdam caribeño—, pero hay un muelle, y al otro lado del muelle están las personas negras, los ex esclavos. La parte turística está llena de holandeses blancos —ahí llegan los turistas desde Holanda porque ahí llega el vuelo directo del KLM desde Ámsterdam—; en el otro lado están los negros. Y no se mezclan, pareciera un apartheid de la modernidad, una segregación racial del presente. ¿Y dónde está la historia de los apartados? ¿Cómo pueden ser incluidos en esta historia? En algún momento fuimos al Archivo Nacional —no siempre está abierto, fue una especie de suerte poder entrar. Ahí encontré una serie de actas de los esclavos, de cuándo se liberaron, y otros documentos que registraban la esclavitud. Todos los asistentes a ese día del archivo abierto eran negros. Me dije “Aquí está pasando algo muy raro, ¿por qué están ellos y les llaman la atención estos documentos?” Me llevó a pensar, ¿en dónde están las historias de los esclavos? Ante la ley ahora no lo son, pero pareciera perpetuarse porque la segregación aún existe, no hay una mezcla como sí la hubo en el resto de América Latina. Además, la separación es en todo sentido: económico, social y político. Estas historias de los esclavos, de cómo y de dónde llegaron, están totalmente perdidas, excepto en estas actas que consignan nombres y cifras. A diferencia de, por ejemplo, Haití, el único lugar donde triunfó una rebelión de esclavos, en Curazao sólo quedaron esos documentos de sus historias, todo lo demás se perdió o lo borraron. Se vuelve un lugar con la obligación de cargar su propia historia.

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–Respecto a este Estado y su modelo de capital con tendencia a borrar el pasado de los esclavos, a mi parecer dejas ver una postura filosófica y económica en tus crónicas. Una posición con tendencia a la resistencia…

–Se deja ver tanto mi postura como en la de las voces. El libro no lo hace explícitamente, tiene una posición implícita, se deja ver sólo en ciertos momentos. Pero la pertinencia de la literatura está en estos momentos donde logra incomodar, donde logra poner un dedo en la llaga o esos momentos en donde realmente algo sucede. No se trata necesariamente de una postura política, más bien es mi postura de cómo funciona la literatura en términos políticos. Por un lado, la literatura abiertamente política —literatura comprometida con su causa— me interesa como efecto. Es decir, no está dentro de su material tomar una postura, llegas a ella porque previamente tenías conclusiones similares. La literatura es capaz de pensar de alguna manera. La literatura es un discurso capaz de elaborar dentro de sí misma un pensamiento filosófico o político muy complejo. No debería rehuirle a tener un diálogo con esos otros discursos, sino estar cara a cara con ellos. No tiene tampoco por qué subsumirse, como a veces los filósofos intentan hacer con la gente que escribe literatura, como un ejemplo para mostrar sus argumentos —y entonces, para ello, toman el pasaje de algún cuento. Por otro lado, está también la literatura más autorreferencial o meta literatura: de alguna manera reflexiona de manera teórica sobre sus presupuestos. Pero el tipo de literatura que me gusta leer también —y la que intento hacer—, es literatura que piensa, literatura que de alguna manera piensa en el mismo instante de su escritura. Esa sería mi postura teórica, crónica relacionada con la filosofía y la política sin ser explícito.

–En tu crónica Ocupación: viajera del presente, escrita para Tierra Adentro, encontramos el siguiente pasaje: “No hay un arco dramático ni narrativo. Los personajes no tienen un trasfondo psicológico. Hay sólo un ojo que ve de forma oblicua y un oído que escucha el silencio. Una mano anota la realidad según la percibe y arma su sentido del tiempo: crónica (palabra que debiera ser un verbo)”. Hay una función de la crónica en sentido poético y filosófico, pero además psicológico. ¿Se podría hablar de un psicoanálisis de Curazao en tu libro?

–En muchos sentidos, sí. Al transcribir las grabaciones, darles ritmo y voz, mi función fue la del analista, es decir, alguien que escucha y que a partir de esa escucha puntúa los momentos en donde pasa algo sintomático, para después reacomodarlo en la página y darle un sentido diferente. Es un tipo de edición rara la labor del analista. La simple escucha y poner atención a la palabra en el sentido de la historia a estos momentos sintomáticos, en donde no sólo se muestra la historia, sino el momento donde hay una formación de compromiso, en donde algo de pronto se reveló y echó luz sobre los sucesos. Por ejemplo, en la primera parte del libro narro cómo encuentro una mención de Curazao en El Capital de Adam Smith. Lo pone como el ejemplo perfecto de la deriva del capital, y me iluminó sobre cómo funcionan estos espacios inútiles o el capital en sí mismo. La inutilidad del capital hace posible la movilidad. En entre otras cosas generalmente pequeñas, está ese trabajo psicoanalítico de la escucha, el indagar y el encontrar estos modos fundamentales. Respecto a la segunda crónica y su profundidad psicológica, se relaciona con el tipo de historias que me interesan más ahora. Precisamente por algo no son las novelas, las novelas me han cansado. Insisten en alguna manera en esta profundidad psicológica, en la trama, en encontrar una historia, cuando me parece que hay temas más interesantes en pequeñas iluminaciones, en las formas de pensar, en otro tipo de trabajo literario.

–Quisiera psicoanalizarte también un poco a ti. Tu personaje mismo como espectador es curioso: tus apellidos son holandeses; haces una crónica de un lugar en el Caribe —inexistente para muchos—; vives en Estados Unidos, pero ganas un premio en México. ¿Buscabas alguna especie de origen en Curazao y a dónde te lleva este viaje?

–Buscaba una especie de Ítaca pero en realidad huía de ella —el lugar donde vivía tenía ese nombre. Cuando terminé la licenciatura en México me fui a estudiar el doctorado a Estados Unidos —me parecía increíble que me pagaran por estudiar— y de ahí parte el viaje. El porqué de Curazao es sólo por default, en realidad quería hacer un viaje a Indonesia, a Cuba o a Siria —por supuesto, el presupuesto no daba para tanto y algunas de esas zonas están en guerra. De estos tres destinos había líneas muy claras: Cuba es el origen de la familia de Eduardo Lalo; Siria el origen de la familia de Geraldine Monterroso; Indonesia porque es el origen de mi abuela materna. Ella regresaría a los 12 años a Holanda y, ante el desempleo provocado por la Segunda Guerra Mundial, vendrían a México. De ahí viene mi parte holandesa. Yo crecí en México hasta el momento de irme al doctorado. Ahora me he quedado en Estados Unidos, más de manera circunstancial que por deseo.

–Tu libro cierra precisamente con la pregunta “¿De dónde eres?” ¿En qué momento el viajero se da cuenta que necesita llegar a Ítaca?

–Esa pregunta nos la hizo una mesera: ¿De dónde eres? Y tu apellido, ¿de dónde viene? Entonces debes justificar y explicar todos tus orígenes. Como viajera y también como habitante de en un país que no es el suyo, debo enfrentarme con eso. Para las anécdotas quería proyectar el pensamiento de no tener un solo origen, sino muchos orígenes conjugados en una sola persona. No somos una cosa homogénea, venimos de todos lados y somos una mezcla de tantas cosas. De entre lo ya dicho a lo largo de esta entrevista, sigo en el énfasis de lo logrado por Soto van der Plas en su libro: el equilibrio entre la crónica —el suceso real, dictado según las circunstancias— y toda la astucia intelectual de la escritora para llevarlo a terrenos insospechados del ser —la poética, la desarticulación de la gramática tradicional. Algunas de las cosas poco comprendidas por mí en el libro fue el poema transitorio entre la primera y la segunda parte. Abandonado al lenguaje, comprendí el poema como un texto de la autoría de Budelaire. Expreso dicha incomprensión y ella contesta haberlo encontrado en uno de libro adquirido en la isla —“de los pocos encontrados, porque anduve buscando como loca una librería y no hay librerías”. El poema se presenta tanto en papiamento como en español. Confiesa haberle interesado los versos: “No hay nada que ver/ No hay nada aquí/ Todo es tu fantasía/ Que tú vacías aquí en mí”. Así, la poesía se vuelve un síntoma de lo vivido en la isla. Y, en mi necedad, a veces pienso en cómo se extiende a la existencia misma.

–Llegados a estas conclusiones, debemos considerar hablar de los no-lugares. Existen pero no son vistos. ¿Cómo encuentras ese no-lugar? No sólo el de Curazao, sino contigo misma.

–Queda claro en el sentido histórico-económico el no-lugar, pues se ha invisibilizado la isla o se usa con múltiples usos porque no tiene una identidad propia. O sí tiene, pero está constituida a través de distintos fragmentos, haciéndolo un lugar del que te puedes deshacer. A nivel del yo, de quien escribe, eso es más complicado. Implica deshacerse de las atesoradas cualidades del yo. Cuando te preguntan quién eres y respondes “soy ésto y soy de aquí, de este lado”, no hablas de todas las cualidades yo. La persona como un no-lugar sería de alguna manera intentar des-identificarse de esas cualidades para ser otro sujeto. O puedes tomar ciertas cualidades y decir de forma consciente —y ya no inconsciente o de forma predeterminada— quién eres. Pero el individuo no tiene esa consciencia. Quizá a nivel geográfico, social y político se da de manera similar. Un país llevado a su suerte por las circunstancias históricas y eterna víctima de los sucesos sin la posibilidad de hacer algo para remediarlo, elige de su pasado qué historia contar y cómo contarla, y de qué formas apropiarse de su propia historia.

–¿Volverás a hacer crónicas de viajes?

–Quiero ir todavía a muchos lugares, pero no sé si habrá un resultado literario de eso. Por ahora escribo algo sobre California, a manera de reconciliarme con el lugar donde vivo. Sobre cómo marca el paisaje la historia de un lugar. En el caso de California, se llega a pensar que no tiene historia —por tratarse de una historia muy reciente. Retomo, por ejemplo, la falla de San Andrés —pues atraviesa todo California— o las partes más deshabitadas. Evito pasar por los imaginarios hollywoodenses. Intento articularlo, está más relacionado con la introspección, y con encontrar ese hogar en un espacio que no es tuyo y cómo me lo voy a apropiando.

–¿Qué ha significado la pandemia para ti?

–Coincidió con un momento extraño en mi vida. Renuncié a mi puesto en una universidad, de pronto me encontré sin trabajo. Tres meses más tarde volvería a dar clases, en la misma universidad donde ahora estudio psicología. Nunca significó ese tiempo estar sin escritura, porque sólo eso me ayudó a sobrevivir en todo sentido en los meses de desempleo. La conjunción de la pandemia y mi renuncia me hizo reconectar con la escritura de una manera mucho más libre e inocente: cuando estás en la Academia empiezas a ver la escritura como una obligación y un peso. Como es impuesto, no lo quieres hacer. Estar ahora un poco fuera de este esquema, me permitió ser más libre, hasta el grado de ser repartidora de comida. Obtuve la libertad absoluta de escribir sobre lo que sea y me hizo entrar en contacto con otras realidades.

–Creo que es el encuentro entre dos narcisismos o individuos y que a su vez te saca de tu propio narcisismo.

–Es decir, en donde realmente hay un encuentro que cambia el mundo y no lo puedes volver a ver de la misma manera ya jamás. Es un acontecimiento en todo sentido: ya no eres como tú, ya no es solo uno, sino que eres uno dividido en dos, o al menos dos partes que ya no son irreconciliablemente separadas. Es un acontecimiento que cambia por completo no solo tu presente y tu futuro, sino también de alguna manera cómo ves tu propio pasado.

Fuente: Neotraba Esta entrevista contó con la colaboración de Karime Montesinos. / Original aquí.

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