Una peluda obsesión

Una peluda obsesión

Los gatos migran de lo alto de una barda al jardín y de la rama de un árbol al quicio de una ventana. Así han actuado desde su origen: sus ancestros migraron de la sabana africana al resto del mundo y, una vez, ahí, poblaron el asfalto, los tejados, las azoteas y, por supuesto, nuestras camas.

Ciudad de México, 18 de marzo (MaremotoM).- Javier García-Galiano cuenta que, según una leyenda babilónica, los gatos descienden del león y del mono. De este último animal, añade, proviene su gusto por el juego. El mismo autor aventura otras probables explicaciones acerca de su origen: una invención china, un ser fantasma que aterrorizó a los soldados de Alejandro Magno.

Lo cierto es que hay tantas definiciones y tantas génesis como el número de gatos que existen en el mundo, es decir, unos 600 millones. Su anatomía pertenece a distintos animales: las patas traseras son parecidas a las de los conejos y la cola podría ser la de un lémur o cualquier otro primate arborícola. Para el buen observador un gato tiene, también, muchas características humanas: caminan de puntas como lo hacen las bailarinas de ballet y desprecian un plato de comida porque, simplemente, no les da la gana probarlo.

Muchos gatos miran con odio los charcos y saltan para evitar cualquier contacto. Otros –al igual que algunos de sus parientes más grandes– son afectos al agua. Sus ojos brillantes son los de una serpiente que se acerca antes de la estocada final. Cuando yacen de costado parecen barcos arrastrados por la marea, indiferentes a su destino. Si tienen suficiente confianza con la persona que se acerca para hacerles algún mimo permanecerán inmóviles, soltando a cuentagotas el afecto. Su gusto por el lujo, por las aventuras inútiles y por la pereza, hace que la línea que los separa de nosotros sea, a veces, muy difusa.

Las coincidencias son tantas que, de vez en cuando, un gato puede transformarse en humano o viceversa. Héctor A. Murena, escritor argentino, narra en su cuento “El gato” –incluido en la famosa Antología de la literatura fantástica de Silvina Ocampo, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares–, una metamorfosis de humano a gato. Un hombre, después de una decepción amorosa, se encierra en una diminuta pensión. Un gato lo acompaña en su exilio. No es un animal ordinario: tiene el pelaje color gris y parece “un dios viejo y degradado, pero que no ha perdido toda la fuerza para hacer daño a los hombres”. Cada vez más reacio a interactuar con el mundo exterior, el personaje se sumerge en un mundo de ensoñaciones. Intuye siluetas femeninas en la penumbra y se abandona a visiones concupiscentes. Siente los miembros pesados y duerme gran parte del día. Al final, cuando van a buscarlo a su guarida y tocan la puerta, el hombre intenta hablar, pero lo único que puede emitir, dolorosamente, es un maullido. Más allá de la transformación final, otra enseñanza que nos ofrece el cuento de Murena es la compleja relación del gato con el tiempo.

Un gato es un artefacto que detiene el fluir de las acciones y de los pensamientos. A veces la pausa es tan larga que pueden suceder cosas extraordinarias. Un gato congela los objetos con su mirada y les devuelve la vida cuando algo distrae su atención. Esa manera de interactuar con la realidad hace que el gato exista en un plano distinto al de los demás animales.

Según el escritor Antonio Muñoz Molina en su libro El Robinson urbano los gatos se apropian de los lugares más escondidos de nuestras ciudades y hacen breves aquelarres. Si el perro callejero transmite, casi de inmediato, una sensación de abandono, los gatos en la misma situación se adueñan del espacio en el que se mueven y lo transforman. Cuando no están dormidos, vigilan, como esfinges egipcias, las fronteras de su mundo. Una vez de vuelta a la realidad reinician sus recorridos que siempre son hechos con cautela y sin prisas. Migran de lo alto de una barda al jardín y de la rama de un árbol al quicio de una ventana. Así han actuado desde su origen: sus ancestros migraron de la sabana africana al resto del mundo y, una vez, ahí, poblaron el asfalto, los tejados, las azoteas y, por supuesto, nuestras camas.

Peluche y Felpa son, más que mis gatas, una suerte de alter ego. Una gran parte de mi vida podría definirse a partir de mi relación con ellas. Cada una representa una posibilidad mía en el tiempo y en el espacio. Por eso las miro fijamente y trato de intuir qué parte de mí está ocurriendo en ese momento. En muchas ocasiones, por supuesto, encuentro en ellas mi indiferencia, el gusto por la soledad, pero también mi socarronería y cierto sadismo cuando exterminamos a algún bicho que invade nuestro territorio. Cuando llegó Peluche a la casa pude prolongar la relación que tuve, de niño, con un gato siamés. No conservo ninguna foto de él. Se quedaba en el jardín, sobre la tapa de un alto contendedor de plástico en el cual habíamos puesto una cesta para que se protegiera. Los siameses tienen fama de una gran personalidad y siempre los rodea un aura de misterio. Son gatos de andamiaje fino, pero robustos; maulladores y muy inteligentes. Alguna vez leí en las memorias de un lama tibetano que esta raza de gatos era utilizada para proteger los tesoros más sagrados de los monasterios budistas, lugares escondidos entre las altas montañas. Sin embargo, el siamés que tenía, a quien le endilgué el predecible mote de “Gordo”, parecía haber olvidado el orgullo ancestral de su estirpe. Más de una vez tuve que salir al jardín, en medio de la noche, para defenderlo de las bravatas de sus enemigos. Una vez no volvió más y entonces comprendí que un gato es un tesoro y que no se puede dejar a las leyes del azar. No volvería a cometer el mismo error.

Mi gata Peluche es hija de las correrías de un gato siamés y una gata mestiza de color negro profundo. La raza o el resultado de ese cruce se le conoce como Lynx Point. Cuando la adoptamos fuimos por ella a la casa en donde había nacido. Algunos descendientes de los siameses conservan su figura alargada y resuelta. Heredaron también un ligero estrabismo que aparece, sobre todo, cuando tienen que mirar muy de cerca un objeto durante unos segundos. Peluche pasó su primera infancia aprendiendo a ser gata en soledad y, quizás, recordando las lecciones de su madre y las peleas con “El Mollejas”, su hermano, un gato que heredó el color negro de la rama materna y del que no supimos a ciencia cierta su destino. Peluche aprendió a tomar el sol en las mañanas y a refinar sus gustos culinarios en las noches. Comenzó probando la comida de gatos del supermercado y terminó alimentándose con croquetas holísticas, libres de granos, con alto contenido en proteína y una constelación de bondadosos nutrientes. Cuando creció un poco más sintió que era necesario dejar una huella perdurable en nuestras vidas y, en un lapso de pocos meses, destrozó el forro de vinil de las sillas de nuestro comedor. Esos jirones colgando del respaldo, los arañazos malignos en el asiento, fueron, para muchos, la prueba de que un gato disfruta echar por la borda el patrimonio familiar; pero para nosotros fueron un símbolo de amor, la prueba irrebatible de que nuestras vidas estarían ligadas para siempre.

 Una peluda obsesión
Los gatos migran de lo alto de una barda al jardín y de la rama de un árbol al quicio de una ventana. Así han actuado desde su origen: sus ancestros migraron de la sabana africana al resto del mundo y, una vez, ahí, poblaron el asfalto, los tejados, las azoteas y, por supuesto, nuestras camas. Foto: Cortesía

La historia de Felpa, mi otra gata, unos tres años más joven que Peluche, es más azarosa. Debo el encuentro con ella a la descompostura del vidrio lateral de un auto que teníamos y cuyas averías ponían en jaque nuestro presupuesto mensual. Después de dejar el auto con el mecánico, caminé en dirección a la esquina de la calle y vi, en una pequeña veterinaria, a una gata blanco y negro, en una jaula diminuta, con unos cuatro o cinco perros a los que les calculé un mes de edad. No estaba, en absoluto, mortificada por su situación. Al contrario, lamía a sus compañeros como si ella fuera parte de la misma camada. Pensé que una gata con tan buena actitud merecía un destino feliz. Sin ninguna caja para llevarla, la tuve que cargar a mano limpia, tratando de esquivar sus garras diminutas pero afiladas. Una vez en casa, la pequeña gata fue a esconderse atrás del refrigerador. Estuvo ahí un rato, silenciosa. Pensé, iluso de mí, que me costaría ganarme su confianza y que me las tendría que ver con un animal huraño. Nada más lejano de la realidad. Felpa salió pronto de su escondite y comenzó a apoderarse rápidamente de nuestro territorio.

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Al inicio, como era previsible, Peluche reclamó su trono y su papel como Hembra Alfa de la casa, dueña de los casi 100 metros cuadrados que conocía a la perfección, pero la intrusa la derrotó tan rápido que ni siquiera pudimos intervenir para salvar su honor. ¿Cómo lo hizo? La técnica de Felpa la llamaría como: “apodérate del lugar y que arda el mundo” o “intervención cínica”. Se acostó en los lugares favoritos de su compañera y se interesó –a pesar de las molestias que le ocasionaba– por cualquier juego o inspección que estuviera realizando. Le ganaba y le sigue ganando a Peluche el sitio y, ante los reclamos o la mirada de odio, simplemente deja que la vida corra. Peluche opta por seguir la vieja sentencia taoísta que dice que la mejor guerra es la que se evita y así han pasado los días, los meses y los años. A pesar de esos desencuentros, las dos han logrado una especie de simbiosis que pasa por diversas etapas: del amor al odio hay sólo un paso, pero la desinteresada vida de un gato no acumula rencores. Ellas son como el Ying y el Yang. Peluche –a pesar de su natural displicencia– se siente atraída por las reuniones nocturnas en las que bebo con algunos amigos. A veces se coloca en la mesa de centro, entre los platos con botana y las botellas de cerveza, y desde ahí nos juzga con su mirada azul y un poco temblorosa. Felpa, por el contrario, rehúye de inmediato al ruido y a los extraños. Sólo después de muchos esfuerzos puede entrar en confianza.

Peluche, una vez entrada en su edad adulta, dejó de perseguir a los insectos que se meten a la casa. Sólo reacciona cuando alguna mosca pasa cerca de sus orejas o un bicho minúsculo e indescifrable salta entre sus bigotes. Felpa es perseverante en la caza y, para nuestro horror, lleva a sus víctimas aún vivas a nuestra cama.

Peluche prefiere los quesos finos, las moronas de pan, la crema y las sardinas gourmet enlatadas. Su estrategia consiste en hacernos saber que quiere un poco de esas delicias, pero que por ningún motivo se rebajará a la súplica. Entonces bosteza largamente y se estira para fingir que ha despertado de un sueño muy profundo. Después, sin perder el hilo de su actuación, se acerca a la comida de su interés, se endereza, y se lame los bigotes dos o tres veces hasta que logra su objetivo.

Felpa tampoco mendiga la comida, pero los gustos sibaritas de su amiga son territorio desconocido. Ella devora algo si cumple con lo mínimo necesario. Su delectación consiste en llenar el estómago lo más pronto posible y no se detiene en sutilezas. Quizás, por eso, Peluche es delgada y Felpa es gorda. Son como el Gordo y el Flaco o, mejor aún, como el Quijote y Sancho Panza. Peluche pertenece al reino de lo espiritual y Felpa echa sus raíces en lo mundano. Una medita y la otra actúa. Una entra en éxtasis cuando el olor a ajo inunda la cocina y la otra apenas lo percibe mientras bosteza y se acomoda de nuevo para continuar durmiendo.

Algo que me reconforta y que, al menos para mí, funciona como una especie de bálsamo, es la rutina. Hacer las mismas cosas, seguir los mismos horarios, me da tranquilidad. No hay que improvisar, simplemente hay que dejarse llevar. Los gatos son iguales: acuden a la sistematización de sus actos como una afirmación de su existencia.

Álvaro Mutis refiere, en una de las tantas historias de Maqroll el Gaviero, su personaje favorito, que los gatos de Estambul recorren, una y otra vez, los límites de un palacio imperial que ya no existe. En medio de la ciudad moderna son capaces de hacer las mismas rutas que delinearon sus ancestros. Vigilan los muelles, miran los barcos, husmean entre las ruinas e investigan las sombras de viejos hechos. El Gaviero afirma que, si se deja un gato de otro lugar del mundo en Estambul, éste seguirá el mismo camino que sus parientes. Los gatos guardan la memoria del mundo y, por esta razón, ven cosas que nosotros no podemos ver. Quizás oyen el lamento de un amargo fantasma u obedecen a llamados que emergen, de pronto, entre las cortinas o debajo de un mueble.

Yo he realizado mis propias rutinas con mis gatas. Podría decirse que, entre los tres, protagonizamos un Ballet que se desarrolla en el espacio íntimo de nuestro hogar. Voy de la sala, a la recámara y a la biblioteca. Ellas casi siempre me siguen. Felpa se coloca en su lugar favorito para observar la calle y Peluche se sienta a un lado de mí para mirar cómo escribo en la computadora. Los hábitos nocturnos de ellas, aún presentes en algunas ocasiones, se han amoldado a nuestras actividades diurnas. Así, en la noche profunda, gatos y humanos dormimos por igual.  

Nuestra relación con los gatos no se limita a Peluche y Felpa. Los gatos callejeros conocen nuestro orden del día. Algunos los hemos dado en adopción. Uno de ellos, quizás el más entrañable, llegaba de sus correrías nocturnas muy temprano, al filo de las seis de la mañana, justo cuando emprendo el camino rumbo a mi trabajo. Le daba de comer. Cuando regresaba, horas después, él ya se había sacudido el sueño y estaba a punto de salir a su guardia en la cuadra. Imaginaba que éramos un par de compañeros de una hipotética fábrica, sellando nuestra entrada y salida en turnos diferentes. Otros gatos han aprendido a esperar a que saque el auto de la cochera para ir por su ración de comida. Con el tiempo hemos conocido sus temperamentos y sus costumbres. Los gatos se apoderan de nuestras vidas y, en una fraterna venganza, nosotros nos apoderamos de ellos a través de nuestra imaginación. Por eso, como una forma de corresponderlas, he metido a mis gatas en las ficciones que escribo y en las que habito todos los días. Por esta razón me detengo en medio de una conversación para inventarles un nuevo apodo o imagino las aventuras que tienen cuando no estamos en casa: quizás esculcan en nuestras ropas, desordenan nuestros papeles o cuchichean entre ellas con sonidos casi humanos.

Algún día, quizás, alguna de las dos al fin se decida y nos hable.

Una leyenda oriental cuenta que en 1795 un gato exclamó “¡Qué lástima!” cuando su dueño, un abad de un monasterio budista, espantó unas palomas a las que había estado acechando. El gato le explicó, segundos después, que todos los animales son capaces de hablar después de haber cumplido 10 años de vida. Los gatos, incluso, si sobrepasan los 24 o 25 años, pueden transformarse en lo que deseen. Con esa esperanza acecho a Peluche y Felpa todos los días. Dirán los amables lectores que los amantes de los gatos estamos locos. Yo digo que, simplemente, tenemos una vida más plena y que los seres humanos, por fortuna, estamos hechos de felices obsesiones.  

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