Anaïs Nin

Una rara en el libro Raras: La triste intimidad, por Anaïs Nin

25 perspectivas, visiones, lenguajes, puntos de partida. 25 mujeres, en este caso, que coinciden en la pasión creadora.

Ciudad de México, 4 de octubre (MaremotoM).- ¿Qué guardan en común Anaïs Nin y Hannah Gadbsy? ¿Anne Sexton y Becky G? Amy Winehouse, María Moreno, Elena Garro, Clarice Lispector, Sharon Olds, Andrea Arnold, Jean Rhys, Chantal Maillard, entre varias más se dan cita en este libro que nace de una inquietud meramente íntima: todas ellas son un paradigma para imaginar la naturaleza del cuerpo y de la mente femenina.

25 perspectivas, visiones, lenguajes, puntos de partida. 25 mujeres, en este caso, que coinciden en la pasión creadora. La pasión como via crucis, experimentación, búsqueda, espacio propio, ojos hacia dentro, ojos domésticos. Mujeres que hacen una épica moderna: contar la guerra del día, el día como batalla, el cuerpo como batalla, las relaciones amorosas, familiares, prisioneras de una guerra de la que nadie cuenta los muertos.

El mundo femenino trata de comprender lo que no se percibe a simple vista y de aprender a distinguir lo que de ahí puede ser comunicado. No hay comprensión sin el misterio. El conocimiento, igual. Aquellas que traen el fuego sagrado, suelen quemarse vivas.

El libro Raras (Turner) tiene como antóloga a Brenda Ríos, poeta y ensayista, nacida en Acapulco en 1975.

Editorial Turner. Autora, Brenda Ríos

La triste intimidad, por Anaïs Nin

 Anaïs Nin nació en Francia a principios del siglo XX. Su historia estuvo rodeada del misterio que suele opacar la verdadera grandeza: la fascinación por su personaje trascendió más que el real interés en su obra. A pesar de ser una escritora prolífica su trascendencia se logró por el género del diario. Esa intimidad reveladora: lo escrito sin destinatario. La escritura del diario es como la prenda interior debajo de la ropa diaria: podría ser el encaje, el algodón, la seda. Nadie se enterará, a menos que se quiera mostrarse, o, también, podría ser, descubrirlo por accidente.

La autora cuenta en Incesto que comenzó a escribir a la edad en que fue separada de su padre, a los once-doce años. Su padre se quedó en Cuba y ella comenzaría a escribir para contarle todo. Para estar cerca de él, para no olvidarlo. Las precisiones que hace Anaïs sobre la vida cotidiana, el amor, la escritura, las ciudades son de una gran valía: no son impresiones ligeras. Son impresiones de alguien que vive al máximo, que lee, que discute, que vive una vida llena de estímulos y de preguntas. Su promiscuidad amorosa estará vinculada a hombres que elige por inteligencia y talento. Lo que más conmueve en sus diarios es la profunda reflexión que hace sobre sí misma, la claridad sobre los sucesos sentimentales, sobre el orden de los acontecimientos, su inteligencia podría rebasar la de Henry James pero ella se ponía al margen siempre. Él era Dios y ella era una profeta de ese bienestar. Él le dijo en una carta lo siguiente: “Sólo que debes tener cuidado con tu razón, tu inteligencia. No trates de dar soluciones […]. “No sermonees”. No saques conclusiones morales. No existe ninguna, de todos modos.”

Lo irónico de la vida de Nin es que por más que escribió y asumió la escritura como labor creativa y parte de su experiencia vital no fue reconocida sino por la belleza e intimidad de los diarios. Los diarios reflejan más de lo que seguro pensó. ¿Para quién se escribe un diario? Por qué. Qué se puede entender con la intimidad. La exposición de los sentimientos. Lo que más impacta al leerlo es una mente lúcida, demasiado consciente de dónde está todo, y de lo que ella forma parte. Sin afanes psicoanalíticos. Es en los diarios donde se consagra como escritora. Su vida amorosa causó más interés que su obra en sí. Los diarios permiten ese vistazo a lo personal, a lo íntimo.

El diario, como género, es la intromisión a la vida privada. La que fue escrita no para el otro. No para comunicar, sino para comunicarse: una persona se habla a sí misma. Se cuenta qué pasó, qué clima hizo, qué sintió, quién le dijo qué. Las impresiones diarias. Se escribe tanto como se vive. En el caso de Nin escribió durante 35 años 35 mil páginas de intimidad gloriosa, de enorme valor literario (tristemente más que los libros escritos para la literatura, para la exposición).

¡Qué gran esfuerzo para librarme de la oscuridad y la asfixia, del enorme dolor que me ahoga, de mi propia laceración inquisitiva! Allendy me examina con amor doble –sus extraños ojos, su boca y sus manos cálidas–. Pero no quiero dar más, solo quiero tenderme de espaldas y recibir regalos. June tiene mi capa negra, pero con ella le di mi primer fragmento de odio. No estoy en su poder. Ambos encontraron en mí la imagen intacta de ellos mismos, su respectiva identidad potencial: Henry vio al gran hombre que puede ser; June, su soberbia personalidad. Cada uno se aferra a su imagen buscando en mí la vida y la fuerza. June, sin seguridad interior, solo puede mostrar su grandeza mediante su poder destructivo. Henry, hasta que me conoció, solo podía afirmar su grandeza en sus ataques a June. Se devoraban mutuamente: él la caricaturizaba; ella lo debilitaba al protegerlo. Y cuando han logrado destruirse, matarse, Henry llora la muerte de June y June llora porque Henry ya no es un dios y necesita un dios para quien vivir. June quiere que Henry sea un Dostoyevski, pero, involuntaria e instintivamente, se lo impide. Quiere que él cante para alabarla, no que escriba un gran libro. Pero no es culpable de su destrucción. Es su aliento, su afirmación vital, cada movimiento de su yo, lo que confunde, empequeñece y destruye a los demás. Es sincera, intachable e inocente…[1]

De sus diarios se desprende no sólo la necesidad de narrar, de contar el día. Sino de analizarse a ella y a los otros. Es una premisa poner las cosas en orden: las cosas son pensamientos. Y luchó con el sentimentalismo feroz, contra el meloso toque de sus romances, de su búsqueda infructuosa de un amor basado en dos elementos: la pasión y el intelecto. Como ella dice, los besos y la imaginación. Se sabía muy bien. Incluso que se haya enamorado de dos psicoanalistas, ejerciendo ella misma el oficio no es azaroso. Su inteligencia introspectiva que tanto la hizo sufrir la ayudó a poder notar en los demás esas caídas, esos toques egocéntricos, esos vanos intentos de la destrucción.

Hay pues en los diarios la rara belleza que no tiene su obra creativa. No por decir que los diarios no sean creativos. Pero están inscritos en el tema de la no-ficción y es complejo abundar en ello: hasta qué punto Anaïs no pudo dejar de ser autobiográfica aún en la ficción. Como varias autoras no podía desdoblarse: la capacidad de mirarse a sí misma es abrumadora y ocupa el espacio de la habitación. Ella es agua y el mundo no tiene represas. Se desborda. Los diarios están hechos para ella: es la intimidad a la que podemos ahora tener acceso pero sabemos que no está permitido, es ver el cuarto de baño cuando una persona está adentro, sin ropa. Los diarios, como las cartas, están hechos para uno mismo o para un solo interlocutor; están a expensas del ojo extra, el que intercepta la correspondencia, el no-destinatario. Ella supo estar más cómoda ahí, en lo escrito hacia dentro y no en lo que preparaba para que “saliera”. En esa comodidad, en esa piel propia, halló el hálito natural de su escritura. Su fortaleza radica en no esforzarse por ser alguien más, por pedir algo más, por pretender otra cosa. La escritura es goce y expresión natural. Ella dice y se confiesa.

A veces me duele que ahora haya menos sentimientos y más inteligencia. Como si antes fuera más sincera. Pero si ser sincera consiste en arrojarse por la borda, es que era la sinceridad de la derrota. Suicidarse es fácil. Vivir sin un dios es más difícil. La embriaguez del triunfo es mayor que la embriaguez del sacrificio. Ya no necesito hacer tanto para ocultar la inutilidad de mis cambios internos, sustituir para comprender. Necesito hacer poco, pero ese poco me exige un gran esfuerzo. Por la tarde Allendy espera que rompa con Henry. Veo adónde va con sus preguntas. Espera con ansiedad. Y hoy me siento conmovida por sus caricias. Son maravillosas. Le digo que lo amo. No cree en ninguna dualidad. ¿Lo creería si leyera mis diarios? ¿No son algunas frases que escribo más frías que lo que él imagina de mí? Esta vez tengo la impresión de estar jugando con Allendy. ¿Por qué? Creo que es más sincero que yo. Me conmueve y me da miedo. ¿Es a él a quien voy a herir –el primer hombre– y por qué? ¿O acaso todo esto no es más que mi manera de defenderme de su poder? Sentada aquí esta noche, recuerdo sus manos. Son carnosas, pero las puntas de sus dedos son idealistas. Cómo repasan el perfil de mi cuerpo, cómo hunde su cabeza en mi pecho y huele mi pelo. Cómo nos levantamos juntos y nos besamos, hasta que sentí vértigo. Henry no habría esperado para levantarme el vestido, habría perdido la cabeza. Luego vuelvo a casa alegre y animada y Hugh me tira sobre la cama, loco de celos, me folla delirante y me rasga el vestido para morderme los hombros. Y finjo complacida, sorprendida por la tragedia de los modales cuando ya no sirven. La pasión de Hugh ha llegado demasiado tarde. Quiero estar en los brazos de Henry –la intimidad– o en los de Allendy –lo desconocido–. ¡Y yo, que siempre había querido que me desgarraran el vestido! Siento en demasía los alejamientos, los encuentros, las prolongaciones, los nuevos chispazos. Hay en mi cabeza un centro de control, todo diamantino, pero, cuando examino mis emociones, veo que se disparan en direcciones diferentes. Hay una tensión de superactividad, de superexpansión, el deseo de alcanzar de nuevo la cima gozosa que alcanzo con Henry. ¿Podré fundirme con Allendy? No lo creo, porque el mayor gozo, como Henry sabe ya, es intimidad, totalidad, pasión absoluta. ¿Cuántas intimidades hay en el mundo para una mujer como yo? ¿Soy una unidad? ¿Un monstruo? ¿Soy una mujer? ¿Qué me lleva a Allendy? La pasión por la abstracción, la sabiduría, el equilibrio, la fuerza. ¿A Henry? La pasión, la vida ardiente y desmedida, el desequilibrio del artista, la fusión y la fluidez de los creadores. Siempre dos hombres: el que es y el que ha de ser, siempre el momento alcanzado y el momento siguiente, adivinado demasiado pronto. Demasiada lucidez.[2]

Estos diarios, sin censura, son la prueba fehaciente no sólo de la crónica de una vida íntima, sino de una escritura hecha de cuerpo y sensibilidad. Algo que logra, con fortuna, Nin, es el binomio fantástico entre razón y corporalidad. Lo sensual puede ser pensado y el pensamiento puede ser dicho con sensaciones. No es un logro fácil pese a la sencillez aparente. Ahí radica tanto su peligro como su tino. Algo entendió Nin sobre escribir “para ella” que no puede traspasar a la ficción, como si esto último representara para ella un esfuerzo mayor. Los que leían sus diarios podían darse cuenta de ello. Quizá su manera de vaciarse ahí le impedía tener algo más en la obra “seria” de los cuentos y novelas. Por eso la gran valía de estos 150 cuadernos escritos en la oscuridad del cuarto, a prisa a veces, para no perder lo espontáneo, la sensación, la confesión de ese instante. Los diarios son pues, recuento de una memoria larga, expedita, llena de matices como la vida diaria que tenía lugar.

Me sorprendió en una conversación hace un par de años que mujeres de mi generación no leían a Nin. La leyeron (o estudiaron) las mujeres mayores, las feministas, las profesoras. Pero luego, algo sucedió: Nin dejó de ser actual. A diferencia de Simone de Beauvoir que nunca perdió vigencia, pero si mis contemporáneas no la leyeron mucho menos las chicas más jóvenes. Me sorprendió mucho notar eso. Es como si algo nos hubiera sido arrebatado. Un fragmento de historia sentimental, un modo de explicarnos el mundo, una sensibilidad que hace falta. Un modo de hablar del cuerpo.

La lucha entre sentimiento y razón lleva demasiado tiempo, una lucha enarbolada por hombres, además. Las mujeres que no saben razonar porque son llevadas por sus pasiones es uno de los lugares comunes más viejos. Pero aún coletea por ahí. Así como me sorprende que Nin no tenga mayor vigencia o cause mayor interés esos argumentos de razón-sensibilidad me siguen pareciendo de un pasado muy remoto. No muerto del todo. Bien, ante ello afirmo: Nin, como la misma Woolf, Beauvoir, Lispector, Sexton misma, son prueba fehaciente de una obra que nace desde el pensamiento hecho acción sentimental. Ninguno es mayor que el otro: ambos son igual de importantes en la célula que nos explica esta humanidad saltarina de una crisis a otra. Pienso, siento, hablo, vivo, describo. El cuerpo es sensible y es pensamiento. No se puede estar uno sin el otro. No cualquiera puede equiparar ambos elementos: razón y sensibilidad (a lo que Austen llamó de manera más que apropiada Sensatez y sentimientos). Pascal decía algo así como el corazón tiene razones que la razón no entiende, pues bien, es justo ahí donde me interesa bajarme del autor y contemplar el paisaje frente a mí: hay muchas mujeres escritoras ahora. Mucho más de las que había cuando la Woolf se encerró en la Biblioteca de Cambridge a escribir ese famosísimo ensayo sobre la historia de la mujer, en realidad debía ser algo relacionado a la mujer y la novela. Woolf no fue a la universidad, y se sentía una outsider, mirando de lejos los privilegios de los profesores varones. El ensayo se publicó en 1929. Ahí dice que lo que se tenía en archivo era insuficiente. Inglaterra, siglo XX, y lo que se tenía como literatura inglesa escrita por mujeres era breve y triste. En comparación con la información que se tenía de autores varones. Así que el ensayo tomó un cariz revolucionario: habló de la importancia de independencia de la mujer (hasta ese momento las mujeres no podían ser dueñas de su dinero, heredar propiedades, por eso era fundamental que las mujeres a cierta edad fueran casadas de inmediato: tema que agotaría la misma Austen e incluso Óscar Wilde con sus novelas irónicas sobre las mujeres busca-maridos). Nadie, por tonto que pueda parecer ahora, había dicho antes que las mujeres podían ser artistas, y para ello necesitaban dos cosas: dinero y espacio. Por lo tanto, si una escritora en Inglaterra, en uno de los círculos más exclusivos del medio artístico estaba descubriendo el hilo negro qué se puede esperar del tercer mundo, del mundo relegado a llegar tarde al derecho al voto. Por eso la literatura, y, me atrevería a decir, el arte, hecho desde la periferia, y más si está hecho por mujeres es relativamente nuevo.

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A tantos años de debatir el derecho de la mujer sobre el aborto hay un episodio en los diarios de Nin que describe con detalle cómo fue abortar un hijo de Miller. En todo el relato (unas seis-ocho páginas de descripción detallada) dice cómo ella debe sacrificarse en su deseo de ser madre para que él, el creador, el artista, pueda seguir creando. Los hijos atan. Es un episodio terrible, conmovedor y parece escrito hace dos días. La mujer que sacrifica su deseo de maternidad porque, al mismo tiempo, Miller ya era su hijo-amante-alumno.

La misma Lucia Berlin en uno de sus relatos de Manual para mujeres de la limpieza hace la crónica de un aborto clandestino en El Paso, donde iban las chicas bien de las familias honorables mexicanas y muchas norteamericanas entendidas del sitio. Este sucede en los años 50 en la Norteamérica de Sexton y Plath: conservadora a ultranza. El texto es demoledor. La protagonista, ella misma, se arrepiente pero pasa una noche dentro del lugar y mira a una chica desangrarse en el baño. El trato de las enfermeras, la condescendencia de un médico joven, la atmósfera opresiva y en el marco de todo, una fiesta familiar navideña. Nin fue demasiado consciente del peso de los hijos. El arte no admite concesiones. Por esa misma época Kay Boyle, narradora fantástica, admirada por Miller (lo que le traería celos a Nin), y quiera fuera amiga cercana de James Joyce, habría tenido muchos hijos (creo que seis) con padres distintos. Escribía, cuidaba hijos. Toda una heroína de su tiempo. Pero Nin no, decidió no ir hacia ese camino del cuidado del otro. Con el esposo y los amantes ya era suficiente.

Por otro lado, la correspondencia de Anaïs-Miller, liberada en 1986 a la muerte del esposo de Nin, se ocupará de algo más que la vida sentimental y privada. Lo más sobresaliente del contenido de esas cartas es la lealtad al trabajo de ambos: a la creación. Son cartas más cercanas al ensayo. Más que conversar sobre quedar de verse, su amor, su lealtad, sus infidelidades, la correspondencia versa sobre la literatura. Hondos, profundos ensayos sobre los libros, los autores, las impresiones literarias. Ambos, ávidos lectores, logran hacer una obra propia con base en las conversaciones que sostienen sobre lo que leen. Miller robará libros para ella. Hablarán horas. Una amistad casi académica, aun con lo vilipendiado del término. Académica por el interés y la obsesión no por su carácter escolar. Sus retratos son transparentes. Si no fuera suficiente con desnudarse en el género más personal está ahí lo que en verdad piensan sobre Lawrence, Jung, Freud, Unamuno, Artaud… Las cartas por sí mismas, imaginando que ninguno de los dos hubiera escrito otra cosa, son documentos sagrados. Son prueba fehaciente de dos mentes brillantes que tuvieron –para fortuna de sus lectores- el acierto de encontrarse. El romance, es extra. La pasión da igual. Pero en esas palabras que hacen la crónica de años importantes 32-34 de inicios de siglo en París, con anotaciones sobre las películas que vieron, la última puesta en escena de la ópera tal. Las menciones a actrices. Lo que en verdad pensaron de tal personaje. La crítica al mundo intelectual, a la temperatura de las ciudades, la atmósfera, el humor. Todo está ahí para estar ahora, ellos dos, más vivos que nunca.

Qué es la cultura, el psicoanálisis, la música, la poesía. Ellos eran lectores ávidos, de libros, y de experiencias. Eso es algo que Anaïs, pese a su fragilidad, nunca temió. El otro, el vencimiento de la voluntad por el amor. Ella sometida a la pasión. Al encuentro verdadero mientras, por otro lado, se ocupaba de subir telones para proteger al esposo homosexual. A quien nunca traicionó. Por eso las cartas se conocen a su muerte. Para no dañar. Esa protección opera también como sacrificio. Pero un sacrificio calculado. Más allá de la idea cristiana de lo bueno-malo, Anaïs sufría por una cuestión moral. Ética. Ella había dado mucho por Henry, su lección fue devastadora. Pero aun así, a mitad del torbellino nunca consideró dejar a Hugo. Su contrato era de otro modo. Quizá haga recordar al que tenían Simone con Jean Paul, que la misma Simone contará en su fantástica novela Los mandarines. Más que amor, lo que la unía a Jean Paul era un contrato de ética, un compromiso político. Sacrificó su romance con Nelson Algren, un autor norteamericano, a quien le escribió, a su vez, cartas fantásticas de sumisión amorosa mientras ella era portadora de las ideas liberadoras de la mujer francesa y universal.

En Anaïs tenemos una esfinge porque representa dos cosas que no suelen verse juntas en la figura mítica de la mujer-niña: la inteligencia sensible y la belleza. Si una por separado provoca miedo o desconfianza, ambos factores serán sus aliados y sus enemigos. Dos filos de la misma arma. Como un ser excepcional formando parte de un escenario también excepcional. Todo estaba dado: la atmósfera, la ciudad, las relaciones afectivas.

El mayor monstruo que acechó su frágil naturaleza fue el amor. El que ella creí tener, el que tenía y el que recibió. El amor fue un dios al que se entregó con los sacrificios y rituales que creyó convenientes. El amor no podía ser convencional y respetó el honor del esposo. La dignidad de la vida conyugal, el lazo que los unía. ¿Cuál era el secreto de la escritura de Anaïs? ella misma en ese diario interminable, esa crónica sempiterna de las impresiones más directas, verdaderas. La vida misma era su tema. Ella era su tema. Los otros a su alrededor. Los diarios son la historia que permanece. No la ficción. Eso es lo más trágico de todo. Su vida destinada al arte se confinó en la vida privada y en la relación de esa vida. No en la ficción. Era como lo prohibido, hacer una obra con la invención era algo imposible. A diferencia de Miller, ella sólo podía conformar una ficción desde lo más personal. La intimidad desnuda, desarmada.

Miller le escribe algo que me parece fantástico: “Gracias Anaïs por demostrarnos cómo piensan las mujeres, sabemos tan poco al respecto”. Es una joya. Es decir, antes de Anaïs, el mundo femenino fue un secreto (como si fuera la primer mujer del mundo en describir el mundo de una mujer). No es sorpresa, si consideramos que las mayores heroínas de la literatura universal fueron creadas e imaginadas por hombres ahí está el resultado: una idealización desde lo que los escritores consideraban la belleza, el valor, el arrojo femenino. Tiene que ser una persona que habla en primera persona para que el mundo entre a esa habitación que es su mente. Los sueños, las citas literarias, las discusiones. Por supuesto, esto es un dato simplista. Hay enormes mujeres que contaban el mundo femenino, pero la idea de Miller agradeciéndole que comparta la visión femenina del cuerpo, la pasión, es el encanto de su frase, en su ingenuidad algo irónica. Un escritor que centraría el erotismo brutal en el cuerpo femenino como un receptor, vasija dócil, donde el hombre es héroe, transgresor, guerrero definitivo. Ese mismo hombre agradece a la dulce Anaïs su visión opuesta, como si él acaba de descubrir una realidad paralela, o quizá sí fue así, pero, con todo, la versión suavizada de la mujer no está en su obra. Ese es un gesto que Nin le reprocharía siempre: su visión utilitaria, básica y ofensiva hacia ellas.

Su relación con el psicoanálisis, y psicoanalistas, con artistas, poetas, músicos, harían de Nin un personaje excéntrico, derrochador de belleza, talento. Capaz de mirarse hacia dentro como una visionaria de su grandeza. Sin ayuda de nadie. Incluso, por más que se vincule su nombre al de Miller, ella era escritora antes de conocerlo. Su correspondencia personal abarca el tema amoroso muy poco, lo que más se desprende de ella es la capacidad de ambos para leerse y apoyarse. Como si fuera consciente de ese presente encantado, polifónico y lleno de altibajos. La relación con el dinero minaría la relación sentimental, sin duda, pero su relación con la literatura se mantuvo siempre. La vocación a su trabajo, su lenguaje, su postura ante los editores, la búsqueda de contactos. Es más, las cartas son constancia, un manual para escritores en ciernes para comprender las relaciones de la literatura con lo que sucede fuera de ella. Los vínculos, los amigos, el dinero, las pérdidas, las expectativas, los fracasos, las reseñas negativas, la aceptación del fracaso o el triunfo.

Anaïs tiene, en la correspondencia personal, en los diarios mismos, en algunos de sus personajes “reales” de Incesto, la claridad necesaria para saber ocupar un espacio en un mundo viril, autoreferencial, snob, elitista. No hay vida solitaria por mucho que se diga que el escritor está solo cuando escribe. En ella todo es compañía, relaciones, búsquedas intelectuales, deseo, mundo físico. Esa vida que agota en la compañía, la conversación, los encuentros, la comunicación con los demás. Esa vida que es lo contrario a la reclusión del artista. Al final de la noche, escribía. cuando la fiesta se terminaba, cuando todos dormían, cuando la obligación había sido terminada.

Es justo en la concepción que Nin tenía de sí misma donde radica su belleza. Una conciencia de sí, de clase, de origen, de pérdida. No la tendrá Rhys, por ejemplo, cuyos personajes estarán a la deriva como ella misma estuvo. Esa claridad y precisión quirúrgica de Nin la podemos hallar en Lispector, quizá, aunque de otro modo. En Lispector esa reflexión surgirá en matices, en correspondencias, en otras pérdidas.

Nin es el testimonio de un siglo que pensó por primera vez desde el inconsciente, ése será uno de los tantos marcos poderosos de su impulso. Freud y los demás psicoanalistas, aun si ella los despreciaba o admiraba (como su relación con Otto y ella misma haciendo clínica), será fundamental para ver hacia dónde va. Su direccionalidad era un solo punto de encuentro: ella misma. Su escritura tiene centro, matriz, fertilidad, dolor, cuerpo entero. A la vez que unos ojos muy muy abiertos. El abandono, el amor ideal y múltiple, la conciencia creadora, el ardor del trabajo, todo será alimento para dioses. La escritura es tiempo para uno mismo, en la soledad. Alimento egoísta pero no por mucho rato. Animal social, Nin planeaba las prendas, el maquillaje, los velos, las cenas, todo eso que hace una noche especial, la danza, la oscuridad, la música, el coqueteo. Para imaginar que un día, muy probablemente, alguien vería lo que se había escrito en la semioscuridad de una habitación. Con esos ojos abiertos hacia sí misma.

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