Inspector

Una recorrida por la tierra caliente: pequeña historia de viaje del grupo Inspector

Monterrey, 3 de febrero (MaremotoM).- Los vimos pasar saliendo de Uruapan, era un convoy de federales que avanzaban a alta velocidad y con las torretas encendidas. No es ningún secreto que Michoacán es uno de los estados más violentos del país, y nosotros estábamos ahí, parados en los baños de una gasolinera y en camino hacia el corazón de ese fuego; íbamos hacia tierra caliente. Desde hace años hemos recorrido gran parte de las carreteras de México, no importa que tan descuidadas, solas o peligrosas sean, si quieres trabajar tienes que hacerlo. La música ya no es aquello lujoso que fue antes, ahora tienes que acoplarte a las circunstancias y si te dedicas completamente a eso tienes que viajar por carretera a donde sea necesario. No se puede dar el lujo de rechazar conciertos solo por no querer pasar horas a bordo de una camioneta junto a otras doce personas. Así que ahí estábamos, avanzando por una de las carreteras de ese estado violento.

Al llegar a una desviación, estaban detenidas todas las patrullas que antes habíamos visto. Pensamos que iban por alguien o que se trataba de algún retén montado con cierta urgencia, pero al pasar junto a ellos vimos que la mitad de las patrullas formaban una escolta para acompañarnos durante una parte del camino. No supimos si eso tenía que hacernos sentir más seguros o más preocupados. A manera de contraste, el paisaje en la carretera comenzaba a hacerse boscoso y era muy bello; no solo había verde sino toda una gama de colores entre las flores, las montañas, las chozas y la misma gente que habitaba la región. Si no fuera tan peligroso, seguro sería un gran atractivo turístico atravesar esa carretera. Nadie hablaba dentro de la camioneta, cada quien traía sus audífonos puestos, pero todos mirábamos por las ventanas con una mezcla de expectativa y miedo, hasta que vimos que nos encontrábamos entrando a la pequeña ciudad que teníamos como destino. Llegar a un lugar más poblado y concurrido nos hizo sentir tranquilos, como si hubiéramos logrado atravesar la meta completos. Para ese entonces las patrullas ya no nos escoltaban, se habían quedado atrás.

La ciudad es pequeña, pero no tanto como para ser poblado. Sin embargo, es uno de esos lugares donde todos se conocen o al menos eso parece. La gente acude por la tarde a la plaza principal, se sienta en sus bancas, comen en el mercado donde están haciendo las tortillas a mano o simplemente dan vueltas por el centro en sus vehículos con la música a todo volumen. No hay grandes cadenas de supermercados ni tiendas de moda, pero sí muchos autos y camionetas de lujo. Eso fue lo primero que me llamó la atención: era fácil ver por las angostas calles de ahí circular una cantidad considerable de vehículos de lujo manejados por hombres y mujeres por igual; autos que muchos de nosotros no tendríamos cómo pagarlos y que ahí pasaban como un desfile haciendo tronar sus bocinas con música de banda. Por momentos parecía una competencia de ruido, a ver cuál se escuchaba más y peor. “No mames, sí está bien caliente aquí”, dice el chofer al siguiente día por la mañana. “Por qué, güey, qué viste o qué pasó”. “Ahorita que estaba afuera del hotel sentado, pasó una camioneta dando vueltas y nomás se me quedaban viendo. Luego tuve que ir a mover la camioneta de nosotros y cuando salí de ella me los topé de frente, era como cuatro encapuchados y armados en una troka blindada. Me hice pendejo, ni siquiera los volteé a ver y seguí caminando de regreso al hotel. Ya los vatos avanzaron y no me dijeron nada, pero sí me culié”. Después de tantos años viajando uno aprende ciertas formas de manejarse en diferentes lugares y hay algunos, como éste, donde debes tratar de pasar inadvertido y si se puede, nomás salir a lo básico: comer. Una de las discusiones que traíamos era el regreso a Monterrey; una parte del grupo decía que saliéramos de noche, terminando el concierto, y unos pocos, no más de tres, decíamos que era una estupidez, que esperáramos a que amaneciera. “El empresario dice que no hay pedo, que está tranquilo ahorita aquí y que la carretera está tranquila”, decía uno. “Dicen que todos los artistas que están viniendo a la Feria se están yendo de noche y no les ha pasado nada a nadie”, dijo otro. Antes de salir a comer, me detuve en la recepción del hotel antiguo donde nos hospedábamos. Antiguo no en un sentido solo estético, en realidad se había quedado atrás en el tiempo. Tres ancianas lo atendían. Una de ellas me recibió con un saludo. “Oiga, usted sabrá qué tan peligroso es salir a carretera de noche desde aquí”, le pregunté pues no me bastaba con los dichos de los demás. “Pos nomás hay que andarse con cuidado, de noche todo es mas peligroso. Yo no sabría decirle porque hace mucho que no salgo y si lo hacemos preferimos que sea de mañana. Mis hermanas y yo no andamos mucho afuera, pero el otro día llegó otro conjunto musical, que también venía a la feria y llegaron diciendo que los habían bajado de su autobús y les habían robado”. “¿hace cuanto fue eso, oiga?” “Será apenas unos tres días, si acaso. Pero le digo, igual no me haga caso porque yo casi no salgo”. Su respuesta en realidad no ayudaba mucho a disminuir la preocupación sobre la decisión que debíamos tomar.

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Inspector, en la voz de Homero Ontiveros en Facebook, relata su pequeña y peligrosa historia de viaje. Foto: Cortesía

No es fácil tomar decisiones en un lugar donde a plena mañana, además de ver los vehículos de lujo, ves a hombres armados como si se tratar de algo normal ahí. Camionetas con todos los vidrios oscuros rondando, otras con las ventanas abierta y los empistolados asomándose, corridos de narcos gritando por las bocinas. No es fácil tomar decisiones así porque por un lado lo que quieres es salir corriendo de ahí y por otro tienes miedo de ser detenido o levantado en la carretera. ¿Qué hacer? Cuando venía de regreso de una corta caminata por el centro buscando algo para desayunar, me encontré de frente con un policía de uniforme azul y arma de grueso calibre. Él caminaba por la calle muy tranquilo, pero esa tranquilidad contrastaba con el grueso de su arma larga. “Disculpe oficial, qué tan recomendable es viajar de noche desde aquí”. El policía se me quedó viendo unos segundos como analizándome. “Viajar cómo, ¿a dónde?”, me respondió pero en un tono más de interrogatorio. Me miraba con precaución de arriba abajo, veías mis brazos tatuados y caí en cuenta que mi playera era la de Él mató a un policía motorizado. No había tiempo ni era el lugar para lamentarme o cuestionarme sobre la playera que había elegido ponerme esa mañana. “Es que nosotros estamos decidiendo si salir a carretera de noche o por la mañana, somos del grupo Inspector y vinimos a la feria a tocar”. “Ah, ustedes son del grupo entonces”, me dijo sin dejar de inspeccionarme con la mirada. “Está tranquilo ahorita, sí pueden viajar de noche”, me dijo sin mirarme de frente. A la hora de la comida el tema volvió a ponerse sobre la mesa para decidir qué hacer. Les platiqué que le había preguntado a un policía, pero les dije que por alguna razón no me había dado nada de confianza, había algo en él que me hizo sentir expuesto e inseguro. La respuesta de uno de mis compañeros me dejó helado: “¿Estás seguro de que sí era un policía, le viste algún escudo o insignia?”. Esa pregunta hizo que el miedo entrara directo por la punta de los pies.

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Nadie nos dijo que no lo hiciéramos, así que por mayoría se decidió partir terminando el concierto. Llegaríamos al evento incluso ya con las maletas para apenas terminar tomar carretera. El empresario nos dijo que pondría una patrulla para que nos escoltara hasta la autopista. Había que recorrer alrededor de una hora de camino en un trayecto libre con un solo carril de ida y otro de vuelta, esa era la parte en la que seríamos escoltados. El concierto transcurrió sin problemas, había entre mil quinientas y dos mil personas, de todo tipo, es decir, niños, jóvenes, adultos, abuelos, pero eso sí, todos muy prendidos. Al terminar nos quedamos un tiempo en el camerino para cenar y después partimos. Al salir, en efecto una patrulla nos escoltaba, pero solo lo hizo durante unos seis o siete kilómetros, hasta la salida del pueblo. Ahí prácticamente nos dio la bendición y nos aventó a la carretera oscura. Cada quien fue acomodándose en su lugar y poniéndose sus audífonos, parecía que no habría ningún problema. Después de quince minutos por esa carretera, el chofer viró hacia la derecha y entró a un camino más angosto. Apenas avanzando unos metros el vocalista le preguntó; “¿seguro que es por aquí?”. “Pues por aquí me manda el GPS”, respondió. El camino se angostaba cada vez más y, si antes veíamos camiones de carga transitar en el carril contrario, en este camino no transitaba nadie, avanzábamos solos en una oscuridad que cada vez se hacía mas densa, a medida que nos metíamos en el vientre del bosque. Las casas que pasábamos parecían abandonadas, aunque seguro no lo estaban, pero no había ningún indicio de que alguien estuviera despierto, ni una sola luz en el camino. Uno no tiene que ser experto para sospechar cuando un camino no es el correcto, así íbamos todos, sin decir nada pero con los ojos bien abiertos. Comencé a sentir la tensión en la boca del estómago, lo interpreté como angustia primero, después como miedo. Quise cerrar los ojos y seguir escuchando música, pero no pude, tenía que ver por dónde andábamos y eso a su vez me estresaba cada vez más. Los árboles eran grandes y comenzaban a cerrar el cielo de la carretera con sus troncos y ramas extensos. Al lado del camino solo un bosque profundo. No era difícil sentir miedo, estábamos en medio de un bosque en un camino oscuro y desolado en uno de los estados más peligrosos del país. Nadie hablaba, pero nadie dormía, todos veíamos.

Cerré los ojos, pero el grito del vocalista me hizo abrirlos de golpe: ¡Les dije, cabrones, se los dije pero les valió madre! ¡Ya nos chingamos, pendejos! ¡Ahí está su pinche camino tranquilo!, gritó con urgencia, miedo y desesperación. Cuando pude ver bien lo que pasaba vi que frente a nosotros había dos lámparas grandes, como las que usan los soldados, bloqueando el camino a manera de que cegaran a quien viniera de frente. Sobre el asfalto había troncos grandes y alambre de púas que evitaban el paso. A un costado una especie de castea grafiteada y muchas siglas rayadas tanto en la pared como en los troncos de los árboles que bordeaban la carretera. Era claro que no se trataba del ejército, al menos no del de la nación. “¿Qué hago?, si me giro más hacia la derecha igual puedo librar por ese hueco y ahí pasamos”, dijo el chofer. “No mames, estás pendejo, échate para atrás”, gritamos varios con urgencia. “No cabe la camioneta para girarme, no puedo regresarme”. “No güey, que no vas a avanzar por ahí, no seas pendejo, vámonos a la verga”. Para este momento todos estábamos sin audífonos y a punto de salto cada uno de su asiento, el miedo nos disparaba”. “No me puedo girar porque hay como un barranco”. “Date en reversa, vámonos a la verga de aquí”. El chofer se echó en reversa un tramo hasta que pudiera encontrar terreno plano donde poder maniobrar para girar la camioneta y tomar el camino de regreso. Los segundos se hacían horas completas, esperábamos ver que en cualquier momento salieran los hombres armados, los que estaban cuidando el camino. ¿Qué nos pasaría? ¿Nos robarían solamente o nos levantarían? ¿Si decimos que venimos de la feria nos dejarán ir? ¿Cómo avisarle a alguien si aquí no hay señal? ¿Regresaremos a casa? Todas esas preguntas pasaban por la cabeza de más de uno de nosotros. El camino de reversa se hacía eterno y no dejábamos de mirar al frente esperando a que aparecieran las armas y los hombres con ellas. ¡Aquí, güey, aquí dale, está planito!, dijo alguien. “¿Seguro, ahí le doy?”. “Si, aquí dale, pero ya a la verga”. Todos queríamos gritarle al chofer que se diera prisa, pero no era necesario, el miedo era evidente en el ambiente, hablaba por sí solo. En una saliente plana, el conductor pudo maniobrar para girar la camioneta y regresamos elevando la velocidad por donde habíamos llegado. El miedo no se iba a disipar mientras siguiéramos en ese camino oscuro y angosto, en cualquier momento podían salirnos y bloquearnos el paso. Si la camioneta pudiera andar de puntillas y no hacer ruido, seguro lo habríamos hecho con tal de no dar ninguna señal de nosotros.

Al llegar nuevamente a la carretera de donde nos habíamos desviado, apareció nuevamente la voz del GPS: “Conduzca derecho por esta carretera durante los próximos 45 kilómetros”. ¿Por qué entonces antes nos había desviado? Un tramo antes de perder el rumbo, también se había perdido la señal y con ello la orientación del maldito GPS. Volvían a aparecer los camiones de carga en el carril contrario, y a lo lejos, las luces de una ciudad mas grande. Respiramos hondo, muy hondo y en silencio.

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